El Vacío por Paula en Inkitt
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El vacío

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Sinopsis

Naya Anderson solo quería ser una arqueóloga que se dedica a desenterrar el pasado y estudiarlo. Pero el pasado la enterró a ella. Cuando el hallazgo de una cámara funeraria en Egipto que desafía la historia humana cae en sus manos por culpa de su mejor amigo, Omar, su vida se convierte en una pesadilla. Secuestrada junto a Omar, por la enigmática organización Orbis, Naya es obligada a viajar en el tiempo para cumplir una misión que busca descifrar el principio de toda existencia.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Paula
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

NAYA

El frío del metal contra su piel la arrancó del sueño. Cuando recuperó el conocimiento se dio cuenta que hasta la ropa le habían cambiado. Y la desesperación la invadió al no comprender lo que sucedía.

Tenía las muñecas aprisionadas a la espalda por unas esposas y estaban tan apretadas que las argollas se hundían lastimándola. Intentó mover los dedos, pero estaban entumecidos.

La falta de circulación le provocaba un hormigueo insoportable que ascendía por los antebrazos. Forcejeó un par de veces por puro instinto, pero fue inútil. Para Naya era imposible saber dónde estaban o cuánto tiempo habían permanecido sedados.

Ambos estaban esposados a sillas metálicas bajo una luz que les golpeaba directamente en la cara, en una habitación llena de computadoras.

Naya miró a Omar. Seguía inconsciente, con la cabeza colgando hacia un lado.

Una furia contenida le quemó el pecho. Él los había puesto en esta situación. Por una razón que solo él conocía. Omar burló la seguridad en Egipto y ahora ambos pagaban el precio de su genialidad. O de aquel acto deliberado que se le ocurrió cometer.

Naya evaluó la habitación sin moverse: luces blancas directas en la cara, paredes metálicas, docenas de pantallas. Los habían esposado. Pero tenían la boca descubierta. Y solo había una explicación para aquello.

Gritar no serviría de nada.

No tuvo mucho tiempo de perderse en sus pensamientos porque su corazón casi se salió del pecho cuando escuchó toser a Omar. El sonido irrumpió de golpe porque él se había despertado bruscamente y quizás se atragantó con su propia saliva, porque tosía como si se estuviera muriendo.

—Puto exagerado —murmuró entre dientes.

Él dejó de toser poco a poco y abrió los ojos. La observó con una expresión de absoluta confusión, y ella solo quería ahorcarlo ahí mismo.

—¿Dónde estamos?

—No me preguntes mierda, Omar. Y agradece que estoy esposada, porque si tuviera las manos libres te asesino aquí mismo.

—Segundo insulto que me dices —carraspeó.

—Y eso que no has contado los que llevo procesando en mi mente hace tres meses. Neandertal con complejo de hacker.

Omar se quedó callado y recorrió la habitación con la mirada, como si intentara entender dónde estaban.

—Aunque llamarte neandertal ni si quiera debería ofenderte. Lo que no entiendo es cómo te consideran un genio tecnológico.

Su silencio le provocaba nerviosismo. Su respiración se volvía más agitada.

—¿Sabes que es una ameba?

—No quiero saberlo, Naya.

Naya veía que Omar intentaba concentrarse y eso le daba más rabia.

—Un organismo unicelular, sin cerebro, sin nada. Uno de los seres vivos más simples que existen.

—Ya no quiero seguir escuchando como me culpas de todo esto. Ya sé que es mi culpa, ¿para qué sigues insultándome?

—Porque es la verdad. Eso eres tú ahora mismo, un supuesto genio con la inteligencia justa para sobrevivir. No entiendo cómo pudiste pensar en hacer algo así, tienes la capacidad cognitiva de un pollo, grandísimo hijo de p…

—Creo que es mejor que te calles.

Unos tacones se escucharon en la habitación. Se iba acercando poco a poco.

—Naya Anderson y Omar Bennet. Bienvenidos a Alexandría.

Para Naya, la mujer lo dijo como si fuera una maldita anfitriona de un hotel de cinco estrellas en el Caribe, y no la jefa de una organización o de una secta de psicópatas que los tenía amarrados a dos sillas como cerdos.

Tenía una tranquilidad asquerosa en su rostro. Había aparecido como si fuera una guía turística dándoles la bienvenida a unas vacaciones a las que ninguno de los dos había decidido asistir.

Su cabello era negro y oscuro, tan largo que le llegaba a las caderas.

—Creo que hemos sido injustos con las amebas.

Ella se contuvo de decir cualquier cosa porque valoraba su vida. No había pasado años estudiando para morir así.

Estaba segura de que lo que dijera en ese momento definiría su destino y el de Omar.

—De verdad, discúlpeme por todo lo que hice. Perdón, les juro que no filtré nada, tampoco quiero que involucren a mis compañeros en esto, soy yo el único responsable de todo, y…

—Omar, cállate.

