222, en el lugar y hora correctos || KOOKMIN

Sinopsis

Jungkook lo tenía todo: dinero, estatus, un futuro escrito. Jimin, nada: un barrio hostil, una moto y una actitud que lo mantiene a salvo. Dos mundos opuestos que chocan cuando Jungkook se pierde en el territorio equivocado. Una noche de conexión que ninguno de los dos esperaba. Pero cuando la noche termina y la realidad vuelve, Jungkook descubre que Jimin no es solo el chico que lo salvó. Es el que levanta muros para no ser herido. Y para derribarlos, Jungkook tendrá que elegir: quedarse en su burbuja o arriesgarlo todo. Una historia de choques de clases, familias elegidas y el momento en que todo cambia.

Genero:
Romance
Autor/a:
Mako
Estado:
hace un día
Capítulos:
29
Rating
3.5 (2 reseñas)
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El frío del asiento se cuela a través de mi chaqueta, congelándome algo más que la espalda. El silencio sepulcral del bus tampoco ayuda con esa ansiedad que cada minuto se hace más insoportable. Mi estómago ruge furioso, y una mueca amarga deforma mi expresión. Ese es mi único reloj funcionando, marcando, probablemente, las ocho de la noche. Bajo la mirada hacia el móvil, que sostengo con mi mano derecha, tan fuerte que las uñas llegan a palidecer. Pero la pantalla sigue negra, reflejando mi frágil y asustado rostro. Sin batería, no hay mapa, ni linterna, ni una maldita llamada de auxilio que pueda hacer.

Y ahora, estoy rodeado de oscuridad, sombras y calles que jamás he visto, con el viento frío rozando mi nuca, un viento que se cuela por esa ventanilla suelta que no para de vibrar con el movimiento, y me doy cuenta de que estoy completamente perdido.

El pánico y los nervios, ya alterados por el insoportable golpeteo de la ventanilla, comienzan a arañar mi pecho.

Había confiado ciegamente en que el chofer estaría esperándome a la salida, como cada día, hasta que su llamada de hace poco más de una hora me lo confirmó. El coche estaba averiado.

Tendré que caminar, pensé, fingiendo seguridad. Convenciéndome a mí mismo de que ya conocía el camino de memoria. Apreté los dientes para que no castañetearan, pero mi mente ya era un caos infinito de escenarios catastróficos. Vale, Jungkook, piensa como una persona normal. ¿Qué haría alguien sin chofer, sin móvil y sin un mapa? Exacto, lo que haría cualquiera: tomar un autobús.

Ví la parada a lo lejos, había un bus que recogía a varios estudiantes, y en un arrebato ilógico, corrí como un poseso y me monté allí, con una confianza que solo se puede permitir un idiota que ha tenido chofer toda la vida. Primera torpeza.

Beverly Hills está a la vuelta de la esquina, literalmente. Cualquier autobús que tome me dejará cerca. Esto es pan comido, me repití, mientras las puertas se cerraban.

Me senté junto a la ventana, apoyé la cabeza contra el cristal y dejé que el rugir del motor me arrullara. Las primeras calles eran familiares: palmeras, jardines perfectamente recortados, farolas de diseño. ¿Ves, Jungkook? Sabes sobrevivir en el mundo real. Eres un adulto funcional, pensé.

Había sido un día largo en la escuela, entre exámenes y actividades, y el vaivén del autobús hacía que me rindiera sin lucha. Cerré los ojos solo un segundo, pero el sueño me atrapó como un agujero negro. Segunda torpeza.

Cuando abrí los ojos, creí haberlos cerrado dos minutos. Mi cuerpo todavía estaba entumecido y mi mente, confusa, esperaba ver las colinas de Beverly Hills brillando a través de la ventana. Pero no ví palmeras ni jardines. Ví letreros de tiendas con descuentos y sus persianas medio bajadas. Ví edificios de paredes de ladrillo sucio con grafitis. Y mi confianza se desvaneció.

Vale. Esto... esto no es Sunset Boulevard.

Me levanto del asiento con el corazón golpeándome las costillas. El autobús se sacude al frenar y casi caigo de bruces contra el asiento del conductor. Me agarro al pasamanos, respiro hondo y hablo con la voz más educada que puedo reunir mientras intento disimular el temblor:

—Disculpe... oiga, disculpe...

El conductor, un señor con gafas y una barba de tres días, gira la cabeza.

