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Magia Viorcólica Del Dulce Del Origen

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Sinopsis

En Nubeldulce, una pequeña ciudad flotante donde la magia se activa comiendo dulces, Estela sueña con encontrar el legendario Dulce del Origen: el único capaz de volver permanente su magia... y de revelarle, por fin, a qué sabe la felicidad de verdad. Pero no es la única que lo busca. Lady Amargora, una hechicera que perdió para siempre la capacidad de reír, quiere el mismo Dulce — no para probarlo, sino para corromperlo y controlar toda la Magia Viorcólica del cielo. Junto a su fiel Slim Estrellas y un grupo de amigos tan peculiares como leales, Estela deberá cruzar ciudades hechas de caramelo, enfrentar criaturas imposibles y descubrir el único secreto capaz de romper cualquier magia oscura: la risa verdadera. Una aventura dulce, luminosa y con corazón, para quienes creen que la magia más poderosa siempre empieza con una carcajada compartida.

Genero:
Adventure
Autor/a:
cristoper134
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prólogo

— El Primer Bocado

Antes de que existieran los mapas del cielo, antes de que nadie supiera cuántas nubes hacían falta para sostener una ciudad entera, el cielo era solo cielo. Vacío, azul, silencioso. No había risas flotando entre las corrientes de viento, ni el crujido dulce de un tejado de galleta, ni el aroma tibio de un horno recién encendido. Solo había viento, y el viento, en aquel entonces, no sabía a nada.

Fueron los primeros constructores quienes cambiaron eso. Nadie recuerda hoy sus nombres —se perdieron entre generaciones de historias contadas debajo de árboles de caramelo—, pero se sabe que eran gente terca, soñadora y un poco loca: la clase de personas capaces de mirar una nube y pensar "ahí podría vivir alguien". Levantaron con sus propias manos los primeros andamios de nube compactada. Se equivocaron muchas veces. Sus casas se caían, sus puentes se deshacían, sus hornos se apagaban antes de tiempo. Y sin embargo, cada vez que algo fallaba, en lugar de rendirse, se reían.

Se reían tanto y tan seguido que el viento empezó a notarlo.

Nadie sabe explicar bien cómo ocurrió. Algunos dicen que fue el polvo de estrellas el que se mezcló primero con esa risa, cayendo desde algún rincón olvidado del cielo nocturno. Otros dicen que fue al revés: que la risa subió hasta las estrellas y volvió transformada. Lo cierto es que, una noche cualquiera, mientras los constructores compartían un dulce recién horneado bajo una nube de algodón rosado, el aire se llenó de un brillo tibio que nadie había visto antes. El dulce que sostenían empezó a chispear entre sus dedos. Y cuando lo comieron, algo despertó en su interior: una magia viva, juguetona, un poco golosa, que parecía reírse con ellos.

Así nació la Magia Viorcólica.

Dicen quienes cuentan esta historia junto al fuego de un horno recién encendido que, esa primera noche, nadie entendió del todo lo que había pasado. Los constructores se miraron entre sí, con las manos todavía brillando, y no supieron si reír más fuerte o quedarse en silencio por miedo a que la magia se fuera tan rápido como había llegado. No se fue. Se quedó flotando entre ellos como quien decide, sin que se lo pidan, hacerse un lugar en una familia nueva.

No llegó con explicaciones ni con manuales. Llegó como llegan las cosas buenas: sin avisar, y quedándose para siempre. Los constructores descubrieron, entre risas y sorpresa, que aquella magia respondía al sabor, al buen humor, a la alegría verdadera. Bastaba con comer un dulce hecho con cariño —lo que más tarde llamarían un Dulce de Estrellas— para sentir el cuerpo más ligero, los pensamientos más brillantes, el corazón un poco más grande. Duraba un tiempo, y después se apagaba, como toda magia que se respete. Pero mientras duraba, era hermosa.

Con ella terminaron de levantar sus ciudades. Nubeldulce fue una de las primeras: pequeña, tranquila, con calles que rebotaban un poco al caminar y un árbol de caramelo en el centro que aprendió a cantar con el viento. Con el tiempo llegaron otras, más grandes, más ruidosas, hechas de dulces endurecidos y de sueños de gente que quería algo distinto: Caramelora, bulliciosa desde su primer día, con calles que crujían bajo los pies y un mercado que nunca cerraba del todo.

Pero de todos los dulces que se hicieron en aquellos primeros años, hubo uno que fue distinto a los demás.

Nadie sabe quién lo horneó. Nadie sabe con qué ingredientes, ni bajo qué nube, ni en qué noche exacta. Se dice que no fue hecho por una sola persona, sino por muchas al mismo tiempo, sin saberlo: que cada risa verdadera de aquellos primeros años dejó una pequeña parte de sí misma flotando en el aire, y que esas partes, con el paso de las estaciones, se juntaron solas, como se juntan las gotas de lluvia sobre una hoja, hasta formar algo entero.

Le llamaron el Dulce del Origen.

