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Bajo la ley del silencio

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Sinopsis

En el despiadado mundo de la mafia italiana, la lealtad se paga con sangre y el silencio es la única garantía de supervivencia. Alessia Bianchi no es una heredera común; criada bajo la estricta disciplina de su padre tras presenciar el asesinato de su madre a los ocho años, se ha convertido en la sicaria más letal, culta y sofisticada de su clan. Su especialidad es el veneno, una herencia materna tan efectiva como las espinas de las rosas rojas que identifican a su familia. Para frenar el avance de un tercer clan que amenaza con desatar una guerra total, Alessia es obligada a contraer matrimonio con Victorio Di Angelo, el carismático, desafiante y peligroso heredero de un imperio de narcotráfico. Victorio se rige bajo un código familiar inquebrantable: fidelidad absoluta a la esposa o la muerte. Ninguno confía en el otro, y el matrimonio se pacta como una tregua armada donde cada caricia esconde un secreto. Sin embargo, las sombras no solo acechan fuera de los muros. Una red de corrupción oculta bajo fachadas sagradas y traiciones de sangre amenaza con destruir la alianza desde adentro. Al descubrir la verdad Alessia iniciará un juego mortal de seducción y poder donde las verdades del pasado prometen cobrarse su precio en sangre. Cuando el honor choque con la venganza y las máscaras de la Omertà caigan por completo... ¿podrá el amor sobrevivir a una ley que castiga la traición con la muerte, o se convertirá el silencio en su propia sentencia definitiva?

Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

El aire en Milán se volvía cada vez más denso, cargado de esa lluvia fina que amenazaba con arruinar el asfalto de la Vía Montenapoleone. Bianca conducía con esa calma fría que la definía, esquivando el tráfico con movimientos precisos, mientras yo me ajustaba la peluca rubia, asegurándome de que no quedara ni un solo mechón de mi cabello a la vista. Repasé el labial rojo frente al espejo. El vestido se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel, listo para la función.

Bianca detuvo el auto a una distancia prudente del hotel, apagó las luces del tablero y se giró hacia mí. Nos miramos fijamente, dejando fuera del auto la tensión de la noche. Juntamos nuestras manos, apretando los dedos en un pacto silencioso, y pronunciamos al unísono las palabras que nos habían mantenido a salvo todo este tiempo.

—Que sus ojos se cieguen, que sus pies no me alcancen, que las manos que me busquen en la sombra fracasen. Cuida mi espalda, santa espina de la rosa, que mi sangre no se vierta en esta noche peligrosa.

Nos soltamos. Bianca me dio un firme asentimiento con la cabeza y yo bajé del coche.

Caminé hacia la entrada del hotel con el paso despreocupado de quien no tiene prisa por llegar a ningún lado. El vestíbulo desbordaba mármol y luces doradas, pero mis ojos se dirigieron directamente a la barra del bar. Allí estaba él. El concejal Moretti. Un viejo engreído que se movía con la arrogancia de aquellos que creen que el dinero les otorga la inmortalidad. Sonreía, hablaba en voz alta y miraba a su alrededor como si fuera el dueño del lugar.

Me senté a dos taburetes de distancia. No pasaron ni cinco minutos antes de que su mirada se fijara en mi escote y su silla se acercara a la mía.

—Una mujer como tú no debería estar bebiendo sola en un lugar tan aburrido —dijo, con una voz pastosa que ya delataba el efecto del alcohol.

Le sonreí. Pedimos una ronda, luego otra. Mientras él presumía de sus negocios y de lo intocable que era en el norte de Italia, yo me aseguraba de que su vaso nunca se vaciara, apenas humedeciendo mis labios con el mío.

—Arriba el ambiente es más privado —susurró, acercando su aliento a mi oído mientras su mano bajaba por mi espalda con un descaro que me revolvió el estómago. Mantuve la sonrisa congelada.

—Muéstreme —respondí.

