Capitulo 1
El gimnasio Gamma de la Academia U.A. había sido transformado por completo. Las usuales paredes de concreto reforzado y las zonas de entrenamiento llenas de escombros simulados habían sido cubiertas con serpentinas, luces de colores y una enorme pancarta pintada a mano que cruzaba el techo de lado a lado. En letras gruesas y de un rojo vibrante, cortesía del esmero de Mina Ashido y la supervisión de Tenya Iida, se leía: «¡FELIZ SEGUNDO ANIVERSARIO EN NUESTRO MUNDO, SIEGFRIED!»
Hacía exactamente dos años que el legendario héroe de la humanidad, el matadragones Siegfried, había aparecido en este mundo de héroes y villanos. Tras una anomalía dimensional que ni siquiera los genios como Hatsume Mei o David Shield habían logrado comprender del todo, el guerrero de Record of Ragnarok había aterrizado en Japón. Al principio hubo tensión, malentendidos y un poco de destrucción, pero no pasó mucho tiempo para que su inquebrantable espíritu, su amor genuino por la humanidad y su poder abrumador lo convirtieran en un aliado indispensable. Hoy en día, Siegfried no solo era un Héroe Profesional Honorario, sino también un instructor de combate cuerpo a cuerpo en la U.A., y, sobre todo, un amigo querido por todos.
La fiesta estaba en su apogeo. El bullicio era ensordecedor, una mezcla de risas juveniles, el choque de los vasos de refresco y el potente sistema de sonido que Present Mic había instalado en una esquina.
En el centro de todo, sentado en un sillón que Momo Yaoyorozu había creado específicamente para soportar su gran tamaño y peso, se encontraba el homenajeado. Siegfried sonreía. Su imponente figura, que usualmente intimidaba a los villanos hasta hacerlos temblar, irradiaba una calidez paternal. Llevaba una camisa holgada que apenas lograba ocultar las gruesas cicatrices de su cuerpo, marcas de batallas antiguas y míticas que los estudiantes a menudo miraban con reverencia.
—¡Siegfried-sensei! —exclamó Izuku Midoriya, abriéndose paso entre la multitud con un cuaderno en las manos. Sus ojos brillaban con esa característica intensidad analítica—. ¡Feliz aniversario! Este es mi regalo.
Midoriya le tendió un cuaderno de tapa dura. El título decía: «Análisis de Héroe, Vol. S: Técnicas de Combate Mítico y Aplicaciones Modernas».
Siegfried tomó el cuaderno con delicadeza, como si fuera un artefacto frágil. Lo hojeó, viendo páginas y páginas de dibujos detallados de su propia postura de combate, notas sobre su distribución de peso y teorías sobre cómo su fuerza se comparaba con los Dones de aumento de poder.
—Midoriya, muchacho... esto es fascinante —dijo Siegfried, su voz profunda y resonante llenando el espacio a su alrededor con una calma tranquilizadora—. La dedicación que pones en entender a los demás es tu mayor fortaleza. Lo atesoraré.
La cara de Deku se puso roja como un tomate mientras asentía frenéticamente, murmurando agradecimientos incomprensibles antes de ser empujado por Katsuki Bakugo.
—¡Aparta, nerd! —gruñó Bakugo, plantándose frente al gigante con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Lanzó una pequeña caja de madera sobre las rodillas de Siegfried—. Toma, gigante. No es gran cosa. Solo asegúrate de usarlo, tu técnica de corte con esa espada tuya fue un asco la semana pasada.
Siegfried abrió la caja. Dentro había una piedra de afilar de una calidad absurdamente alta, importada y pulida a la perfección. Una sonrisa suave se formó en los labios del guerrero. Conocía a Bakugo lo suficiente como para entender que este era el equivalente a un abrazo afectuoso por parte del explosivo joven.
—Una piedra de los artesanos de Seki... —murmuró Siegfried, pasando el pulgar por la superficie rugosa—. Tienes razón, Katsuki. Mi filo se había vuelto algo perezoso. Prometo que la próxima vez que entrenemos, no me contendré. Gracias.
Bakugo chasqueó la lengua y desvió la mirada, con un ligero rubor en las mejillas.
—¡Como si me importara! ¡Solo no quiero que me des excusas cuando te patee el trasero! —gritó antes de alejarse a grandes zancadas.
Los regalos continuaron fluyendo. Shoto Todoroki le entregó un set tradicional para hacer soba frío, con una expresión completamente seria mientras explicaba durante cinco minutos los beneficios del trigo sarraceno. Denki Kaminari y Minoru Mineta le regalaron un par de gafas de sol extravagantes que decían "CHICO MALO" en luces de neón, las cuales Siegfried se puso inmediatamente, provocando una carcajada general en toda la Clase 1-A. Fumikage Tokoyami le ofreció una capa negra con bordes plateados, murmurando algo sobre "la oscuridad que abraza a los guerreros caídos", un gesto que Siegfried aceptó con total seriedad, asintiendo solemnemente.
