Prólogo
Adara caminó con paso firme, marcando el ritmo sobre el suelo del salón. El aire alrededor de aquella mujer era insoportable: el olor químico del fijador de cabello en aerosol, capaz de asfixiar cualquier otra fragancia a tres metros a la redonda, la caracterizaba desde que había llegado. Adara lo había detectado desde el primer segundo. Había registrado cada detalle de su llegada: la sonrisa plástica, ensayada, y aquellos avances descarados, disfrazados de cortesía, hacia su recién estrenado esposo.
La violencia transformó las pupilas de Adara en dos rendijas de fuego. Javier, su marido, lo notó de inmediato. Intentaba retroceder, alejándose de la insistencia de aquella mujer que no paraba de buscarle la mirada y tocarle el brazo con excusas torpes. Pero Javier debía permanecer demasiado correcto, demasiado educado para armar una escena en público.
Adara, en cambio, no acarreaba el lastre de la buena educación, y no dejaría que esta fulana le tirase todos los planes a la basura.
A cada paso, la chaqueta de cuero negro parecía apretársele más contra el cuerpo. El cuero rechinó con un crujido sobre el vestido cuando ella introdujo la mano en el bolsillo. Sus dedos envolvieron el metal frío del encendedor.
Justo cuando pasaba por detrás de la mujer, la música estalló de manera estridente junto con los gritos de los invitados, sus ojos se cruzaron con los de Javier.
Click.
Una pequeña llama azul y dorada cobró vida entre los dedos de Adara. Con un movimiento planeado, la acercó al imponente peinado saturado de químicos de la mujer.
El cabello estalló en llamas.
Un fogonazo anaranjado iluminó la pista de baile. En cuestión de segundos, los gritos desgarradores de la mujer perforaron el ambiente, rompiendo la armonía de la fiesta. El penetrante y desagradable olor a queratina quemada, plástico derretido y cabello chamuscado inundó el salón.
La novia del evento chilló, interrumpiendo la música de golpe, mientras varios invitados, presos del pánico, le vaciaban vasos de agua helada y champaña sobre la cabeza de la víctima.
En medio del tumulto de cuerpos asustados, Adara permanecía inmóvil. En su rostro se dibujaba una media sonrisa perversa. Saboreaba el espectáculo; sus ojos reflejaban los últimos destellos del fuego extinguido.
Javier la miraba fijamente desde el centro de la pista, ignorando el caos a su alrededor. Estaba completamente hipnotizado. Aquella mujer impulsiva, peligrosa, que rozaba la locura más absoluta, se erigía ante él como la estampa de la belleza más destructiva que jamás hubiera presenciado.
—Creo que deberíamos irnos de aquí —susurró Javier, apareciendo a su lado, apretándole el brazo con la fuerza suficiente para dejarle un moratón, y obsevándola con una mezcla de adrenalina y fascinación.
—No todavía, amor —respondió Adara, soltándose con suavidad para no lastimar aún mas su brazo.
Se encaminó hacia la mujer. El fuego había consumido el ochenta por ciento de su melena en solo unos minútos. Ahora, la silueta antes altiva se reducía a un montón de nervios que lloraba desconsoladamente en el suelo, mientras sus dedos manchados palpaban las zonas calvas de su cuero cabelludo.
La novia susurraba los pasos a seguir con un grupo de personas a su alrededor. Adara se vistió de preocupación mientras se acercaba al grupo.
—¿Qué están haciendo? ¡Hay que llevarla al baño! —Se giró hacia la novia—. No, mejor voy yo. Llama a la ambulancia y ocúpate de la fiesta.
La novia asintió agradecida.
Al ver acercarse a Adara, la mujer la observó con ojos enrojecidos y suplicantes. Adara transformó su mueca divertida en una sonrisa de calidez angelical.
—Ven, vamos al baño, querida —le dijo, ofreciéndole una mano firme para ayudarla a ponerse en pie.
La mujer, aferrada a aquella falsa piedad, jamás habría podido adivinar la arquitectura macabra de la mente que la guiaba.
