Las Horas Que Nos Quedan por magda_22 en Inkitt
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Las horas que nos quedan

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Sinopsis

¿Cómo se cuida a quien se está olvidando de todo? ¿Y cómo te cuidas a vos misma cuando el mundo no para de exigirte? Para Luna, la respuesta es simple: no confiar en nadie y seguir adelante. Su rutina en la agencia de publicidad es su refugio, hasta que una inesperada fusión empresarial trae a Ashi a su oficina. Él es todo lo que ella no necesita: impredecible, curioso y decidido a romper su distancia. Sumando a un gatito arisco que parece reflejar sus propios miedos, Luna va a descubrir que el tiempo que nos queda es demasiado valioso como para pasarlo defendiéndose.

Genero:
Romance
Autor/a:
magda_22
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

Eran las tres de la mañana y escuchaba pasos afuera de mi habitación. Cualquiera se sentiría asustado por algo así, pero sé que no debo alarmarme porque seguramente es mi papá, que camina desorientado por la casa.

Hace unos años empezó de manera lenta, olvidando cosas simples: la pava en el fuego o qué era lo que había ido a buscar específicamente. Al principio no le dimos importancia; sabemos que con tantas obligaciones, a nuestra mente le cuesta acomodarse. Pero desde hace un año todo ha ido a peor. Me confunde u olvida quién soy, pregunta dónde está mi madre y a qué hora llegará. Es muy difícil explicarle que no lo hará, ya que ella falleció cuando yo tenía doce años.

Ahora lo escucho mover cosas en la cocina, seguro intentando preparar algo de comer. Vuelvo a mirar el despertador y odio esos números rojos que anuncian que en solo unas pocas horas deberé comenzar mi largo día. Me siento más cansada que nunca. Sé que será una jornada difícil, porque ahora tengo que ir a ver qué está haciendo e intentar detenerlo antes de que nos pase algo a los dos; podría olvidar que está cocinando y me tomaría más tiempo del esperado solucionar el desastre.

Al abrir la puerta siento un aroma a café tostado. Es raro, ya que solo tengo dinero para café instantáneo, y me apresuro a ver qué sucede. Al entrar a la cocina encuentro a mi padre sentado a la mesa, leyendo una revista del supermercado; ni siquiera notó que entré. Miro la cocina y encuentro el origen del aroma: puso un jarro con café pero olvidó agregar el agua. De inmediato lo saco del fuego y le hablo:

—¿Qué haces despierto a esta hora?

Sin levantar la vista de la revista, me contesta:

—Beatrice, ¿viste estos precios? ¿Cómo vamos a comprar todo para Luna este mes?

Beatrice era mi madre. Dejo remojando el jarro para poder limpiarlo a la mañana e intento llevar a mi padre a dormir.

—Vamos, papá, a la cama que todavía es temprano. Andá a descansar un poco más.

Para mi sorpresa, se levanta de inmediato y, con la revista en la mano, va en dirección al sofá, donde sé que prenderá la televisión y se quedará dormido. Suspiro y vuelvo a mi habitación. Mi despertador indica que ya son las tres y cuarenta. Solo tengo poco más de dos horas para despertarme y comenzar mi largo día.

Escucho el sonido de mi alarma y la apago de inmediato. Al volver a la cama me resultó imposible volver a dormir y, cuando finalmente lo estaba logrando, escucho el tan indeseado pip del despertador. Sé que debo empezar a prepararme porque por alguna razón siempre tardo mil años para todo. Lo primero es ir a chequear a mi papá; lo encuentro durmiendo en el sofá y en la televisión un show de caballos. Lo dejo tal cual, no quiero que se despierte.

Me dirijo a la ducha porque sé que para algunas personas es imposible comenzar el día sin un café, té o algo así, pero yo necesito una ducha y me siento renovada.

Finalmente desayuno. Encontré un sobre de capuchino porque algo dulce hace mi mañana más feliz y unas rebanadas de budín. No es el desayuno más apetitoso o cuidado, pero es lo que hay y para lo que me da el tiempo.

