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El ángel y el niño

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Sinopsis

EL creador le dio la misión a uno de sus ángeles, cuidar a un niño. ¿Como terminara y desarrollara?

Genero:
Fantasy
Autor/a:
El escritor
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Único capitulo

En las nubes del cielo, los ángeles cantaban de alegría por las almas que habían logrado la purificación y la redención.

Una tarde, el Creador, sentado en su trono de oro y diamante, reflexionaba mientras observaba a sus hijos: los hombres, su creación, y los ángeles. A pesar de su alegría, su corazón se entristecía por aquellos en la Tierra que, teniendo libre albedrío, se alejaban de Él y se condenaban.

Mientras miraba, sus ojos se posaron en una joven alma. Decidió entonces llamar a uno de sus ángeles, un mensajero. Del sonido del viento, el ángel escuchó su llamado y acudió a su trono.

—¿Me has llamado, Padre? —preguntó el ángel, arrodillándose ante Él.

El Creador ordenó a los serafines que lo dejaran pasar y habló:

—Te daré una misión, querido hijo. Quiero que ayudes a un alma... un niño. Quiero que lo cuides y lo guíes hasta que te dé una señal.

El ángel, antes de retirarse, preguntó:

—¿Cómo será esa señal?

El Creador lo llevó hasta un lago cristalino y, contemplando el reflejo del cielo en el agua, respondió:

—Ten paciencia, hijo. Todo toma su tiempo. Cuando una manzana caiga en un parque y un niño la tome, será el momento.

El ángel asintió, observó el reflejo del agua y, en un instante, descendió al mundo humano. Al llegar, sintió el viento acariciar su ser mientras volaba en forma de paloma. Descendió sobre un barrio marginado y, en un callejón oscuro, tomó la apariencia de un hombre de mediana edad. Su túnica celestial se transformó en un uniforme: chaqueta café, pantalón negro, zapatos bien lustrados, camisa blanca y una corbata con patrones de rayas negras y rojas. Con un portafolios en mano, se dirigió a una residencia humilde.

Al llegar a la portería, el vigilante lo miró con desconfianza.

—¿Busca a alguien? —preguntó el portero.

El ángel observó el lugar y respondió:

—¿Aquí vive la familia R.…?

El portero frunció el ceño.

—¿Para qué quiere saberlo?

El ángel, con una mirada tranquila, le mostró unos documentos.

—Soy un familiar y psicólogo. Vine a ver a la familia.

El portero revisó los documentos y, tras un momento de duda, dijo:

—Piso seis, apartamento ochenta y tres. Use las escaleras.

El ángel agradeció y avanzó por un pasillo oscuro y descuidado. A medida que subía, veía las paredes rayadas, basura en los rincones y un ambiente de abandono. Finalmente, llegó al sexto piso y buscó la puerta 83. Tocó y esperó.

Cuando la puerta se abrió, se sorprendió. No había ningún adulto. Frente a él, solo estaba un pequeño niño de apariencia inocente, con ropa limpia y ordenada: camisa azul, pantalón corto verde y zapatos rojos.

—Buenas tardes, pequeño. ¿Están tus padres? —preguntó el ángel.

—Mis padres no están —respondió el niño con voz baja.

El ángel pidió permiso para entrar, y el niño, tras dudar un poco, lo dejó pasar. Mientras el niño traía un vaso de agua, el ángel observó la sala: a diferencia del exterior, el interior del apartamento estaba limpio y ordenado.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el ángel.

El niño lo miró sin responder.

—Entiendo. Te enseñaron a no confiar en extraños —dijo el ángel con una sonrisa comprensiva.

El niño cubrió su boca con un cojín y murmuró:

—Me educaron a no hablar con desconocidos.

El ángel asintió.

—¿Dónde están tus padres?

—Trabajando —contestó el niño.

—¿Por cuánto tiempo?

El niño señaló la ventana.

—Desde que sale el sol hasta que llega la noche.

