Una última Razón Para Vivir por Amaya en Inkitt
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Una Última Razón Para Vivir

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Sinopsis

A veces, la última persona capaz de salvarte... Es aquella que juraste destruir.

Genero:
Romance
Autor/a:
Amaya
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El Funeral

A veces, la última persona capaz de salvarte es aquella que juraste destruir.

Nunca imaginé que el sonido más doloroso del mundo sería el de un ataúd descendiendo a la tierra.

Capítulo 1: El Funeral

Impredecible.

Odio que la vida sea así. Nunca da tiempo para nada. Todo parece una maldita ilusión que desaparece en el momento en que ella decide arrebatártelo todo.

Y a mí me arrebató a la persona que más amaba. Mi refugio. Mi hogar.

Nadie te prepara para una pérdida así.

¿Qué se supone que haga ahora? ¿Cómo se aprende a vivir cuando la persona que le daba sentido a tu vida ya no está? ¿De qué sirven los recuerdos, si ahora lo único que hacen es destrozarme un poco más cada día?

Siento que mi vida terminó el instante en que te vi dentro de ese ataúd.

Yo debería estar ahí... no tú.

¿Tienes frío?

¿Estás enojado conmigo?

Lo siento.

Perderte a ti también significó perder una parte de mí.

Y no hablo solo de la persona que eras para mí. Hablo de quien yo era cuando todavía estabas aquí. ¿Sabes? Puede que nadie lo entienda, pero a veces no solo te extraño a ti. También extraño a la persona que solía ser antes de que todo se derrumbara. Antes de que la ansiedad y la depresión entraran sin pedir permiso, echarán abajo las puertas de mi alma y convirtieran mi cabeza en un lugar del que ya no sé cómo escapar.

Desde entonces me siento perdido.

Como si caminara sin rumbo, esperando encontrarte entre la multitud aun sabiendo que eso nunca va a pasar.

Y lo peor es que el tiempo no se detuvo contigo.

El tiempo siguió avanzando.

Yo fui el único que se quedó atrapado en el día en que te perdí.

Mientras permanecía en el hospital, apenas era consciente de lo que ocurría. Los analgésicos, los sedantes… todo mantenía mi cuerpo adormecido, pero no mi culpa.

No dejaba de hacerme la misma pregunta.

¿Por qué no fui yo?

¿Por qué tuve que sobrevivir?

Y ahora estoy aquí, en tu funeral, y ni siquiera siento el dolor de las heridas. Es como si mi cuerpo hubiera decidido castigarme de otra manera.

Es injusto.

No sabes la culpa que siento por haber salido casi ileso.

Tú deberías estar aquí, quejándote de cualquier tontería, riéndote de mis chistes malos o diciéndome que te acompañe a comprar algo para comer.

En cambio, estoy observando cómo intentaron devolverte un poco de vida con un traje impecable y un rostro sereno. Pero sé que no es así.

Sé que tienes la boca llena de algodón, los labios sellados, los ojos cerrados con cuidado, como si alguien hubiera intentado que no te fueras del todo. Incluso te maquillaron para que parecieras dormido.

Y eso es lo que más me duele.

Porque me gustaría que solo fuera eso. Que estuvieras dormido. Que en cualquier momento fueras a despertar refunfuñando, diciendo que estás estreñido y que, por mi culpa, tendrás que comprar otro laxante.

Pero no…

No lo estás.

No vas a despertar.

Y esa verdad me rompe una y otra vez..

—Dexter… —una voz quebró el silencio a mi espalda—. Lo siento mucho.

Parpadeé. Giré lentamente la cabeza y encontré varios rostros observandome con una mezcla de compasión y lástima. Odiaba esa mirada.

Porque todos seguían adelante.

Y yo seguía atrapado en el instante en que te perdí

No sabía cuánto tiempo llevaba inmóvil frente al ataúd.

Giré lentamente la cabeza y me encontré rodeado de rostros conocidos. Todos repetían las mismas palabras, como si existiera un manual para hablar con alguien que acaba de perder a la persona más importante de su vida.

“Lo siento.”

“Mucha fuerza.”

“Él siempre estará contigo.”

Qué mentira tan cruel.

Si realmente siguiera conmigo, no estaría dentro de un ataúd.

Asentía por educación, aunque apenas escuchaba lo que decían. Sus voces llegaban a mis oídos como un murmullo lejano, ahogado por el ruido de mis propios pensamientos.

¿Por qué él? ¿Por qué yo seguía respirando?

A veces me preguntaba si Dios realmente existía.

Y, si existía…¿Por qué permitía que las personas buenas murieran primero?

