Hija de Marte
—Valentina...
Una vez más, aquella voz extrañamente familiar la despertaba de un sueño que en los últimos meses se repetía de forma obsesiva. Y, una vez más, abría los ojos para encontrarse con que a su lado no había nadie. Nadie para calmar esa sensación de vacío inmenso que amenazaba con apoderarse de todo; una punzada que se volvía más intensa cada mañana, sumiéndola en un estado de alerta y ansiedad que cada día resultaba más difícil de disimular.
Durante los años que llevaba viviendo en esa casa, junto a la mujer que se había convertido en su única familia, rara vez había sentido la necesidad de preguntar por su pasado. Cuando lo hizo, fue más por una curiosidad inocente que por añoranza. Sin embargo, esas últimas semanas, se obsesionó por intentar recordar algo: un rostro, una palabra, un nombre... Necesitaba saber a quién pertenecía aquella voz. Cualquier cosa que explicara el porqué de esa inquietud, de su pérdida de memoria o de su peculiar aspecto.
Era una chica bonita, alta y de piel dorada. Pero lo que la hacía más magnética era su pelo gris titanio veteado por unas mechas rosas que parecían desprender luz; y sus ojos del mismo gris rasgados por sutiles grietas rosáceas.
Mientras se perdía en el vaivén de sus pensamientos, el sonido dulce y armónico de una voz al otro lado de la puerta, la sacó de su ensimismamiento.
—Valentina, han venido a buscarte.
—Bajo enseguida.
Se puso a toda prisa sus vaqueros rotos y la camiseta blanca sin mangas con capucha azul, decorada en ambos lados de la espalda por el bordado de unos lirios. Guardó las deportivas en la mochila, cogió los patines que tenía bajo el escritorio para ponérselos abajo y se desenredó el cabello mientras se dirigía a la puerta.
Antes de abrirla, su mirada se desvió un instante hacia el rincón oculto justo detrás de la hoja de madera. Allí, en su santuario privado, el revestimiento de ébano negro conservaba las viejas marcas irregulares rayadas por la niña que fue. Con un gesto inconsciente, su pulgar ajustó los dos gastados dedales de tela blanca y elástica que cubrían los dedos índice y corazón de su mano derecha. El tejido lucía descolorido y deshilachado por el uso constante a través de los años, pero seguían siendo su posesión más preciada; un detalle plenamente simbólico que Mikael le había hecho siete años atrás, cuando descubrió que ella, presa del pánico en mitad de sus crisis de amnesia, se destrozaba las yemas de esos mismos dedos grabando obsesivamente con las uñas su nombre en la madera oscura.
«No te los quites nunca, Val —le había rogado él con la voz quebrada mientras se los colocaba—. Prométeme que no lo harás. Esto es lo que protegerá tus deditos cuando yo no pueda estar cerca.»
Él mismo se había rasgado su propia camiseta para fabricárselos y se los entregó junto a una promesa de protección eterna; desde entonces, ella se negaba a quitárselos.
Mikael la esperaba fuera, como cada mañana, para ir juntos al instituto. A ella le encantaba salir y encontrarlo allí, enfundado en sus pantalones tácticos negros, mientras el viento costero ondeaba su pelo azul marino con reflejos más claros. Sus ojos celestes ya estaban clavados en la entrada mucho antes de que ella cruzara el umbral; la buscaba con una calma y una vigilancia infinitas, como si el resto del mundo no tuviera importancia hasta que ella apareciera.
Valentina se lanzó a sus brazos nada más verlo, en un movimiento casi reflejo que repetía cada día, aferrándose a su camiseta blanca con fuerza. Él soltó de inmediato la chaqueta que llevaba colgada del brazo, dejándola caer sin importarle, para rodearla por la cintura y pegarla contra su pecho.
En ese instante, podía romperse el mundo en mil pedazos; estar cerca de Mikael lo arreglaba todo. Ningún lugar en el universo era más seguro que sus brazos. No existía miedo ni dolor que pudiera alcanzarla allí.
Mientras el repicar suave de las campanillas de cuarzo cristal inundaba el porche, Valentina se sentó en la escalera para ponerse los patines. Fue en ese momento cuando Terra salió con el almuerzo de ambos. Le tendió la bolsa al chico, que se acercó y la besó en la mejilla con respeto.
—Mikael… Cuídala.
—Para eso estoy aquí —contestó con una mirada cómplice.
Valentina se puso en pie cuando estuvo lista. Recogió la chaqueta de Mikael que había dejado en su regazo y se acercó a Terra para despedirse antes de marcharse.
***
De camino al instituto iban jugando y riendo como hacían siempre, pero en el rostro de Valentina se mantenía una sombra que no lograba disimular del todo.
—Esos sueños siguen desvelándote, ¿verdad? —preguntó él, suavizando el paso.
