Feral. por narciso en Inkitt
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Feral.

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Sinopsis

"Solo recuerda que para sobrevivir, hay que correr". Emily Brooks, una adolescente que se muda con su padre, el agente del FBI Daniel Brooks, a un misterioso pueblo llamado Black Hollow, descubre que tras los bosques cercanos a su nueva casa acecha una bestia con ojos ámbar. Al comenzar su último año en la secundaria, conoce a Joey Miller, un chico carismático y gay, y a Preston Pierce, el líder del equipo de fútbol, quien esconde un oscuro secreto: él y su grupo son licántropos. Cuando las desapariciones en el pueblo se intensifican, Emily se ve arrastrada a una guerra entre licántropos y una bestia legendaria que amenaza con destruirlo todo. Con su padre en coma tras un ataque, Emily deberá decidir entre su humanidad y el poder que la marca en su brazo le otorga. En medio del caos, el amor, la traición y el sacrificio de Joey cambiarán su destino para siempre. ¿Podrá sobrevivir sin perderse a sí misma?

Genero:
Romance
Autor/a:
narciso
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Los ojos en la oscuridad.

La carretera hacia Black Hollow parecía tragarse la luz.

Emily Brooks tenía la frente apoyada contra la ventanilla del auto, viendo cómo los árboles se volvían cada vez más densos, más altos, más oscuros. Habían dejado atrás la autopista hacía casi una hora, y desde entonces no habían cruzado ni un solo poste de luz.

—Ya casi llegamos —dijo su padre, el agente Daniel Brooks, sin apartar la vista del camino. Sus manos apretaban el volante con más fuerza de la que la carretera vacía justificaba.

Emily no respondió. Llevaba tres días sin ganas de hablar, desde que su padre le había dicho que el traslado era "definitivo" y que Black Hollow sería su nuevo hogar. Dejar Portland, dejar a sus amigas, dejar la única vida que conocía, todo por un caso que su padre se negaba a explicarle con detalle.

—¿Vamos a vivir ahí? —preguntó al fin, cuando las primeras casas del pueblo aparecieron entre la niebla.

Black Hollow no se parecía a nada que Emily hubiera visto antes. Las casas victorianas se alzaban con sus pinturas descascaradas, los porches vacíos, las cortinas cerradas incluso a media tarde. No había niños jugando en las calles. No había perros ladrando. Solo silencio, y esa sensación extraña de que algo, en algún lugar, los observaba.

—Es temporal —mintió su padre, y Emily supo que mentía porque era exactamente el tono que usaba cuando le decía que todo iba a estar bien después de que su madre se marchara.

Se detuvieron frente a una gasolinera solitaria a las afueras del pueblo. Un anciano con una gorra desgastada los miró desde el mostrador con una expresión que Emily no supo descifrar. No era hostilidad. Era algo más parecido al miedo.

—¿Buscan algo? —preguntó el hombre, con la voz áspera de quien no habla mucho.

—Directrices para llegar a Miller's Road —dijo Daniel, mostrando su placa casi por instinto.

Los ojos del anciano se posaron en la placa y luego, brevemente, en Emily. Algo en su mirada se apagó.

—Sigan derecho hasta el bosque. No se desvíen del camino después de que oscurezca. —Hizo una pausa—. Y no pregunten por los que faltan. Aca no hablamos de eso.

Emily quiso preguntar qué significaba eso —los que faltan— pero su padre ya la estaba empujando suavemente hacia la puerta.

—Gracias por la información —dijo él, con una cortesía tensa.

De vuelta en el auto, Emily no pudo contenerse.

—¿"Los que faltan"? Papá, ¿de qué está hablando?

—Nada de lo que debas preocuparte.

—Papá.

Daniel suspiró, y por un segundo, el agente desapareció y solo quedó su padre, cansado y con demasiadas cosas sin decir.

—Han desaparecido personas. Varias, en los últimos meses. Por eso me trasladaron aquí. —La miró de reojo—. Y por eso quiero que me prometas que no vas a andar explorando por tu cuenta.

Emily no prometió nada. Solo miró por la ventana, hacia la línea oscura de árboles que empezaba a tragarse el pueblo entero.

La casa que les habían asignado estaba justo en el borde de Black Hollow, con el patio trasero fundiéndose directamente en el bosque. Era una casa bonita, de las que en cualquier otro lugar Emily habría encontrado acogedora. Pero esa noche, mientras deshacía las cajas en su nueva habitación, no dejaba de mirar hacia la ventana.

Los árboles se mecían sin viento.

Se acercó, casi sin darse cuenta, y presionó la palma contra el cristal frío. La luna apenas se colaba entre las copas, dibujando sombras alargadas que parecían moverse de una forma que no tenía sentido. No era el viento. No era un animal cualquiera.

Algo se desplazaba entre los árboles. Algo grande.

Emily contuvo la respiración. Por un instante, entre la maraña de ramas, dos puntos de luz ámbar brillaron en la oscuridad —fijos, inteligentes, mirando directamente hacia su ventana— y luego desaparecieron.

—¿Emily? —La voz de su padre desde el pasillo la sobresaltó—. La cena está lista.

Cuando volvió a mirar, no había nada. Solo árboles, sombras, silencio.

Se dijo a sí misma que había sido su imaginación. No se lo creyó ni por un segundo.

A la mañana siguiente, el instinto pudo más que la promesa que no había hecho. Antes de que su padre despertara, Emily salió por la puerta trasera con una sudadera puesta y el corazón latiéndole demasiado rápido.

