Capítulo 1: Larry Smith
Capítulo 1: Larry Smith
Abril
Thomas se acercó a la mesa del comedor y observó el cuerpo sin prisa, dejando que el silencio de la habitación se asentara en sus oídos antes de buscar la primera pista. No había heridas visibles, ni la rotura violenta de las fibras que delata una pelea desesperada. El hombre permanecía todavía sentado, con la cabeza vencida sobre la mejilla derecha contra la madera y los brazos desplomados a los costados del cuerpo, como un títere al que le hubieran cortado los hilos a mitad de una frase. Sus ojos continuaban abiertos, fijos en un punto invisible debajo del mantel, mientras la degradación biológica empezaba a reclamar el espacio con ese olor denso a materia fecal y orina que impregnaba las esquinas del departamento. La sangre ya coagulada, una sustancia casi negra que había brotado de la nariz y los oídos durante el colapso, se extendía sobre el tejido blanco formando una aureola perfecta, una caligrafía oscura que enmarcaba una cara enrojecida por la brutalidad de la presión interna. Vestía una remera azul lisa, jeans gastados y zapatillas negras; una sobriedad tan calculada que parecía el uniforme de un extra en una filmación de bajo presupuesto.
Thomas no apartó la vista de las pupilas opacas del muerto cuando preguntó el nombre en voz alta.
—Larry Smith —respondió el detective Charles Murphy, pasando las páginas de su libreta con un crujido molesto—. Treinta años. Un empleado técnico en la empresa Ingenia.
—¿La empresa de John Cavendish?
Murphy asintió.
—La misma.
Thomas levantó apenas los párpados. Cruzó una mirada muda con su ayudante antes de que este señalara la laptop abierta sobre la mesa: desde esa terminal se había despachado el correo del domingo que justificaba la ausencia por un turno médico que nunca existió.
—Al parecer —dijo Murphy señalando la mesa—, fue un suicidio por sobredosis de ansiolíticos y alcohol.
Sobre la superficie limpia, junto al teclado, había una botella de whisky vacía, un vaso corto, un frasco de pastillas y una nota manuscrita en un trozo de papel que decía simplemente: «Lo siento».
Thomas se puso los guantes de nitrilo y tomó el papel con las puntas de los dedos, escudriñando el trazo rápido y genérico de la tinta, antes de caminar hacia la biblioteca negra que dominaba la pared del pasillo. Sus ojos escanearon la hilera de vinilos idénticos y los pocos libros, hasta dar con la única agenda del estante; al abrirla por la mitad, descubrió el margen mellado de la hoja faltante, comprobando que los dientes del papel encajaban sin dejar un solo milímetro de error.
Dejó la agenda donde estaba y se detuvo en los tres portarretratos de metal que descansaban en la biblioteca. Tres postales de catálogo que carecían de rostros, de dedicatorias, de cualquier rastro de la marea humana que suele habitar una casa.
—¿Quién tiene fotos de la ciudad donde vive en los portarretratos de su propia biblioteca?
Murphy levantó apenas una ceja.
Grace, la médica forense, dio una risa seca, ahogada por el barbijo.
—Quizá alguien orgulloso de pagar impuestos en Massachusetts.
Thomas no respondió.
Grace se inclinó sobre el espinazo del muerto, midiendo con la yema del guante la rigidez que ya gobernaba las articulaciones inferiores.
—Rigor avanzado —dijo mientras examinaba las piernas—. Alrededor de cuarenta y ocho horas.
Thomas la observó trabajar. Le gustaba porque nunca dramatizaba nada. No intentaba parecer brillante. Simplemente miraba.
—Murió el domingo por la tarde —continuó.
—¿Causa preliminar?
Grace retiró la mano.
—Las hemorragias y la congestión sugieren una crisis hipertensiva extrema. Algo disparó la presión arterial hasta niveles absurdos. El tabique se fracturó al golpear contra la mesa durante la caída. No hay signos de algún forcejeo o pelea, pero…
Thomas volvió a mirar al muerto. Si la congestión del rostro y las hemorragias craneales sugerían un aumento repentino y masivo de la presión arterial, un estallido interno que había roto el tabique nasal contra la mesa en el mismo instante en que el conocimiento se apagaba, estaba ante una muerte súbita que no encajaba con el lento abandono de los barbitúricos.
—¿Pero?
—La posición del cuerpo…—dijo ella, moviendo la cabeza de lado a lado.
Thomas asintió.
—He visto suicidios por sobredosis de pastillas y alcohol. En general, se tienden en la cama o el sofá. Aquí parece que murió sentado. De golpe.
Thomas observó la verticalidad del cadáver, esa extraña postura de un hombre que muere sentado sin el menor intento de buscar el suelo o el amparo de la cama.
—¿Un infarto?
Grace negó con la cabeza.
—No lo sé. Lo sabremos en la autopsia.
Caminó hasta la cocina. El fregadero tenía un solo plato y una olla, testigos mudos de un almuerzo solitario en la normalidad de un domingo ordinario.
Regresó a la mesa del comedor y levantó el vaso de whisky para acercárselo a la nariz, sus labios se afinaron en una línea recta. No había olor.
—Raro —murmuró.
Murphy lo miró asintiendo el comentario.
—No hay olor.
Levantó la botella y realizó la misma maniobra.
—Cuando el whisky es bueno como este…—dijo, señalando la botella vacía sobre la mesa—. El aroma queda en el vaso…
Thomas se metió la mano en el bolsillo del abrigo, buscando la banda elástica entre los dedos para entretejerla en una serie de nudos mudos, mientras repasaba con la mirada la distribución exacta de las cuatro sillas enfrentadas, los dos sillones frente al televisor apagado y las dos puertas que conectaban con el baño y el dormitorio.
Todo en el departamento de Larry Smith lucía simétrico, limpio, ordenado.
—Raro —murmuró finalmente, dejando el vaso en el mismo ángulo en que lo había encontrado.



![[GL] NO HAY CURA PARA EL AMOR - EDITANDO](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_18f34104b838616732eb19cde1203741.jpg)