El baño de la recepción, iluminado por la luz blanca, solo lograba que el desastre se viera aún más crudo. Frente al enorme espejo, el rostro de la mujer se desfiguró por completo en un llanto grotesco.
—Pero si estoy destruida... ¡Mira esto! —gimió, contemplando los pocos mechones chamuscados que caían deshaciendoce sobre sus hombros.
—Shh, shh, no digas eso, por favor. Piensa con claridad —contestó Adara con voz arrulladora.
Abrió la llave del grifo; el sonido del agua corriendo llenó el eco del baño. Mojó un trozo de papel higiénico y, con una delicadeza espeluznante, comenzó a limpiarle el rímel negro que le corría por las mejillas.
—Podrías haber muerto, pero sigues aquí, con vida.
—Eres tan amable... Te lo agradezco mucho —sollozó la mujer, temblando bajo el contacto de sus manos—. Todos ellos... todos se quedaron mirando cómo lloraba sin hacer nada...
—Eso es porque eres muy hueca, querida —soltó Adara.
Su tono continuó siendo frío y cálido a la vez, consolador, pero ausente de cariño.
—Las personas te amarán solo mientras les sirvas para un fin. Y si tu único fin es ser bonita y usar esos vestidos cortos para impresionar... en el momento en que pierdes la belleza, como justo ahora, dejan de quererte.
La víctima se congeló. Las lágrimas parecieron detenerse a medio camino sobre su piel.
—¿Por qué...? ¿Por qué me dices esto ahora?
—Porque te metiste con mi marido, perra. Y no pienso permitirlo.
La mujer retrocedió un paso, golpeando la porcelana del lavamanos.
—Javier... Javier no me dejó acercarme. No ocurrió nada...
—Exacto. Javier no te dejó. Y aun así insististe. Sabías que estaba casado; salió en todas las malditas revistas.
Los ojos de la mujer, antes apagados por el shock, destellaron de pura furia al comprender la situación.
—Tú... tú hiciste esto. Te voy a demandar, te voy a poner una denuncia penal... ¡Voy a hacer que te pudras en la cárcel! —comenzó a gritar, con la voz quebrada.
Adara ladeó la cabeza. Era justo la reacción que quería provocar. Con una lentitud exasperante, sacó de nuevo el encendedor de la chaqueta y lo colocó a escasos centímetros de los ojos de la mujer.
Click.
La pequeña llama volvió a bailar en el aire. Las pupilas de la víctima se dilataron con horror; el trauma reciente la hizo hiperventilar. Su cuerpo se pegó contra la pared, buscando escapar de aquel pequeño fuego.
—¡NO! ¡NO! ¡AYUDA! —alcanzó a chillar con la garganta seca.
—Shh...
Adara apagó el encendedor de un soplo, pero mantuvo el metal rozando la barbilla de la mujer.
—No voy a hacerte nada hoy, no te preocupes. Pero quiero que te quede algo muy claro: sé perfectamente dónde vives, dónde trabajas, sé a qué hora sales a almorzar. Sé que persigues a mi marido desde hace semanas. Tu vida no corre ningún peligro... siempre y cuando no hables, no denuncies y, sobre todo, no vuelvas a respirar el mismo aire que él. ¿Entendido?
La mujer, con la mente completamente devastada y temblando de forma espasmódica, solo pudo asentir con la cabeza.
—Bien —concluyó Adara.
Guardó el encendedor en su bolsillo y caminó hacia la salida. Su cadera se contoneaba con seguridad magnética mientras el largo vestido de seda borgoña acariciaba el suelo del baño.
Al salir al salón, localizó a la novia, quien ya había reanudado la música en un intento desesperado por salvar la noche, y le dedicó un saludo cortés y una sonrisa amistosa, que fue contestada con un sutil «gracias jefa» por parte de la anfitriona.
Afuera, la noche era fresca, el viento movía las hojas de los árboles del estacionamiento y los flashes de las cámaras iluminaban el rostro de Adara. Podía imaginar los titulares de mañana: "La empatía de Adara, la nueva esposa del empresario multimillonario Javier Navarro, salvó la noche en la boda de una empleada."
