Wapo Tracketero por Inkino en Inkitt
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Wapo Tracketero

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Sinopsis

Cuando el destino aparece bajo la lluvia. Una noche de tormenta, en una Panamericana casi desierta, una falla mecánica obliga a Catalina Alcorta a detener su Ducati Monster. Ella: hija única de un poderoso empresario agropecuario, atrapada entre las expectativas de una familia que ha decidido su futuro antes que ella. Él: Mateo “Teo” Salazar, mecánico especializado en motocicletas italianas, un hombre acostumbrado a cargar responsabilidades que nunca pidió, especialmente por su hermana menor. Un encuentro que debería durar apenas unos minutos se convierte en una sucesión de miradas, encuentros inesperados y mensajes interrumpidos. La atracción surge demasiado pronto, pero ambos saben que ceder tendría un precio. Durante meses, Catalina frena lo que siente. Teo espera. Y entre ellos crece un deseo que ninguno se permite nombrar. Hasta que ella deja de frenar. Entonces, aquello que parecía imposible deja de ser un secreto y se convierte en un conflicto capaz de enfrentar a dos mundos que nunca debieron tocarse. ¿Un encuentro nacido del azar… o el comienzo de una historia que ninguno de los dos estaba preparado para vivir?

Genero:
Romance
Autor/a:
Inkino
Estado:
hace un mes
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El pasado de Catalina Alcorta

Nació el catorce de marzo de dos mil dos en la Clínica Suizo Argentina. Cesárea programada a las diez de la mañana, fotógrafo contratado, luz blanca y el olor a desinfectante mezclado con el perfume caro de la madre. Primera y única hija de Eduardo Alcorta —cuarenta y siete años, agroexportador, tercera generación de la estancia en Saladillo— y de Sofía Linares —treinta y cuatro, exmodelo, pintora de fines de semana y la única persona que alguna vez le puso límites al padre.

Los primeros diez años fueron de cuentos de hadas con final triste. Casa de seiscientos metros cuadrados en Los Castores, pileta climatizada, viajes a Punta del Este, a Disney, a Aspen. Colegios bilingües, profesoras de inglés que llegaban a la casa, cumpleaños con ochenta invitados y ponis importados que olían a estiércol y a lazo nuevo. Sofía la vestía de blanco o de rosa pálido y le peinaba el cabello con la paciencia de quien sabe que la imagen importa más que el llanto. Eduardo miraba desde el umbral, satisfecho, y pedía otra foto.

Cata aprendió a sonreír para la cámara antes que a hablar.

A los diez años los dolores de cabeza de Sofía empezaron a ser «solo migrañas». Las tomaba con un vaso de agua y una sonrisa cansada frente a Cata. A los once el diagnóstico llegó sin anestesia: tumor cerebral inoperable. Eduardo escuchó la frase del médico en un consultorio de madera clara y no dijo nada. Solo apretó la mandíbula y pidió, con voz baja, que no se lo contaran a la nena todavía.

El tres de septiembre de dos mil trece Sofía murió. Un día antes de que Cata cumpliera once años y medio. El velorio se hizo en la casa de Los Castores. Catering de canapés y arreglos florales de mil dólares. Gente de traje oscuro y de vestido negro que hablaba en susurros y miraba de reojo a la niña que no lloraba.

Eduardo recibió los pésames en el living amplio, de pie, la espalda recta. No lloró en público. Cuando alguien le tocaba el hombro respondía con un «gracias» seco y desviaba la mirada hacia el jardín. Cata permaneció sentada en el sillón de terciopelo verde, las manos cruzadas sobre el regazo, el vestido negro demasiado grande. Observaba. Contaba los pasos de los invitados. Contaba las veces que alguien decía «pobre nena». No lloró en ningún lado.