Ella asintió.
No quería preocuparlo. Nunca quería preocuparlo; por eso evitaba el tema la mayor parte del tiempo, aunque sabía perfectamente que a él no podía engañarlo. Mikael leía sus silencios mejor que nadie.
—Solo son sueños… ya lo sé —murmuró, forzándose a avanzar—. Pero la sensación de que se repiten por un motivo es tan fuerte... Y esa voz... Te juro que la he escuchado antes, pero no consigo recordarla. —Un deje de desesperación quebró sus palabras. Se detuvo en seco en mitad de la acera y se llevó los dedos al cuello, aferrando el colgante que llevaba—. Las dos últimas veces me he despertado agarrando esto.
Esa punta de flecha de cuatro aristas era un entresijo rúnico de plata que protegía un cristal de ondas rosas y grises. La cadena blanca, corta y con eslabones en forma de infinito se sentía fría al contacto con la piel de su cuello. Era el recuerdo permanente de que pertenecía a algún lugar; lo único que le quedaba de su anterior vida.
—¿Me estoy volviendo loca, Mika?
Él la sujetó por los brazos de inmediato, obligándola a levantar la cabeza debido a su altura para forzarla a mirarlo. No había brusquedad en el gesto, solo una firmeza absoluta.
—Vamos… —dijo con suavidad—. Esa pizca de locura siempre ha sido parte de ti, es lo que te hace tan especial. Además, si estás perdiendo la cabeza, la perderemos juntos. —Intentó quitar importancia a sus inquietudes con una media sonrisa.
—Eso no es muy tranquilizador —intentó corresponderle ella.
—Pero es la verdad —concluyó él.
Ella agachó la cabeza, incapaz de seguirle la broma, y en ese mismo instante Mikael la atrajo hacia sí y la abrazó. Sabía que ese era el único refugio que ella conocía, el lenguaje que le funcionaba para volver a estar bien. Nada era más efectivo.
—Si alguna vez sientes que estás perdida, que te hundes o que todo se vuelve oscuro, sólo tienes que coger mi mano, lo sabes —susurró contra su oído—. Aunque esté lejos, aunque no puedas verme, siempre voy a estar contigo.
Mikael entrelazó sus dedos con los de ella, reforzando aquella promesa.
—Nunca voy a dejar que te pierdas, Val... Nunca voy a dejarte caer.
Las lágrimas no pidieron permiso para resbalar por las mejillas de Valentina. Apretó su mano con fuerza, como si ese contacto fuera lo único estable en un mundo que parecía empezar a tambalearse sin explicación.
***
Mikael la acompañó casi hasta la puerta de la clase, donde aquel día el profesor presentaba a una alumna nueva: Analía Rosales.
Era una chica extremadamente delgada, de tez pálida y grisácea, con el cabello color plomizo por los hombros y un rostro de facciones afiladas. Destacaban especialmente sus ojos, de un gris tan claro que casi parecían plateados. Cuando Valentina pasó junto a ella, sus miradas se cruzaron a la misma altura. Un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Valentina, aquella imagen se sintió como un reflejo abstracto e inquietante de ella misma. De cerca, pudo ver que, además de tener un color inusual, unas diminutas manchas negras moteaban el iris de Analía.
—Tus ojos ya no son los únicos especiales, ¿eh? ¿Celosa?—bromeó Elisabeth, golpeándole suavemente el codo con el suyo.
—Aliviada, más bien —contestó sin poder apartar la mirada de la chica nueva.
Había algo en Analía que le atraía de un modo extraño y opresivo, como si bajo su amnesia, algo en sus venas le gritara que ya la conocía.
Finalmente apartó la vista y se dio la vuelta, dirigiéndose a su mesa al lado de la ventana. Ya sentada, miró a través del cristal intentando despejar la niebla de su mente. Divisó a Mikael en el exterior del instituto, hablando con alguien de quien solo pudo distinguir la capucha de un chaleco violeta. De pronto, un destello de luz azulada la hizo pestañear. Cuando volvió a enfocar la vista, Mikael ya no estaba allí, y fue incapaz de ver qué dirección había tomado.
—Acabará rompiéndote el corazón, siempre lo hacen. Todos.
Valentina se sobresaltó. Estaba tan sumida en el laberinto de sus propios pensamientos, que no se percató de que Analía estaba plantada frente a su pupitre.
—¿Cómo dices?
—El amor. Es la peor de las torturas —sentenció aquella desconocida con una frialdad cortante—. Provoca heridas que no sanan nunca.
—Estás equivocada —contestó Valentina sin siquiera saber por qué le daba explicaciones a una extraña—. Mikael y yo solo somos amigos.
—¿Estás segura de eso? —añadió Analía con un tono de voz que pretendía sembrar la duda en la mente de Valentina.
