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Amor de Secundaria

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Sinopsis

Llega la segunda parte de esta historia! Es el momento de conocer a fondo a Ezequiel. Todo comienza a florecer en un lugar clave: la escuela secundaria. ¿Están listos?

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 2

Capítulo 2: El Aroma del Pasado y las Caretas de Lugano

Todo comenzó un mediodía atípico de cuarto año de la secundaria. Hasta el día de hoy no logro entender qué fuerza me impulsó a cambiar mi rutina, pero me senté en un banco que no me resultaba familiar: del lado de la ventana que daba al pasillo interno del piso. El ambiente estaba tranquilo, el murmullo habitual de los alumnos se disipaba a medida que avanzaban los minutos de la clase de electrónica dictada por el profesor Carlos. Iban exactamente veinte minutos de lección cuando la puerta se abrió.

Al levantar la mirada, el tiempo se detuvo y mi mente viajó de golpe, en un parpadeo violento, a los días de primer año. Frente a mí estaba él.

Los recuerdos de los recreos de taller me inundaron con una nitidez dolorosa. Recordé las mañanas frías en las que él y su grupo de amigos me rodeaban para acosarme, repitiendo en tono de burla: «Mi amigo quiere chapar con vos», «Él es como vos», «Es puto igual que vos». En aquel entonces, yo me defendía con el cuerpo tenso, alejándome mientras repetía con desesperación un «Yo no soy puto» que apenas me creía. En esa época, Ezequiel ya se destacaba: era un pibe fachero, blanco, de contextura musculosa, que siempre llevaba una gorra negra o blanca. Pero el registro más grabado que tenía de él era una remera blanca con dibujos naranjas y azules en el centro, combinada con un pantalón oscuro y unas zapatillas Nike blancas impecables.

—No, no puede ser. Mirá quién es —me dije hacia adentro, sintiendo un vuelco en el estómago.

Para mi sorpresa, Ezequiel caminó directo hacia mi fila y se sentó justo a mi lado. Me saludó con una inclinación de cabeza y me miró fijo. Al recortar la distancia, un aroma penetrante me invadió por completo; era una fragancia riquísima que se me grabó en el ser: el Aqua di Colbert. No podía procesar la ironía del destino. El mismo chico que me había hostigado reclamando un beso tres años atrás, ahora compartía banco conmigo en silencio.

Pasaron las semanas y la rutina nos consolidó como compañeros de banco. Al principio el trato era reservado, casi mudos el uno para el otro, hasta que una tarde, de la nada, rompió el hielo y me invitó a su casa. Le respondí que bueno casi por instinto, sin pensarlo. Sin embargo, en cuanto las palabras salieron de mi boca, la paranoia me carcomió el pecho: «¿Para qué le dije que sí? Mirá si me lleva a su casa para pegarme o hacerme una maldad».

En los recreos, el eco del colegio complicaba más las cosas. Vic se me acercaba apurado, mirándome con desconfianza, y me cuestionaba: «¿Qué hacés con ese?». Pero Vic no tenía demasiada autoridad para juzgarme; él estaba viviendo su propia fantasía, iniciando una historia con Jesús, un chico recién llegado de México que parecía sacado de un cuento de hadas. Vic, como dice el dicho popular, quería el pan y la torta, atrapado en sus propias indecisiones. Yo no estaba exento de distracciones; en ese momento vivía fascinado con Hernán, un compañero de otra división que se integraba a nuestro grupo escolar, pero esa es una experiencia distinta que guardo para el recuerdo del primer beso.

La realidad inmediata era Ezequiel. Esa misma tarde salimos del colegio y emprendimos la caminata hacia su hogar. Cortamos camino entre las moles de cemento de los edificios de Lugano 1 y 2, perdiéndonos luego por los pasajes residenciales del barrio hasta llegar a su puerta. Una vez adentro, la tensión aumentó. Ezequiel, con total naturalidad, se sacó la remera y se quedó en cuero. El miedo me congeló los movimientos. Yo sabía perfectamente que él era considerado “el malo” de la secundaria, un pibe que resolvía los conflictos a las piñas y que jamás perdía una pelea. Al mirarlo detalladamente, aprecié su cuerpo marcado, unos brazos robustos y unas piernas imponentes. Pero hubo un detalle que me desarmó y me trajo una extraña familiaridad: tenía los mismos dientes torcidos que Mariano, mi primera experiencia en el barrio. No supe si aquello era una señal del destino o una simple coincidencia, pero una certeza se instaló en mi mente: «Ya estoy acá».

Con el correr de las semanas, las visitas se volvieron constantes. Pasábamos las tardes juntos hasta que una noche la dinámica cambió y me quedé a dormir por primera vez. Esa jornada, Ezequiel arrastraba una tristeza pesada y evidente. Fue la primera vez que lo vi quebrarse. Me senté en la cama de su hermano Alejandro, justo enfrente de él, y rompí una de sus reglas sagradas: estiré la mano y empecé a acariciarle la cabeza, a pesar de saber que odiaba que le tocaran el pelo. Desconocía qué le pasaba o qué tormenta interna atravesaba, pero comprendí que detrás de los músculos de acero y la fachada de campeón invicto, habitaba un niño desamparado que lloraba en silencio. Las caretas no se sostienen para siempre; tarde o temprano caen y dejan al descubierto la verdad de las personas. Esa noche vi al verdadero Ezequiel: un chico sensible, cariñoso y profundamente falto de amor. No hicimos preguntas. Lo abracé con fuerza y el tema quedó suspendido en el aire.