—¿Qué quieres? —gruñe.

—¿Cuándo llegamos a Beverly Hills? —pregunto con una voz que me da vergüenza hasta a mí mismo.

El hombre se queda callado dos segundos que me parecen eternos. Luego suelta una carcajada y me clava la mirada.

—¿¡Beverly Hills!? —escupe con una mala hostia digna de un bulldog rabioso—. ¡Eso es hacia el otro lado, muchacho! ¡Estamos en el sur de LA!

Me quedo helado. El sur de Los Ángeles. No conozco el sur de Los Ángeles. Ni siquiera sabía que existía un sur de Los Ángeles. En mi mapa mental, LA termina en la autopista 10 y todo lo demás es leyenda urbana.

—¿Y qué quieres hacer ahora? —me pregunta con desdén—. ¿Bajarte y llamar a tu chofer?

—Mi móvil está descargado —susurro, y a mis oídos se escucha tan ridículo y patético que quiero echarme a llorar.

El conductor me mira de arriba abajo, ve mi chaqueta escolar de diseñador, mis zapatos impecables, mi cara de niño rico perdido en territorio hostil, y niega con la cabeza con lástima evidente.

—Pues si no tienes móvil ni sabes dónde estás —sentencia, girando el volante con violencia—, te sugiero que vayas rezando, porque esto no es Beverly Hills, hijo. Esto es la jungla.

Me dejo caer en el asiento detrás del chofer, derrotado, mientras el autobús se adentra en un barrio de persianas metálicas y perros callejeros que miran con más hambre que yo. El miedo me provoca una risa nerviosa y un poco histérica, para ser sincero.

El pánico ya no araña mi pecho. Ahora se sienta a mi lado, con las piernas cruzadas, chicle en la boca, y me susurra al oído: Bienvenido al mundo real, hijito de papá. Aquí no hay escoltas ni choferes que te salven.

Vale, perfecto. La solución es obvia, pienso. Me bajo aquí, espero el autobús en la dirección contraria y ya está. Problema resuelto.

Sí. Claro. Porque soy un genio. Y esa es, sin duda, la tercera torpeza de la noche.

Porque allí estoy yo. Más perdido que un chihuahua en una feria, girando la cabeza de un lado a otro en pleno ataque de pánico. Pero las sombras de la noche se divierten conmigo, jugando al escondite con los letreros de las calles y distorsionando cada esquina. Ni un alma. Ni un coche. Ni un perro callejero que me ladre para hacerme compañía.

Vaya manera de empezar el año escolar, perdido en el culo de Los Ángeles, sin móvil y con un hambre que ruge más fuerte que mi dignidad.

No puedo evitar sentirme el ser humano más idiota del planeta. ¿En serio, Jungkook? ¿Dormirte en un autobús sin saber a dónde ibas?

Suspiro profundo, aprieto los puños y cruzo la calle con paso titubeante. Cada paso que doy me grita: bruto, bruto, eres un bruto.

Buscar una nueva parada de autobús es una odisea, pero sin el héroe griego, sin el físico ni la épica. Calles desiertas, farolas parpadeando como si estuvieran a punto de jubilarse. Tengo más miedo del que quiero admitir. Pero el miedo, como el hambre, se disimula mejor cuando te ríes de él. Así que me río. Porque si no, lloro.

Por fin. Allí, al final de la calle, entre dos farolas, veo el letrero azul de una parada de autobús. La esperanza ilumina mi rostro, y mi corazón da un brinco. Con paso más firme, cruzo los últimos metros como si me fuera la vida en ello. Porque, en cierto modo, me va la vida en ello.

Llego. El refugio temporal de la parada me protege con su luz y su banco de metal frío. Me dejo caer como un saco de patatas y, durante un instante, me relajo. Estoy a salvo. Más o menos. Al menos aquí puedo esperar.

Pero mi mente, esa traidora, no tarda en sabotear el momento. Mientras mis dedos tamborilean nerviosos sobre el metal oxidado, mi imaginación se dispara hacia escenarios que mi ama de llaves seguramente protagoniza. La veo, tan clara como si estuviera delante, con el móvil en una mano y un pañuelo en la otra, llamando a todos los hospitales de Los Ángeles con la voz quebrada. ¿Ha ingresado un chico, castaño, ojos de ciervo asustado? Incluso la veo, con el horror en su rostro, llamando a la policía y preguntando por las morgues.