—¡Por supuesto! —defendió sin vacilar.
Al otro lado de la clase, Elisabeth la observaba, preguntándole con la mirada si todo estaba bien. Valentina asintió con una sonrisa rápida, que no convenció a su amiga. Se volteó de nuevo hacia la ventana, ignorando la presencia de Analía, y clavó los ojos en el trozo de asfalto donde Mikael había estado unos segundos antes.
Aunque su relación era de una intimidad asfixiante, era cierto, solo eran amigos. No tenía el derecho a exigirle que le contara todo, ni a saber dónde iba a estar a cada instante. Pero se sentía dolorosamente perdida cuando él no estaba cerca... Miró sus propias manos sobre la mesa y cerró los ojos; respiró profundo, evocando las palabras que Mikael le había dicho mientras la abrazaba aquella mañana en la calle. Apretó los puños con fuerza. Entonces, una voz nítida la sorprendió rasgando la oscuridad de sus pensamientos.
«Sigo aquí contigo»
Abrió los ojos de par en par, estupefacta. A su alrededor, los compañeros atendían al profesor en un murmullo monótono. Nadie había hablado. Sólo Analía se giró despacio hacia ella, como si también hubiera captado el eco de esa voz en el aire, y le dedicó una sonrisa maliciosa. Valentina apartó la vista de inmediato hacia sus propias manos, que seguían cerradas. Poco a poco, una oleada de calma la cubrió por completo, ahogando su inquietud.
***
El resto de la mañana transcurrió tranquila, pero Elisabeth no dejó de moverse inquieta en su sitio. A la hora del almuerzo apenas se separó de ella; quedaron para ir a comer juntas en cuanto salieran a mediodía. A Valentina le preocupaba la tensión que quedó reflejada en el rostro de su amiga desde que Analía se acercó a hablarle. Necesitaba asegurarse de que todo iba bien.
Al salir, se dirigieron a la cafetería oculta en el callejón del parque. Estaba algo escondida, y solo se podía acceder por una callejuela algo estrecha, pero ellas conocían el rincón y no lo cambiaban por ningún otro. Era un local pequeño, pero muy acogedor, de paredes blancas y doradas decoradas con flores rosadas que desprendían un aroma relajante. Los sofás individuales, del mismo tono rosa, llevaban el nombre del establecimiento impreso en letras blancas: Anahata.
Las siete mesas que llenaban el espacio habían sido talladas a partir de grandes troncos de árboles. En el centro de cada una, descansaba una figura a escala de diferentes animales: un zorro, un lobo, un varano, un águila, un faisán dorado, una cobra y un león.
Se dirigieron a su mesa de siempre, en el rincón que había más alejado de la puerta.
—Ya no puedo seguir mordiéndome la lengua. A ver, ¿qué quería la tipa esa? —soltó Elisabeth en cuanto se sentaron.
Valentina acarició la figura del león en un acto reflejo, buscando el contacto de la madera.
—Nada, solo es una chismosa que opina sin saber.
—¿Por eso se te descompuso la cara de esa manera? —le inquirió con evidente preocupación.
Valentina guardó silencio unos segundos, dudando si realmente quería continuar con aquella conversación.
—Me dijo que Mika acabará rompiéndome el corazón —continuó con una punzada de tristeza—. Que el amor es la peor de las torturas.
—Mikael nunca haría nada que pudiera lastimarte.
—Lo sé. Y ella no va a conseguir que dude de él.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Por qué te preocupas?
—¿Sabes qué más me dijo? Que si estaba segura de que solo somos amigos.
—¡Normal! —corroboró Elisabeth—. Viendo el tipo de relación que tenéis, es evidente que la gente se lo pregunta.
—¡Lis! ¿Tú también? —Valentina no supo cómo encajar las palabras de su amiga.
—Vamos, Valen. Piénsalo. Estáis siempre juntos, no se ha separado de ti desde... Bueno, ya lo sabes... A los demás nos decís a menudo cuánto nos queréis y nos abrazáis con total naturalidad. Pero, cuando lo hacéis entre vosotros, es diferente. Es mucho más íntimo, casi mágico...
Valentina bajó la cabeza, y la sombra que un momento antes había apagado su voz, se hizo visible en su mirada.
—Lis... Él me salvó la vida —dijo con la voz rota.
—¿Y solo es eso lo que sientes? ¿Gratitud?
—No lo sé, pero es normal que me sienta tan unida a él, o tan perdida cuando no está. Mika me encontró en el embalse; él es lo primero que recuerdo desde que desperté.
