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ENFERMERIA <<KOOKMIN>>

Sinopsis

Fingir una fiebre es fácil; lo difícil es salir de la enfermería sin levantar sospechas. Por suerte, Jimin lleva años perfeccionando la misma actuación. NEW! OS KOOKMIN BOYPUSSY ADVERTENCIA: CONTENIDO SEXUAL Recomendada solo a mayores de 18 años. JIMIN NO ES TRANSEXUAL, es un hombre con VAGINA, en algunas partes del os se le tratara con pronombres femeninos. cerii: no recomiendo q se realicen ninguna d las conductas q se mostraran aqui, se recomienda discreción. estas en todo tu derecho de que no te guste el boypussy asi que si esto no es de tu agrado t puedes retirar, SIN REPORTAR PORQUE HACER ESTO LLEVA MUCHÍSIMO TIEMPO, gracias.!! BY CERII

Genero:
Erotica
Autor/a:
drippy
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter

La campana del almuerzo aún no sonaba, pero Jimin ya tenía su estrategia lista. 

Se inclinó sobre el escritorio en la última fila de la clase de Cálculo, dejando caer su cabeza sobre sus brazos cruzados, perfectamente ensayado. Su cabello rubio, se esparció sobre la mesa y cerró los ojos, forzando un ligero temblor en sus pestañas.

—Jimin, ¿estás bien?

La voz de la profesora Kang se acercó. 

Jimin respondió con un gemido leve, apenas audible y levantó la cabeza con esfuerzo. Había practicado ese movimiento frente al espejo: los ojos ligeramente vidriosos gracias a un poco de vaselina en las pestañas inferiores, las mejillas sonrojadas con un pellizco discreto y el labio inferior tembloroso.

—No me siento bien, profesora —su voz ronca por la mañana de gritos fingidos en la ducha. —Me duele mucho la cabeza, y siento… calor.

Extendió una mano temblorosa hacia su propia frente. Llevaba el primer botón de la blusa blanca del uniforme desabrochado, mostrando un poco el inicio de sus tetas. 

No era un descuido, era su táctica.

La profesora Kang, una mujer de cincuenta años con más interés en las integrales que en los dramas adolescentes, frunció el ceño.

—Deberías ir a la enfermería —suspiró, resignada. —No puedes seguir aquí si estás enfermo, ¿Puedes caminar solo?

—Creo que sí —murmuró Jimin levantándose con una lentitud exagerada, haciendo que su falda se moviera justo lo necesario para mostrar sus muslos. —Lo siento por interrumpir la clase.

Agarró su mochila y salió del aula con pasos inestables. 

En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, su postura cambió y la debilidad desapareció. Caminó con determinación por el pasillo vacío con una sonrisa triunfal.

Sacó su teléfono del bolsillo lateral de la mochila; desbloqueó la pantalla y abrió la conversación con Jungkook. 

La última foto que le había enviado era de esa mañana: una selfie desde arriba, su rostro inocente y sus tetas en un sujetador de encaje negro, ocupando dos tercios de la imagen. 

El mensaje decía: “Te extraño.” 

Su respuesta había sido un simple: “Loco.”

Jimin escribió rápido, sus dedos volando sobre la pantalla.

Jimin: Enfermería. Ahora. La señora Park acaba de salir a comprar su gimbap, tiene media hora.

Jimin: Trae condones, los de ayer se acabaron.

Jimin: Y no hagas ruido al entrar, la puerta de atrás del taller de arte está abierta.

Envió los mensajes y entró en el baño más cercano, se miró en el espejo manchado de pasta de dientes. 

Se ajustó la blusa, bajándola otro centímetro, se mordió los labios para darles más color y se sacudió el cabello. Perfecto.

Jungkook recibió los mensajes en medio de la clase de Educación Física. Estaba sentado en las gradas, fingiendo un esguince en el tobillo para evitar correr los 1,500 metros. 

El teléfono vibró en su bolsillo del short. 

