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Red Day Archives Version 2

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Versión 2 del libro Red Day Archives

Genero:
Fantasy
Autor/a:
FJT
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prologo

Prologo “El polvo siempre vuelve”

Sajonia, Sacro Imperio Romano Germánico — otoño de 1686

El polvo siempre volvía.

Niko estaba convencido de que la casa era quien lo fabricaba durante las noches.

No entraba por las ventanas, puesto que estás quedaban cerradas antes del entenebrecer del día. Tampoco caía de la chimenea, porque el hollín era negro y el polvo de la sala tenía ese color gris pálido de las cosas olvidadas. Aparecía sobre las mesas, entre los libros y dentro de pequeñas grietas del suelo como si las paredes lo expulsaran mientras todos dormían.

Tal vez las casas envejecían de esa forma.

Tal vez el polvo era la piel muerta del paso del tiempo.

Niko había pensado preguntárselo a su padre, pero Wilhelm llevaba varias mañanas marchándose antes de siquiera desayunar solo regresando cuando las velas ya estaban encendidas. Siempre prometía responder todas sus preguntas después. El problema era que, cuando llegaba ese momento, el pequeño Niko ya había reunido varias preguntas nuevas.

Aquella mañana estaba solo.

Wilhelm trabajaba desde antes del amanecer.

Konrad había viajado a Leipzig en plaza Naschmarkt con uno de sus maestros para asistir a una demostración sobre anatomía, óptica o alguna otra disciplina cuyo nombre pronunciaba como si esperara que Niko su hermano se sintiera impresionado de ello.

Niko sí se sentía bastante impresionado.

Solo que no quería darle la satisfacción de saberlo.

La casa era muy grande sin ellos.

No porque crecieran las habitaciones, sino porque nadie ocupaba el silencio.

Cuando Wilhelm estaba allí, cada rincón parecía saber dónde debía estar: las llaves colgaban junto a la entrada, las hojas permanecían ordenadas sobre el escritorio y hasta el fuego de la cocina ardía con cierta disciplina. Cuando Konrad regresaba, dejaba libros abiertos en las sillas, recitaba argumentos que nadie le había pedido y caminaba de un lado al otro como si la casa fuera demasiado pequeña para la cantidad de pensamientos que llevaba dentro suyo.

Pero cuando Niko se quedaba solo, los muebles no obedecían a absolutamente nadie.

Las puertas crujían sin explicación.

Los relojes hacían demasiado ruido.

Y la escalera que conducía al piso superior parecía alargarse cada vez que la observaba desde abajo.

Niko estaba sentado en el suelo de la sala, clasificando botones.

No tenía una razón para hacerlo. Había encontrado una caja vieja dentro de un armario y decidió separar los botones por tamaño, después por material y finalmente por la cantidad de agujeros. Había descubierto que algunos tenían dos, otros cuatro y uno particularmente pequeño tenía tres.

Aquello le pareció sospechoso.

—¿Por qué necesitaría tres? —preguntó en voz alta.

El botón no respondió.

Niko lo acercó a uno de sus ojos.

A través de los agujeros podía ver el techo dividido en tres pequeñas lunas blancas.

Pensó que quizá los botones veían el mundo de una forma distinta. Los de cuatro agujeros lo veían todo partido en cuadrados; los de dos, en mitades. Los que no tenían agujeros probablemente no veían nada y por eso debían limitarse a solo decorar los abrigos.

Era triste existir únicamente para ser bonito.

Dejó el botón de tres agujeros separado de los demás, para no obligarlo a fingir que era normal.

Entonces miró el cuadro.

Estaba colgado sobre la repisa de la chimenea, ligeramente inclinado hacia la izquierda. Niko llevaba semanas observando aquella inclinación. Nadie más parecía notarla.

El retrato mostraba a una mujer sentada junto a una ventana que ya no existía.

Vestía de azul oscuro. Tenía una mano apoyada sobre el regazo y la otra cerca del pecho, sosteniendo una flor blanca. El pintor había trabajado con tanto cuidado los pliegues del vestido que Niko a veces esperaba verlos moverse con el viento. Sin embargo, había algo extraño en la cara. No estaba mal dibujada. Todo lo contrario: era demasiado perfecta.

Su madre no había sido tan quieta.

Él recordaba unas manos que siempre estaban haciendo algo. Recogiendo su cabello, cortando fruta, cerrando cortinas, limpiándole la cara con el pulgar aunque él insistiera en que no estaba sucio. Recordaba que se reía inclinando primero la cabeza hacia atrás. Recordaba el sonido de sus pulseras cuando lo abrazaba.