Los recuerdos del hospital la asaltaron de golpe. Aquellos primeros días habían sido horribles. Solo recordaba su nombre, y nadie había acudido a buscarla. Tenía pesadillas recurrentes en las que se perdía en un bosque en llamas o se ahogaba bajo la fuerza de una cascada. Y siempre, cada vez que despertaba gritando en medio de la noche, Mikael estaba ahí, sosteniendo su mano con firmeza para anclarla al mundo. No se había movido de su lado durante las siete semanas que pasó en aquella habitación.
Hasta que Terra la acogió. Después de haber sido la doctora que la atendió durante esas semanas interminables, le abrió las puertas de su casa. Y Mikael seguía ahí, día tras día, incluso pasando las noches en su cuarto, para asegurarse de sostenerla cada vez que sus miedos regresaban.
—Lis, él consiguió que desapareciera la necesidad de preguntar por mi pasado. Me demostró que tenía todo lo que me hacía falta para ser feliz: una madre que se desvive por mí, amigos que me querían sin cuestionar mi pasado,... Y a él, mi protector, quien me ha guiado desde entonces. No sólo salvó mi vida, Lis; salvó mi alma.
Elisabeth cogió con firmeza las manos de su amiga por encima de la mesa, dejando al descubierto la pulsera de siete esferas, cada una de diferente color, que ella llevaba en la muñeca izquierda, y el brazalete de cuero índigo que portaba Valentina en la derecha. Un brazalete que Mikael le había regalado, y del que él llevaba otro a juego. Ambos eran idénticos, con la única excepción de que el del chico llevaba bordada en plata una espada, y el de ella, un escudo.
—Valentina... —Elisabeth presionó los dedos de su amiga, desviando sus ojos negros de la mirada intensa de Valentina y los clavó en las manos de ambas—. No es pecado estar enamorada.
En ese preciso instante, un resplandor rosa nació de las grietas que rompían el gris de los iris de Valentina. Una profunda punzada en el centro del pecho que la obligó a cerrar los puños con fuerza.
—¡Valen! ¿Estás bien? —se alarmó Elisabeth al sentir la repentina presión en sus manos.
No era la primera vez que veía ese brillo en los ojos de Valentina, era una de las peculiaridades de su amiga. Pero jamás brillaron con tanta intensidad, y en ninguna ocasión le provocó dolor.
—Estoy bien —mintió, esbozando una leve sonrisa—. De verdad.
—¿A qué ha venido eso?
—No ha sido nada. Es solo que últimamente no estoy descansando bien y me empieza a pasar factura. —Sintiendo un extraño impulso, añadió:— Tengo que volver a clase, me he dejado los patines.
—Espera, te acompaño.
—No te preocupes. —Valentina no sabía por qué sentía la urgente necesidad de evitarla. Se levantó del sillón y la besó en la mejilla—. Hay algo que necesito hacer. Nos vemos mañana. Te quiero Lis.
—Y yo a ti, Valen —respondió ella con resignación.
Cuando Valentina cruzó la puerta hacia el callejón, Euríale se acercó a la mesa a recoger su plato, que estaba prácticamente intacto. Miró de reojo a Elisabeth y sentenció:
—Deberías haber ido con ella, hermana.
—No podía seguirla, quería estar sola. ¿Por qué siempre me obligo a cumplir con su voluntad? —contestó con una mezcla de rabia y pena empañándole la voz.
***
Mikael se puso en contacto con su hermano nada más dejar a Valentina en clase. Salió a reunirse con él en el exterior del instituto, donde el otro apareció unos segundos más tarde.
Hacía años que no se veían. Ezequiel llegó con el rostro oculto bajo la capucha violeta de su chaleco, y Mikael lo reconoció incluso antes de verlo; su aura era inconfundible.
—Tenemos que hablar —le dijo sin rodeos—. Vamos al Jardín.
Una vez allí, a Mikael le resultó imposible disimular su inquietud. Daba dos pasos en una dirección y volvía sobre sus huellas, en una agitación física totalmente impropia de él.
—Cálmate, Mikael —le pidió Ezequiel cruzándose de brazos—. ¿Qué es tan urgente para que me hayas hecho llamar?
—Se está acercando a ella. —Su mandíbula estaba tensa—. Intenta atraparla mientras duerme, cuando su mente es más vulnerable.
—Lo sé. —Mikael se sorprendió—. Kamael la llama para despertarla antes de que consigan rastrearla.
—Entonces, la voz que ella escucha en sueños es la de Kamael… Por eso le resulta familiar —susurró Mikael, dejando escapar un hilo de alivio en su voz.
—Sí. Pero no sé hasta cuándo podrá seguir ocultándola. Rossier es muy astuta.
—No podemos dejar que se haga con ella. No sé qué más puedo hacer para protegerla, Ezequiel; lleva mi escudo y parte de mi casco, y aun así no es suficiente. Ayúdame, por favor.
—Mikael, lo siento, no puedo involucrarme más.