Incluso los Héroes Profesionales se unieron. Fatgum trajo una montaña de carne premium de Kobe asada por él mismo. Aizawa, luciendo tan cansado como siempre, le entregó una caja de gotas para los ojos de alta gama y un cupón válido por "una hora de no ser molestado por nadie, garantizado". All Might, en su forma delgada, le dio un fuerte apretón de manos y una antigua espada decorativa de la era Edo que había comprado en una subasta.
El ambiente era cálido, familiar. Siegfried miró a su alrededor, observando a esta gente. Eran humanos, con todas sus fallas, excentricidades y debilidades, pero con un espíritu que brillaba más que el de muchos dioses que había conocido en el Valhalla. Se sintió en casa.
De repente, la puerta doble del gimnasio se abrió de una patada, golpeando la pared con un estruendo que silenció a la mitad de los presentes.
—¡Más vale que hayan dejado algo de comida, panda de extras! —rugió una voz femenina llena de energía y arrogancia.
Era Rumi Usagiyama, la heroína profesional número 5, Mirko.
Entró pavoneándose, con su habitual traje de heroína que resaltaba su figura atlética y musculosa. Sus orejas blancas de conejo se movían captando todos los sonidos de la sala, y sus ojos rojos barrieron el lugar hasta fijarse en el gigante sentado en el sillón de honor. Una enorme sonrisa, confiada y salvaje, apareció en su rostro.
Llevaba un paquete rectangular envuelto en papel de regalo plateado y un lazo rojo mal hecho bajo el brazo.
El ambiente en el gimnasio cambió sutilmente. Los estudiantes intercambiaron miradas nerviosas. Hawks, que estaba apoyado contra una pared comiendo un pincho de pollo, dejó de masticar y alzó una ceja, una sonrisa burlona asomando en sus labios. Endeavor, que estaba cerca de la mesa de bebidas, simplemente suspiró y se masajeó el puente de la nariz.
Mirko caminó directamente hacia Siegfried. La multitud se apartó como el Mar Rojo ante Moisés. Ella se detuvo frente a él, puso las manos en las caderas y bufó.
—Llego tarde porque un par de idiotas pensaron que era buena idea robar un banco en mi territorio. Ya sabes cómo es —dijo Mirko, encogiéndose de hombros—. Feliz aniversario, grandulón. Sobreviviste dos años sin que te matáramos de aburrimiento.
Siegfried se quitó las gafas de neón y la miró con esa sonrisa serena que parecía calmar hasta la tormenta más violenta.
—Rumi. Es una alegría verte —dijo él, su voz grave resonando agradablemente—. El simple hecho de que estés aquí es motivo de celebración para mí.
Cualquiera con ojos habría notado que las orejas de Mirko dieron un pequeño tirón hacia atrás y un ligerísimo tono rosado apareció en la punta de sus mejillas, pero ella rápidamente carraspeó y le empujó el paquete envuelto en el pecho.
—¡Déjate de cursilerías, Siegfried! Toma. Ábrelo. Y más te vale que te guste, porque hice fila en una tienda llena de nerds sudorosos para conseguirlo.
Siegfried tomó el paquete. El silencio en el gimnasio era casi palpable. Hanta Sero se inclinó hacia Denki Kaminari y susurró:
—Diez mil yenes a que es otra cosa con su cara.
—No apostaré contra eso, viejo. El año pasado fue esa taza enorme con forma de su cabeza —respondió Kaminari en un susurro desesperado—. Y para Navidad le dio una almohada para el cuello que decía "Propiedad de Mirko".
Siegfried rompió el papel plateado con cuidado. Al revelar la caja de cartón y plástico transparente, un par de estudiantes tuvieron que taparse la boca para no reírse a carcajadas.
Era una figura de acción a escala 1/4. Específicamente, la «Edición Limitada Platinum: Mirko Patada Lunar». La figura venía con ropa de tela real, múltiples puntos de articulación, y una base que reproducía el cráter de un impacto. La caja tenía el rostro de Mirko impreso en tres ángulos diferentes, además de una cita gigante en la parte posterior que decía: «¡Los débiles mueren, yo sobrevivo!»
Los murmullos estallaron por todo el gimnasio.
—Lo hizo de nuevo... —susurró Jirou, incrédula—. Literalmente le está regalando mercancía de sí misma.
—Es un nivel de narcisismo que ni siquiera yo puedo comprender —murmuró Aoyama, ajustándose su cinturón brillante—. Y eso es decir mucho.