Quizá Dios nunca fue el héroe que todos imaginaban. O quizá el verdadero infierno no era morir.

Era quedarse.

Quedarse viendo cómo el resto del mundo seguía avanzando mientras el tuyo se desmoronaba sin remedio.

Una carcajada rompió el silencio al otro lado del cementerio.

Alguien estaba riendo.

Sentí rabia. ¿Cómo podían reír? ¿Cómo podía alguien seguir con su vida cuando la mía acababa de terminar?

Fue entonces cuando levanté la vista.

Un niño corría entre las lápidas, riendo mientras intentaba atrapar una mariposa. Su madre lo llamaba con una sonrisa, sin dejar de conversar con otra mujer sobre lo rápido que se estaban formando las nubes.

—Parece que va a llover dentro de poco.

—Sí... ojalá esperen a que termine el entierro.

Así de sencillo. Como si el cielo fuera lo único que pudiera arruinar aquel día.

A unos metros, el sepulturero apoyaba la pala sobre el hombro mientras esperaba en silencio. Su expresión era tranquila, casi rutinaria. Para él, aquel era un día más de trabajo. Otro ataúd. Otra tumba. Otra despedida.

Y no podía culparlos. Después de todo, el mundo no se había detenido; el único que se había quedado atrapado en el tiempo era yo. El niño seguía riendo entre las tumbas, las personas continuaban hablando del clima, el sepulturero esperaba con la misma calma de quien solo estaba cumpliendo con otro día de trabajo. Incluso el viento seguía meciendo las ramas de los árboles, indiferente a la ausencia que acababa de partirme el alma.

Fue entonces cuando lo entendí. El mundo nunca iba a detenerse por mi dolor. Para todos, aquel era un día cualquiera; para mí, el último día de la vida que conocía. Porque el día en que tú moriste no fue el día en que el mundo terminó. Fue el día en que terminó el mío.

La ceremonia terminó unos minutos después.

Las personas comenzaron a despedirse una por una. Algunos dejaron flores sobre la tumba recién abierta; otros me abrazaron con fuerza antes de marcharse, como si un simple gesto pudiera aliviar el peso que llevaba sobre los hombros. Apenas respondía. Ni siquiera era capaz de recordar los rostros de quienes se acercaban a hablarme.

Poco a poco el cementerio empezó a vaciarse. El sacerdote fue el primero en irse. Luego los familiares, los amigos y, finalmente, los curiosos que siempre aparecen en los funerales aunque apenas hayan conocido al difunto.

Yo seguía allí.

No porque quisiera llamar la atención.

Simplemente, no podía irme.

Irme significaba aceptar que nunca volvería a verte.

Las primeras gotas comenzaron a caer sobre las lápidas. Al principio eran pocas, apenas un aviso de la tormenta que se acercaba. Después, la lluvia cayó con fuerza, empapando las flores y convirtiendo la tierra en barro.

—Dexter, ven. Nos vamos —escuché decir a lo lejos.

No respondí.

Mis pies parecían haberse hundido junto contigo.

Permanecí inmóvil mientras el resto buscaba refugio. En cuestión de minutos el cementerio quedó prácticamente vacío. Sólo permanecimos allí el sepulturero y yo.

Él tomó la pala y comenzó a cubrir lentamente el ataúd. No había tristeza en sus movimientos; tampoco alegría. Solo la serenidad de quien ha repetido aquella tarea cientos de veces. Para él era un día más de trabajo.

No podía culparlo.

El mundo no se había detenido.

Solo el mío.

Bajé la mirada hacia la tierra mojada.

¿Sabes qué es lo peor?

No fue verte morir.

Fue tener que dejarte aquí.

Porque mientras el ataúd descendía, todavía podía convencerme de que todo era una pesadilla. Pero alejarme de esta tumba significaba aceptar que nunca volverías a caminar a mi lado.

Respiré hondo y di un paso hacia atrás.

Después otro.

Y otro más.

Entonces lo escuché.

Tac.

La primera pala de tierra golpeó la madera.

Seguí caminando.

Tac.

No me atreví a mirar hacia atrás.

Tac.

Cada golpe sonaba como si estuvieran enterrando una parte de mí.

La lluvia caía con tanta fuerza que ya no sabía si el agua que corría por mi rostro venía del cielo o de mis propios ojos.

Por primera vez entendí que algunas despedidas no ocurren cuando cierran un ataúd.

Ocurren cuando eres tú quien decide alejarte de él.

Es curioso.

Las noches en las que prometimos celebrar el día en que nos convirtiéramos en abogados. Las veces que juramos que, cuando todo esto terminara, miraríamos hacia atrás y nos reiríamos de lo difícil que había sido llegar hasta ahí.