—Pero si consiguen hacerse con ella entraremos en batalla —bramó con desesperación—. El poder que Valentina tiene, en las manos equivocadas, es impredecible.
—Lo es incluso en las suyas propias, lo sabes —sentenció Ezequiel. Un silencio inquietante inundó el Jardín—. Si tenemos que luchar, lucharemos. Siempre hemos encontrado la forma de vencer.
Mikael se quedó perplejo. Aquella idea no era, ni de lejos, aceptable. Ningún plan que implicara el mínimo daño o riesgo para Valentina lo sería jamás. Su hermano continuó hablando al ver la expresión de su rostro:
—Todos sabemos por qué te quedaste con ella, Mikael. Por qué no permitiste que nadie más la guardara durante estos siete años —dijo Ezequiel, suavizando el tono en un intento por mostrar la comprensión que sentía—. Tu deber es proteger a los humanos, pero esta vez no ha sido ese el único motor que te ha impulsado. Y no te culpo; las almas puras no tienen poder para decidir a quién entregarse, simplemente sucede… Pero la suya no lo es, tienes que recordarlo. Te condenarás, hermano.
De pronto, un enorme vacío se abrió paso en el interior de Mikael. Fue una punzada tan intensa que lo hizo tambalearse, como si lo hubieran apuñalado.
—Valentina... —siseó para sí—. Algo va mal. No puedo sentirla.
Se dispuso a marcharse a toda prisa, pero Ezequiel lo aferró con fuerza por la muñeca. Mikael sintió en la piel el frío cortante de la plata rúnica de los anillos de su hermano y se giró, mostrando un destello de hostilidad ante aquel gesto en sus ojos celestes.
—Mikael, sé que la protegerás ante todo y, si se diera el caso, ante todos —le advirtió—. Pero piensa bien las consecuencias. Ni siquiera sabes si lo que sientes es real o si es algo que te ha sido impuesto.
Lo soltó y desapareció en un rayo de luz violeta. Por su parte, el rayo de luz azulado que aquella mañana cegó a Valentina, se materializó en el callejón del parque, y Mikael emergió con él.
Entró a toda prisa en Anahata, y descubrió a Elisabeth sentada al fondo, con el rostro cubierto por la preocupación mientras manipulaba la efigie del león con evidente nerviosismo. Se acercó con el corazón acelerado, asfixiado por el temor de ver que Valentina no estaba allí con ella.
—¿Qué haces aquí sola? —espetó en cuanto llegó a la mesa.
—Valentina se ha ido —se limitó a responder ella, sin levantar la vista.
Mikael apresó la muñeca de Elisabeth con una mano, obligándola a soltar la madera, y devolvió la figura del león a su posición exacta. Con la otra mano intentó alzarle el rostro por la barbilla para forzarla a mirarlo a los ojos, pero Elisabeth se estremeció con violencia y apartó la vista hacia un lado, negándose a cruzar su mirada con la de él.
Mikael se hizo consciente de su temor y suavizó la presión, pero no desistió. Sus iris celestes desprendieron un suave destello y la chica entró en un ligero trance, con la mirada perdida en la madera.
—¿Dónde está? ¿Por qué no has ido con ella?
—Esa estúpida norma... —articuló Elisabeth con voz enfadada—. No he podido acompañarla, quería ir sola. Ha vuelto al instituto porque olvidó sus patines.
El chico le rozó la mejilla con la yema de los dedos para romper el hechizo. Ella volvió en sí con un parpadeo confuso.
—Mikael, me preocupa —confesó, sacudiendo ligeramente la cabeza para despejarla—. Algo no va bien, ¿verdad? Hoy...
—Tranquila, yo lo arreglaré —la cortó él, sin dejarla terminar.
Se dio la vuelta y se marchó a toda velocidad hacia el instituto, envuelto en su destello, esperando que Valentina aún estuviera allí, rogando con cada fibra de su ser para que estuviera a salvo... Por encima de todas las cosas, rogaba que estuviera bien.
***
La escuela estaba prácticamente desierta cuando Valentina llegó. Apenas quedaban cuatro o cinco alumnos aprovechando las horas de estudio en la biblioteca, algún profesor que terminaba de corregir exámenes y el personal de limpieza.
Entró a la clase y se sorprendió al ver a Analía sentada sobre su mesa, mirando por la ventana.
—Supuse que volverías a buscarlos —dijo sin siquiera girarse hacia ella.
Valentina caminó entre los pupitres con cautela, como si sus pasos silenciosos pudieran ocultarla. Se preguntaba por qué la chica nueva estaba allí en su sitio y, al parecer, esperándola. Su rostro seguía resultándole conocido, lo que le hizo pensar que, de un modo u otro, podría ser parte de su pasado, pero la agitación que se abría paso en su interior cuando se acercaba a ella era tan opresiva que no era capaz de preguntarle si la reconocía.
