Capítulo 1: El despertar que no era mío
El murmullo lo sacó de la oscuridad antes de que pudiera abrir los ojos. Voces bajas, rápidas, nerviosas.
—¿Y si no despierta hoy tampoco? —susurró una mujer.
—El médico dijo que debía reaccionar… —respondió otro, más grave.
Rowan frunció el ceño. ¿Médico? ¿Qué demonios? Lo último que recordaba era el chirrido de llantas, el golpe seco contra el parabrisas y… nada.
Con un esfuerzo abrió los ojos. El primer flashazo de luz casi lo cegó. Techo alto, lámpara de cristal colgando, cortinas pesadas de seda. Y justo al borde de la cama, un grupo de personas con uniforme negro y delantal blanco lo miraban como si hubieran visto un fantasma.
—¡Se despertó! —gritó una de las chicas, llevándose las manos a la boca.
—¡Avísenle al señor Shen! —corrió otro, casi chocando contra la puerta.
Rowan pestañeó varias veces, todavía aturdido. ¿Señor qué? ¿Dónde carajos estaba?
El enjambre de empleados empezó a acercarse, todos hablaban al mismo tiempo: que si quería agua, que si debía descansar, que el doctor venía en camino. Él apenas alcanzaba a incorporarse cuando alguien le acomodó la almohada, otra le ofreció una toalla húmeda, y un tercero casi le encajaba un vaso de agua en la boca.
—¡Esperen, esperen! —gruñó, apartando las manos como podía—. ¿Quiénes son ustedes y por qué parecen más nerviosos que yo?
El silencio fue inmediato. Se miraron entre sí, como si nadie supiera si tenía permiso de contestar. Rowan se pasó la mano por la cara, confundido, y lo primero que pensó fue que aquello parecía sacado de un drama barato… solo que el colchón en el que estaba acostado era demasiado cómodo para ser barato.
¿Dónde carajos estoy… y por qué parece que soy alguien importante?
Rowan se pasó una mano por la cabeza, como si así pudiera ordenar las piezas del rompecabezas. Nada cuadraba. No reconocía el lugar, mucho menos a la gente, y lo peor era que tampoco reconocía el cuerpo en el que estaba.
—¿Podría alguien explicarme dónde estoy? —preguntó, con voz ronca.
Las miradas de los empleados se cruzaron, incómodas. Una de las mujeres tragó saliva y habló en un murmullo:
—Está en la residencia Shen, joven amo… su casa.
Rowan arqueó las cejas. ¿Residencia Shen? ¿Casa suya? ¡Ja! Lo último que recordaba era su apartamento minúsculo con paredes húmedas y un vecino que cocinaba fideos instantáneos a las tres de la mañana. Esto era… otra liga.
—Su… esposo está apunto de llegar—añadió otro, con cuidado, como si la palabra esposo fuera dinamita.
Rowan casi se atraganta con su propia saliva.
—¿Qué? —abrió los ojos como platos—. ¿Tengo esposo?
Los empleados lo miraron raro, como si de repente estuviera loco. Una chica incluso dio un paso atrás, nerviosa.
—¿No recuerda al señor Shen? —preguntó con voz temblorosa.
Rowan parpadeó varias veces, intentando no soltar una carcajada nerviosa. Claro que no lo recuerdo, si este cuerpo ni siquiera es mío, pensó. Pero no podía decirlo en voz alta, así que improvisó.
—Eh… no, digo… estoy un poco confundido. Todavía medio mareado, ya saben… cosas del golpe.
Los sirvientes se miraron otra vez. Nadie parecía convencido, pero tampoco insistieron.
Rowan suspiró y se dejó caer de nuevo en la cama.
—Así que tengo esposo… maravilloso. ¿Y dónde está ese hombre?
—Ya viene en camino, joven amo.
La respuesta le arrancó un resoplido. Genial, no solo reencarné en el cuerpo de un tipo casado, sino que encima parece que el matrimonio no es precisamente color de rosa. Porque, a juzgar por la tensión en el aire, entre ese tal “señor Shen” y el dueño original del cuerpo había más distancia que cariño.
Rowan bajó las escaleras despacio, con un parche pegado en la frente por la herida del accidente. Cada paso lo dejaba más alucinado: cuadros enormes de paisajes enmarcados en oro, fotos familiares enmarcadas con un aire demasiado solemne y vitrinas llenas de porcelana que seguramente costaban más que todo lo que él había tenido en su vida pasada.
¿Qué clase de novela millonaria es esta? pensó, mirando un retrato gigante de un hombre de traje.
El olor a café y pan recién horneado lo guió hasta el comedor. La mesa parecía interminable, con más platos de los que él comería en un mes entero. Y justo cuando estaba tragando saliva, escuchó pasos firmes detrás de él.
Rowan volteó y casi se le cayó la mandíbula al suelo.
De la puerta principal entro un hombre alto, impecablemente vestido con un traje negro que parecía hecho a su medida. Rostro perfecto, mandíbula marcada, mirada tranquila pero intensa. A su lado caminaba un secretario con portapapeles en mano y, detrás, dos guardaespaldas. El combo completo.
Rowan se quedó en blanco. Literalmente babeando por dentro. ¿Ese es mi esposo? ¿En serio? ¿Y el idiota de este cuerpo lo trataba mal? ¡Dios mío, qué desperdicio!
El secretario, un tipo con cara de estar harto de la vida, no perdió el tiempo. Le extendió una carpeta a Rowan como quien entrega la cuenta en un restaurante:
—Aquí están los papeles de divorcio que solicitó, joven amo. Solo falta que lo firme.
Rowan se congeló. Sus ojos pasaron del documento… al hombre guapo que tenía enfrente. ¿Divorcio? ¿Este cuerpo pidió divorcio de semejante dios griego con traje? ¿Está enfermo o qué?
Con una sonrisa torcida, agarró la carpeta, la abrió, buscó la última hoja donde estaba la firma de su esposo… y sin pensarlo dos veces, arrancó la página y se la metió en la boca.
El secretario lo miró con cara de horror.
Los guardaespaldas parpadearon, confundidos.
Kian Shen se quedó inmóvil, alzando apenas una ceja.
Rowan masticó el papel y sonrió descaradamente.
—Divorcio anulado.
El silencio en la sala fue tan incómodo que se escuchó hasta el tic-tac del reloj.
Kian lo miraba fijo, como si intentara descifrar qué demonios le pasaba. El secretario, rojo de frustración, se inclinó hacia él.
—Señor Shen, ¿quiere que llame al médico? Puede que el golpe en la cabeza le haya afectado más de lo que pensamos.
Rowan tragó el último pedazo de papel y se cruzó de brazos.
—Estoy perfectamente, gracias. Y para que quede claro: no pienso divorciarme.
El aire se puso aún más pesado. Los empleados en las puertas contenían la respiración, esperando una reacción.
Kian no dijo nada. Solo dio un paso hacia Rowan, lo bastante cerca para que pudiera sentir el peso de su presencia.
Rowan tragó saliva, pero no apartó la mirada.
—¿Qué? ¿Vas a regañarme por comerme un papel?.
Kian, abrió la libreta de cuero que siempre cargaba. Escribió unas palabras rápidas, arrancó la hoja y se la entregó.
Rowan la tomó y leyó:
“Si realmente no quieres divorciarte… demuéstralo.”
Rowan levantó la vista, sorprendido. Los ojos de su esposo brillaban con un reto silencioso.
Y así, en un solo gesto, Rowan entendió que ese esposo impenetrable no iban a ser fáciles de conquistar.
Pero él ya había tomado su decisión: este matrimonio era suyo, y no lo iba a soltar.