Capítulo 1
Apenas abrí los ojos en mis cero años, y mi nombre ya reposaba en el gran libro del Registro Civil. Me prepararon suavemente para mi primera cuota: cada pañal de algodón y cada biberón tibio tenían un precio que, afortunadamente, mamá y papá cubrían con amor. Pero, de forma invariable, una vez que los usaba, esos pañales que yo creía “míos” se despedían para siempre. Así también mi ropa; pronto dejó de abrazarme para ir a abrigar a algún otro recién nacido.
A mis cinco años, yo aún no pagaba por mi propio espacio; mis padres lo hacían por mí. Curiosamente, cuando mamá me decía con dulzura: «Mira tus zapatos, qué sucios están», yo me daba cuenta de que ya me dolían los deditos. Mis pies pedían que los devolviéramos a la caja de donaciones, porque el alquiler de esa talla había expirado, y los zapatitos necesitaban pies más pequeños que cuidar.
A mis ocho, tuve mi primer Superman de juguete. Lo llevaba volando a todas partes, hasta que el mundo de los grandes me susurró que debía dejarlo ir, advirtiéndome que jugar ya no cabía en el nuevo círculo de Mis Responsabilidades.
A los doce, el programa de televisión que me robaba suspiros y pensamientos se apagó por falta de audiencia. Alguien, en algún lugar, decidió que ya no era popular. Y solo porque no agradaba a muchos, a mí, que tanto lo quería, me dijeron que debía decirle adiós.
A los diecisiete, mi banda favorita dejó de tocar. Se hicieron mayores y, casi sin darme cuenta, viví cobijado en sus canciones antiguas, sabiendo que no habría melodías nuevas. El tiempo sopló como el viento de otoño y me fui enterando de que muchos de ellos ya habían partido.
A mis veinticuatro años, me explicaron que debía pagar impuestos. El dinero, que los adultos decían que era algo sólido, yo lo sentía como agua de río... Era como intentar retener la lluvia entre las manos; se escurría tan rápido que nunca sentía tener la suficiente. Los libros decían que el dinero no daba la felicidad, pero yo solo me sentía como un osito confundido. Veía a todos chapoteando en un Gran Estanque, intentando atrapar el agua desesperadamente. Pero pronto descubrí algo triste: para poder retener un poco de ese río, necesitabas tener pequeñas jarras de cristal, y el mundo también te cobraba por ellas. No todos tenían el lujo de poder pagarlas, a pesar de que eran el único modo que te permitían usar para no quedarte con las manitas vacías.
Llegaron mis veintiséis y, con los pocos ahorros que pude juntar, compré un teléfono que pronto se quedó dormido, obsoleto. Me dijeron que necesitaba un Plan. Decidí no tenerlo, pero entonces mi voz no podía viajar a través de él. Resultó que no bastaba con sostener el aparato en la mano; había que pedir permiso y pagar cada mes para poder hablar con los demás.
Por fin, mis treinta. Logré conseguir una casa que tardaría tres décadas en pagar. La llamaba «mi casita», aunque el papel importante no estuviera en mis manos. Los señores del gobierno me dijeron que me lo darían algún día, cuando terminara de pagar mi estancia.
A los treinta y cinco, llegó un auto de segunda mano. La amable señorita del banco me explicó que pagaría por él durante cinco años, y que, si no cumplía, el auto tendría que irse. Curiosamente, tenerlo no me hizo libre. Igual que el teléfono, cada cierto tiempo debía pagar un tributo invisible en forma de gasolina y mantenimiento.
A mis cincuenta, el sol pareció brillar un poco más. Las cosas iban mejor, pero no había guardado miel para el invierno de mi retiro. Mis padres enfermaron; tuve que pedir ayuda prestada para cuidar de ellos, y también de mí.
Mis cincuenta y uno. Mamá y papá cerraron los ojos. Me sentí tan pequeño y triste al no saber dónde descansarían, pero el sacerdote me prometió un lugar tranquilo y sin condiciones, que sería solo nuestro. ¿Qué mejor que un pedacito de tierra sagrada para que durmieran tranquilos?
A mis cincuenta y dos, el sacerdote nos reunió. Nos explicó, con voz grave, que la cripta ahora sería prestada. Al igual que aquella casita que llamaba “mía” y que perdí en mi divorcio, este espacio también era un suspiro. Sin embargo, prometió que, si entregaba trescientas monedas cada año, nunca perderíamos ese rincón de paz.
Mis ochenta años. El sol se está poniendo y no pude pagar el descanso de mis padres. Tampoco puedo sostener mi propio cuerpo cansado. A lo largo del camino, vi partir a muchos amigos y conocidos sin que lograran alcanzar todas esas cosas que el mundo nos decía que debíamos tener. Y hoy, en mi último aliento, me pregunto si al cerrar los ojos ellos estuvieron tan asustados como yo... asustados de descubrir que el tiempo se acaba y que, desde el primer día, solo tuvimos una vida en renta.
Todo lo que construí... creí que me pertenecía. O tal vez fue un hermoso sueño. Todo era siempre un intercambio, siempre viví caminando deprisa, nunca me senté a mirar el paisaje. Y ahora, arropado en esta cama, la nostalgia me abraza al darme cuenta de que el equipaje siempre fue prestado.
¿Acaso alguna vez tuve algo a lo que pudiera llamar verdaderamente mío?









Al comprender que vivo en este mundo miro las cosas dándoles el valor que merecen, según mi criterio y coincido todo es prestado, y pagamos por ello💝