O creía recordarlo.

Eso era lo peor de los recuerdos: no avisaban cuándo empezaban a mentir.

Niko se puso de pie.

El marco estaba cubierto por una capa fina de polvo.

Miró la puerta de entrada.

Después la escalera.

Sabía que no había nadie, pero esperó unos segundos más por si la casa intentaba engañarlo.

Fue hasta la cocina, tomó un paño limpio y regresó arrastrando una silla. Las patas rasparon el suelo con un gemido largo.

—No te rompas —le pidió—. Papá va a saber que fui yo.

La silla permaneció entera.

Niko se subió con cuidado. Al principio mantuvo ambos pies en el centro del asiento, como Wilhelm le había enseñado. Después descubrió que no llegaba a la parte superior del marco y tuvo que estirarse sobre las puntas.

La madera se tambaleó.

Niko se quedó inmóvil.

La silla también.

—Bien —susurró—. Ninguno dice nada.

Empezó por la esquina inferior.

El paño dejó una franja limpia sobre el marco oscuro. Niko siguió la línea con atención, observando cómo desaparecía el gris y reaparecían las pequeñas hojas talladas en la madera. Nunca había entendido por qué el artesano había puesto hojas alrededor de un retrato. Tal vez había pensado que los muertos debían estar rodeados de cosas vivas.

Aunque nadie le había dicho que su madre estuviera muerta.

No con esas palabras.

Wilhelm decía que se había ido.

Konrad decía que no tenía sentido utilizar expresiones imprecisas para evitar un hecho.

Niko prefería la versión de su padre.

La gente que se iba podía regresar.

La que moría no.

Limpió el hombro pintado de la mujer. Después el cabello, la frente y el borde de una mejilla. El rostro se fue aclarando poco a poco bajo el paño.

—Hola, mamá.

Hablarle resultaba más fácil cuando estaba solo.

No porque creyera que Wilhelm se burlaría. Su padre nunca se burlaba de preguntas serias, aunque a veces tardara demasiado en comprender cuáles lo eran. Konrad sí podía sonreír de esa forma suya, apenas levantando una esquina de la boca, como si acabara de encontrar un error en un libro.

Niko no quería que su hermano convirtiera a su madre en un problema que pudiera resolverse con lógica.

Pasó el paño sobre el vidrio.

—Hoy hace frío.

Miró hacia la ventana.

Las nubes cubrían el cielo y las ramas del manzano golpeaban suavemente contra el cristal. Aún quedaban algunas hojas amarillas, aferradas al árbol como si no hubieran recibido la noticia de que el verano había terminado.

—Papá salió muy temprano. Otra vez.

Limpió la flor blanca del retrato.

—Konrad se fue con el señor Weiss. Dice que van a ver un cadáver.

Esperó.

—A mí no me dejarían acompañarlos.

Lo pensó mejor.

—Tampoco es que quiera hacerlo.

Se inclinó hacia el cuadro.

—Bueno, un poco quizá.

La silla crujió bajo sus pies.

Niko bajó la voz, como si estuviera revelando una falta grave.

—Quiero saber cómo somos por dentro. Pero no quiero que nadie tenga que morir para enseñármelo.

La mujer del retrato conservó su expresión serena.

Niko frotó una mancha junto a su cabello. No desapareció. Insistió con la punta del paño hasta que comprendió que no era suciedad, sino una sombra pintada.

A veces le costaba distinguir las manchas de las sombras.

—¿Konrad siempre fue tan inteligente?

La pregunta salió antes de que pudiera decidir si quería hacerla.

—Papá dice que yo también soy brillante. Pero también me lo dice cuando hago cosas mal, creo que me miente.

Imitó la voz grave de Wilhelm:

Frunció la nariz.

El silencio de la casa parecía haberse acercado para escucharlo.

Niko observó los ojos pintados de su madre. Eran claros, aunque el artista no había conseguido decidir si eran verdes o grises. Los suyo eran parecido los de su hermano no.

En realidad, pocas cosas en él se parecían a las de su hermano.

Konrad era alto incluso antes de haber terminado de crecer. Su cabello caía exactamente donde debía y nunca parecía levantarse por la mañana apuntando en direcciones distintas. Comprendía los libros de Wilhelm y recordaba palabras en latín después de escucharlas una sola vez.

Niko olvidaba lo que acababa de leer porque una mosca se posaba sobre una ventana.

Pero después podía describir cada movimiento de la mosca.

Eso no impresionaba a los maestros.

—¿Estarías contenta si supieras que todavía me acuerdo de vos?

Su mano se detuvo sobre el vidrio.