—Lydia, por favor, no llegues a tanto —susurro para mí mismo.

Miro a mi alrededor y la cruda realidad me golpea. No hay nada lindo en ese lugar. Los grafitis decoran las paredes con mensajes que no quiero descifrar, la basura se acumula en las esquinas, el olor a orina se mezcla con el de los coches que pasan muy de vez en cuando y los edificios parecen haber perdido toda esperanza hace décadas. No hay ni un solo destello de belleza. Ni una flor. Ni un cartel con colores vivos. Solo grises, ocres y negros, un barrio rendido ante la decadencia.

Y allí estoy yo, un chico que siempre lo ha tenido todo, sintiendo el peso de dos realidades que chocan. Beverly Hills queda a kilómetros de distancia, no solo en el mapa, sino en todo lo que significa. El mundo no es el jardín perfecto que mi burbuja me había hecho creer. La melancolía del entorno se cuela en mis pensamientos. La tristeza del paisaje urbano pesa en mi ánimo. Y, por un momento, dejo de reírme de mí mismo para empezar a preguntarme en qué clase de mundo estamos viviendo, donde la belleza se pierde tan fácilmente entre las sombras.

Me quedo allí, esperando el autobús que me llevará de vuelta a la familiaridad, atrapado en la incomodidad y el miedo de no saber si aquella noche terminará bien o mal.

Estoy tan metido en mis pensamientos, en esa melancolía barata, que no escucho los pasos acercándose. No veo la sombra hasta que ya está encima de mí. El grito se me escapa antes de poder tragármelo. Un sonido de niñita, patético, que no reconozco como mío hasta que siento el ardor en mi garganta. Delante tengo a un hombre grande y corpulento, y su rostro es todo menos amigable. Sus ojos se clavan en los míos, y yo, paralizado, no sé si respirar o salir corriendo. Mi cerebro se queda en blanco. En ese momento, todos mis pensamientos sobre mi madre y los hospitales y las morgues se desvanecen, reemplazados por una única alarma: peligro.

El hombre rompe el silencio con una voz áspera, sin rodeos.

—Ya sabes el cuento, entrega.

Entrega. ¿Entregar qué? Mi mente da vueltas como un trompo, pero finalmente lo entiendo. Mi corazón, que ya va acelerado, se dispara. Esto es un robo. Me están robando.

La palabra suena tan irreal que me cuesta procesarla. Yo. En una parada de autobús. En el sur de Los Ángeles. Un desconocido con cara de pocos amigos está exigiéndome algo y yo no tengo ni idea de qué hacer. No he ensayado esto. Nadie te enseña cómo reaccionar cuando tu burbuja de seguridad se rompe de golpe.

—Por favor, no, no tengo nada de valor —suplico, y siento vergüenza, la verdad.

Busco en sus ojos algo de compasión, algo que me diga que puedo razonar con él. Pero no hay nada. Solo indiferencia, e incluso diversión.

Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo. La chaqueta. Los zapatos. Todo lo que llevo encima. Y yo, con la boca seca y las manos temblorosas, veo cómo su sonrisa se transforma. Se detiene en los detalles de mi ropa, evaluando. Porque aunque mis palabras digan que no tengo nada, mi apariencia grita todo lo contrario.

Y lo peor es que tiene razón.

¿En serio dije que no tenía nada de valor? ¿Allí, vestido con prendas de lujo, en un lugar donde se respira la precariedad? La cuarta torpeza de esa noche.

Ahí estoy yo, el niño de Beverly Hills, temblando como un flan, suplicando, mientras mi atuendo de diseñador me delata como un blanco fácil. Mi ropa, que siempre me había hecho sentir seguro y cómodo, ahora es mi condena. Cada costura de Armani es una prueba de que miento.

El ladrón no dice nada más. Su sonrisa socarrona se borra y su cara me expresa todo el enfado que puede sentir. Sin aviso, su mano se cierra con fuerza alrededor del cuello de mi chaqueta, tirando de mí como si fuera un muñeco de trapo.

—¡No tenemos toda la noche, niñato! —su voz se eleva en un grito.

El tirón me desestabiliza. Siento el roce de la tela contra mi cuello, la presión de sus dedos, y un escalofrío recorre toda mi columna. El terror me paraliza y me obliga a obedecer al mismo tiempo.