Lo sacó con disimulo, escondiéndose detrás de la espalda del chico sentado frente a él.

Al leer los mensajes una oleada de calor, le recorrió el cuerpo. 

No era la primera vez. 

Ni la quinta. 

Jimin y su “fiebre” eran ya una leyenda privada entre ellos. 

Miró hacia el campo, el profesor Kim estaba distraído, gritando instrucciones a un grupo que intentaba sin éxito pasar el test de Cooper.

Sin pensarlo dos veces, se levantó.

—Profesor, el tobillo me duele más. Creo que debería ir a la enfermería —dijo, poniendo la mejor expresión de dolor que pudo.

El profesor Kim, un hombre con más músculo que paciencia, lo miró con fastidio.

—¿Otra vez, Jeon? Parece que ese tobillo tiene agenda propia. Vete, pero mañana corres el doble.

—Sí, profesor —asintió Jungkook, agarrándose la pierna con una teatralidad que habría hecho sonrojar a Jimin.

Caminó cojeando hasta salir del gimnasio. 

En cuanto estuvo fuera de la vista, la cojera desapareció. Corrió hacia los casilleros, abrió el suyo con manos temblorosas y sacó un pequeño estuche de metal que tenia tres preservativos y un pequeño tubo de lubricante, lo metió en el bolsillo. 

Su corazón latía con fuerza, no por la carrera, sino por la anticipación.

Siguió la ruta que conocía de memoria: pasillo de ciencias, escalera trasera, pasillo desierto de arte. 

La puerta trasera del taller, como Jimin había prometido, estaba entreabierta. 

Se deslizó dentro, pasando entre caballetes y estatuas cubiertas con telas, y salió por la puerta opuesta que daba al pasillo lateral que llevaba directamente a la enfermería.

La enfermería de la escuela era una habitación rectangular, dividida por una cortina gruesa color beige. 

La parte delantera tenía un escritorio, una balanza, un botiquín y un cartel sobre la higiene de manos. 

En la parte trasera detras de la cortina habian dos camas estrechas de hospital con colchones que crujían con cada movimiento.

La puerta principal estaba cerrada pero no con llave. 

Jungkook empujó suavemente y entró. 

El lugar olía a antiséptico, a alcohol y a un leve aroma a sopa de la comida que la enfermera Park probablemente había calentado allí horas antes. 

Estaba vacío.

—¿Jimin? —susurró.

La cortina se movió. Una mano, con uñas rojas, apareció y la apartó lentamente.

Jimin estaba recostado en la cama más alejada de la puerta; ya no llevaba la blusa del uniforme, estaba en su sostén de encaje negro, el mismo de la foto de la mañana. Sus tetas grandes se desbordaban de las copas de su brasier, la piel blanca como porcelana contrastaba con el negro del encaje. La falda plisada estaba subida hasta la cintura, revelando que no llevaba nada debajo excepto unas bragas miniatura que ya estaban húmedas  en el centro.

—Llegaste tarde —dijo, su voz era baja, ronca. —Cuarenta segundos más y empezaba sin ti.

Jungkook cerró la puerta con cuidado y le puso seguro.

—El profesor Kim quiso darme una conferencia sobre la resiliencia —se acercó a la cama, sus ojos devorándolo. —Te ves… mortal.

—Se supone que estoy enfermo, Jungkook —respondió Jimin, arqueando la espalda para que sus pechos se destacaran aún más. —Muy, muy enfermo. Creo que necesito un examen profundo.

Jungkook llegó al borde de la cama y agarró sus muslos, sus manos grandes se hundieron en la carne suave y pálida, y la abrió de golpe. El sonido de su respiración, ya acelerada, llenó el silencio de la habitación.

—Joder, Jimin —gruñó, sus ojos clavados en el trozo de tela negra y empapada que apenas lo cubría. —Estás hecho un desastre.

—Y es tu culpa —replicó Jimin, levantando las caderas para frotarse contra la palma de su mano que ya estaba allí. —Solo tú me pones así, ahora deja de mirar y haz algo al respecto.