El bosque, de día, no daba tanto miedo. Los rayos de sol se filtraban entre las hojas, y el aire olía a tierra húmeda y pino. Casi podía convencerse de que la noche anterior había sido un truco de su mente cansada por el viaje.

Casi.

Avanzó unos metros entre los árboles, siguiendo un sendero apenas visible, cuando el bosque enmudeció. No hubo pájaros. No hubo viento. Solo un silencio pesado, expectante, como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración junto a ella.

Un crujido de ramas a su izquierda.

Emily giró la cabeza y ahí estaba: una silueta enorme entre los troncos, cubierta de pelaje oscuro, con hombros que parecían demasiado anchos para pertenecer a cualquier lobo que hubiera visto en un documental. Y los ojos —esos mismos ojos ámbar de la noche anterior— la miraban fijamente, sin parpadear, sin moverse.

No sintió el terror que debería haber sentido. Sintió algo más extraño: la certeza de que la criatura la estaba decidiendo, como si estuviera evaluando si Emily era una amenaza o solo una curiosidad.

—¡Emily!

La voz de su padre rompió el momento. La criatura se giró y, en un solo movimiento fluido y silencioso, desapareció entre la espesura.

Daniel llegó corriendo, con el rostro pálido.

—¿Qué estás haciendo aquí? Te dije que no te alejaras de la casa.

—Papá, había algo... un animal, era enorme, tenía los ojos...

—Da igual lo que hayas visto. —La tomó del brazo, con una firmeza que no era propia de él—. No vuelvas a entrar en este bosque. Nunca. ¿Me entiendes?

Había algo en su voz —no solo preocupación de padre, sino un miedo genuino, casi profesional— que hizo que a Emily se le helara la piel más que la propia criatura.

—Está bien —murmuró, aunque ambos sabían que no era una promesa real.

La escuela secundaria de Black Hollow era un edificio de ladrillo desgastado que parecía llevar ahí desde antes de que el pueblo tuviera nombre. Emily caminó por los pasillos sintiendo el peso de las miradas —la chica nueva, la hija del agente que investigaba las desapariciones— y trató de no pensar en ojos ámbar entre los árboles.

Fue en la clase de literatura donde lo conoció.

—Te estás sentando en mi silla de la suerte —dijo un chico moreno y delgado, dejándose caer en el asiento de al lado con una sonrisa torcida—, pero te perdono porque eres linda y yo me llevo bien con las chicas lindas.

Emily no pudo evitar sonreír, la primera sonrisa real desde que había llegado a ese pueblo.

—Emily.

—Joey. Joey Miller. Bienvenida al lugar más aburrido de Estados Unidos, donde lo más emocionante que pasa es cuando alguien trae donas a la cafetería. —Bajó la voz, inclinándose un poco—. O cuando la gente desaparece, supongo, pero de eso no se habla.

Emily se enderezó.

—¿Por qué nadie habla de eso?

Joey la miró un segundo de más, como si estuviera decidiendo cuánto decirle.

—Porque en Black Hollow hay reglas no escritas. Regla número uno: no preguntes por los desaparecidos. Regla número dos: no te adentres en el bosque después del atardecer. Regla número tres... —Hizo una pausa, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. En realidad, no hay regla número tres. Solo asegúrate de cumplir las dos primeras.

—Eso no suena a "rumores". Suena a advertencia real.

—Digamos que aquí, los rumores tienen la costumbre de ser ciertos. —Joey se encogió de hombros, aunque Emily notó cómo sus dedos tamborileaban nerviosos sobre el cuaderno—. Mi consejo: no le des demasiadas vueltas. Es más fácil vivir en Black Hollow si simplemente... no miras.

Antes de que Emily pudiera responder, un movimiento al otro lado del patio le llamó la atención a través de la ventana del aula. Un grupo de chicos con chaquetas del equipo de fútbol americano cruzaba el césped, y al frente de todos, caminaba uno que parecía llevar el peso del pueblo entero sobre los hombros.

Alto, de espaldas anchas, con una expresión que oscilaba entre el aburrimiento y la vigilancia constante. Sus ojos —Emily habría jurado que por un instante brillaron con un tono dorado bajo el sol— recorrieron el patio como si estuviera contando cabezas, asegurándose de que todos sus compañeros estuvieran donde debían estar.

—¿Quién es ese? —preguntó Emily, sin poder apartar la mirada.

Joey siguió su mirada y algo en su postura se tensó.

—Preston Pierce. Capitán del equipo, dueño no oficial de este pueblo, y la persona de la que definitivamente deberías mantenerte alejada.

—¿Por qué?

—Porque Preston Pierce no deja que nadie se le acerque. —Joey bajó la voz aún más—. Y créeme, hay una razón para eso. Solo que nadie sabe cuál.

Al otro lado del patio, como si hubiera escuchado la conversación desde una distancia imposible, Preston se detuvo. Giró la cabeza lentamente hacia la ventana del aula de literatura, y por una fracción de segundo, sus ojos se encontraron con los de Emily.

Frío. Distante. Y, por debajo de todo eso, algo que se parecía peligrosamente a la vulnerabilidad de alguien que lleva demasiado tiempo protegiendo un secreto que ya no puede cargar solo.

Luego apartó la mirada y siguió caminando, como si nada hubiera pasado.

Pero Emily sabía que sí había pasado algo. Y supo, con la misma certeza con la que había sabido que la criatura del bosque la observaba, que Black Hollow apenas empezaba a mostrarle sus secretos.

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