—Pobre Siegfried-sensei, ¿qué se supone que haga con tantas cosas de Mirko? Ya tiene el póster firmado en su oficina —dijo Mina, sintiendo un poco de lástima por el gigante, creyendo que tal vez estaba siendo acosado por el ego de la heroína.
Hawks ahogó una carcajada con el dorso de la mano. «Esta coneja es increíble», pensó.
Mirko, ajena o ignorando a propósito los murmullos, cruzó los brazos sobre su pecho, inflando el pecho con orgullo.
—¿Y bien? Es la edición con articulación de titanio. Puedes ponerla a patear a cualquier otra figura estúpida que tengas. Es la mejor de la línea. Me aseguré de que el escultor capturara bien mis cuádriceps.
Siegfried se quedó mirando la caja en silencio durante unos largos segundos. El reflejo del plástico iluminaba sus ojos serenos. Sus grandes dedos, que habían empuñado armas legendarias capaces de partir montañas, acariciaron suavemente el borde de la caja de cartón.
Luego, levantó la mirada hacia Rumi. Su sonrisa no era forzada, ni burlona. Era radiante, llena de una calidez que desarmaba.
—Es magnífica, Rumi —dijo Siegfried con absoluta sinceridad, su voz cargada de un tono tan gentil que contrastaba con su enorme figura—. El detalle en la armadura es excepcional, y la pose captura perfectamente tu fiereza en combate. Tienes mi más profundo agradecimiento.
Mirko parpadeó. La actitud defensiva que siempre mantenía se desmoronó por un microsegundo ante la genuina apreciación del gigante. Sus orejas cayeron un poco hacia adelante.
—Sí... bueno... —Mirko desvió la mirada hacia el suelo, frotándose la nuca—. Solo ponla en algún lugar donde no se llene de polvo. Costó una fortuna.
—Le haré un lugar especial en el estante de mi habitación. Justo al lado de la taza que me regalaste en mi cumpleaños, y la bufanda del invierno pasado —prometió Siegfried, colocando la figura de acción en la mesa a su lado con el mayor de los cuidados, como si fuera una reliquia invaluable.
Los estudiantes no daban crédito.
—¡Él lo está aceptando como si le hubiera dado oro! —lloriqueó Mineta, tirándose de las esferas de su cabeza—. ¡Los héroes guapos lo tienen todo tan fácil!
—Siegfried-san es demasiado amable. Seguro no quiere herir su enorme ego —dedujo Tsuyu Asui, poniendo un dedo en su barbilla—. Kero.
La fiesta continuó. La música volvió a subir de volumen, la comida siguió desapareciendo a un ritmo alarmante gracias a Fatgum y a los adolescentes en crecimiento, y las conversaciones se reanudaron. Mirko se integró al grupo, riendo fuerte, retando a Kirishima y Tetsutetsu a unas pulseadas (las cuales ganó con un solo dedo y un bostezo), y robándole alitas de pollo a Hawks.
Sin embargo, a medida que la noche avanzaba, Hawks, con su visión aviar y su aguda percepción, notó algo peculiar.
Mirko era escandalosa, siempre el centro de atención si se lo proponía. Pero cada pocos minutos, cuando creía que nadie la veía, sus ojos rojos viajaban invariablemente hacia donde estaba Siegfried. El gigante estaba rodeado por Eri, Kota y un grupo de estudiantes de primero, mostrándoles pequeños trucos de fuerza o simplemente contándoles historias diluidas de su pasado.
Cada vez que Mirko miraba a Siegfried sonreír, la dureza en el rostro de la heroína se derretía. Sus orejas se relajaban. Una expresión suave, casi vulnerable y cargada de una melancolía que Hawks nunca le había visto, se apoderaba de ella. Y cuando Siegfried, por azares del destino, levantaba la mirada y cruzaba los ojos con ella, Mirko inmediatamente fruncía el ceño, le mostraba los dientes en una sonrisa desafiante o le sacaba el dedo medio de forma amistosa, antes de girarse abruptamente.
Hawks masticó el hueso de su pollo, pensativo.
«Vaya, vaya. Conque es eso, ¿eh?»
Un par de horas después, la celebración comenzó a apagarse. Los estudiantes, exhaustos tras tanta azúcar y emoción, fueron llevados a sus dormitorios por Aizawa. Los héroes profesionales empezaron a despedirse. Siegfried estaba ayudando a Lunch Rush a recoger los platos pesados en la cocina, insistiendo en que era su deber ayudar en su propia fiesta.
Mirko había salido al gran balcón del gimnasio Gamma. La noche estaba fresca, el viento de verano mecía los árboles del campus de la U.A. Ella estaba apoyada en la barandilla de metal, mirando hacia la luna llena que brillaba sobre la ciudad de Musutafu, con una expresión inescrutable.