La pregunta no sonaba exactamente como la había pensado. Faltaban los detalles.

Niko apoyó el paño sobre el borde del marco.

—¿Te pondría triste que me acuerde tan poco?

Una corriente de aire atravesó la habitación.

La llama apagada de una vela inclinó su hilo de humo inexistente en la imaginación de Niko. Las ramas del manzano volvieron a rozar la ventana.

—No me acuerdo de tu voz.

Decirlo lo hizo verdadero.

Niko bajó la mirada.

—Creo que sí, pero cuando intento escucharla...

Se quedó pensando.

Rozó con un dedo la flor pintada.

—¿Las personas se mueren otra vez cuando nadie las recuerda?

La puerta principal se abrió.

Niko dio un salto.

La silla se inclinó hacia atrás.

Por un instante, el suelo pareció alejarse. Agitó los brazos y alcanzó el marco con una mano. El cuadro golpeó la pared.

—¡Niko!

Wilhelm cruzó la sala antes de que la silla terminara de tambalearse. Lo sujetó por la cintura y lo levantó como si aún tuviera cinco años.

El paño cayó al suelo.

La silla quedó torcida.

Niko terminó contra el pecho de su padre, respirando el olor a lana mojada, humo y algo metálico que no supo identificar.

Wilhelm lo sostuvo unos segundos más de lo necesario.

—Estoy bien —dijo Niko.

—Todavía no decidí si lo estás.

—No me caí.

—Porque llegué antes.

Wilhelm lo apartó lo suficiente para mirarlo.

Era un hombre ancho de hombros, con el cabello oscuro y corto atravesado por algunas hebras grises. Llevaba el abrigo desabrochado y tenía las mejillas rojas por el frío. Sus ojos, normalmente cansados, estaban ahora completamente despiertos.

Su padre cerró los ojos brevemente.

Pareció debatirse entre regañarlo y reírse de la carita que puso su niño. El regaño ganó, aunque solo por muy poco.

—No vuelvas a subirte solo a una silla.

—Pero estaba limpiando.

—Eso veo.

Wilhelm miró el cuadro.

La expresión de su rostro cambió rapidez tanta que Niko creyó haberla imaginado. Sorpresa. Después algo más oscuro.

Era la misma expresión que tenía cuando encontraba una carta antigua escrita por alguien que ya no podía responderle.

Wilhelm dejó a Niko en el suelo.

—Podrías habérmelo pedido.

—Trabajas mucho y yo podía hacerlo...

—Podrías habérselo pedido a Konrad.

—Siempre está estudiando.

—Podrías haber esperado.

Niko miró el polvo que aún cubría la esquina superior del marco.

—El polvo no espera.

Wilhelm siguió su mirada.

—No —admitió—. Supongo que no.

Recogió el paño y, sin decir nada más, se subió a la silla.

Niko abrió la boca.

—Me dijiste que no—

—Te dije que no subieras solo.

—¿Pero ahora estás solo?.

Wilhelm extendió el brazo y limpió la parte alta del marco.

—Estoy acompañado.

Niko consideró aquello.

—Alguien tiene que hacerlo.

Wilhelm soltó una risa breve.

Terminó de limpiar el marco. Después observó el cuadro a una distancia prudente. El rostro de la mujer parecía más luminoso sin el polvo, pero Wilhelm no sonrió.

Niko se colocó a su lado.

—¿Ella sabía que se iba a morir?

El cuerpo de su padre se tensó.

Niko notó el movimiento porque estaba observando sus manos. Wilhelm las cerró y volvió a abrirlas, como si necesitara comprobar que todavía le pertenecían.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque cuando alguien sabe que se va a ir, se despide.

—No siempre tiene tiempo.

—¿Ella lo tuvo?

Wilhelm tardó demasiado.

—Sí.

—¿De vos?

—Sí.

—¿De Konrad?

—También.

Niko miró el cuadro.

—¿Y de mí?

Su padre se arrodilló para quedar a su altura.

Niko nunca había entendido por qué los adultos hacían aquello antes de decir cosas importantes. Tal vez pensaban que una verdad dolía menos si venía desde más abajo.

—Eras muy pequeño.

—Eso no me responde.

Wilhelm respiró por la nariz.

—Te sostuvo durante mucho tiempo.

—¿Pero dijo algo?

—Dijo muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que te cuidáramos. Que fueras bueno. Que no dejaras de hacer preguntas.

Niko entrecerró los ojos.

—Eso último lo agregaste vos.

La expresión de Wilhelm se quebró apenas.

—Sí.

Niko volvió a mirar el cuadro.