Al final, ninguno de esos planes importó.

No hubo toga.

No hubo título.

No hubo celebración.

Y al final...

Nada de eso viaja contigo.

Solo un traje impecable, una flor blanca sobre el ataúd y los recuerdos que dejas en quienes todavía siguen respirando.

Quizá así terminemos todos algún día.

Nunca imaginé que tú lo harías primero.

La lluvia caía con tanta fuerza que apenas podía mantener los ojos abiertos. El barro comenzaba a cubrir mis zapatos, pero ya no me importaba. Nada lo hacía.

Llevé una mano al bolsillo de mi chaqueta y, casi por inercia, saqué el celular. Tu chat seguía fijado en la parte superior. Como si todavía fueras a responder.

Deslicé el dedo sobre la pantalla y releí nuestra última conversación.

“No llegues tarde, idiota.”

“Lleva algo para tomar.”

“Nos vemos en un rato.”

Un rato.

Qué ironía.

Esas tres palabras fueron la última promesa que nos hicimos. Mis dedos temblaban sobre el teclado.

Escribí un único mensaje.

“Perdóname.”

Lo observé durante varios segundos.

Esperé.

Como si una parte absurda de mí creyera que aparecería la palabra “escribiendo...” al otro lado de la pantalla.

Pero nunca apareció.

Apreté el botón de bloqueo y guardé el teléfono nuevamente.

Supongo que así se siente aceptar la muerte de alguien.

No ocurre cuando el médico dice la hora del fallecimiento.

Ni cuando cierran el ataúd.

Ni siquiera cuando cae la primera pala de tierra.

Ocurre cuando, por un instante, esperas que esa persona vuelva a responderte... y recuerdas que nunca más lo hará.

Respiré hondo.

Limpié mi rostro con la manga de la chaqueta, aunque ya era imposible distinguir la lluvia de las lágrimas.

Entonces me di la vuelta.

Apreté el botón de bloqueo y guardé el teléfono en el bolsillo con una lentitud absurda, como si al hacerlo estuviera renunciando a la última parte de ti que aún podía tocar. Me quedé inmóvil. Supongo que nadie te explica cuándo empieza realmente el duelo. No ocurre cuando un médico pronuncia una hora que jamás podrás olvidar. Tampoco cuando cierran un ataúd o cuando la primera pala de tierra golpea la madera. Es mucho después. Llega en esos pequeños instantes en los que el cuerpo actúa por costumbre y el corazón tarda unos segundos en recordar la verdad. Cuando tomas el celular para contarte algo que acaba de pasar. Cuando ves una noticia y piensas: esto tengo que enviárselo. Cuando escuchas una canción y sonríes antes de recordar que ya no hay nadie al otro lado para escucharla contigo. Ahí es cuando la muerte vuelve a ocurrir, una y otra vez.

Respiré hondo, pero el aire pesaba demasiado. Sentía el pecho tan vacío que incluso respirar dolía. Limpié mi rostro con la manga de la chaqueta, aunque ya era imposible distinguir la lluvia de las lágrimas. Miré la tierra recién removida por última vez e intenté convencerme de que, de alguna forma imposible, todo aquello era un error. Que en cualquier momento escucharías mi nombre, te levantarías riéndote de esta broma de mal gusto y volveríamos a discutir sobre quién sacaría mejor nota en el próximo examen. Pero el silencio fue la única respuesta.

Entonces entendí algo que me rompió más que el propio funeral.

Nunca volvería a escuchar tu voz.

Nunca volvería a discutir contigo por tonterías.

Nunca volvería a recibir un mensaje tuyo diciendo que ya habías llegado o que me apurara porque, como siempre, iba atrasado.

Jamás volvería a existir un “nos vemos después”.

Y fue en ese instante cuando comprendí que las personas no desaparecen de golpe. Se van muriendo dentro de uno poco a poco. En cada llamada que nunca vuelve a sonar. En cada cumpleaños en el que falta una silla. En cada logro que ya no puedes compartir. En cada recuerdo que duele más de lo que reconforta.

Di media vuelta.

Cada paso que daba se sentía como una traición.

Porque alejarme de esa tumba significaba hacer lo único que nunca quise hacer.

Seguir viviendo sin ti.

Y, aunque el mundo insistiera en decirme que algún día aprendería a superar tu ausencia, yo solo podía pensar una cosa.

¿Cómo se supone que alguien supera la pérdida de la persona con la que imaginó una vida entera?

No...

Hay dolores que no se superan. Solo aprendes a caminar con ellos.

Y, aun así, cada paso sigue doliendo como el primero.

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