No hacía falta tocarlo para sentir que era distinto. Quienes se acercaban lo suficiente contaban que el aire a su alrededor se volvía más liviano, como si respirar cerca de él fuera, de alguna forma, un poco más fácil. Los pájaros que anidaban en las nubes vecinas cambiaban su canto cuando pasaban cerca. Incluso el viento, dicen, aminoraba el paso al rozarlo, como quien no quiere despertar a alguien que duerme.

Era pequeño —del tamaño de un limón, dicen quienes juran haberlo visto de lejos— y su forma era irregular, como una nube que alguien hubiera apretado entre las manos y dejado endurecer. No tenía un solo color: cambiaba según quien lo mirara, como si decidiera, cada vez, cuánto quería mostrarse. Y en su centro, siempre igual, latía un núcleo diminuto de luz blanca. Esa luz, dicen las historias más viejas, era el primer instante de risa que existió en el cielo, guardado para siempre en un solo lugar.

Muy pronto, todos quisieron probarlo.

Y ahí empezó el problema.

Porque un dulce como ese no podía tratarse como cualquier otro. Quien lo comiera con el corazón equivocado —con hambre de poder, con ganas de guardárselo solo para sí, con el deseo de que nadie más volviera a sentir esa magia— corría el riesgo de arruinarlo para siempre. Y un dulce así, arruinado, dejaría de ser dulce. Se volvería otra cosa. Algo frío.

Por eso, cuando el Dulce del Origen empezó a atraer miradas equivocadas, alguien decidió que debía protegerlo. No un rey, ni una reina, ni ningún consejo de ciudades flotantes. Fue una criatura más antigua que todas ellas: nacida del mismo polvo de estrellas y la misma risa que había dado origen a la magia, pero moldeada con un propósito distinto. Tomó la forma de un dragón hecho de caramelo cristalizado, negro y dorado, con una voz profunda como el sonido del azúcar al romperse. Se instaló en las Zonas Salvajes del Cielo, donde el viento sabe agrio y pocos se atreven a llegar, y guardó el Dulce dentro de su propio pecho, bajo una capa de azúcar endurecida que nadie —ni siquiera él— podía romper a la fuerza.

Con el paso de los años lo llamaron el Guardián del Origen.

Quienes se aventuraban lo bastante lejos como para verlo de lejos —y muy pocos volvían para contarlo con detalle— aseguraban que no atacaba sin razón. Que se limitaba a observar, con esos ojos antiguos color caramelo derretido, a cualquiera que se acercara demasiado. Que hablaba poco, y cuando lo hacía, su voz sonaba como el crujido lento de una capa de azúcar al partirse: profunda, pausada, sin prisa por convencer a nadie de nada. No necesitaba pelear para que la gente entendiera que no debía insistir.

No servía a ningún reino. No pedía nada a cambio de su vigilancia. Simplemente esperaba, con la paciencia de quien sabe que el tiempo, tarde o temprano, trae a la persona correcta. Porque el Guardián conocía algo que muy pocos recordaban ya: la capa que protegía el Dulce solo podía romperse de una forma. No con la magia más poderosa. No con el hechizo más elaborado. Solo con algo mucho más simple y mucho más difícil de fingir: una risa verdadera, lanzada como hechizo, sin miedo y sin cálculo.

Pasaron generaciones. Las ciudades crecieron. Se construyeron academias para enseñar la Magia Viorcólica a quienes apenas empezaban a caminar entre nubes. Se escribieron manuales, se inventaron nuevas recetas, se firmaron pactos entre reinos que antes ni siquiera sabían de la existencia del otro. Y, poco a poco, el Dulce del Origen dejó de ser un problema urgente y se convirtió en leyenda: algo que las abuelas contaban antes de dormir, algo que los niños juraban buscar algún día, algo que casi nadie creía encontrar de verdad.

Casi nadie.

Hubo quienes lo intentaron de todas formas. Aventureros valientes, magos orgullosos, incluso algún rey convencido de que su corona bastaría para convencer al Guardián de entregarlo sin pelea. Ninguno regresó con el Dulce entre las manos. Algunos volvieron con historias que contar. Otros, simplemente, decidieron que era mejor no volver a intentarlo, y guardaron silencio sobre lo que habían visto en las Zonas Salvajes del Cielo.

Porque de vez en cuando, muy de vez en cuando, nacía alguien distinto. Alguien con los bolsillos siempre llenos de caramelos y la costumbre de reírse en el momento menos indicado. Alguien capaz de mirar un desafío imposible y, en lugar de asustarse, sonreír un poco antes de empezar.

El Guardián del Origen no tenía forma de saberlo todavía, pero muy pronto, en una pequeña ciudad flotante llamada Nubeldulce, en una casa de la Calle de los Bolsillos Llenos, estaba a punto de nacer exactamente esa clase de persona.

Y como dice la vieja leyenda que se repite entre generaciones, desde antes de que existieran los mapas del cielo:

"El Dulce del Origen no elige al más fuerte ni al más listo. Elige al que, después de probarlo, todavía quiere compartir el sabor con alguien más."

El cielo, sin saberlo aún, estaba a punto de averiguar si esa persona por fin había llegado.

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