Un ligero batir de alas anunció la llegada de compañía. Hawks aterrizó suavemente a su lado, cerrando sus grandes alas rojas. Llevaba dos latas de café caliente que había sacado de una máquina expendedora cercana.
—Toma. Para el frío —dijo Hawks, extendiendo una lata hacia ella.
Mirko la tomó sin mirarlo, abriéndola con un chasquido.
—No tengo frío, pajarraco. Pero gracias.
Hawks se apoyó de espaldas contra la barandilla, cruzando los tobillos y dándole un sorbo a su café. El silencio se prolongó por unos minutos, solo interrumpido por el sonido lejano del tráfico de la ciudad.
—Y bien... otra figura de acción, ¿eh? —comentó Hawks, con tono casual, casi perezoso—. Vas a convertir su habitación en un santuario de Mirko si sigues a este ritmo. Los chicos de primero piensan que estás fundando una religión y lo estás reclutando a la fuerza.
Mirko soltó un bufido, apretando la lata de café con tanta fuerza que el metal crujió.
—Mocosos idiotas. No saben nada. Y tú tampoco.
—Yo sé que le has regalado seis objetos con tu cara en los últimos dos años —señaló Hawks, contando con los dedos—. Una taza, una camiseta de tu agencia, el póster autografiado, la almohada de viaje, el llavero de peluche, y ahora la figura de lujo. No es que lleve la cuenta, claro. Pero cualquiera diría que quieres que el grandulón no deje de verte ni cuando cierra los ojos.
Mirko se tensó. Sus orejas se erizaron rígidamente hacia arriba.
—¡No es por eso! —espetó, mirándolo con el ceño fruncido—. ¡Es porque... porque...!
Se detuvo. La bravuconería habitual de Rumi Usagiyama pareció desinflarse de golpe. Suspiró, un sonido pesado que sonaba más a derrota que a enojo, y volvió a mirar hacia la luna.
—Es porque él siempre está mirando muy lejos —dijo ella, su voz bajando a un susurro que Hawks apenas pudo captar—. ¿No te das cuenta, Keigo?
Hawks parpadeó, sorprendido por el uso de su nombre de pila. Eso significaba que Mirko estaba hablando en serio. Totalmente en serio.
—¿Mirando lejos? —repitió él.
—Siegfried... él no es de aquí. No pertenece a nuestra época, ni a nuestro mundo —continuó Mirko, apoyando la barbilla en su mano libre—. A veces, cuando cree que nadie lo observa, tiene esta mirada... como si estuviera viendo fantasmas. Como si estuviera recordando guerras de hace mil años, o personas que murieron antes de que la humanidad siquiera supiera escribir. Tiene un dolor antiguo en los ojos. Un peso que nosotros no podemos entender.
Hawks no dijo nada. Había notado esa melancolía en el gigante, por supuesto. Todos los héroes de alto rango lo sabían. Siegfried era un guerrero que había luchado en el Ragnarok, que había visto perecer a leyendas y dioses.
—Yo no soy buena con las palabras. No sé dar discursos motivacionales como All Might, y no sé cómo consolar a alguien como lo hace Recovery Girl —Mirko apretó la mandíbula, y un leve rubor cubrió sus mejillas—. Pero sé que si lleno su espacio con cosas mías, con mi cara... cuando tenga uno de esos momentos donde se pierde en su pasado... me verá. Verá la estúpida taza con mi cara. Verá la figura de acción. Y recordará que está aquí. En el presente. Que hay personas aquí que están vivas, que lo necesitan... y que...
Mirko se interrumpió de golpe, llevándose una mano a la cara, avergonzada de haber hablado de más.
Hawks abrió mucho los ojos, procesando la profundidad del gesto. Toda la U.A., todos los profesionales, creían que los regalos de Mirko eran solo una extensión de su personalidad ruidosa y narcisista. Una broma recurrente. Pero la realidad era una estrategia cruda, agresiva y desesperadamente tierna para mantener al hombre que amaba anclado al presente.
Una suave sonrisa se dibujó en el rostro del héroe alado.
—Vaya. Y yo pensando que solo querías que fuera tu fan número uno.
—¡Cállate! —gruñó Mirko, aunque no había veneno en su voz.
—¿Desde cuándo, Rumi? —preguntó Hawks en tono suave, casi fraternal—. Nunca te he visto así por nadie. Eres la mujer que rechazó a tres actores famosos de Hollywood y a dos héroes del Top 10 en un mismo mes porque "te aburrían". ¿Desde cuándo caíste por el matadragones?
Mirko se quedó en silencio por un largo rato. Dio un trago a su café, ya frío, antes de hablar.
—Hace un año y medio. ¿Recuerdas la redada en la fábrica subterránea de Kyushu? ¿La que estaba llena de esos malditos Nomus experimentales?