—¿Qué dijo en verdad?

Su padre apoyó una mano sobre su hombro.

—Dijo que esperaba que el mundo fuera más amable con vos de lo que había sido con ella.

Niko no entendió completamente la frase, pero supo que debía guardarla. Había palabras que no servían en el momento en que se recibían. Uno tenía que llevarlas consigo hasta crecer lo suficiente para abrirlas.

—¿El mundo fue malo con mamá?

—El mundo no puede ser bueno ni malo. Las personas sí.

—Entonces ¿ella se equivocó?.

Wilhelm lo observó con atención.

—¿Por qué?

—Porque culpó al mundo.

Su padre miró hacia el cuadro.

—Quizá era más sencillo.

Niko pensó en aquello.

—¿Mentir es más sencillo?

—Con frecuencia puede que lo sea.

—¿Y por qué nos enseñas a no hacerlo?

—Porque los camino fáciles pueden ser mas peligrosas.

Niko iba a preguntarle de qué forma una mentira podía ser peligrosa si no tenía dientes, pero advirtió una mancha oscura en la manga de Wilhelm.

No era barro.

—Sangre.

Wilhelm bajó la vista.

El silencio regresó, pero ya no era el mismo silencio de la casa vacía. Este tenía algo escondido dentro.

—No es mía.

—¿De quién es?

Su padre se quitó el abrigo.

—De un animal.

Niko observó la forma irregular de la mancha.

—¿Qué animal?

—Uno herido.

—¿Dónde?

—En el camino.

—¿Qué le pasó?

—No lo sé.

—¿Lo ayudaste?

Wilhelm dobló el abrigo, ocultando la sangre en el interior.

—Intenté hacerlo.

—¿Murió?

Su padre no respondió.

Niko sintió que acababan de cerrar una puerta frente a él. Wilhelm hacía eso a menudo, aunque nunca utilizara una llave. Contestaba una pregunta con suficiente suavidad para que pareciera respondida, pero dejaba todo lo importante de otro lado.

—¿Por eso volviste temprano?

—Olvidé unos documentos.

Fue hasta el escritorio situado junto a la ventana. Había papeles apilados, frascos de tinta y varios instrumentos que Niko no podía tocar. Una lente montada sobre una base de latón. Un compás con una punta demasiado afilada. Una pequeña caja de madera cerrada mediante tres broches.

Wilhelm abrió un cajón y empezó a revisar su contenido.

Niko se acercó.

—¿Qué buscas?

—Documentos.

—¿Cuáles?

—Los que olvidé.

—¿Sobre qué?

—Trabajo.

—¿Qué clase de trabajo?

—El que hago para mantener esta fabrica de polvo.

Niko apoyó los brazos sobre el escritorio.

—No creo que la casa lo fabrique.

—¿Cambiaste de teoría?

—Creo que aparece porque las cosas quieren que las toquemos.

Wilhelm dejó de buscar.

—¿Por qué querrían eso?

—Porque si algo está limpio, significa que alguien lo mira.

El padre contempló el cuadro.

Niko se dio cuenta de que había dicho algo importante por accidente.

No le gustaba cuando eso ocurría. Los adultos guardaban esas frases y después las repetían como si el niño hubiera sabido exactamente lo que quería decir.

Wilhelm encontró una carpeta atada con hilo rojo.

Antes de cerrarla, Niko alcanzó a ver un dibujo.

Era una forma circular, parecida a un ojo rodeado de líneas. En el centro había una figura negra, demasiado larga para ser humana.

Wilhelm cerró la carpeta.

—¿Qué era eso?

—Nada que deba preocuparte pequeño.

—Lo que no debe preocuparme son la cosa que más me preocupa.

—Lo sé bastante bien a eso.

—¿Era el animal?

—No.

—¿Era una persona?

—No exactamente.

La respuesta hizo que Niko enderezara la espalda.

—¿Cómo puede algo no ser "exactamente" una persona?

Wilhelm guardó la carpeta dentro de su bolso.

—Puede ser un dibujo mal hecho.

—No parecía mal hecho.

—Entonces quizá lo viste demasiado rápido para juzgarlo.

—Vos me enseñaste que se puede aprender mucho mirando poco.

—A veces lamento habértelo enseñado eso...

La cerradura de la puerta giró.

Konrad entró antes de que ninguno pudiera decir algo más.

Traía un libro bajo el brazo, otro dentro del abrigo y una expresión de irritación que parecía haber viajado con él desde Leipzig. Tenía dieciséis años, aunque algunas personas le hablaban como si fuera mucho mayor y otras lo trataban como si aún no hubiera crecido lo suficiente para opinar.

