Prólogo
El sonido de la carne y el hueso rasgándose fue ensordecedor.
El puño de Akaza atravesó el plexo solar de Kyojuro Rengoku con una facilidad espeluznante, destrozando órganos y deteniendo el aliento del Pilar en seco.
La sangre caliente salpicó la tierra fría de la madrugada.
Sin embargo, el dolor físico que desgarraba el cuerpo de Kyojuro no era nada comparado con la agonía biológica que llevaba meses consumiéndolo por dentro.
Porque Akaza no era solo la Luna Superior Tres. Era su destinado.Su Omega.
Cortar a tu propia alma gemela era una aberración, un pecado imperdonable contra las leyes más primitivas del universo.
Cada vez que sus espadas habían chocado en el pasado, cada vez que la hoja carmesí de Kyojuro lograba rebanar la carne del demonio, el Pilar pagaba el precio.
Su biología de Alfa se rebelaba contra él, haciéndolo toser sangre y retorciéndose en un dolor fantasma por el simple acto de lastimar a su otra mitad.
Kyojuro siempre peleaba a matar, empujado por su deber inquebrantable como Cazador, forzando a su propio cuerpo a soportar el castigo de ir en contra de sus instintos.
Pero Akaza nunca lo había hecho.Hasta hoy.
En cada encuentro antes del Tren Infinito, Akaza le rogaba, le exigía y le suplicaba que se convirtiera en su Alfa para que pudieran pasar la eternidad juntos.
Akaza nunca atacaba con intenciones letales, sus golpes eran un juego cruel, una danza diseñada únicamente para agotar al Alfa, desarmarlo y someterlo.
El Omega buscaba llevarlo al límite físico para detonar sus instintos más primarios. Y, para vergüenza de Kyojuro, varias noches lo había logrado.
Cuando la fatiga destruía el raciocinio del Pilar y el denso y embriagador aroma del celo de Akaza inundaba el bosque, la moralidad se desvanecía.
Ambos terminaban enredados en la oscuridad, consumando su destino en encuentros salvajes y carnales.
Akaza se entregaba por completo, gimiendo el nombre del rubio, ofreciendo su cuello en la penumbra, mendigando esa mordida que sellaría el lazo y lo reclamaría para siempre.
Pero Kyojuro nunca cedió.
Bebía de sus labios, marcaba su piel, pero jamás hundió sus colmillos en la glándula del demonio. Siempre lo rechazaba antes del amanecer.
Y Akaza, finalmente, se había cansado de mendigar amor.
La fractura definitiva ocurrió esa misma noche, frente a los restos del Tren Infinito. Cuando el demonio aterrizó en el campo de batalla, sus sentidos de Omega captaron algo que destrozó su cordura.
El inconfundible y posesivo aroma de las feromonas protectoras de Kyojuro impregnadas en el mocoso de la cicatriz y los pendientes de hanafuda.
Tanjiro olía a suAlfa.
Los celos envenenaron la sangre de Akaza. La idea de que Kyojuro le había negado la marca y rechazado la eternidad porque deseaba tomar a ese joven humano como su pareja lo volvió loco.
La devoción tóxica se transformó en ira pura. Ya no hubo juegos. Ya no hubo intentos de someterlo. Esta vez, Akaza atacó a matar.
Y lo había logrado.
Con el brazo del demonio hundido en su pecho, Kyojuro palideció mientras la vida se le escapaba. Una opresión asfixiante le aplastó el pecho, mucho más dolorosa que la herida fatal.
El Pilar se dio cuenta de que esta era la primera vez que Akaza realmente había querido acabar con él.
A través de su sentido borroso, Kyojuro inhaló de forma temblorosa, captando las feromonas de su Omega.
Esperaba oler sed de sangre y victoria, pero lo que inundó sus sentidos lo destruyó por completo.
Era un aroma espeso, impregnado de un odio venenoso, pero... ahogado bajo oleadas de una devastadora y profunda tristeza. Olía atraición. A una decepción absoluta y desgarradora.
Ver los ojos dorados de Akaza temblar con tanto dolor rompió algo dentro de Kyojuro.
Notó un hilo escarlata escurriendo por la boca del demonio. Los propios labios de Akaza estaban ensangrentados, sufriendo el implacable castigo biológico de la naturaleza por atreverse a herir de muerte a su destinado.
El Alfa sintió una punzada de arrepentimiento inmensurable al verlo tan roto por su culpa, pero entendió con amargura queya era demasiado tarde para arrepentirse.
El rostro de Akaza se desfiguró por la furia y el dolor, y con una voz rota que taladró los oídos del Pilar, le gritó.
—¡Muere! ¡Muere de una vez! ¡Todos los que amas morirán por tu culpa! ¡PAGARÁS POR HABERME TRAICIONADO, KYOJURO!
Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a rasgar el horizonte, el demonio arrancó su brazo del pecho del Alfa con brutalidad y huyó hacia la oscuridad del bosque.
Kyojuro cayó de rodillas. Su respiración era un estertor agónico.
Sintió el frío de la muerte trepar por sus extremidades, pero sus ojos no se apartaron del bosque. Mientras veía la silueta de Akaza desaparecer entre los árboles, una angustia abrumadora se instaló en su alma.
Sintió, con una certeza aterradora, que mientras su destinado se alejaba, se llevaba consigo una parte de su alma y su corazón.
Reuniendo la poca fuerza que le quedaba en su cuerpo moribundo, Kyojuro estiró una mano temblorosa y ensangrentada hacia la penumbra.
Sus dedos rasgaron el aire vacío, intentando desesperadamente alcanzar la silueta de Akaza, retenerlo, perseguirlo y quizás incluso... pedirle perdón.









Me encanta vine de tu vídeo 😻❤️
Me encanta el libro