Hawks asintió. Fue una de las misiones más peligrosas antes del inicio de la guerra total. Él no había estado allí, pero leyó los informes.
—Nos emboscaron —relató Mirko, sus ojos rojos brillando con el recuerdo—. Endeavor estaba ocupado conteniendo un incendio químico en el sector oeste, y yo me quedé atrapada en la zona central con tres de esos monstruos de Alta Gama. Estaba peleando con todo, pero uno de ellos logró atrapar mi pierna. Iba a arrancármela, Keigo. Lo vi en sus ojos vacíos. Estaba lista para perder la pierna y seguir peleando a mordiscos si era necesario.
Las manos de Mirko temblaron levemente al recordarlo, un pequeño indicio del terror que sintió aquel día, un terror que jamás admitiría en público.
—Y entonces, la pared entera de titanio de la fábrica explotó —continuó—. Siegfried entró. No usó una espada, no usó un arma. Entró corriendo, agarró al Nomu que me sostenía por la mandíbula y el cráneo, y lo partió por la mitad. Literalmente. Con sus manos desnudas.
Hawks silbó por lo bajo. Sabía de la fuerza de Siegfried, pero escuchar los detalles siempre daba escalofríos.
—Pero no fue eso lo que me... lo que me hizo sentir esto —Mirko se cruzó de brazos, frotando sus antebrazos como si de repente tuviera frío—. Fue lo que hizo después. Mató a los otros dos en menos de un minuto. Estaba cubierto de sangre, lleno de polvo, luciendo como un puto demonio salido del infierno. Me asusté, por un segundo, creí que había perdido el control. Pero luego se giró hacia mí.
La voz de Mirko se volvió inusualmente suave, casi reverente.
—Su expresión cambió por completo. De un demonio sanguinario pasó a verse como... como un padre preocupado. Se arrodilló, sin importarle que el suelo estuviera ardiendo, me tomó en sus brazos con una delicadeza que no tenía sentido para alguien de su tamaño, y me preguntó: "¿Estás herida, pequeña guerrera?".
Mirko soltó una carcajada seca, negando con la cabeza.
—Me llamó 'pequeña guerrera'. A mí. La heroína que hace llorar a los villanos de dos metros. Y en ese momento... no sé. Sentí que toda la adrenalina, toda la rabia que siempre tengo que cargar para ser fuerte, simplemente desapareció. Me sentí segura. Nadie me había hecho sentir segura desde que era una niña, Hawks. Nadie. Siempre he tenido que ser yo la fuerte. Pero con él... con él sentí que podía dejar de pelear por un segundo.
Hawks escuchaba con una pequeña sonrisa cálida. Era raro ver bajo la armadura de Rumi Usagiyama, pero cuando te dejaba entrar, descubrías que su corazón era tan grande y fiero como sus patadas.
—Desde ese maldito día, no puedo sacármelo de la cabeza —confesó Mirko, bajando las orejas en señal de frustración—. Y es estúpido. Él es un héroe de leyenda. Conoció a diosas, valquirias, reinas de la antigüedad. ¿Por qué se fijaría en una heroína malhablada con orejas de conejo que solo sabe patear cosas? Por eso le doy regalos de broma. Es mi forma de estar cerca sin... sin arruinarlo todo.
El silencio volvió a caer en el balcón. Hawks terminó su café y encestó la lata vacía en un contenedor de basura a cinco metros de distancia con un movimiento fluido.
—Eres una idiota, Rumi —dijo Hawks, rompiendo la tensión.
Mirko le lanzó una mirada fulminante.
—¿Quieres que te arranque las alas y te las meta por el...?
—Déjame terminar —la interrumpió Hawks, levantando las manos en son de paz, riendo por lo bajo—. Eres una idiota por pensar que Siegfried no te ve de la misma manera.
Mirko se quedó helada. —¿De qué demonios hablas?
—Hablo de que eres ciega como un topo, a pesar de ser un conejo —Hawks se giró para enfrentarla, apoyando los codos en la barandilla—. Observa, Rumi. Tú le das una taza ridícula, y el tipo la usa todos los santos días en la sala de profesores. Le das una bufanda de tu mercancía, un objeto que a todas luces está diseñado para adolescentes fanboys, y él la usa durante todo el invierno, ignorando los regalos mucho más elegantes y caros que le dio Yaoyorozu o la ropa de diseñador que le envió Best Jeanist.
Mirko abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Su corazón comenzó a latir con fuerza contra sus costillas.
—Hoy —continuó Hawks, apuntando con el dedo hacia el interior del gimnasio—, cuando le diste esa figura. Todo el mundo se rió de ti a tus espaldas. Pensaron que eras narcisista y pesada. ¿Viste la cara de Siegfried?
