Un propezón es una caida ( pero si tendencia)
Por las frías calles de Madrid me desplazaba en tacones. Como siempre, el tiempo corría a mi favor: no llegaba ni temprano ni tarde a la universidad. Mi vida gira en torno a un maquillaje impecable, unos tacones a la moda y a qué tan deslumbrante es mi sonrisa.
Pensarás: «¡Qué Barbie tan presumida!». ¿Y sabes qué? Tu opinión no me importa, corazón, porque lo que tengas para opinar no me compra un labial.
Mientras caminaba, sostenía el teléfono para hacer un live con mis seguidores en Instagram, donde mi cuenta acumula nada menos que tres millones de personas. Hablaba con ellos sobre mi día, mostrándoles mi outfit e indicando qué productos utilicé para mi maquillaje de hoy. ¿Que por qué iba a pie y no en coche? A ver, aclaremos esto entre paréntesis: tengo dinero, pero no soy millonaria. Aún.
En pleno trayecto, crucé mirada con un desconocido. Parecía un deportista; iba corriendo a buen ritmo por la acera. El problema fue que ambos nos distrajimos al mismo tiempo y terminamos chocando de lleno.
Mi rostro impactó directo contra su pecho, duro y ridículamente musculoso. Por el choque, el celular por poco se me va de las manos. La cámara tambaleó, enfocando durante unos segundos sagrados el rostro del chico y su torso atónito.
El chat del live explotó en un segundo.
*«¡ES JUDEN BELLINGHAM!»*
«¡BELLINGHAM!»
«¡NO PUEDE SER, BELLINGHAM!»
Yo no tenía la menor idea de quién demonios era Bellingham, así que le dediqué una mirada rápida, me recompuse y simplemente seguí mi camino hacia la universidad.
Al llegar al edificio, entré a mi clase como de costumbre: como toda una diva de la moda. Porque sí, estudio diseño y moda. Sin embargo, a medida que la clase avanzaba, noté algo raro. Multitudes de chicas y chicos comenzaron a agruparse en las ventanas de mi salón, señalándome y susurrando:
—¿De verdad lo vio? ¿A Bellingham?
—¿Juden Bellingham en su stream?
La confusión empezó a invadir mi rostro. Me pregunté qué tan popular podía ser un simple desconocido corriendo por la calle. Fiel a mi estilo, no le di importancia y evadí cada pregunta inoportuna.
Al regresar a mi apartamento, encendí la transmisión en vivo como de costumbre para enseñarle a mis seguidores mi rutina de skincare. Pero apenas apareció mi rostro en pantalla, las letras colapsaron el chat a una velocidad insana.
*«¡Son novios!»*
«Juden Bellingham.»
«Ella conoce a Jude Bellingham, ¡lo sabíamos!»
—No, no, no —intervine, ajustando la cámara con frustración—. Solo somos dos desconocidos. No lo conozco de nada, simplemente tropecé con él en la calle.
*«Mientes.»*
«Mientes, Reya.»
«¡Mientes, Reya Rachel!»
—¡Que no estoy mintiendo, joder! —exclamé al borde del colapso.
Abrumada por el estrés y la lluvia insostenible de comentarios, apagué la transmisión de golpe. Tiré el teléfono sobre la mesa y me pasé las manos por la cara, respirando hondo.
De repente, una notificación iluminó la pantalla. Un mensaje privado de Instagram. Un perfil verificado. Un desconocido.
Tal y como el destino suele jugar sus cartas al azar en una mesa de póquer, leí la notificación en voz alta:
@judenbellingham: Entonces, ¿solo somos desconocidos?