Miro a mi alrededor, desesperado, buscando a alguien. Un coche. Una luz encendida. Cualquier señal de que no estoy completamente solo en aquella pesadilla. Pero la ciudad sigue oscura y vacía. En el interior de una casa puedo vislumbrar una cortina que se corre, creo por un momento que algún vecino me ayudará, pero la cortina vuelve a cerrarse. Como si aquella escena fuera el pan de cada día allí.

Y sé, en este instante, que esta noche no va a terminar bien.

Sin embargo, en medio de la pesadilla, una voz corta el aire. No la reconozco al principio, solo sé que alguien está hablando.

—¡Déjalo!

El tipo que me tiene agarrado del cuello aprieta más fuerte y yo ni siquiera puedo girar la cabeza para ver quién es. Solo puedo escuchar.

—¡Cállate, Jimin, estoy trabajando! —gruñe el hombre.

Y ahí es cuando mi cerebro hace clic. Jimin.

Conozco ese nombre. Obviamente. Todo el mundo en la escuela conoce a Jimin. El chico de la moto. El que está un grado más avanzado que yo. El de los tatuajes. El que siempre va solo con su amigo Taehyung y no se mezcla con nadie más. El que lleva chaquetas de cuero cuando el resto usamos polos planchados. El que fuma en la salida mientras los demás esperamos a nuestros conductores.

El mismo Jimin que me tiene obsesionado desde que puse un pie en esa escuela. El mismo al que miro por el rabillo del ojo en los pasillos. El mismo con el que he soñado más veces de las que estoy dispuesto a admitir.

¿Y ahora ese Jimin está aquí? ¿En medio de esta pesadilla?

Mi mente empieza a dar vueltas. ¿Será realmente él? ¿O será otro Jimin cualquiera? Jimin es un nombre inusual aquí, en Canadá, aunque podría ser una coincidencia. Pero algo en mi interior sabe que es él. No puedo explicarlo, solo lo siento. La voz, aunque la he escuchado pocas veces, tiene ese tono. Ese tono seguro, un poco ronco, que siempre lo acompaña.

La voz de Jimin suena de nuevo, firme, sin dudar.

—Me importa una mierda, lo dejas ahora y te buscas a otro. —Su voz evidencia que no está para juegos ni amenazas vacías.

Aún bajo la presión del sujeto, puedo notar la valentía en las palabras de Jimin, y aunque no puedo verlo, lo imagino decidido a plantar cara contra la intimidación.

El sujeto suelta unas palabras entre dientes y, de repente, la presión en mi cuello desaparece. Me empuja hacia atrás, y cuando puedo moverme, veo cómo se aleja pateando el suelo, con el ceño fruncido, murmurando cosas que prefiero no escuchar. Se va sin mirar atrás, perdiéndose en la noche.

Me cuesta un poco procesar aquello. Es como si Jimin tuviera influencia o poder sobre la zona. Como los líderes de esas pandillas que aparecen en las pelis y pelean por sus barrios. Suelto una risa seca. Y es que cuando estoy nervioso, mi mente es capaz de imaginar demasiado.

Aún temblando, me giro. Y allí está Jimin. De pie, con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra, mirándome. La luz de la farola apenas le da en la cara, pero lo reconocería en cualquier sitio. El pelo negro. Los ojos intensos. Rasgos afilados. Esa postura relajada que siempre tiene, como si nada le importara. Como si acabara de hacer algo tan normal como respirar.

—Muchas gracias, Jimin —digo, con la voz temblorosa y mi dignidad por los suelos.

Y ahí está. Mi salvador. El chico que he visto todos los días en la escuela sin atreverme a hablarle. El que siempre parece estar en su propio mundo. El que no se junta con los ricachones de la escuela porque él está allí por una beca, por sus calificaciones excepcionales y su aguda inteligencia. A pesar de que comparte el mismo espacio físico con aquellos que llevan la etiqueta de privilegio, Jimin destaca por méritos propios. Su lugar en la escuela no se debe a conexiones familiares, ni a chequeras abundantes, sino a su talento y esfuerzo.

Desde el primer día que lo vi, me llamó la atención. No era como los demás. Vestía diferente, actuaba diferente. Esa actitud de “no me importa lo que pienses”, su elegancia solitaria y mirada penetrante, en una escuela de hijos de papá, él era la excepción. Y eso lo hacía aún más interesante.