Javier la esperaba apoyado en el auto mientras posaba para las cámaras y contestaba preguntas aisladas con el motor ya en marcha.
Adara subió al vehículo con elegancia, saludando a las cámaras mientras arrojaba su cabellera cobriza hacia atrás con un solo movimiento.
Javier la observaba fijamente desde el asiento del conductor mientras la puerta del McLaren caian cerrándose. Tenía los ojos medio vidriosos, brillantes, y las pupilas tan dilatadas que casi devoraban el color verdoso de sus iris.
—¿Te había dicho lo perfecta que eres? Hablarán de esto por semanas. —dijo él con una admiración oscura, que bordeaba la devoción religiosa.
—Me lo habías dicho —respondió ella, inclinándose hacia él. El olor a cuero y su perfume floral envolvieron la cavina—.Y soy toda tuya, solo por tí haría algo así, sacas mi lado mas oscuro y haría lo que fuera por hacerte feliz.
Adara selló la promesa con un beso corto y firme sobre sus labios mientras se tragaba las nauseas.
Javier, con una sonrisa que le partía el rostro de oreja a oreja, puso primera, pisó el acelerador y el auto se perdió en la oscuridad de la carretera.
Dos años antes...
El hedor penetrante de la gasolina flotaba en el aire de la habitación. Camila sintió una oleada de náuseas, pero no se detuvo. Con las manos tensas, volcó las últimas gotas del líquido sobre las sábanas, viendo cómo la tela absorbía el combustible y se oscurecía. El bidón rojizo, ahora vacío, cayó junto al ropero con un golpe plástico que resonó en el silencio de la casa.
Caminó hacia la salida con paso firme; sus botas crujían sobre el suelo de madera. Antes de cruzar el umbral para entregarse al gélido abrazo de la noche invernal, se detuvo. El viento se colaba por la rendija de la puerta, erizándole la piel del cuello.
Raspó el cerillo. El chasquido fue seguido por una chispa que cobró vida al instante. Sin mirar atrás, lo arrojó sobre el sofá que custodiaba la entrada.
El encuentro entre el fuego y los químicos fue instantáneo.
Un estallido violento tiñó el espacio de azul eléctrico antes de transformarse en llamaradas anaranjadas que lamieron el techo.
La onda expansiva de calor la golpeó de lleno en el rostro, de manera tan brutal que le secó la humedad de los ojos y, por un segundo, sintió el olor a quemado de sus propias cejas expuestas al límite del calor. Las llamas esculpieron sus facciones pálidas, reflejándose en sus pupilas dilatadas mientras las sombras de la sala danzaban frenéticas.
Se dio la vuelta y se lanzó a la oscuridad. El aire helado del invierno le perforó los pulmones mientras corría a ciegas, internándose en la espesura del bosque. A sus espaldas, el crujido de la madera vieja colapsando bajo el fuego crecía como un rugido.
El viento le azotaba la cara y enredaba su melena dorada, que destellaba en hilos de oro entre la silueta de los pinos. El suelo, cubierto de ramas caídas, tronaba bajo sus pies.
Cruzó el límite del bosque con el pecho ardiéndole. Allí, oculto en la penumbra de uno de los miradores abandonados que dominaban el abismo del valle, descansaba el auto robado: un Fiat blanco, antiguo, con asientos negros que no llamaría la atención de las autoridades.
En el asiento del acompañante la esperaba una carpeta de cuero gastado con documentación falsificada.
Una página en blanco, cortesía de un trato con su tio para escapar de toda la mierda en la que había nacido.
Camila giró la cabeza una última vez para contemplar el resplandor anaranjado que teñía la copa de los árboles a la distancia. La casa, a medio consumir por las llamas de su ira.
Sonrió con una mezcla de triunfo y frialdad.
A partir de ese preciso segundo, Camila y su pasado habían dejado de existir.
El fuego lo había purgado todo.
Entre las llamas y el humo de su obra de arte en medio de la oscuridad de la madrugada, Adara había nacido.