Las semanas recuperaron su curso habitual entre las aulas de la secundaria y las tardes en Lugano. Hasta que llegó un feriado de invierno, pleno mes de julio, y volví a quedarme a dormir en su departamento.

Nos acomodamos en su cama en la clásica posición de “pie con cabeza y cabeza con pie”. El frío de la época era crudo. En la otra cama de la habitación, su hermano Alejandro dormía profundamente, sepultado bajo una montaña de frazadas. Recuerdo con precisión que el calendario marcaba el 9 de julio. Durante la madrugada, empecé a sentir un roce sutil pero constante detrás de mí; una fricción de flanela que me sacó del letargo. Me quedé anonadado, completamente paralizado por la situación. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Decidí fingir que seguía durmiendo, manteniendo el cuerpo rígido, sin mover un solo milímetro para no romper el momento.

De repente, sentí la presión de sus manos bajándome el pantalón y el bóxer. Segundos después, sentí el contacto directo de su miembro erecto apoyándose contra mí. La situación se prolongó durante un largo rato, anulando cualquier sospecha de que fuera un acto de sonambulismo o un movimiento inconsciente. El ritmo avanzó de manera inevitable hasta que Ezequiel tomó la iniciativa de penetrarme. En ese instante, dejé atrás la rigidez, me acomodé mejor en el colchón y tiré la cola hacia atrás para facilitar el acto. La escena duró apenas unos minutos; la adrenalina acumulada en la habitación era excesiva y el riesgo de que Alejandro se despertara aceleraba los pulsos. A los pocos minutos, una oleada cálida me invadió por completo por dentro, confirmándome que él había acabado. Sin mediar palabra, Ezequiel se retiró, se acomodó hacia el otro lado de la cama y se sumergió de nuevo en el sueño. Yo permanecí despierto en la oscuridad, convencido de estar atrapado en un sueño: el pibe más codiciado y fachero de mi primer año de secundaria estaba durmiendo a mi lado después de entregarse a mí.

A la mañana siguiente, la realidad regresó con una normalidad ensayada. Como si nada hubiese pasado en esa cama, Ezequiel se vistió y me acompañó caminando hasta la parada del colectivo 150 para que iniciara mi regreso a casa.

Durante los meses siguientes, el invierno le cedió el paso a la primavera, pero el silencio se mantuvo inalterable. Por dentro, yo sentía la necesidad imperiosa de hablar sobre lo que habíamos vivido esa madrugada, pero Ezequiel desplegaba una habilidad quirúrgica para esquivar cualquier aproximación al tema. Hasta que una tarde no aguanté más.

Lo enfrenté en uno de los pasajes internos entre los edificios de Lugano, un rincón semicoculto por pastizales altos y árboles tupidos.

—¿Por qué me ignorás? ¿Por qué no podemos hablar de lo que pasó esa noche? —le reclamé, plantándome frente a él.

La reacción de Ezequiel fue violenta y defensiva. Se le transformó la cara por el enojo, me empujó con fuerza y empezó a gritar en medio del pasaje:

—¡No quiero tocar ese tema! ¡Eso nunca pasó! ¡A mí me gustan las mujeres!

Dio la vuelta y empezó a caminar a paso acelerado. Una impotencia enorme me subió por la garganta al ver cómo negaba nuestra verdad. Caminé detrás de él, apurando el paso, hasta que la rabia me hizo cometer un error.

—¡Ahora le voy a contar todo a tu papá! —le grité con desesperación.

Esa frase funcionó como un detonante. Ezequiel frenó en seco, dio media vuelta y avanzó hacia mí desencajado. Sin darme tiempo a reaccionar ni a pronunciar otra palabra, empezó a pegarme con los puños cerrados mientras gritaba con una mezcla de furia y desgarro:

—¡Mirá lo que me hacés hacerte! ¡Mirá!

Y en medio de los golpes y el llanto contenido, se le escapó la confesión que se me quedó clavada en la memoria para el resto de mi vida:

—¡Vos fuiste el único pibe que me hizo confundir! ¡Y esto no va a pasar más!

Ese mismo día, nuestros caminos se bifurcaron de forma definitiva. El quiebre fue total. Recuerdo el viaje de regreso a mi casa como una caminata sobre las nubes, pero en el sentido más amargo de la expresión: me sentía completamente solo en el mundo. Me subí al colectivo y lloré durante todo el trayecto como un niño chiquito, sin que me importara la mirada de los extraños que compartían el viaje conmigo. El dolor que sentía en el pecho era una opresión tan asfixiante que hoy no se la deseo a nadie.

Los amores de la juventud duelen con una intensidad diferente, mucho más aguda, porque ocurren en una etapa donde estamos a flor de piel, conectados directamente con los sentimientos y las emociones primarias, descubriendo a los golpes qué clase de personas queremos ser. Esa tarde de primavera conocí la peor versión de Ezequiel; volví a ver al monstruo agresivo que me intimidaba en primer año, pero también comprendí el verdadero dolor que genera el miedo al rechazo y al “qué dirán”. En el fondo, yo sabía perfectamente que él sentía cosas por mí, pero su entorno social y familiar no le permitía ser libre. Su padre era un militar estricto, y Ezequiel ya estaba destinado a seguir sus mismos pasos, una realidad rígida que daría pie a otra etapa de mi vida: una historia que llamaré Amor en Campo de Mayo.

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