Jungkook no necesitó que se lo dijeran dos veces, con un movimiento brusco, agarró los lados de sus bragas y las rasgó.

Jimin lanzó un gemido ahogado, no de sorpresa, sino de pura anticipación excitante.

Jungkook se quitó sus propios shorts deportivos y su boxer en un solo movimiento. Su verga ya estaba dura como una roca, la punta brillante y presionando contra su abdomen; se posicionó entre sus piernas, Jimin se enganchó inmediatamente alrededor de su cintura, sus talones clavándose en la parte baja de su espalda.

—Espera —jadeó Jimin, justo cuando la punta de él tocaba su entrada. —El condón.

—Mierda —murmuró Jungkook, deteniéndose; buscó a tientas en su bolsillo, sacó el estuche y abrió uno con los dientes. Se lo puso temblando y ajustó el preservativo con movimientos rápidos, sin apartar los ojos de Jimin, que observaba con los labios entreabiertos y la respiración agitada.

—Apúrate —susurró Jimin, levantando sus caderas en un movimiento impaciente. —La señora Park es rápida con su gimbap.

—Cállate —gruñó Jungkook, posicionándose de nuevo.

No hubo más demora, con una mano en su cadera para guiarla y la otra al lado de su cabeza en la delgada almohada de la enfermería, Jungkook empujó hacia dentro de su coño. 

La entrada fue húmeda, con una presión perfecta que le arrancó un jadeo gutural a Jungkook y un grito ahogado y satisfecho a Jimin.

—¡Sí! Así —gimió Jimin, sus uñas se clavaron en sus bíceps, marcando su piel. —Más duro, Jungkook. Olvida que estamos en la escuela.

Él obedeció, comenzó a moverse con embestidas largas y profundas, el ritmo marcado por el crujido sordo y constante del colchón contra el marco metálico de la cama. Cada empuje hacía que el cuerpo de Jimin se desplazara ligeramente hacia la cabecera.

El aire se llenó del sonido de su piel chocando, de sus respiraciones entrecortadas, del roce de la tela del sostén de Jimin contra su propio pecho.

Jimin movía sus caderas encontrando su ritmo, buscando un ángulo más profundo. Sus piernas, fuertes y suaves, se cerraron alrededor de su cintura, sus talones anclados en la parte baja de su espalda, obligándolo a hundirse aún más.

—Aquí —jadeó el rubio, guiándolo con sus manos en sus nalgas. —Justo aquí… Dios…

Jungkook podía sentir cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo sus músculos internos se apretaban alrededor de él en oleadas, cerca del orgasmo.

Pero quería que Jimin llegara primero, siempre era mejor así.

Cambió el ángulo, levantándolo ligeramente sus caderas. La próxima embestida hizo que los ojos de Jimin se abrieran de par en par, su boca formando una "O" silenciosa antes de que un gemido largo y tembloroso escapara de sus labios.

—¡Eso! ¡Ahí, justo ahí! —su voz era más alta ahora, olvidando por un momento la precaución. —¡No pares!

Desde fuera, el sonido de unos pasos apresurados en el pasillo los hizo helarse por un segundo. 

Se miraron, el sudor en sus frentes, los cuerpos aún unidos y palpitantes. 

Los pasos pasaron de largo, alejándose. 

Fue la chispa que necesitaban.

—Rápido —susurró Jimin, su voz cargada de urgencia renovada. —Acaba conmigo.

Esa fue la orden final. Jungkook perdió todo control y se ritmo se volvió frenético, brutal, cada embestida posesiva. 

La cama golpeaba la pared violentamente con un sonido sordo que a ambos les pareció ensordecedor. 

Jimin enterró su rostro en el hombro de él para ahogar sus gritos, sus dientes clavándose en su piel mientras un orgasmo violento lo sacudía. Su cuerpo se arqueó y luego fue sacudido por temblores incontrolables, su coño apretándose alrededor de la verga de Jungkook en espasmos rápidos y fuertes.