La suite del piso doce era un despliegue de lujo innecesario. En cuanto cerró la puerta, se dirigió directamente a la cama. Aproveché ese instante, el sutil giro de su espalda, para deslizar el frasco que llevaba oculto, vertiéndolo en una Copa de vino. El extracto de acónito cayó en su copa, desapareciendo en el rojo oscuro del líquido.

Nos sentamos en el borde de la cama. Sus manos, gordas y torpes, comenzaron a recorrer mis muslos, subiendo por el vestido, manoseándome con una urgencia que me obligó a respirar profundo.

—Bésame, belleza —pidió, arrastrando las palabras.

Me incliné sobre él, hundiendo mi rostro en la curva de su cuello. Mis labios apenas rozaron su piel mientras sus manos se aflojaban en mi cintura. El acónito no emitía sonido alguno. Sentí cómo su respiración pesada se iba apagando, cómo sus dedos perdían fuerza hasta soltar mi ropa. Un último suspiro ronco golpeó mi cuello, y luego, un silencio absoluto. El concejal se desplomó sobre las almohadas.

Me levanté de inmediato, ajustándome el vestido con desdén. Saqué de mi bolso una rosa roja, fresca y con las espinas intactas, y la dejé sobre su pecho inmóvil. El sello de mi familia. La última firma.

Caminé hacia el balcón, abriendo el ventanal para dejar entrar el aire frío de la noche. Toqué el micrófono oculto en mi gargantilla.

—Está listo. Dos calles atrás, ahora.

No esperé respuesta. Trepé por la barandilla de hierro y salté hacia el balcón de la habitación contigua. Aterricé sobre las puntas de los pies, sin hacer un solo ruido. La suite estaba vacía. Entré rápido, abrí el armario y tomé lo primero que encontré: unos jeans oscuros y una chaqueta grande. Me quité el vestido, me arranqué la peluca rubia dejando caer mi cabello sobre los hombros y guardé todo en la bolsa táctica.

Al salir al pasillo, el pasadizo principal estaba en calma, pero vi a los guardias del concejal apostados al fondo, distraídos con sus teléfonos. Crucé hacia la puerta de la escalera de servicio antes de que notaran algo extraño en la suite de su jefe. Bajé los escalones en silencio, evitando los ángulos de las cámaras de seguridad.

Empujé la pesada puerta de metal que daba al callejón trasero del hotel, lista para desaparecer en la oscuridad de Milán.

Pero el impacto me detuvo en seco.

Me choqué de frente contra un pecho sólido, tan firme como una pared de piedra. Unas manos rápidas y fuertes me sujetaron por los brazos para ayudarme a mantener el equilibrio. El callejón estaba en penumbra, apenas iluminado por una farola lejana. Ninguno de los dos dijo nada. No nos reconocimos, nuestras caras estaban ocultas por las sombras de la noche, pero en el instante en que sus dedos apretaron mis hombros, un escalofrío helado recorrió toda mi espina dorsal. Era una alerta física, un instinto primario que nunca había sentido con nadie. El peligro tenía aroma dulce y a tabaco caro.

Me solté de su agarre con un movimiento brusco, agaché la cabeza y pasé a su lado a paso apresurado, ignorándolo por completo. Caminé rápido, casi corriendo.

Dos calles después, el auto de Bianca frenó junto a la acera. Subí de un salto antes de que el vehículo terminara de detenerse, azotando la puerta detrás de mí. El motor rugió y nos perdimos en el tráfico de la medianoche.

—¿Y esa cara? Parece que en lugar de un concejal te hubieras cargado al Papa —dijo Bianca, doblando la esquina con tranquilidad.

Me apoyé contra el respaldo del asiento, dejando caer la cabeza hacia atrás. Con Bianca no había máscaras; con ella, la “sicaria perfecta” se desvanecía, dejando solo a Alessia.

—Me choqué con alguien en el callejón —confesé, frotándome las sienes. El frío de esos dedos extraños todavía se sentía como una marca invisible sobre mi.

Bianca soltó una carcajada seca, sin apartar la vista de la carretera.

—¿Te chocaste? Vaya, la gran Alessia Bianchi, el arma secreta del norte, torpe como una colegiala. ¿Le pediste perdón o le clavaste el estilete por insolente?

