Capítulo 1: Otra oportunidad
El balón llegó demasiado rápido.
Jack Miller apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza antes de verlo botar delante de él.
Controló con el pie derecho.
Mal.
El balón se le escapó unos centímetros.
Suficiente.
El defensa se lanzó hacia él.
Jack reaccionó tarde, pero consiguió recuperar la pelota con la punta de la bota. Tenía espacio delante. Mucho espacio.
El entrenador había gritado algo desde la banda, pero Jack no lo escuchó.
Solo veía la portería.
El guardameta estaba adelantado.
Era la oportunidad perfecta.
Jack aceleró.
Un toque.
Otro.
El defensa seguía detrás.
Entró en el área.
Levantó la cabeza.
El portero salió.
Jack podía pasarla a su compañero, completamente solo a su izquierda.
Pero había esperado demasiado tiempo para tener una oportunidad así.
No iba a pasarla.
No esta vez.
Armó la pierna derecha.
Disparó.
El balón salió demasiado alto.
Golpeó el larguero.
Y se marchó por encima.
Jack se quedó quieto.
No podía creerlo.
Había tenido el partido en sus botas.
Aquel partido era una prueba.
Una última oportunidad.
Llevaba semanas entrenando con el equipo juvenil del Bristol Rovers y aquel encuentro podía decidir si se quedaba o volvía a casa.
Y acababa de fallar.
—¡JACK! —gritó alguien desde la banda.
Él se giró.
Su entrenador estaba furioso.
—¡TENÍAS QUE PASARLA!
Jack apretó los dientes.
Miró a su compañero.
Estaba arrodillado dentro del área.
Se llevó las manos a la cabeza.
Jack bajó la mirada.
Sabía que había tomado la decisión equivocada.
Pero ya no podía cambiarla.
El partido continuó.
Quedaban cinco minutos.
Su equipo perdía 1-0.
Jack intentó compensarlo.
Corrió.
Presionó.
Pidió el balón.
Intentó un regate.
Perdió el balón.
Volvió a correr.
Recuperó.
Intentó un centro.
Demasiado fuerte.
El entrenador no volvió a mirarlo.
Cuando el árbitro señaló el final, Jack se quedó parado en mitad del campo.
Sus compañeros comenzaron a marcharse.
Algunos estaban enfadados.
Otros simplemente parecían cansados.
Jack miró el marcador.
0-1.
Habían perdido.
Otra vez.
Pero esta derrota no dolía como las demás.
Porque sabía lo que significaba.
Cogió su botella de agua y se dirigió hacia el vestuario.
No quería hablar con nadie.
No quería escuchar a nadie.
Solo quería desaparecer.
El vestuario estaba casi vacío cuando Jack entró.
Se sentó en su sitio.
Se quitó las botas lentamente.
Tenía las manos temblando.
Miró sus botas.
Las había comprado de segunda mano tres meses antes.
No eran bonitas.
Tenían pequeños arañazos y la suela empezaba a despegarse por un lado.
Pero eran las botas con las que había pensado demostrar que todos estaban equivocados.
Jack soltó una pequeña risa.
—Qué idiota.
—¿Qué?
Jack levantó la cabeza.
Su compañero Noah estaba junto a él.
—Nada.
—Te he escuchado.
—He dicho que nada.
Noah se sentó.
—Podrías haber pasado.
Jack lo miró.
—Ya lo sé.
—Estabas solo.
—Ya lo sé.
—El entrenador está cabreado.
—También lo sé.
Noah se quedó callado.
—Lo siento.
Jack negó.
—No tienes que sentirlo.
—Sí.
—No.
Jack empezó a guardar sus cosas.
—He fallado yo.
Noah se levantó.
—No puedes culparte por todo.
Jack soltó una risa.
—Claro que puedo.
—Jack...
—Llevo años haciendo esto.
Noah no respondió.
Jack cerró la mochila.
—Siempre pasa lo mismo.
—¿Qué?
—Me dan una oportunidad.
Jack se puso de pie.
—Y la desperdicio.
Su entrenador lo esperaba fuera del vestuario.
Jack lo vio.
Se detuvo.
El hombre le hizo una señal.
—Ven.
Jack caminó hacia él.
—Sí, entrenador.
El hombre no dijo nada durante unos segundos.
Después suspiró.
—¿Sabes por qué no te voy a gritar?
Jack negó.
—Porque ya sabes lo que hiciste.
Jack miró al suelo.
—Sí.
—Tuviste una oportunidad.
—Sí.
—Podías haber dado la asistencia.
—Lo sé.
—Pero decidiste disparar.
Jack no respondió.
—¿Por qué?
Jack levantó la cabeza.