La sensación fue demasiado, con tres empujones finales, profundos y casi desesperados, Jungkook lo siguió, un gruñido ronco y ahogado escapando de su garganta mientras su orgasmo lo recorría, dejándolo vacío y tembloroso.

Colapsó sobre Jimin, evitando aplastarlo con la mayor parte de su peso, pero demasiado agotado para moverse. 

Sus cuerpos estaban pegajosos por el sudor y el aire olía a sexo. 

Durante un largo minuto, solo se escuchó el sonido de sus pulmones luchando por recuperar el aliento.

Fue Jimin quien habló primero, su voz un hilito ronco y satisfecho.

—Mi mejor fiebre hasta ahora.

Jungkook soltó una risa entrecortada contra su cuello.

—Eres un mentiroso patológico.

Se separó con cuidado, el condón desechado rápidamente en un pañuelo de papel que encontró.

Jimin se incorporó, mirándose. Su cabello rubio era un desastre alrededor de su rostro sonrojado. El sostén negro estaba torcido, sus pechos casi completamente fuera. 

Se veía completamente devastado y triunfante.

—La enfermera —dijo Jungkook.  —¿Cuánto tiempo tenemos?

Jimin miró su reloj.

—Diez minutos, quizá menos. Se tarda siete en ir y volver al puesto de gimbap y tres en comérselo si no charla.

Se movieron con rapidez, Jungkook se vistió en segundos. 

Jimin se puso de pie, tambaleándose levemente por el reciente orgasmo, buscó sus bragas rotas. Con un gesto de frustración, las tiró en un bote de basura y se puso directamente la falda. La sensación de la tela áspera del uniforme contra su piel sensible lo hizo estremecer.

—No puedo creer que me las hayas roto —dijo, aunque sonreía. —Eran de mi conjunto favorito.

—Te compro otro —prometió Jungkook, ayudándolo con la blusa, sus dedos rozando deliberadamente la piel desnuda de su espalda. —Uno que pueda romper otra vez.

Jimin terminó de vestirse justo cuando se oyeron pasos claros acercándose por el pasillo. 

Los ojos de ambos se encontraron y sin decir ni una palabra, Jimin se deslizó de nuevo en la cama, se tapó con la sábana blanca y puso de inmediato su expresión de enfermo. 

Jungkook se agachó detrás de la cortina, junto a la otra cama, quedando oculto a la vista.

La puerta se abrió. 

La señora Park, la enfermera, entró con su recipiente de gimbap vacío en la mano, olía ligeramente a sésamo y pepino.

—¿Cómo te sientes, Jimin? —preguntó, acercándose. Sus ojos observaron al chico, que ahora parecía genuinamente agotado y desaliñado, aunque por razones muy distintas a una enfermedad.

—Un poco mejor, señora Park —respondió Jimin con su voz de hilo débil y educada. —Solo un dolor de cabeza muy fuerte, creo que necesito irme a casa a descansar.

La enfermera asintió, tocándole la frente con el dorso de la mano.

—No tienes fiebre, pero te ves pálido. Ve a la oficina administrativa, llama a tus padres y pide que te recojan. Descansa.

—Sí, señora. Gracias.

Mientras la enfermera se sentaba en su escritorio a anotar algo, Jungkook, desde su escondite detrás de la cortina le guiñó un ojo al rubio.

Jimin manteniendo su expresión de malestar deslizó una mano bajo la sábana y le hizo un gesto con los dedos que solo él podía ver.

Jungkook sonrió. Luego, aprovechando un momento en que la enfermera miraba hacia otro lado, se deslizó detrás de la cortina y salió por la puerta principal, desapareciendo en el pasillo vacío.

Jimin se dejó llevar por la enfermera hacia la oficina, cada paso le recordaba la intensidad de lo que acababa de ocurrir. 

No era fiebre lo que sentía arder en sus venas, era algo mucho mejor, y sabía con absoluta certeza que su próxima “enfermedad” sería muy pronto.

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Trama absorbente

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Diálogos potentes

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