—Hablo en serio, Bianca. Había algo... no sé. Una vibra extraña. Mis instintos se volvieron locos.

—Es adrenalina, hermana. Acabas de ver morir a un tipo mientras te manoseaba, tu cuerpo está flotando en química. Mañana ni te acordarás de la cara del idiota del callejón —le quitó importancia con un gesto de la mano—. Aunque, pensándolo bien, si el tipo sobrevivió a un choque frontal contigo, ya tiene más suerte que el noventa por ciento de los hombres que cruzan tu camino.

Una pequeña sonrisa logró asomarse a mis labios.

—imbécil.

—Es mi encanto natural.

Me relajé un poco en el asiento. Miré por la ventana cómo las luces de la ciudad empezaban a escasear a medida que nos adentrábamos en la ruta que llevaba hacia la finca de mi padre. Al pensar en él, una sensación de calidez me alivió el pecho. Sabía lo que el mundo pensaba de Don Bianchi, pero para mí, él era el hombre que me había protegido de la intemperie cuando todo se volvió oscuro. Su forma de cuidarme era exigente, me había convertido en un arma para que nadie pudiera volver a tocarme, pero en la intimidad de nuestra casa, yo seguía siendo su nena, su pequeña princesa. Todo lo que hacía era por él. Por verlo sonreír en el desayuno y escuchar de sus labios que estaba orgulloso de mí.

La calma dentro del auto duró poco. El teléfono en mi bolsillo vibró con un zumbido seco.

Sabiendo que a estas horas solo una persona hablaría a mi línea privada, deslicé la pantalla. Era un mensaje breve de mi padre.

“Alessia, necesito hablar contigo en cuanto cruces la puerta. Ven directo a mi oficina.”

—Mierda —susurré, bloqueando el teléfono.

Bianca soltó una risita seca desde el asiento del conductor, arqueando una ceja sin apartar la vista de la carretera cubierta de niebla.

—¿Qué pasa? ¿Don Bianchi descubrió que le chocaste el auto el martes o se enteró de que tu cita de esta noche se quedó dormida para siempre? Porque si es lo segundo, técnicamente cumpliste con el toque de queda.

—No estoy para chistes, Bianca —respondí, mirando la pantalla apagada como si pudiera adivinar lo que había detrás—. Mi padre me quiere en su oficina ahora mismo.

Bianca suavizó su expresión, aunque mantuvo ese tono despreocupado que usaba para aliviar la tensión.

—Bueno, tranquila. Seguro es para otra misión. El viejo sabe que eres su mejor carta; tal vez hay algún cabo suelto en Sicilia o un negocio en Milán que necesita un poco de tu toque floral.

Me giré en el asiento, fijando mis ojos en ella. El auto avanzaba en la penumbra por el camino de tierra que conducía a la propiedad.

—Bianca, desde que tienes quince años estás con nosotros —le dije, con la voz completamente seria—. Dime una cosa... ¿cuántas veces en todos estos años mi padre me ha llamado a su oficina para encargarme una misión?

Bianca se quedó en silencio por un momento. Sus dedos apretaron el volante con más fuerza, y la expresión ligera de su rostro se desvaneció por completo. Sabía muy bien cómo funcionaban las cosas en nuestra casa. Las misiones se acordaban en la mesa, durante el entrenamiento, o a través de notas encriptadas. Su oficina era el espacio reservado para las sentencias, las crisis del clan o decisiones que no se podían revertir.

—Nunca —respondió Bianca con un hilo de voz, tragando saliva—. Nunca lo hace.

El auto se detuvo frente a la entrada trasera de la finca. Los enormes muros de piedra de la propiedad Bianchi se alzaban ante nosotras, recortados contra el cielo oscuro, pareciendo más una fortaleza impenetrable que nuestro hogar. El zumbido del motor al apagarse dio paso a un silencio denso, un aviso de que lo que me esperaba al cruzar esa puerta de roble iba a cambiar las reglas de mi juego para siempre.

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