Capítulo 1 — El comienzo de la huida
Lara corría.
Sus piernas apenas respondían después de tanto tiempo huyendo, pero detenerse no era una opción. Cada paso que daba la alejaba un poco más de su ciudad natal, de su hogar y de todo aquello que había conocido durante sus diecisiete años de vida.
Las ramas golpeaban su rostro mientras atravesaba el último tramo de terreno abierto que la separaba del bosque. Respiraba con dificultad. Tenía la garganta seca y el corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas podía escuchar sus propios pensamientos.
No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo.
Solo sabía que debía continuar.
Entonces ocurrió.
¡BOOM!
Una explosión retumbó a lo lejos.
Lara se detuvo en seco.
El sonido había llegado desde detrás de ella.
Giró lentamente la cabeza.
Entre los árboles todavía podía distinguir, a lo lejos, parte de la ciudad donde había vivido toda su vida.
Una columna oscura se elevaba sobre el horizonte.
Por un instante, Lara se quedó completamente inmóvil.
—No...
Sus labios temblaron.
Aquella era la segunda explosión.
La primera había ocurrido poco antes de que comenzara a huir. Desde entonces, había intentado convencerse de que quizá sus padres habían conseguido escapar. Quizá habían encontrado un lugar seguro. Quizá...
Otra explosión era la confirmación de que aquellas esperanzas no tenían fundamento.
Lara sintió que sus piernas perdían fuerza.
Miró la ciudad.
Durante unos segundos no pudo hacer nada más que observarla.
Su hogar.
El lugar donde había crecido.
Las calles por las que había caminado tantas veces.
La pequeña casa donde había vivido con sus padres.
Todo estaba allí.
Y, al mismo tiempo, ya no quedaba nada.
Lara apretó los dientes.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Padre, madre, yo... lo siento.
Su voz se quebró.
—No pude ayudarlos.
Bajó la mirada.
No podía quedarse.
Si regresaba, moriría.
Y si moría, entonces todo habría sido en vano.
Se limpió rápidamente las lágrimas con la manga y se obligó a ponerse de pie.
Después comenzó a correr nuevamente.
Esta vez entró al bosque.
El cambio fue inmediato.
La luz del sol quedó parcialmente cubierta por las copas de los árboles. El ruido de la ciudad desapareció poco a poco y fue reemplazado por el sonido de las hojas, el viento y algunos animales que Lara no podía identificar.
Al principio, aquello le pareció un alivio.
Después de todo, nadie la perseguía.
O al menos eso quería creer.
Continuó avanzando sin saber exactamente hacia dónde se dirigía.
Solo tenía una idea.
Alejarse.
Cuanto más lejos estuviera de la ciudad, más posibilidades tendría de sobrevivir.
Después de caminar durante un largo rato, Lara encontró algo extraño.
Un grupo de árboles completamente quemados.
Los troncos estaban negros y deformados. Algunas ramas se habían convertido en estructuras quebradizas que apenas se sostenían.
Lara se acercó con cautela.
Aquello no parecía reciente.
El fuego había ocurrido hacía bastante tiempo.
—¿Qué pasó aquí...?
No obtuvo respuesta.
Continuó caminando.
Fue entonces cuando vio algo sobresaliendo entre la tierra.
Una espada.
Lara se agachó y la sacó.
Estaba oxidada.
La hoja tenía manchas oscuras y una parte del filo estaba completamente deteriorada. No parecía un arma especialmente útil, pero Lara no tenía motivos para rechazarla.
Podía servir para defenderse.
O, al menos, eso esperaba.
—Supongo que esto es mejor que nada.
La colocó junto a su cuerpo y siguió avanzando.
Poco después encontró un zurrón abandonado.
Lo revisó.
Estaba viejo y sucio, pero todavía podía utilizarse.
Lara no sabía quién había dejado aquellas cosas allí.
Tampoco le importaba demasiado.
Las necesitaba.
Guardó la espada y comenzó a utilizar el zurrón para transportar las pocas pertenencias que todavía conservaba.
Después continuó hacia adelante.
Durante horas.
Hasta que el paisaje comenzó a cambiar.
Los árboles se hicieron más densos.
El aire se volvió mucho más húmedo.
La temperatura aumentó.
Los sonidos de los animales comenzaron a multiplicarse.
Lara observó la vegetación que se extendía frente a ella.
No había estado allí antes.
Era una selva.
Y no tenía la menor idea de cómo sobrevivir en ella.
Los primeros días fueron un desastre.
Lara había imaginado que encontrar comida sería difícil.
No había imaginado cuánto.
Al principio intentó recolectar frutos que parecían comestibles.
Algunos tenían buen sabor.
Otros eran demasiado amargos.
Y uno de ellos le provocó un dolor de estómago tan intenso que pasó prácticamente todo el día acostada, incapaz de moverse.
Después intentó alimentarse con algunas plantas.
El resultado fue todavía peor.
Aquella noche tuvo fiebre.
Lara permaneció acurrucada bajo unos árboles, abrazándose las piernas mientras intentaba soportar las náuseas.
—No puedo seguir haciendo esto...
Su voz apenas era audible.
Había pensado que sobrevivir consistiría simplemente en encontrar comida y agua.
Ahora comprendía que la selva era mucho más peligrosa.
Había plantas venenosas.
Animales que podían atacarla.
Insectos que podían transmitir enfermedades.
Lugares donde podía caer y romperse una pierna.
Ríos cuya corriente podía arrastrarla.
Y depredadores.
Lara había escuchado algunos durante la noche.
Nunca había visto qué animales eran.
Y prefería no descubrirlo.
Una madrugada escuchó un rugido a poca distancia.
Abrió los ojos inmediatamente.