—Él... él es amable con todos —murmuró Mirko, pero sonaba débil, dudosa.
—No. Él fue cortés con los demás. A Bakugo le dio una sonrisa comprensiva. A Midoriya le dio una palmada paternal. Pero cuando tú le diste esa caja... sus ojos brillaron, Rumi. Te miró como si le hubieras entregado el Santo Grial. El hombre literalmente ignoró el chiste de la situación porque estaba genuinamente feliz de recibir algo de ti.
Hawks dio un paso hacia ella, su tono volviéndose serio y alentador.
—Siegfried peleó contra los dioses para salvar a la humanidad. Él no busca a una valquiria inalcanzable. Está aquí porque ama a los humanos. Y te aseguro, por lo que he visto, que siente una profunda admiración por la humana más fuerte y cabezota que conozco.
Mirko tragó saliva. La idea de que sus sentimientos pudieran ser correspondidos le daba más miedo que cualquier Nomu o villano al que se hubiera enfrentado.
—No lo sé, Keigo... Si me equivoco, si se lo digo y él solo me ve como una amiga o una compañera de armas, la dinámica se va a arruinar. No puedo trabajar cerca de él si las cosas se ponen raras.
—¿Desde cuándo Mirko, la heroína número 5, huye de un desafío por miedo al fracaso? —preguntó Hawks, enarcando una ceja, lanzándole el anzuelo perfecto.
Los ojos rojos de Rumi destellaron. La provocación funcionó al instante. Su postura se enderezó, sus orejas se alzaron orgullosas y sus puños se apretaron.
—Yo no huyo de nada, pajarraco de mierda —gruñó, mostrando una sonrisa feroz.
—Esa es la coneja que conozco —Hawks le dio una palmada en el hombro—. Ve ahí dentro. Confiésate. Dile exactamente lo que me acabas de decir a mí. Bueno, tal vez omite la parte de que él parece un anciano deprimido mirando al infinito, pero dile lo de la fábrica. Dile que te sientes segura con él.
—¿Decirle eso? ¡Ni loca! ¡Eso es demasiado cursi! —exclamó Mirko, su rostro volviéndose del color de un tomate maduro.
—Entonces dile que te gusta su espalda gigante, qué sé yo, hazlo a tu manera —se rió Hawks, alejándose unos pasos y preparando sus alas para volar—. Solo hazlo, Rumi. Nada malo va a pasar. Te lo prometo.
Mirko miró a Hawks mientras este saltaba de la barandilla y se perdía en el cielo nocturno, dejando tras de sí un remolino de plumas rojas.
Se quedó sola en el balcón unos minutos más, reuniendo valor. Respiró hondo, dejando que el aire frío de la noche le llenara los pulmones. Podía escuchar el sonido del agua corriendo en la cocina del gimnasio; Siegfried todavía estaba allí, ayudando a lavar los platos.
«Es ahora o nunca. Yo no dudo. Yo salto», se dijo a sí misma.
Dando media vuelta, Mirko caminó con pasos firmes hacia el interior del gimnasio. El lugar estaba casi a oscuras, iluminado solo por unas pocas luces de servicio. Se dirigió hacia la cocina.
Allí estaba él. Siegfried tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, revelando sus antebrazos musculosos marcados por cicatrices. Estaba secando un plato enorme de cerámica con un trapo, tarareando una melodía antigua y melancólica, una canción que probablemente nadie en la Tierra conocía.
Junto al fregadero, colocada cuidadosamente sobre un paño seco para que no se manchara, estaba la figura de acción de Mirko.
El corazón de Rumi dio un vuelco. Él realmente la había mantenido a su lado todo este tiempo.
—¿Siegfried? —llamó ella, su voz saliendo más suave de lo que pretendía.
El gigante dejó de tararear, colocó el plato en su sitio y se giró lentamente. Al verla, una sonrisa cálida, pacífica, iluminó su rostro.
—Rumi. Pensé que ya te habías marchado con los demás —dijo él, secándose las enormes manos con una toalla—. ¿Olvidaste algo?
Mirko se quedó allí de pie, a unos tres metros de distancia. Toda su valentía, todo el coraje que había reunido en el balcón, amenazó con desvanecerse al encontrarse bajo la intensa y amable mirada de esos ojos. Pero recordó las palabras de Hawks. Recordó por qué había empezado a darle esos regalos tontos en primer lugar.
—No, no olvidé nada —respondió ella, cerrando los puños a sus costados. Apretó los dientes y dio un paso al frente—. Vine a decirte algo. Algo importante.
Siegfried notó el cambio en su tono. Su expresión se volvió seria, prestando total atención a la heroína. Dejó la toalla a un lado y se apoyó contra la encimera.
—Te escucho, Rumi. Sabes que puedes contarme lo que sea.