Konrad detestaba ambas cosas.

Dejó su sombrero junto a la entrada.

—El carruaje perdió una rueda.

Wilhelm levantó una ceja.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes. El carruaje perdió una rueda.

Niko se acercó.

—¿Viste el cadáver?

Konrad lo miró.

—Hola, Niko.

—Hola. ¿Lo viste?

—Sí.

—¿Cómo era?

—Muerto.

—Ya sé.

—Entonces la pregunta estaba mal formulada.

Niko frunció el ceño.

—¿Tenía todo adentro?

Konrad dejó el libro sobre la mesa.

—Casi todo.

—¿Qué le faltaba?

—La dignidad de ser enterrado, principalmente.

Wilhelm cerró el bolso con más fuerza de la necesaria.

—Konrad.

—El me preguntó.

—Tiene diez años.

—Y sigue haciendo preguntas aunque tenga diez años. No veo por qué debería de darle respuestas falsas a sus cuestionamientos.

Niko miró a su padre.

—¿Me dan respuestas falsas?

—A veces te damos respuestas adecuadas a tu edad.

— ¿Para mi edad?

Konrad se quitó el abrigo.

—Para que sigas siendo soportable.

Niko le sacó la lengua.

Su hermano le revolvió el cabello al pasar, un gesto rápido y casi brusco que habría parecido despectivo para cualquiera que no lo conociera. Niko sabía que era una forma de afecto porque Konrad no era muy cercano a las personas por lo general.

—¿Aprendiste algo? —preguntó Wilhelm.

Konrad se detuvo.

—Que el profesor Weiss disfruta hablando más de lo que disfruta saber, es bastante engreído ese viejo.

—Eso no es nuevo.

—También aprendí que la sangre se acumula de forma diferente según la posición del cuerpo después de la muerte.

Niko volvió a mirar la manga escondida del abrigo de Wilhelm.

—¿Cuánto tarda?

—Depende.

—¿De qué?

—Temperatura, Causa de muerte, Estado del cuerpo…

—Basta —interrumpió Wilhelm.

Konrad lo observó.

Después observó el abrigo doblado.

Niko vio el momento exacto en que su hermano notó la mancha.

No preguntó nada.

Eso confirmó que debía ser importante.

Konrad dirigió la mirada hacia el cuadro.

—Lo limpiaron.

Niko sintió una punzada de alarma.

Wilhelm recogió su bolso.

—Necesitaba atención.

—El marco está torcido.

—Siempre estuvo torcido —dijo Niko.

Konrad se acercó y lo enderezó con dos dedos.

—Ahora no.

Niko miró el retrato.

Algo en él había cambiado. No sabía si prefería el cuadro recto. Cuando estaba inclinado parecía pertenecer a la casa; perfectamente nivelado parecía una pieza dentro de un museo.

—Estaba mejor antes —dijo.

—Estaba mal.

—No todo lo que está torcido está mal.

Konrad lo miró de reojo.

—Eso no significa nada.

—Sí significa.

—¿Qué?

Niko abrió la boca.

No tenía una respuesta.

—Significa eso.

Konrad sonrió apenas.

—Un argumento impecable.

Wilhelm se colocó el bolso sobre un hombro.

—Tengo que regresar.

Niko se volvió hacia él.

—Recién llegaste.

—Solo vine por los documentos.

—Y por mí, un poco.

Su padre dudó.

—Y por vos, un poco.

—Podrías quedarte.

—No hoy, lo siento mucho, ya tendremos tiempo ¿si?.

—Siempre es un "no hoy".

La frase cayó con más peso del que Niko había querido darle.

Wilhelm miró a Konrad. Fue un gesto mínimo, pero Niko lo vio. Los adultos creían que los niños no percibían conversaciones silenciosas ellos mismos ya habían olvidado cómo era vivir en un mundo donde casi todo se decidía por encima de sus cabezas.

Konrad tomó el bolso de las manos de su padre.

—Te acompaño.

—Acabas de regresar.

—Necesitas ayuda.

—No la pedí.

—Precisamente por eso te la ofrezco.

Wilhelm sostuvo la mirada de su hijo mayor durante segundos.

—No.

—Estoy preparado.

—Eso no lo decidís vos.

—Weiss dice que podría presentar mi solicitud antes del invierno.

Niko miró de uno a otro.

—¿Solicitud para qué?

Ninguno contestó.

—¿Para ser investigador? —insistió.

Konrad no apartó los ojos de Wilhelm.

—Para empezar mi formación.

—Ya estudias todo el tiempo.