Su cuerpo se tensó.
Tomó la espada oxidada.
No podía verla bien en la oscuridad.
Solo podía escuchar.
Un sonido entre los arbustos.
Después otro.
Lara contuvo la respiración.
El sonido se alejó.
Esperó varios minutos antes de atreverse a moverse.
Cuando finalmente amaneció, seguía sosteniendo la espada.
Tenía las manos entumecidas.
Aquella mañana tomó una decisión.
No podía depender de la suerte.
Necesitaba aprender.
Los días se convirtieron en semanas.
Lara comenzó a observar todo.
En lugar de arrancar una planta y comerla inmediatamente, estudiaba dónde crecía.
Observaba qué animales se acercaban a ella.
Probaba cantidades pequeñas cuando estaba razonablemente segura.
Aprendió a reconocer algunos frutos.
Aprendió cuáles podía comer directamente y cuáles necesitaban preparación.
También comenzó a entender que no bastaba con llenar el estómago.
Necesitaba nutrientes.
Necesitaba proteínas.
Necesitaba grasas.
Necesitaba variedad.
Su cuerpo le enseñó algunas de aquellas lecciones de la peor manera posible.
Había días en los que comía demasiado poco.
Otros en los que sufría diarrea.
Otros en los que una herida pequeña se inflamaba.
Cada error le costaba tiempo y energía.
Pero Lara aprendía.
No rápidamente.
No de manera milagrosa.
Simplemente aprendía porque no tenía otra alternativa.
En ocasiones se sentaba junto a una pequeña fogata y observaba la espada oxidada que había encontrado.
No sabía por qué la conservaba.
Era pesada.
Estaba deteriorada.
Y probablemente no serviría para enfrentarse a un enemigo realmente peligroso.
Pero era lo único parecido a un arma que tenía.
La mantenía cerca.
Por si acaso.
Pasaron varios meses.
Lara ya no era la misma muchacha que había entrado en la selva.
Su ropa estaba desgastada.
Su cabello había crecido.
Tenía numerosas pequeñas cicatrices en brazos y piernas.
Había perdido peso, aunque poco a poco comenzaba a recuperarlo.
También había desarrollado músculos gracias a caminar, trepar, cargar agua y transportar alimentos.
Pero la selva seguía siendo peligrosa.
Un día estuvo a punto de morir al acercarse demasiado a una zona pantanosa.
Otro día tuvo que subir rápidamente a un árbol cuando escuchó a un depredador acercándose.
En otra ocasión cayó por una pendiente y se lastimó el brazo.
Cada experiencia le enseñaba algo.
Cada error podía haber sido el último.
Lara comenzó a establecer pequeñas rutas.
Marcaba ciertos árboles.
Memorizaba lugares donde podía encontrar agua.
Reconocía zonas que debía evitar.
Incluso aprendió a preparar algunos alimentos de manera mucho más segura.
Su alimentación seguía lejos de ser perfecta.
Pero ahora consumía suficientes nutrientes para mantener su cuerpo funcionando.
Eso era una victoria.
Una pequeña victoria.
Sin embargo, todavía tenía un problema.
No tenía un lugar seguro donde dormir.
Durante meses había cambiado constantemente de sitio.
Dormía entre árboles.
En pequeñas cavidades.
Bajo formaciones rocosas.
En cualquier lugar que pudiera protegerla de la lluvia y de los animales.
Hasta que encontró un lugar adecuado.
Era una pequeña zona elevada rodeada por árboles gruesos.
Había una formación rocosa en uno de los lados y suficientes ramas secas alrededor para mantener un fuego.
No era una casa.
Ni siquiera podía considerarse un refugio verdaderamente seguro.
Pero podía convertirse en uno.
Lara pasó varios días trabajando.
Reunió ramas.
Cortó algunas plantas resistentes.
Construyó una estructura sencilla y cubrió parte del techo con hojas grandes para protegerse de la lluvia.
Después reforzó los alrededores.
Cuando terminó, se quedó observándolo.
Era pequeño.
Era feo.
Y probablemente no resistiría una tormenta especialmente fuerte.
Pero era suyo.
Por primera vez desde que había abandonado la ciudad, Lara podía dormir sin tener que cambiar de lugar cada pocas horas.
Entró en el refugio y dejó el zurrón junto a la pared.
La espada oxidada quedó a su lado.
Lara se sentó.
Miró sus manos.
Estaban llenas de pequeñas heridas.
Pensó en sus padres.
Pensó en la ciudad.
Pensó en todo lo que había perdido.
Después levantó la mirada.
—Tengo que ser muy útil.
Su voz sonó más firme que antes.
—Tengo que buscar la forma de aprender lo más rápido posible.
Apretó los puños.
No sabía cuánto tiempo tendría que permanecer allí.
No sabía qué había más allá de la selva.
Y, sobre todo, no sabía si realmente podría atravesar el desierto que algún día tendría que cruzar para llegar a una ciudad.
Pero tenía una meta.
Sobrevivir.
Aprender.
Y algún día...
Salir de allí.
Lara se recostó lentamente.
Afuera, la selva continuaba haciendo ruido.
Los animales se movían entre la vegetación.
El viento agitaba las hojas.
La oscuridad cubría todo.
Lara cerró los ojos.
Por primera vez desde la destrucción de su ciudad, consiguió dormir bajo un techo que ella misma había construido.
No sabía que aquel pequeño refugio sería el primer paso de los siguientes dos años de su vida.
Tampoco sabía que, durante ese tiempo, su cuerpo y su mente cambiarían de una forma que jamás habría imaginado.
Por ahora, solo era una joven de diecisiete años intentando sobrevivir.
Y la selva todavía tenía mucho que enseñarle.

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