Capítulo 1
Algunas historias de amor no empiezan con una chispa.
Empiezan con una risa compartida en el recreo.
Ellos crecieron sin darse cuenta de que estaban construyendo algo que iba más allá de la amistad. Entre tardes olvidadas, partidos improvisados y tardes eternas de verano, siempre fueron inseparables. Si uno corría, el otro lo seguía. Si uno caía, el otro extendía la mano.
Era simple. Natural.
Y siempre fueron dos.
Theodore era mayor por un par de años, lo suficiente para sentirse responsable, para guiarlo, para decirle qué hacer cuando el mundo parecía demasiado grande. Mientras que Mateo lo miraba como si lo supiera todo, como si estar a su lado fuera suficiente para que nada saliera mal.
Crecieron creyendo que lo suyo era simple costumbre, lealtad inquebrantable, amistad a prueba de todo. Compartieron secretos susurrados en la oscuridad, silencios cómodos, risas que parecían eternas. Se prometieron estar siempre del mismo lado, sin imaginar que el tiempo convertiría esas promesas en un laberinto.
El tiempo pasó sin permiso. Las voces cambiaron. Las miradas también.
Fue entonces cuando algo empezó a sentirse distinto.
No fue de un día para otro. Fue en pequeños detalles: en cómo su corazón se aceleraba cuando el otro se acercaba demasiado, en la forma en que el mundo parecía más brillante cuando sonreía, en los celos silenciosos que aparecían sin invitación cuando alguien más reclamaba su atención, una mano que tarda en soltarse, un nudo en el pecho cuando el otro sonríe para alguien más.
Theodore lo entiendo antes que nadie.
Y tuvo miedo.
Miedo de arruinarlo todo.
Miedo de cruzar una línea invisible.
Miedo de que, si decía la verdad, perdería lo único que había sido constante en su vida.
Así que lo escondió. Lo guardo detrás de bromas, de empujones amistosos, de miradas que se apartaban demasiado rápido.
Mientras tanto, Mateo seguía viviendo con la ligereza de quien no sospecha nada. Hablaba de amores pasajeros, de personas que le parecían lindas, de sueños para el futuro… sin notar que cada palabra dejaba una grieta en el corazón de quien lo escuchaba.
Porque a veces el amor crece en silencio.
Y a veces duele más callarlo que confesarlo.
Y así, entre negaciones y desconocimientos, comenzó esta historia.
Una historia donde el amor no llegó como un relámpago, sino como una sombra persistente.
Donde el miedo pesa más que la verdad.
Y donde a veces, lo más difícil no es sentir… sino admitirlo.
Esta es la historia de dos amigos que nunca dejaron de elegirse… aunque uno de ellos tuviera que fingir que su corazón no latía más fuerte cuando estaban demasiado cerca.








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