—No es lo mismo.

—¿Vas a trabajar con papá?

—Algún día.

Wilhelm recuperó el bolso.

—No hemos decidido nada todavia.

—Vos no lo decidiste —dijo Konrad—. Yo sí.

Aquello modificó la habitación.

No fue un grito. Konrad casi nunca gritaba. Pero las palabras tensaron el aire como una cuerda.

Niko miró el cuadro de su madre.

Pensó que ella sabría qué decir. Las madres debían poseer alguna clase de conocimiento secreto para impedir que las familias se rompieran durante conversaciones pequeñas.

Wilhelm se acercó a Konrad.

—Tener capacidad no significa comprender el costo.

—¿Qué costo?

—El que todavía no conoces.

—Entonces pueden enseñármelo.

El padre bajó la voz.

—Ese es exactamente el problema.

Niko levantó la mano.

Ambos lo miraron.

—¿Sí? —preguntó Wilhelm.

—¿Vamos a comer?

Konrad soltó el aire por la nariz.

La cuerda invisible se aflojó.

—Es una pregunta razonable —dijo.

Wilhelm observó la ventana. La tarde ya empezaba a oscurecer.

—Puedo quedarme hasta después de la cena.

Niko sonrió.

—Entonces volviste bastante por mí.

—No abuses de la aritmética.

—¿Qué es eso?

—Konrad te lo puede contar luego

—"Konrad" puede que este ocupado luego.

Diría Konrad mientras miraba como Willhem quería darle todo el trabajo de explicarlo solo para el.

Prepararon la comida entre los tres.

Wilhelm cortó cebollas. Konrad calentó el caldo del día anterior. Niko recibió la responsabilidad de rebanar el pan con un cuchillo sin filo, una tarea que consideró ofensivamente segura.

La cocina se llenó de vapor.

Afuera empezó a llover.

Las gotas golpearon el techo y las ventanas con intensidades distintas. Niko intentó contar cuántos sonidos podían producir al mismo tiempo, pero perdió la cuenta cuando llegó a nueve.

—¿La lluvia cae igual sobre todas las casas? —preguntó.

Konrad removía la olla.

—Depende del tamaño del techo.

—No pregunté si cae la misma cantidad.

—Entonces formulaste mal la pregunta.

Niko dejó el cuchillo.

—Quiero saber si suena igual.

Wilhelm puso las cebollas en una sartén.

—No.

—¿Por qué?

—Los materiales cambian el sonido. La madera, la piedra, metal…

—Entonces cada casa escucha una lluvia distinta.

Konrad siguió removiendo.

—Las casas no escuchan.

—No podes demostrarlo.

—Demuéstrame que esa cuchara no piensa.

Niko miró la cuchara.

Konrad la señaló.

—No empieces.

Durante la cena, Wilhelm permitió que Niko mojara el pan directamente en el cuenco. Konrad dijo que era una costumbre impropia. Cinco minutos después hizo lo mismo cuando creyó que nadie lo miraba.

Niko lo vio y entrecerró los ojos.

No dijo nada.

Hay secretos que sirven para proteger a las personas y otros que sirven para utilizarlas después. Todavía no había decidido a cuál pertenecía aquel momento.

—¿Mamá estaría feliz de saber que la recuerdo? —

La cuchara de Wilhelm se detuvo.

Konrad mantuvo la suya dentro del caldo.

Niko miró el reflejo deformado de su cara sobre la superficie.

—¿Verdad?

Wilhelm dejó la cuchara a un lado.

—Sí.

—¿Aunque no recuerde todo?

—Nadie recuerda todo.

—Vos recordás más.

—Viví más tiempo con ella.

—¿Y Konrad?

Su hermano lo miró.

—Recuerdo suficiente.

—¿Qué significa suficiente?

Konrad tardó en responder.

—Recuerdo cómo decía mi nombre cuando estaba decepcionada.

—¿Y cuando estaba feliz?

—También.

—¿Y el mío?.

—¿Qué cosa?

—Mi nombre, ¿Cómo lo decía ella?.

Konrad bajó la mirada al cuenco.

—No puedo.

—Pero dijiste que recordabas.

—Recordar no significa poder repetir.

Niko pensó en la voz de su madre convirtiéndose en la de Wilhelm cada vez que intentaba escucharla.

—Entonces quizá te pasa como a mí.

Konrad levantó la vista.

Por primera vez en toda la tarde, pareció de dieciséis años.

—Quizá.

La lluvia continuó golpeando las ventanas.