Cuando se fueron todos, el silencio de la casa se volvió más denso. Eduardo subió al primer piso y cerró la puerta del cuarto de Sofía. No la volvió a abrir. El perfume Joy quedó sobre la mesa de luz, el frasco a medio usar. Los pinceles sin lavar en el vaso de vidrio. Los lienzos a medio terminar apoyados contra la pared, con manchas de azul y de ocre que ya no se secarían nunca.

Cata pasó por el pasillo aquella misma noche. Se detuvo frente a la puerta cerrada. Escuchó el silencio del otro lado. No tocó el picaporte. Bajó las escaleras sin hacer ruido y se metió en su cama. Allí, en la oscuridad, aprendió que el dolor podía guardarse entero, sin una sola lágrima.

Eduardo no tardó en llenar el vacío. Contrató psicólogos que hablaban con voz suave y tomaban notas en cuadernos de tapa dura. Profesoras particulares que llegaban por la tarde con carpetas de matemáticas y de historia. Entrenadores de tenis que la hacían correr de un lado a otro de la cancha hasta que el cuerpo se cansara lo suficiente como para no pensar. Y una niñera de veinticuatro horas que dormía en la habitación contigua, atenta a cualquier ruido, a cualquier silencio demasiado largo.

Todo estaba pensado para que Cata «no sufriera».

Lo único que consiguió fue enseñarle a guardar cada cosa adentro.

Aprendió a responder «estoy bien» con la misma sonrisa que usaba para las fotos. Aprendió a no preguntar por la puerta cerrada del cuarto de su madre. Aprendió que el dolor, si se sostenía con la espalda recta y la voz baja, terminaba por volverse invisible para los demás. Y, con el tiempo, casi invisible también para ella.

A los quince años Cata usó el único dinero que su padre no controlaba: la herencia de la abuela. Una tarde de otoño se presentó en el living con los papeles de la Ducati Monster 821 roja ya firmados. Eduardo se puso de pie de un salto.

Eduardo — (el vaso de whisky todavía en la mano, los nudillos tensos)

¿Estás loca? ¿Una moto? ¿Vos? Las mujeres de esta familia no andan en esas cosas, Catalina.

Cata – (de pie, las manos quietas a los costados, la mirada fija en él)

Ya está comprada. Es mía.

Eduardo — (el vaso de whisky en la mano, la mandíbula apretada)

Te la voy a sacar. No voy a permitir

Cata — (de pie, las manos quietas a los costados, la mirada fija en él)

Ya está comprada. Es mía.

Se quedaron mirándose. Él apretó la mandíbula, el mismo gesto de siempre. Ella no bajó los ojos. Al final Eduardo dio media vuelta y subió las escaleras sin decir otra palabra. No le quitó la moto. No pudo.

Esa misma noche Cata se puso el casco, arrancó la Ducati en el garaje y salió a la Panamericana. El viento le pegó en la cara con una fuerza limpia, casi cruel. Corrió hasta que las luces de la ciudad quedaron atrás y el ruido del motor fue lo único que escuchó. Por primera vez en años se le abrió el pecho. No pensó en la casa. No pensó en la puerta cerrada del cuarto de su madre. Solo sintió el aire frío y el asfalto bajo las ruedas.

Desde ese día la moto se convirtió en su oxígeno. Los viernes a la noche decía que iba a lo de alguna amiga. Terminaba en recitales under, en boliches de Palermo o simplemente corriendo por la ruta hasta que el viento le borraba la cara.

A los diecisiete años apareció Tomás Aldecoa. Diecinueve, futuro abogado, hijo de socios de su padre. El novio oficial. Ocho meses de besos sin lengua, mensajes de buenos días y fotos pensadas para Instagram. Cata sonreía en las fotos. Respondía los mensajes. Dejaba que la tomara de la mano en los asados del country. Todo dentro de los límites que ambos conocían de memoria.

Una noche de verano, estacionados en un camino lateral cerca del río, Tomás apagó el motor del Audi y se giró hacia ella en el asiento trasero. Le buscó la boca con más insistencia. Su mano subió por el muslo, lenta, segura de sí misma.