—Yo al principio la callé a usted, y ahora usted calla a su compañero —dijo la mujer con una sonrisa venenosa, como si disfrutara de la situación.

Naya se dio cuenta de que para ella todo era un juego. Sus expresiones, su tono de voz, todo la delataba.

La mujer se inclinó hacia Omar y la luz blanca se reflejó en sus ojos.

—Señor Bennet, no se haga el héroe. Los héroes mueren primero.

Hizo una breve pausa y se dio media vuelta.

—Ahora díganme, ¿saben por qué están aquí?

Ella caminaba despacio alrededor de ellos mientras sus tacones seguían resonando sobre el suelo metálico.

¿Estaba jugando con sus vidas?

Naya seguía sin entender cuál era el propósito de la misteriosa mujer. Pero ella seguía observándolos con la misma indiferencia con la que alguien examina dos objetos sobre una mesa.

—No —respondió Naya.

—Pero si tú misma le dijiste a tu compañero que era culpa de él.

—¿Qué quieren de nosotros?

—Aquí las preguntas las hago yo.

Naya no dijo más.

Se mordió la lengua y prefirió callar.

—Están aquí porque rompieron un acuerdo de confidencialidad. Y sabemos perfectamente que ustedes dos son los únicos involucrados.

—¿Yo? Disculpe, pero no tengo nada que ver en lo que él haya hecho —dijo Naya mirando a Omar.

Pero él parecía evitar su mirada.

—Usted fue involucrada en el momento en que él le dijo que tenía la información confidencial.

Y entonces lo entendió todo. Los habían estado espiando todo ese tiempo. Desde que Omar le confesó que había guardado la información.

Esa mujer y su organización habían seguido cada llamada y cada mensaje. Habían intervenido sus teléfonos durante meses.

—Ahora díganme, ¿qué estaban dispuestos a hacer con esa información? ¿Venderla? ¿Estudiarla? ¿O simplemente demostrar que podían?

Naya no respondió. Sentía la lengua pegada al paladar, el sudor frío bajando por su espalda y no encontraba las palabras adecuadas.

—Fue mi culpa. Quería demostrarle a Naya que podíamos estudiar la información —dijo Omar, y calló unos segundos antes de seguir hablando—. Pero ella me dijo que destruyera el dispositivo, nunca quiso involucrarse. Leveque tampoco sabe nada.

—¿Se da cuenta, señor Bennet, de lo que significa “estudiar” información confidencial? —continuó ella, con un tono que parecía disfrutar cada palabra—. Significa que usted sabía lo que hacía. Y que arrastró a su compañera con usted.

—No metan a Naya y a Leveque en esto, les juro por lo que más quiero que destruí el dispositivo.

—No, si eso lo sabemos.

La mujer se detuvo. La confesión parecía darle todavía más poder.

—Ya le dije señorita Anderson, usted fue involucrada en el momento en que él le dijo que tenía la información confidencial.

—Entonces Leveque no tiene nada que ver —respondió Naya, sin siquiera pensarlo dos veces.

Ella la miró fijamente, con una sonrisa que le heló la sangre.

En ese instante tenía el poder de decidir qué pasaba con ellos.

Y Naya, incluso en una situación así, pensaba en Leveque.

—Eso no lo decido yo. Pero tienen que entender algo: no se trata de quién tenía el dispositivo, sino de quién escuchó y quién supo. En ese juego, todos terminan siendo culpables.

—Esto para mí no es un juego —dijo Naya.

—¿Y para usted, señor Bennet, esto es un juego?

Omar levantó la cabeza y sostuvo la mirada en Naya apenas unos segundos antes de volverla hacia la mujer.

—No… no es un juego. Es un error.

Después de responder, volvió a bajar la mirada. Quizás tenía vergüenza que Naya lo viera así de vulnerable. Pero ella no podía sentir pena en una situación así.

—¿Un error? —repitió la mujer, con tono de burla—. ¿Sabe lo que contenía ese dispositivo, señor Bennet?

—Sí.

—Dígalo, por favor.

Naya sabía que tenía que responder porque Omar no lo haría.

—ADN.

—¿De qué?

—De restos biológicos.

—¿Cuáles?

—Colágeno. Una proteína que puede sobrevivir siglos. ADN mitocondrial, útil para rastrear linajes, aunque ese no coincidía con ningún humano conocido. También había melanina.

Por primera vez, Naya vio verdadero interés en el rostro de la mujer. Sin apartar la vista de ella, tomó una silla y la colocó frente a los dos. Se sentó al revés, apoyando el mentón sobre el respaldo.

—¿Qué opinas de los huesos?

—No eran huesos comunes —añadió Naya—. Quizás eran de una mutación genética.