Escucho la puerta y el aire de la casa cambia. Es Laura. Ella tiene esa energía de las maestras de primaria que no se apaga nunca, aunque ahora haya cambiado el aula por el living de mi casa. Entra con una sonrisa que parece no saber que son las ocho de la mañana y que afuera el mundo es un caos.

—Tu papá tiene uno de los ronquidos más fuertes que he escuchado —me dice soltando el bolso—, voy a intentar que haga ejercicios de respiración.

Me río. Laura siempre tiene una solución, una técnica o un ejercicio para todo. Es mi salvavidas, aunque al principio me costó confiar en la recomendación de Vane (porque, bueno, todos conocemos a Vane). Resulta que ella pasó por lo mismo con su abuelo, por lo que este cuadro con mi padre no es algo nuevo para Laura. Ni siquiera había dicho cuánto sería el salario cuando me dijo que sí, porque sentía mi buena energía, y desde entonces Laura está con nosotros cada día.

—Buen día, Lau. ¿Cómo estás?

—Buen día, mi Moon. Emocionada, logré que Ricardo hiciera meditación conmigo anoche.

Ricardo es el esposo de Laura y al final del día siempre cede a todas las actividades que ella le propone. Suelto una carcajada al imaginarme la cara de Ricardo y le pregunto cómo hizo para convencerlo.

—Le dije que le iba a cocinar ese pollo al limón que a él le gusta.

Luego de una breve conversación le dejo algunas indicaciones para el día y me despido para ir al trabajo.

Cruzo la puerta con el sabor del pollo al limón imaginario y las risas de Laura todavía en la cabeza, tratando de estirar esa sensación lo más posible. Sé que en cuanto suba al colectivo y ponga un pie en la agencia, el “mundo de excavación” de la publicidad me va a tragar entera.

En el trabajo hoy están todos en un modo de excitación y alegría, ya que hoy le darán la promoción a dos personas en el piso y, según escuché, viene una persona de otro país como interno. Trabajo en una agencia de publicidad y según dicen Argentina es un buen lugar para crear publicidades, por eso muchas personas extranjeras vienen a estudiar y realizan pasantías o trabajos de internos.

La realidad es que no sé nada sobre publicidad. Mi trabajo consta en responder mails, imprimir y a veces llevar la agenda del jefe: si cancela reuniones, juntas, entre otras cosas.

Paso por la mesa de entrada para recoger los sobres que le llegaron a mi jefe y veo que tres compañeras están apiñadas al lado de la cafetera hablando bajo y mirando hacia adentro. Me acerco sigilosamente porque quiero saber qué es tan interesante y no veo nada, así que como mi alma de chismosa puede más, pregunto:

—¿Qué miran? ¿Qué pasa?

Lorena es la que sabe todo de todos. No tenemos muy buena relación pero nos toleramos. Con una sonrisa extraña (y digo extraña porque ella nunca me dedica sonrisas), me dice:

—Ya está acá.

La miro con expresión de solicitar más información, pero ella está mirando hacia adentro con curiosidad de nuevo; solo veo una espalda. Debo suponer que es el nuevo integrante de intercambio y, aunque quisiera darle la bienvenida, no creo que este cuadro de cuatro mujeres apiñadas observando sea apropiado para eso, así que decido que luego diré “hola” y me apresuro a mi escritorio.

Hoy nuestro jefe está en una importante reunión ya que la compañía empieza una nueva etapa: será socia de una de las multinacionales más importantes del rubro publicitario. Me entero de los detalles reales apenas llego a mi escritorio y abro la casilla de correo institucional que administro. Los contratos adjuntos asustan de solo ver los logos.

Esta fusión significa que la oficina va a colapsar de gente nueva: el acuerdo exige un flujo constante de intercambio de personal. Vamos a llenarnos de internos de afuera y, a la vez, varios compañeros de acá serán enviados a las sedes internacionales. Pero el verdadero dolor de cabeza es el itinerario de mi jefe. Mientras archivo los nuevos contratos, veo su calendario y me agarro la cabeza. Viajes semanales, juntas de emergencia en el exterior, firmas de contratos en otros continentes… si antes me costaba coordinar sus reuniones locales, ahora voy a tener que aprender a lidiar con tres husos horarios distintos. Mi trabajo tranquilo de responder mails se acaba de transformar en la torre de control de un aeropuerto internacional.