Tomás — (cerca de su oído, la boca casi rozándole la piel)

Cata… esta vez sí. Quiero que sea conmigo.

Ella se quedó quieta un segundo. Sintió el peso de la mano, el olor a colonia cara, el calor del auto cerrado. Por un instante pensó en dejarse llevar, en cumplir con lo que se esperaba. Después algo dentro de ella se cerró con precisión.

Cata — (le toma la muñeca, los dedos firmes, sin apretar)

No quiero que sea así.

Tomás se detuvo. La miró, sorprendido, casi ofendido. Ella no explicó nada más. Solo soltó su mano y se acomodó el vestido. Él no insistió. Encendió el auto y condujeron de regreso en silencio.

Esa noche, en su cuarto, Cata se miró al espejo y no supo si había frenado por miedo o porque ya intuía que no era con él con quien quería perder nada. Solo sabía que, por primera vez, había elegido. Aunque todavía dentro de la jaula.

A los veinte años empezó Arquitectura en la Di Tella. Le gustaba dibujar y su padre decía que era «una carrera seria para una mujer de familia». Se destacó: buenas notas, trabajos premiados, profesores que le hablaban de talento verdadero. Cada vez que mencionaba una maestría en el exterior o un estudio chico, Eduardo cortaba la conversación con la misma frase.

Eduardo — (sin levantar la vista del diario)

Primero la familia, Catalina. Después vemos.

Ella no insistía. Solo asentía y guardaba el silencio como se guarda un objeto frágil.

A los veinticuatro ya era una especialista en escaparse. Tenía tres grupos de WhatsApp que nunca se mezclaban. El oficial, con las amigas del country. El secreto, con gente de recitales y afters. Y el fantasma: una cuenta falsa desde la que hablaba con personas que su padre jamás aprobaría. Antes de salir los viernes abría el teléfono, leía los mensajes y apagaba la pantalla sin contestar a ninguno. Vivía en una jaula dorada de seiscientos metros cuadrados, con Wi-Fi de mil megas y alarma en cada ventana. Sonreía en las fotos de cumpleaños. Saludaba a los guardias por su nombre.

En el cajón del escritorio guardaba las cartas que Sofía le había dejado «para cuando seas grande». Una noche las sacó. Las sostuvo entre las manos. El papel estaba un poco amarillo en los bordes. No las abrió. Tenía miedo de que dijeran exactamente lo que ella ya sentía.

Los viernes, antes de salir, se miraba al espejo del baño. La luz fría le devolvía el rostro contenido, el pelo prolijo, la boca cerrada. Se repetía las dos frases en voz baja, casi sin mover los labios:

Cata — (lo mira a los ojos, los labios apenas entreabiertos)

Algún día me voy de verdad.

Algún día elijo yo.

El doce de mayo de dos mil veintiocho la lluvia cayó sobre la Panamericana con una fuerza que borraba las luces de los autos. Cata iba sola. El casco empañado, las manos frías sobre el manillar. La Ducati Monster 821 roja tosió una vez, dos, y se apagó en la banquina, a medio camino entre todo lo que conocía y lo que todavía no se atrevía a imaginar.

Se bajó. Empujó la moto unos metros. El agua le corría por el cuello. Estaba buscando el teléfono cuando apareció él: un mecánico tatuado, olor a nafta y a cigarrillo mojado, la voz ronca por el frío o por el humo.

Teo — (señala el asiento de atrás de su moto, el brazo extendido, sin girar del todo el cuerpo)

Subí.

Cata lo miró un segundo. La lluvia le golpeaba la cara. No preguntó nombre. No preguntó a dónde. Solo se subió.

Esa noche, sin saberlo, empezó a elegir.

Y nunca más paró.

Capítulos
1. El pasado de Catalina Alcorta
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