—Eso es lo que dicen esos científicos inútiles. Me gusta mucho la teoría de Leveque. Explícamela, Naya.

—Leveque dice que era evidencia de un linaje perdido.

—Exacto.

Hizo una pausa. Sus ojos brillaban con una curiosidad difícil de ocultar.

—Cuéntame exactamente lo que escribió en el informe.

—Eso usted ya lo sabe.

Una voz masculina respondió desde algún punto de la habitación:

—“Los restos muestran una densidad ósea y una estructura que no encajan en la evolución humana conocida. Es como si hubieran pertenecido a una rama que desapareció… o que alguien quiso borrar de la historia”.

—“ADN nuclear con duplicaciones en loci críticos y reguladores del crecimiento somático. ADN mitocondrial con haplogrupos desconocidos. Evidencia preliminar de un linaje extinto con rasgos extremos y externos”.

Una sonrisa divertida se dibujó en el rostro de la mujer.

Naya se dio cuenta de que estaba clavando las uñas en las palmas de sus manos. Cada vez le costaba más mantener la calma.

—“La cápsula funeraria no fue un entierro común, sino un contenedor de memoria biológica. Un intento deliberado de transmitir información genética a través del tiempo”.

—“Conclusión: evidencia de un linaje perdido, posiblemente relacionado con relatos culturales sobre gigantes”.

—Ese no es mi informe —dijo Naya, con la voz quebrada pero firme—. Leveque hizo lo que se le pidió.

—Y está perfecto —respondió la mujer, mientras el hombre reía cómplice—. ¿Recuerdas el tuyo, Naya?

Respiró hondo antes de contestar. Tenía que recordar las palabras que usó para describir el descubrimiento arqueológico

—Eran apenas restos suficientes para una clasificación preliminar. Duplicaciones en loci reguladores del crecimiento y haplogrupos mitocondriales desconocidos. Esto afirma que la cápsula fue diseñada para guardar memoria biológica.

—¿Conclusión arqueológica?

Naya tragó saliva. Sus labios estaban secos y buscaba las palabras correctas, intentado incluso acordarse de un informe que había hecho hace más de tres meses, el cual no volvió a leer ni ver desde ese momento en el que lo escribió.

—El objeto funerario es una cápsula de conservación intencional… estaba… diseñada para preservar memoria biológica y cultural.

—¿Ya?

Ella pestañaba rápido. Y exigía que ella le respondiera rápido y de corrido. Pero el aire le era insuficiente y sentía su garganta le pedía agua.

—Los restos óseos y dérmicos, junto con las trazas moleculares y genéticas, sugieren un propósito más allá del rito funerario. Quizás un intento deliberado de transmitir información genética a través del tiempo.

—Impecable —dijo ella, mirándola a los ojos.

¿Admiración?

Porque odio no era. Tampoco rabia ni tristeza. Ni sarcasmo.

Era una felicidad extraña.

La misma expresión de un arqueólogo que acababa de encontrar aquello que llevaba años buscando.

Al menos así era a los ojos de Naya.

—Agregaste una nota de confidencialidad —dijo el hombre, finalmente.

Avanzó hasta quedar bajo la luz. Naya nuevamente respiró hondo antes de responder.

Le estaban exigiendo mucho. Pero no era algo imposible para ella. Era alo obvio.

—Este informe es parte del Acta oficial y no podrá ser divulgado fuera del recinto autorizado.

—Pero qué ironía, ¿no? —dijo él con una risa incrédula, mirando a su compañera.

La mujer suspiró, exagerada, como si cada gesto fuera parte de una representación. Cada movimiento parecía cuidadosamente ensayado.

—Ellos son los que tienen que hacer esto. Y tienen que empezar a entenderlo desde ya.

—¿Pueden ir al grano y decirnos qué harán con nosotros?

La mujer se puso de pie y caminó dos pasos hasta quedar frente a ella.

—Vamos a mandarlos en una máquina del tiempo

El aire se volvió pesado. Omar la miró como si estuviera pensando lo mismo que ella.

—Eso es imposible —dijo Omar.

Naya realmente quería que lo fuera. Pero, después de todo el espectáculo que habían montado, si existía la posibilidad de que no fuera una broma.

A su alrededor había tecnología que no correspondía a ningún laboratorio que hubiera visto antes. Pantallas de última generación. Los símbolos que aparecían no eran letras, sino jeroglíficos mezclados con fórmulas matemáticas.

—¿Puede ser más clara? —preguntó Naya.

—Serán enviados a épocas clave de la historia. Cada misión tendrá un objetivo, verificar datos en su contexto original, recuperar muestras biológicas y regresar con información imposible de obtener en el presente.

Nada de lo que decía tenía sentido.

Quería que fueran a épocas claves de la historia, recuperar muestras biológicas.

¿Información imposible de obtener en el presente?

¿Pretendía enviarlos al pasado?

Capítulos
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