Capitulo
Por el oriente se asomaba el sol. Un joven príncipe observaba por la ventana la naturaleza y contemplaba las tierras de su reino mientras el amanecer iluminaba el palacio.
El príncipe Carlos II salió a caminar por los jardines del palacio. Mientras paseaba, vio a un joven caballero sentado en una banca. Intrigado, se acercó.
—Hola, ¿cómo te llamas? —preguntó el príncipe.
El joven se levantó e hizo una pequeña reverencia.
—Hola, príncipe. Mi nombre es David.
En ese momento llamaron al joven caballero para que continuara con su trabajo. Carlos se quedó observándolo mientras se alejaba. Sin saber por qué, sintió algo extraño en su corazón, un sentimiento que nunca antes había experimentado. Un leve rubor apareció en sus mejillas.
Más tarde, el padre del príncipe lo llamó para ir al comedor.
Cuando Carlos entró, volvió a ver a David. Sus ojos brillaron al encontrarlo nuevamente, aunque no podía explicar la razón. Se sentó con elegancia y comenzó a comer, sin dejar de mirarlo de vez en cuando.
Al caer la noche, Carlos estaba en sus aposentos. Desde la ventana observó al joven caballero patrullando los jardines. Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¡David! —lo llamó desde la ventana.
David levantó la mirada y, al ver al príncipe, hizo una pequeña reverencia.
—Sí, príncipe. ¿Me necesita? —preguntó.
Carlos se asomó al balcón.
—¿Estás ocupado? —preguntó con timidez.
—Un poco. Debo vigilar el palacio. ¿Necesita algo?
Carlos sonrió.
—Quisiera hablar contigo. Ahora mismo no tengo nada que hacer.
David lo miró con sus profundos ojos azules.
—Está bien, príncipe.
Carlos sintió una enorme alegría. Hablaron durante un largo rato y, aunque no entendía lo que sentía, disfrutaba cada momento junto al joven caballero.
A la mañana siguiente, Carlos despertó cuando el reloj marcaba las seis. El sol comenzaba a salir por el horizonte y, como la noche anterior, lo primero que hizo fue mirar por la ventana en busca de David.