Apartó la mirada de ella y cogió los patines de la percha que había al final del aula. Solo quería marcharse de allí. Pero al darse la vuelta para salir, Analía estaba frente a ella, bloqueándole el paso mientras fijaba sus ojos en el colgante.
—Hacía mucho que no lo veía.
Valentina se quedó petrificada. Un escalofrío tenso la recorrió de arriba a abajo e hizo que se quedara inmóvil, sin saber cómo reaccionar a esas palabras.
Mikael apareció en la puerta en ese preciso instante, con el semblante desencajado y los puños cerrados con rabia contenida. Al verlo, Analía sonrió pícara, disfrutando de la situación. Se acercó a Valentina y tomó la punta de flecha de plata con la yema de los dedos; el contacto la quemó, dejando un ligero olor a madera quemada en el aire. Pegó los labios a su oído y susurró, tan suave que Mikael no fue capaz de escucharlo:
—Este es mi regalo para ti: despierta, hija de Marte.
Se marchó sin decir nada más, mirando desafiante a Mikael.
Durante unos segundos eternos, los dos amigos se quedaron con los ojos clavados en la puerta, sin entender muy bien lo que acababa de pasar.
Valentina fue a dar un paso hacia él. No le dio tiempo. Mikael se movió tan rápido que, cuando se dio cuenta, ya lo tenía frente a ella, envolviéndola en un abrazo feroz, casi desesperado, como si teniéndola así pudiera evitar que nadie se la arrebatara jamás. Valentina quedó tan sorprendida al sentir la intensidad de ese gesto, que no fue capaz de articular palabra alguna.
—Creía que te había pasado algo, no podía sentirte, no sabía qué hacer —dijo sin aflojar la presión de sus brazos—. Si te hubiera pasado algo... si algún día te pasa algo... Yo… —Un nudo en la garganta le impidió continuar y no pudo más que hundir el rostro en el cuello de su amiga.
Valentina dejó caer al suelo la mochila y los patines, y rodeó la cintura de Mikael con fuerza. Él relajó ligeramente la tensión.
—No te vayas, Val. No te alejes de mí.
—Mika...
Valentina se sobrecogió. Si fue él quien se marchó aquella mañana sin decir nada, ¿por qué le pedía a ella que no se fuera? Pero no dijo nada. En su lugar, apoyó la cabeza en su pecho, permitiéndose escuchar el latido que devolvía la calma a cada resquicio de su ser. Entonces, sin alejarse un solo centímetro, añadió:
—No iré a ningún sitio donde tú no puedas acompañarme.
Y la puerta de la clase se abrió. El director del instituto los miró con expresión sorprendida.
—¿No es tarde para que estéis aún aquí?
—Lo siento. Olvidé mis patines —asintió Valentina.
Los cogió del suelo junto con la mochila y salieron a la calle.
***
De camino a casa, Valentina avanzaba sobre sus patines. Mikael caminaba unos pasos por detrás, observando cómo el viento le removía el pelo gris y rosa, enredándoselo alrededor de las caderas con un brillo magnético. Ella se giró sobre las ruedas para mirarlo, clavó los frenos en el asfalto y redujo la velocidad para adaptarse a su ritmo.
Mikael estiró el brazo y cogió su mano con firmeza. Ella fijó sus ojos en él, cuestionando el gesto con una mirada silenciosa.
—Hoy soy yo quien se siente perdido —confesó él, sin apartar la vista del suelo.
Valentina le devolvió la presión en los dedos, entrelazándolos con fuerza.
—Yo tampoco te voy a dejar caer, Mika —le sonrió, intentando transmitirle toda la seguridad que él siempre le brindaba.
Él le devolvió la sonrisa. Sus ojos azules recuperaron un poco de la calma que, por primera vez desde que Valentina lo conocía, se había quebrado.
—Tu pelo ha vuelto a cambiar... Estás muy bonita —dijo con ternura.
Era cierto, desde que salió huyendo de la cafetería, las mechas rosas de su pelo se habían expandido de nuevo, extendiéndose hasta convertirse en el tono principal de su melena.
No dijeron nada más. En los veinticinco minutos que tardaban en recorrer la distancia desde el instituto hasta su casa, el silencio se volvió denso. Solo los acompañó el sonido áspero del roce de las ruedas de Valentina contra el asfalto y el tintineo rítmico, metálico y constante de las llaves y las cadenas de plata que colgaban de la pernera de los pantalones tácticos de Mikael. Ambos intentaban asimilar cada extraño suceso de aquel día, sin mucho éxito por el momento. La tensión invisible que flotaba en el aire era evidente.
***
Por fin llegaron a la escalera del porche de la casa. Sus manos seguían firmemente entrelazadas. El cansancio en sus rostros era puramente mental, una impotencia que reflejaba la necesidad de obtener una explicación.