Wilhelm se levantó y fue hasta el cuadro. Permaneció frente a él en silencio. Después retiró la flor seca que descansaba sobre la repisa y la sustituyó por una pequeña rama del manzano, todavía cubierta de gotas.

Niko observó el gesto.

—¿Ella prefería esas flores?

—No.

—¿Entonces por qué la pusiste?

Wilhelm acomodó la rama.

—Porque hoy es lo que tenemos.

Niko pensó que quizá recordar a alguien no consistía en conservarlo todo igual. Tal vez también significaba acercarle las cosas nuevas que se había perdido.

Después de cenar, Wilhelm no regresó al trabajo.

No explicó por qué.

Encendió el fuego de la sala y sacó un libro de uno de los estantes inferiores. Era una colección de relatos antiguos, con tapas de cuero resquebrajadas y páginas que olían a humedad.

Konrad ocupó el sillón junto a la chimenea. Niko se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra sus piernas. Wilhelm leyó una historia sobre un viajero que había pasado siete años buscando una ciudad construida al revés, con las torres bajo tierra y las tumbas abiertas hacia el cielo.

Niko interrumpió cuatro veces.

La primera para preguntar cómo podía llover dentro de una ciudad subterránea.

La segunda para señalar que el viajero habría muerto mucho antes si solo llevaba comida para tres días.

La tercera para preguntar por qué alguien construiría una ciudad al revés.

La cuarta no era una pregunta.

—Ese hombre es tonto.

Wilhelm cerró el libro sobre un dedo.

—¿Por qué?

—Porque siguió buscando después de encontrar su casa.

—Quizá su casa no era el lugar al que quería volver.

—Entonces no era su casa.

Konrad apoyó una mano sobre la cabeza de Niko.

—Por una vez, estoy de acuerdo.

Wilhelm los miró.

Durante unos segundos, Niko creyó que su padre estaba a punto de decir algo importante.

No lo hizo.

Reanudó la lectura.

Cuando terminó la historia, el fuego se había reducido a brasas. Wilhelm llevó a Niko a su habitación, aunque este insistió en que ya podía subir solo.

La habitación tenía una cama estrecha, un armario, dos estantes y una ventana orientada hacia el manzano. Niko guardaba debajo de la almohada objetos que consideraba importantes: una moneda extranjera, una pluma azul, una piedra con forma de corazón y el botón de tres agujeros que había encontrado aquella mañana.

Wilhelm lo cubrió con la manta.

—Papá.

—¿Sí?

—¿Los muertos sueñan?

—No lo sé.

—¿Mamá puede soñar conmigo?

Su padre se sentó en el borde de la cama.

—Me gustaría pensar que sí.

—Eso no es lo mismo que saberlo.

—No.

—¿Los investigadores no deberían saber cosas?

—Los buenos investigadores saben cuántas cosas ignoran.

Niko consideró la respuesta.

—Entonces yo sería muy bueno.

Wilhelm sonrió.

—El mejor sin dudar.

Niko miró hacia la puerta.

Konrad estaba apoyado contra el marco con los brazos cruzados.

—¿Vos también ignoras muchas cosas? —le preguntó.

—Algunas.

—¿Cuántas?

—No se, no es algo que se pueda enumerar tan fácil.

—Entonces son muchas.

Konrad se acercó y dejó el botón de tres agujeros sobre la mesa de noche. Niko no lo había visto recogerlo.

—Te faltaba esto.

—No es mío.

—Estaba separado de los demás.

—Porque es distinto.

—Eso no impide que sea tuyo.

Niko tomó el botón.

—¿Crees que ve tres mundos?

Konrad miró los agujeros.

—Creo que no ve ninguno.

—Es una respuesta aburrida.

—Las respuestas verdaderas... suelen ser aburridas.

Wilhelm se levantó.

—Buenas noches, Niko.

—¿Vas a estar mañana?

Su padre tardó apenas un segundo.

Pero Niko lo notó.

—Voy a intentarlo un poco.

—¿Eso significa?.

—Significa que voy a intentarlo ¿si?.

Konrad apagó la vela.

La habitación quedó iluminada por la claridad gris de la ventana.

Niko escuchó sus pasos alejarse por el pasillo. Primero los de Wilhelm, pesados y regulares. Después los de Konrad, más ligeros.

Sus voces llegaron desde la escalera, reducidas a murmullos.

—No podes mantenerlo al margen para siempre —dijo Konrad.

—Puedo mientras siga siendo un niño.

—Yo también era un niño cuando ella murió.

Hubo un silencio.

Después, la voz de Wilhelm:

—Precisamente.

Niko apretó el botón dentro de su mano.