El ángel reflexionó en silencio y luego dijo con amabilidad:

—Tus padres me pidieron que te cuidara y te hiciera unas pruebas psicológicas durante el día.

El niño frunció el ceño.

—¿Cómo puedo confiar en ti si no te conozco?

El ángel respondió con una voz tranquila:

—Me llamo Dr. Miguel Hernández, pero puedes llamarme Miguel.

El niño pareció relajarse un poco. Aquel día, el ángel pasó toda la tarde con él. Cuando cayó la noche, el niño, cansado, pidió:

—Señor Miguel, ¿me puede contar un cuento?

—Por supuesto —respondió el ángel.

Le relató la historia de la creación del mundo, y poco a poco, el niño cerró los ojos hasta quedarse dormido.

A medianoche, el ángel sintió una presencia extraña dentro del apartamento. Sin moverse del cuarto, se mantuvo alerta hasta que la presencia desapareció.

Al amanecer, Miguel revisó la casa y encontró la cocina llena de comida chatarra. Sin dudarlo, la limpió por completo y, con un parpadeo, trajo alimentos frescos: frutas, verduras, carnes y pan.

Cuando el niño despertó, un delicioso aroma lo guio hasta la cocina.

—Buenos días, pequeño —saludó Miguel con una sonrisa.

El niño miró la mesa con curiosidad.

—¿Hay algún problema? —preguntó el ángel.

—Mamá y papá nunca me dan desayuno... Solo se levantan y se van.

Miguel sintió tristeza en su corazón.

Por la tarde, el niño llevó a Miguel a un terreno baldío lleno de basura.

—Aquí juego cuando mis padres trabajan. Uso lo que la gente tira.

—¿No vas a la escuela?

—Mis padres dicen que es una pérdida de tiempo.

Antes de que el ángel pudiera responder, un grupo de niños mayores apareció.

—Miren quién está aquí, la cara de rata jugando con su basura —se burlaron.

El ángel se puso de pie.

—¿Qué ganan molestándolo?

Uno de los chicos lo miró con burla.

—¿Y este viejo quién es? ¿Tu niñera?

Miguel los miró con firmeza.

—¿Qué beneficio les sirve a ustedes en molestar a un niño?, una criatura del Padre, ustedes serán tratados en el juicio por el mismo modo en que trataron a este pequeño e inocente ser y si no tienen nada que se retiren antes que decida ponerme firme.

Los niños se asustaron y huyeron.

Esa noche, el ángel le contó al niño la historia del Apocalipsis y de cómo las almas inocentes serían llevadas al cielo. Antes de que pudiera terminar, el niño ya dormía profundamente.

Esa misma noche, Miguel decidió comprarle un regalo especial. Convertido en paloma, voló hasta una tienda convirtiéndose en humano, y encontró una cajita musical. Pero antes de pagar, un ladrón apareció con un arma.

—Dame todo el dinero —exigió.

Miguel lo miró con calma.

—No tienes que hacer esto.

El ladrón le apuntó con el arma.

—¡Silencio!

Pero cuando Miguel puso su mano sobre la de él, el hombre sintió un terror indescriptible. Sus ojos reflejaban el peso de su propia alma. Sollozando, dejó caer el arma y huyó.

Miguel pagó la caja musical dirigiéndose a un callejón convirtiéndose en paloma y regresó volando. Pero al llegar al apartamento, vio patrullas de policía y una ambulancia. Entró apresurado y encontró la cama del niño manchada de sangre.

Siguió la ambulancia hasta el hospital, pero antes de entrar, vio caer una manzana dorada en un parque cercano. Un niño la tomó en sus manos.

Miguel entendió. Su misión había terminado.

De vuelta en el cielo, lloró amargamente. Una virtud, con apariencia de niño, lo abrazó.

—No has fallado. Padre lo sabe todo.

El Creador lo llamó y señaló a lo lejos. Miguel vio a Jesús llevando de la mano al niño, ahora vestido de blanco, con ojos brillantes como estrellas.

Sonriendo, el niño le dijo adiós.

Y el ángel comprendió.

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