Valentina empezó a subir los escalones de madera blanca, pero Mikael se movió con rapidez y la abrazó suavemente por detrás. Apoyó la cabeza justo en el centro de su espalda, obligándola a detenerse en seco en el primer peldaño. Valentina sintió el calor del cuerpo de él protegiéndola.
—Deberías irte a descansar, Mika —murmuró ella, acariciándole las manos que él mantenía unidas sobre su vientre. Bajó la cabeza con una profunda tristeza antes de añadir—: Quisiera tener la mitad de la facilidad que tú tienes para serenar mi alma. Es una tortura ver tu agitación y no saber cómo calmar la tuya.
Mikael apartó la cabeza un segundo para presionarla un poco más contra su pecho, rompiendo cualquier distancia entre los dos, y acomodó la barbilla en el hombro de ella.
—Mi alma está en paz cuando tú estás cerca —susurró contra su piel.
—Pues quédate conmigo esta noche —se apresuró a responder, girándose en redondo entre sus brazos para quedar frente a él—. Por favor Mika, que ese sea mi regalo.
—Val… —Mikael se guardó las palabras, completamente absorto por la intensidad de aquella petición y el brillo de sus ojos.
En ese instante se escuchó un chasquido. El pomo de la puerta giró y Terra apareció en el umbral, haciendo sonar el repicar suave de las campanillas de cuarzo sobre sus cabezas. Los había visto llegar desde el ventanal de la cocina y salió a recibirlos, habiendo escuchado la última parte de la conversación. Valentina se soltó de Mikael y se abrazó a ella, agotada por tanta tensión acumulada.
—Es evidente que ninguno de los dos ha pasado un buen día —dijo al ver los rostros afligidos de ambos y sus miradas cansadas—. ¿Te quedas, Mikael? A Valentina le vendría bien descansar una noche, esos sueños van a acabar por volverla loca.
—Claro —respondió él de inmediato. Subió los escalones y se acercó a Terra para darle un beso en la mejilla y un abrazo fugaz, a modo de saludo afectuoso.
—¿Qué haríamos sin ti? —le sonrió ella, agradecida por su constante devoción.
***
Después de cenar, Terra se fue a su habitación y los chicos recogieron la mesa. Cuando todo estuvo guardado, Valentina fue a darse una ducha. Bajo el agua caliente y el olor de su gel de melocotón, repasó una por una las palabras de Analía: «Hacía mucho que no lo veía…» «Despierta, hija de Marte…» «¿Estás segura de eso?...». Lo que le llevó también a recordar la conversación con Elisabeth: «¿Y eso es todo lo que sientes?...» «No es pecado estar enamorada…». Ya no estaba segura de nada; en un solo día los cimientos de su mundo se habían girado por completo.
Salió de la ducha y se vistió con su pijama gris de pantalón corto con un lazo púrpura en cada pierna, y camiseta de tirantes a juego con una lazada en la cintura. Entró a la habitación que había junto al baño y cogió el pijama de lino blanco con cordones color salmón que pertenecía a Kam, el hijo de Terra. Valentina solo lo había visto un par de veces durante su primer año viviendo allí, pero guardaban su ropa. Regresó al salón y se lo entregó a Mikael.
Ambos se acomodaron en el sofá, Valentina se recostó de lado, acariciando con suavidad el cabello de Mikael, que apoyó la cabeza sobre las piernas de su amiga. Encendieron la televisión y buscaron una película al azar, utilizando la pantalla como un escudo para evadir preguntas de las que no estaban seguros si querían oír las respuestas. Cuando los créditos finales empezaron a nombrar a cada actor, Valentina se incorporó con extremo cuidado. Hacía rato que Mikael se había quedado profundamente dormido. Lo arropó con la fina manta de algodón azul que él mismo le había regalado, le besó la frente con delicadeza y salió al porche. Se apoyó en la barandilla de abedul blanco para despejar la mente, concentrándose en el olor a sal que traía la brisa marina mientras contemplaba las estrellas de un cielo completamente despejado.
Se ausentó por completo de la realidad durante una media hora, envuelta en sus propios pensamientos.
—¿Va todo bien? —preguntó de pronto Mikael.
Su voz sonó adormilada y tan suave que Valentina ni siquiera se sobresaltó, a pesar de no haberlo escuchado aproximarse.
—Sí, todo va genial —contestó ella, volviéndose con una sonrisa—. Te has dormido...
—Lo sé, lo siento. Debía cuidar de ti y... —Mikael se interrumpió mientras acomodaba la manta azul que se había echado sobre los hombros al levantarse.
—No lo sientas. Has conseguido deshacerte de esa inquietud que te estaba dominando esta tarde. Eso me hace sentir aliviada.