Lo veo en los pasillos, en la cafetería, en el patio. Siempre solo, excepto cuando está con Taehyung. Y cuanto más lo observo desde lejos, más quiero saber de él. Pero nunca tengo el valor. Siempre me imagino acercándome y que me diga que me largue, con esa mirada suya que puede cortar el aire.

Y no es solo su actitud. Es su belleza natural. Esos ojos que parecen esconder algo, que nunca se quedan en un sitio demasiado tiempo. Esa boca, con los labios gruesos y rosados, que siempre me hace preguntar cómo sonaría su voz cuando no estuviera mandando a alguien a la mierda. Sus manos, con los dedos llenos de anillos y los brazos decorados con tatuajes que asoman por debajo de las mangas. Cada vez que lo veo, me quedo mirando un poco más de lo que debería, y siempre tengo que apartar la mirada rápido para que nadie se dé cuenta.

Y ahora, después de todo este tiempo, estoy frente a él. No en el pasillo de la escuela, no en la cafetería, no en ningún sitio donde hubiera imaginado y fantaseado. Sino aquí, en una parada de autobús cutre, en medio de la noche, después de que casi me robaran.

El miedo por lo que acaba de pasar sigue ahí, haciendo que mis piernas se sientan como gelatina. Pero ahora también siento otra cosa. Nervios. Por el hecho de que él está ahí, mirándome, y yo no sé qué más decir. Porque es Jimin. El chico del que llevo meses enamorado en secreto. El que visita mis sueños por la noche. El que he visto mil veces desde lejos, imaginando cómo sería hablar con él. Y ahora hablo con él. Y no es como lo había imaginado.

El corazón me late fuerte contra las costillas. Y ahora no sé si es por el susto del robo o porque él está allí. O una mezcla de ambas.

Lo miro y no sé qué más decir. No tengo ni idea de cómo reaccionar. Porque una cosa es soñar con hablarle y otra muy distinta es tenerlo enfrente, en una situación así.

En la escuela, Jimin es el tema de conversación de muchos. La gente susurra sobre él, especula sobre su vida, sobre de dónde viene, sobre por qué siempre va solo. Pero nadie se atreve a preguntarle directamente. Tiene esa aura que dice “no te acerques”. Y a pesar de eso, todo el mundo quiere acercarse. Yo incluido. Pero yo soy más cobarde que el resto. Siempre me quedo en mi sitio, mirando, imaginando. Fantaseando con escenarios donde por fin me armo de valor y le digo algo. Cualquier cosa. Un “hola”, un “cómo estás”, incluso un “me gusta tu chaqueta”. Pero nunca lo hago. Porque siempre me debato entre el deseo de conocerlo y el temor de romper ese equilibrio delicado de mi admiración desde la distancia. O bien busco una excusa para no hacerlo.

Y ahora, la vida me ha puesto en una situación donde no puedo evitarlo. Donde tengo que hablarle, porque me acaba de salvar de un tipo que podría haberme dejado sin ropa y sin dignidad.

El contraste es tan absurdo. Todas esas fantasías que he tenido, todos esos sueños donde Jimin me mira y yo le digo algo genial, y él sonríe y todo es perfecto. Y la realidad es esta: yo, todo cagado y la voz rota. A veces, la vida tiene un modo muy peculiar de desafiar nuestras expectativas y llevarnos por caminos inesperados.

Pero a pesar de todo, no puedo evitar sentir que aquella noche, de alguna manera extraña, se está convirtiendo en algo que recordaré para siempre. Porque Jimin está ahí. Y me ha salvado. Y eso significa algo. No sé qué, pero significa algo.

Lo miro de nuevo. Sus ojos siguen fijos en mí, esperando algo. No sé si espera que le diga algo más, que me vaya, que haga cualquier cosa. Pero yo estoy paralizado. Y mientras el silencio nos acompaña, mi mente no deja de dar vueltas. ¿Qué está haciendo él aquí? ¿Por qué ha intervenido? ¿Y por qué, después de todo este tiempo, tiene que ser precisamente en este momento, en este lugar, cuando por fin estoy frente a él?

El corazón sigue latiéndome fuerte, intentando asimilar la paradoja de la situación. Los nervios no se van. Y el miedo, aunque se está desvaneciendo poco a poco, sigue ahí, recordándome lo cerca que he estado de que todo saliera mal.

Pero Jimin ha salvado mi noche. Como un príncipe salvando a su damisela en apuros, aunque la dinámica sea diferente a lo que realmente esperaba.