Bueno, tal vez el ejemplo del aeropuerto sea un poco exagerado, pero conociendo a mi jefe solo falta que me pida ser piloto.

El chisme me encanta, no lo voy a negar, y trabajar como secretaria del jefe a veces me da esa ventaja de saber cosas antes que los demás, así que me encuentro lista para comenzar a leer estos mails y enterarme de qué va todo esto. Pero justo cuando estoy a punto de abrir el siguiente mail, mi jefe llega con unas carpetas.

—Buenos días, Luna. Espero que hoy tengas mucha energía porque nos espera un largo día.

Creo que mi cara no denotó cómo me sentía por dentro, así que, con mi mejor sonrisa, le respondí que sí, que estaba lista. De inmediato volvió a su oficina y comencé con mi trabajo.

Después de imprimir al menos cinco contratos eternos y responder quince mails, la tranquilidad de mi cubículo empezó a pesarme. Mi espacio está en la parte interna de la oficina de mi jefe, lo que me resguarda del ruido exterior. Como estaba sola —ya que Alejandro había salido a un desayuno de negocios—, decidí que era momento de un break y apoyé la cabeza en el escritorio; la sentía pesadísima.

Un carraspeo y un “disculpa” me despertaron.

Sintiéndome fatal y con los párpados de plomo, me costó enfocar a la persona delante de mí. En cuanto recordé dónde estaba, me despabilé de golpe. Tenía enfrente a un hombre que jamás había visto en la empresa. Tratando de actuar profesional, incluso tras haber sido atrapada en pleno sueño, le dije:

—Buenos días, mi nombre es Luna. ¿Cómo puedo ayudarte?

El hombre me miró con un dejo de risa divertida.

—Mi nombre es Ashi —dijo—, necesito hablar con tu jefe.

El nombre me pareció superextraño; jamás en Argentina había oído algo así, pero no dije nada. ¿Quién era yo para juzgar nombres ajenos?

—El señor Alejandro volverá en aproximadamente una hora. ¿Puedo concertar una cita o dejarle un mensaje?

Todavía con esa sonrisa que ya me estaba tocando los nervios, contestó:

—No, está bien. Volveré en una hora.

Le asentí y él giró para irse, pero justo antes de cruzar la puerta, se dio la vuelta:

—Espero que termines de tener un buen sueño.

Me puse roja como un tomate. Sabía que se estaba burlando, y aunque era un chiste, me dio una rabia tremenda. Sin pensarlo, le retruqué:

—¡Por supuesto que lo tendré!

Salió de inmediato cerrando la puerta tras de sí. Fue en ese microsegundo de silencio cuando caí en la cuenta: por culpa del enojo y la vergüenza, había respondido de la peor manera posible. Y lo peor de todo… ni siquiera le pregunté por qué asunto venía. Solo me quedaba cruzar los dedos y rezar para que ese tal Ashi no fuera un ejecutivo importante.

Después de un rato en el que finalmente logré espabilarme, me dije a mí misma que era hora de trabajar y me puse a responder los mails pendientes. Eran alrededor de las 12 del mediodía cuando siento a mi jefe entrar en la oficina. De inmediato me llama y me pide que lleve unas carpetas a una imprenta que está a un par de cuadras de mi trabajo. Emocionada por tomar aire fresco, le digo que de inmediato voy y que luego tomaré mi hora de almuerzo.

Aprovecho en el camino para preguntarle a Laura cómo está mi papá y me dice que está mirando una película bastante antigua, pero que se encuentra bien y tranquilo.


Primera vez en esta plataforma y descubriendo como se usa (de antemano perdón si soy muy abuela para la tecnología).

Sugerencia, comentarios y corazones son mas que bienvenidos 😊

¡Gracias por llegar hasta acá y nos vemos en el próximo capítulo! 🌟



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