Mirko tragó saliva. "¡Maldita sea, no seas cobarde, Usagiyama!", se gritó mentalmente.
—Mira, grandulón, seré directa porque odio dar rodeos —empezó, su voz subiendo de volumen, ganando esa confianza arrogante que la caracterizaba—. ¿Sabes por qué siempre te regalo cosas con mi cara?
Siegfried parpadeó, un poco sorprendido por el giro de la conversación. Miró la figura de acción a su lado y luego a ella.
—Creí... creí que era tu forma de compartir tu orgullo como heroína conmigo. Siempre he admirado tu confianza.
—¡Mentira! Bueno, sí, estoy orgullosa de mí misma, pero no es por eso —Mirko dio otro paso al frente, acortando la distancia—. Es porque siempre estás en las nubes. Siempre pareces estar cargando con el peso del fin del mundo, recordando a dioses muertos y guerras estúpidas del Valhalla.
Siegfried se tensó ligeramente. La verdad en las palabras de la heroína lo golpeó más fuerte de lo que esperaba. Ella lo había estado observando. Había visto a través de su fachada de constante tranquilidad.
—Y odio ver eso —continuó Mirko, señalándolo con el dedo de manera acusatoria, aunque sus ojos traicionaban sus verdaderos sentimientos—. Odio ver que no estás del todo aquí. Así que decidí que te llenaría el cuarto de mis cosas, con mi cara en cada maldita esquina si fuera necesario, para obligarte a mirar al presente. Para que te dieras cuenta de que estás vivo, de que tienes una vida aquí.
Siegfried se quedó sin habla. El gigante, que no tembló ante la ira de los cielos, sintió un nudo en la garganta ante la cruda e inmensa devoción en la estrategia de la mujer frente a él.
—Rumi... yo no... no sabía que te preocupabas de esa manera —murmuró él suavemente.
—¡Claro que me preocupo, pedazo de idiota! —gritó ella, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza y adrenalina—. Me preocupo porque me importas. Me importas desde aquel día en la fábrica de Kyushu. Cuando me salvaste de esos Nomus. Cuando me llamaste 'pequeña guerrera' y me miraste como si fuera... como si fuera algo valioso.
Mirko estaba frente a él ahora. Tenía que mirar muy hacia arriba para encontrar los ojos del gigante. Estaba respirando agitadamente, con las orejas pegadas hacia atrás y el rostro completamente rojo.
—Nadie en toda mi maldita vida me ha hecho sentir como tú me haces sentir —confesó, escupiendo las palabras casi como si estuviera enojada, aunque no lo estaba—. Me gustas, Siegfried. Estoy enamorada de ti, maldita sea. Y si no te gusta, puedes arrojar la figura de acción a la basura y mañana fingimos que esto no pasó. ¡Pero tenía que decirlo!
El silencio en la cocina de la U.A. fue absoluto. El único sonido era la respiración acelerada de Mirko.
Siegfried la miraba, estupefacto. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Para un hombre que había vivido incontables batallas, que había presenciado la grandeza y la miseria, la declaración brutalmente honesta, torpe y apasionada de Rumi Usagiyama era lo más hermoso que había escuchado en siglos.
Lentamente, el asombro en el rostro del matadragones se derritió, dando paso a una sonrisa que iluminó toda la habitación. No era una sonrisa paciente o paternal. Era una sonrisa radiante, genuinamente feliz, llena de vida.
Siegfried dio un paso adelante, acortando la distancia que los separaba, y se arrodilló sobre una pierna para estar a la altura de sus ojos.
Levantó una de sus enormes manos, marcadas por el combate, y con una delicadeza que desafiaba su tamaño, apartó un mechón de cabello blanco del rostro de Mirko, acariciando suavemente su mejilla. Rumi se estremeció ante el tacto, pero no retrocedió; por el contrario, se inclinó sutilmente hacia el calor de su mano.
—Rumi... —comenzó Siegfried, su voz grave resonando con una emoción vibrante—. He vivido mucho tiempo. He visto eras pasar y he cargado, como bien dices, con fantasmas de un pasado que a veces me sofocan. Tienes razón en todo. A veces, la melancolía me arrastra lejos de este mundo.
El gigante acarició suavemente con el pulgar la piel cálida de la heroína.
—Pero te equivocas en algo. Cuando uso la taza que me diste, cuando miro el póster en mi oficina, no es tu rostro lo que me ancla al presente. Es el recuerdo de la mujer que me los dio. Una mujer fiera, indomable, que brilla con la intensidad de mil soles. Una mujer que no le teme a nada, que carga contra el peligro con una sonrisa feroz y que, por alguna razón que los dioses no entenderían, se ha preocupado por este viejo soldado.
Mirko sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, algo que odiaba con toda su alma, pero no pudo evitar que una rodara por su mejilla.