Quiso levantarse y seguir escuchando, pero el sueño empezó a pesarle detrás de los ojos. La lluvia había disminuido. Las ramas del manzano arañaban el vidrio con un ritmo lento.

Pensó en el cuadro limpio.

En su inmortalizada madre dentro del cuadro sosteniendo aquella flor, flor que nunca se marchitaría con el pasar de los días.

Pensó en la sangre sobre el abrigo de su padre.

En la figura negra dentro de aquel dibujo.

En Konrad afirmando que estaba preparado para algo que nadie quería explicarle.

Niko cerró los ojos.

Se preguntó si las preguntas seguían existiendo mientras uno dormía.

La casa desapareció.

Pero él no se durmió.

No del todo.


La lluvia caía hacia arriba.

Niko lo supo antes de abrir los ojos.

Escuchaba las gotas abandonar el barro y elevarse hacia un cielo rojo, atravesando el aire como pequeñas cuentas de cristal. Una tras otra. Miles. Cada gota llevaba consigo un hilo oscuro que se desprendía del suelo.

No estaba en su cama.

No era Niko.

Tenía las manos de un hombre.

Eran grandes, ásperas y estaban cubiertas de tierra hasta las muñecas. Una cicatriz atravesaba la palma izquierda. En la derecha sostenía una pala con el mango partido.

El hombre respiraba con dificultad.

Delante de él había una fosa.

Dentro de la fosa descansaban siete cuerpos envueltos en telas blancas.

No podía verles las caras.

Sabía quiénes eran.

El conocimiento no pertenecía a Niko, pero el dolor sí.

A lo lejos se alzaba una ciudad.

Sus torres se inclinaban en direcciones imposibles. Algunas nacían desde el suelo; otras descendían desde el cielo. Entre ambas mitades había puentes suspendidos sobre una oscuridad sin fondo.

Niko recordó la historia que Wilhelm había leído.

La ciudad construida al revés.

Pero aquello no era una historia.

El hombre de las manos ajenas clavó la pala en la tierra.

—No queda tiempo —dijo una mujer detrás de él.

La voz le resultó conocida.

Niko intentó girarse, pero el cuerpo no le obedeció.

—Siempre queda tiempo —respondió el hombre.

Su voz era profunda y estaba rota por el cansancio.

—Eso decías antes de que abrieran el cielo.

El hombre alzó la mirada.

Sobre la ciudad había una grieta.

No parecía una tormenta ni una herida. Era la ausencia de algo. Una abertura tan negra que las estrellas cercanas desaparecían dentro de ella. A través de sus bordes se movían formas enormes, demasiado lejanas para comprenderlas y demasiado próximas para ignorarlas.

Cada movimiento hacía temblar el suelo.

Los cuerpos de la fosa susurraron al mismo tiempo.

Niko no entendió las palabras.

El hombre sí.

Retrocedió.

—Todavía están vivos.

—No —dijo la mujer—. Solo aprendieron a imitarlo.

Uno de los cuerpos se movió bajo la tela.

Después otro.

El hombre levantó la pala como si fuera un arma.

La mujer pronunció su nombre.

—Bram.

El mundo se detuvo.

Niko sintió que algo lo observaba desde el interior de la grieta.

No a Bram.

A él.

A un niño que aún no había nacido cuando aquella ciudad se quebró.

Uno de los cuerpos extendió una mano desde la fosa. Tenía demasiados dedos.

Bram quiso retroceder.

Niko quiso gritar.

Ninguno pudo.

La tela del primer cuerpo cayó.

Debajo no había rostro.

Solo un ojo abierto.

Un ojo inmenso, húmedo y humano.

—Te encontramos —dijeron los siete cadáveres.

Niko despertó.

Estaba sentado en la cama.

La lluvia había cesado.

Tenía el botón de tres agujeros clavado contra la palma, con tanta fuerza que había dejado tres pequeñas marcas rojas.

Durante varios segundos no recordó dónde estaba.

Después reconoció el armario.

La ventana.

El manzano.

Su respiración fue desacelerándose.

—Bram —susurró.

No sabía quién era.

No sabía por qué lo había llamado así.

En el piso inferior, algo golpeó la pared.

Una vez.

Después otra.

Niko apartó la manta.

La puerta de su habitación estaba abierta.

Él recordaba que Konrad la había cerrado.

Desde el pasillo llegaba una franja de luz.

Y, en medio del silencio, escuchó la voz de su madre.

—No bajes.

Niko permaneció inmóvil.

No porque hubiera reconocido la voz.

Sino porque no se parecía en nada a la de Wilhelm.

To be continued

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