—Solo necesitaba tenerte cerca, ya te lo dije —respondió él. Se acercó por la espalda y la rodeó con los brazos, abrigándola a ella también bajo el tejido de algodón—. Vas a coger frío. No puedo descuidarme ni un momento contigo —añadió con una media sonrisa.
Valentina le devolvió el gesto sin girarse. Se quedaron varios minutos en esa posición, resguardados del viento, sintiendo el aire nocturno en la piel que quedaba descubierta. El silencio se alargó hasta que la curiosidad pudo más que Mikael.
—¿Puedo preguntarte algo?
Ella asintió, pegando la espalda un poco más contra su pecho.
—¿Por qué justo hoy me pides que me quede “como regalo”? Nunca has permitido que te regalen nada en estas fechas.
—Esta noche no quería estar sola —confesó Valentina, buscando la protección de su cuerpo—. Necesitaba esto... tenerte aquí.
—Estoy aquí. Siempre estoy aquí.
La sonrisa de Valentina se desvaneció. Su mirada se quedó fija en el horizonte.
—¿Qué sucede? —quiso saber él, detectando de inmediato el cambio en ella.
—Analía, la chica nueva... sabía que hoy era mi cumpleaños. ¿Cómo es posible?
—Val, hoy hace siete años que apareciste en el embalse —explicó Mikael con calma—. Tu historia abrió los informativos de todo el país, buscando respuestas. Determinamos que este día sería tu cumpleaños porque fue el momento en que comenzó tu nueva vida. Hay miles de personas que conocen tu historia, no le des más vueltas.
—Pero ella sabe más, Mika. Estoy segura de que está ligada a mi pasado —insistió inquieta.
—Hagamos una cosa. Vamos a entrar a descansar, que lo necesitas. Mañana tenemos todo el día para nosotros; iremos al bosque y me lo cuentas todo con calma. Esta noche déjame que cuide de ti ¿Trato hecho? —le propuso, tomándola con suavidad de la muñeca y guiándola escaleras arriba hacia la habitación.
—¡Pero si eso lo haces siempre! —protestó ella, dándole un cariñoso empujón con el hombro al cruzar el oscuro umbral del dormitorio.
Mikael se tumbó en la cama, boca arriba, acomodando un brazo por detrás de la cabeza.
—Y lo que te queda —la miró fijamente mientras ella se acostaba a su lado y dejaba sus dedales de tela sobre la mesita—. Siempre voy a hacer lo que sea necesario para protegerte, Val.
—Lo sé —afirmó ella. Apoyó la cabeza en el pecho de su amigo, atisbando la pequeña cicatriz blanquecina en el hombro izquierdo de Mikael; la única marca que rompía la perfecta simetría de su torso—. Te quiero, Mika.
Mikael la miró. Una densa sombra de culpa empañó sus iris celestes antes de rodearla con el brazo, cubriendo la marca de su piel para ocultarla de su vista y la atrajo hacia sí. Era el mismo gesto esquivo de siempre, la misma barrera invisible con la que cambiaba de tema cada vez que ella preguntaba por su procedencia. La besó en la cabeza con una ternura casi dolorosa.
—Y yo te quiero a ti, Val.
***
De madrugada, Mikael escuchó unos golpes sumamente suaves en la puerta. Era Terra, que pasaba a ver cómo estaba Valentina. No se sorprendió al ver que el chico estaba desvelado. Desde que se habían acostado, él no había dejado de vigilar a su amiga, igual que cuando era una niña. Ella continuaba durmiendo sobre su pecho mientras él le acariciaba el brazo suavemente con la yema de los dedos. En su mente se repetía la conversación con Ezequiel y la horrible sensación que se apropió de su interior cuando perdió el rastro de Valentina. Jamás sintió un vacío tan inmenso, y supo de inmediato que era por ella.
Terra interrumpió sus pensamientos con un susurro.
—Lleva semanas sin dormir tranquila. Esta noche sonríe mientras sueña, es increíble.
Mikael esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—Creo que nosotros también deberíamos descansar —añadió Terra—. Gracias por quedarte esta noche, Mikael.
—No, gracias a ti por resguardarla aquí.
La mujer hizo una leve reverencia y salió de la habitación con el alivio de saber que, al menos por esa noche, el agua o el fuego de las pesadillas no le arrebatarían el sueño a Valentina.
El chico también cerró los ojos con el peso del cuerpo relajado de la chica. Tenerla entre sus brazos, sentir el calor que desprendía su piel dorada y pensar que podía tenerla así para siempre: esa era la mejor medicina para la tensión que había acumulado a lo largo del día. Necesitaba saber que estaba con él, que podía protegerla, y se convencía de que todo estaba bien.
—A partir de hoy cambia todo, Val… pero yo te seguiré sosteniendo. Siempre.