—Entonces... ¿no crees que soy rara por regalarte tantas cosas de mí misma?
Siegfried soltó una carcajada, un sonido profundo y retumbante que vibró en el pecho de Mirko y pareció calentar la habitación entera.
—Creo que es lo más tierno y ruidoso que alguien ha hecho por mí —respondió él, su mirada llenándose de un afecto innegable—. Y me honra. Más de lo que las palabras pueden expresar.
Sin darle tiempo a procesarlo por completo, Siegfried se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra la frente de Mirko, en un beso lento, lleno de reverencia y cariño.
Cuando se separó, los ojos de Rumi estaban muy abiertos, y su rostro estaba aún más rojo, si eso era posible. Su corazón latía tan fuerte que juraba que Siegfried podía escucharlo.
—Yo también siento un gran afecto por ti, pequeña guerrera —dijo Siegfried, mirándola directamente a los ojos rojos que tanto le fascinaban—. No hay un solo momento desde aquel día en Kyushu en el que tu valentía no me haya inspirado. Si me lo permites... me gustaría pasar mucho más tiempo anclado en este presente. Contigo.
Mirko se quedó paralizada por un segundo, asimilando las palabras. Y entonces, como si un dique se hubiera roto, la verdadera Rumi Usagiyama volvió a tomar el control.
Esbozó esa sonrisa salvaje, mostrando los colmillos, y agarró a Siegfried por las solapas de la camisa, tirando de él hacia abajo (o lo intentó, dadas las diferencias de peso, pero el gigante se dejó llevar voluntariamente).
—Más te vale, grandulón —le advirtió ella, aunque su voz carecía de amenaza real, reemplazada por una felicidad vibrante—. Porque para mi próximo cumpleaños, espero que me regales una figura de acción tuya. Edición ultra limitada. Con tu cara de idiota en la caja. ¿Entendido?
Siegfried volvió a reír, envolviendo sus grandes brazos alrededor de la cintura de la heroína y levantándola del suelo en un abrazo que Rumi devolvió rodeando su enorme cuello.
—Lo que desees, Rumi. Lo que desees.
A la mañana siguiente, cuando los estudiantes entraron a la sala común de la Clase 1-A para desayunar, se encontraron con Aizawa tomando café en su habitual saco de dormir, luciendo particularmente exhausto, mientras revisaba las noticias matutinas en su tableta.
Mina Ashido, bostezando, se acercó a la cocina.
—¡Buenos días, Aizawa-sensei! ¡Ayer fue una gran fiesta! ¿Sabe si Siegfried-sensei se llevó todos sus regalos al final? Especialmente esa... eh, particular figura que le dio Mirko-san.
Aizawa suspiró, cerró los ojos y se frotó la sien.
—Sí, Ashido. Se los llevó. De hecho...
Antes de que pudiera terminar, la puerta de los dormitorios se abrió de golpe y un ruidoso claxon sonó en el exterior. A través del gran ventanal, los estudiantes presenciaron una escena que los dejaría con la boca abierta por el resto del día.
En el patio de U.A., Mirko estaba montada sobre los anchos hombros de Siegfried, riendo a carcajadas mientras el gigante trotaba alegremente hacia el campo de entrenamiento, cargando en sus manos, como si de un tesoro divino se tratase, la caja de la «Edición Limitada Platinum: Mirko Patada Lunar».
—¡Más rápido, mi corcel nórdico! ¡El entrenamiento de los mocosos no se dará solo! —gritaba Mirko, jalándole amistosamente el cabello.
—¡A la orden, mi capitana! —respondía Siegfried, riendo a pleno pulmón, viéndose más joven, más vivo y más feliz de lo que cualquiera lo hubiera visto jamás.
Adentro de la sala común, el silencio reinaba.
Aoyama dejó caer su croissant. Mineta se desmayó. Kaminari cortocircuitó sin usar su poder.
—¿Pero qué...? —logró articular Midoriya, frotándose los ojos.
Desde lo alto de una rama de los robles que daban al patio, Hawks observaba la escena. Arrancó un pedazo de su sándwich matutino y sonrió, complacido consigo mismo.
«Te lo dije, coneja. Nada malo iba a pasar», pensó el héroe número dos, estirando sus alas rojas bajo el sol de la mañana. «Aunque, sinceramente, voy a tener que buscar un buen psicólogo para esos pobres estudiantes. La mercancía de Mirko en el campus va a aumentar un trescientos por ciento a partir de hoy».
Hawks se echó a reír, un sonido libre y alegre, despegando hacia el cielo mientras abajo, en la academia de héroes, el legendario matadragones finalmente había encontrado, en el corazón feroz de una heroína terrenal, la paz que había estado buscando por milenios.