—Pensé que podía marcar.
El entrenador lo miró fijamente.
—Ese es precisamente tu problema.
Jack frunció el ceño.
—¿Qué problema?
—Crees demasiado en ti mismo cuando las cosas van bien y demasiado poco cuando van mal.
Jack se quedó callado.
—Tienes talento.
Jack levantó ligeramente las cejas.
No escuchaba eso a menudo.
—Pero el talento no sirve de nada si no sabes utilizarlo.
El entrenador metió las manos en los bolsillos.
—No sé si vas a seguir con nosotros.
Jack sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué?
—Lo hablaremos esta semana.
—¿Entonces...?
—Vete a casa, Jack.
—Pero...
—A casa.
Jack asintió.
—Sí, entrenador.
Se dio la vuelta.
—Y Jack.
Se giró.
—No dejes que un mal partido decida quién eres.
Jack asintió.
—De acuerdo.
Pero mientras caminaba hacia la salida sabía que el problema era precisamente ese.
Para él, aquel no era un mal partido.
Era otra oportunidad que había perdido.
Cuando salió del campo, ya estaba oscureciendo.
La lluvia había empezado a caer.
Jack se puso la capucha.
Sacó el móvil.
Tenía tres mensajes.
Uno de su madre.
¿Cómo ha ido?
Otro de su padre.
¿Todo bien?
Y uno de Sophie.
¿Has ganado?
Jack miró el mensaje de Sophie durante varios segundos.
Sonrió.
Escribió:
No.
Borró.
Volvió a escribir.
Sí.
También lo borró.
Finalmente escribió:
Hemos perdido.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Lo siento :(
Jack sonrió.
He jugado fatal.
Pasaron unos segundos.
Seguro que no ha sido para tanto.
Jack miró la pantalla.
He tenido el 1-1 y he fallado.
Sophie respondió:
Entonces tendrás otra oportunidad.
Jack levantó la cabeza.
La lluvia golpeaba su cara.
Otra oportunidad.
Era fácil decirlo.
Pero Sophie siempre hablaba como si realmente creyera en él.
Como si nunca hubiera existido la posibilidad de que fracasara.
Jack guardó el móvil.
Empezó a caminar hacia la parada del autobús.
No tenía dinero para un taxi.
Tampoco quería pedírselo a sus padres.
Tenían cosas más importantes en las que gastar el dinero.
Comida.
Electricidad.
La hipoteca.
Y últimamente, demasiadas facturas.
Jack llegó a la parada y se sentó.
Miró sus botas.
Una gota de agua cayó sobre ellas.
Pensó en todas las veces que había escuchado la misma frase.
No eres suficientemente bueno.
La primera vez había sido a los doce.
Después a los trece.
A los catorce.
A los quince.
Había perdido la cuenta.
Había pasado por academias.
Clubes pequeños.
Pruebas.
Entrenamientos.
Torneos.
Siempre lo mismo.
Gracias por venir.
No creemos que seas lo que buscamos.
Sigue trabajando.
Quizá más adelante.
Y después nunca volvían a llamar.
Jack apoyó la cabeza contra el cristal de la marquesina.
Quizá tenían razón.
Quizá había estado persiguiendo algo que nunca iba a conseguir.
El autobús llegó.
Jack subió.
Pagó con la tarjeta de transporte y se sentó al fondo.
Sacó el móvil otra vez.
Abrió la conversación con Sophie.
¿Qué haces?
La respuesta tardó poco.
Estudiando.
Jack escribió:
Mentira.
Vale, viendo una serie.
Jack sonrió.
¿Cuál?
Una aburridísima.
Entonces deja de verla.
No.
Jack negó con la cabeza.
Durante unos minutos hablaron de cualquier cosa.
De un profesor.
De una compañera.
De una serie.
De comida.
Nada importante.
Pero por primera vez desde el partido, Jack dejó de pensar en fútbol.
Y eso le hizo bien.
Cuando llegó a casa, su madre estaba en la cocina.
—Hola.
Jack dejó la mochila junto a la puerta.
—Hola, mamá.
Ella se giró.
—¿Cómo ha ido?
Jack se quitó la chaqueta.
—Hemos perdido.
Su madre lo miró.
—¿Y tú?
Jack tardó en responder.
—Mal.
Su madre se acercó.
—¿Qué ha pasado?
—He fallado una ocasión.
—Eso le pasa a todo el mundo.
—A mí demasiado.
Ella sonrió.
—¿Quieres cenar?
Jack negó.
—No tengo hambre.
—Jack.
—De verdad.
Su madre lo observó.
—¿Te han dicho algo?
Jack suspiró.
—No saben si voy a seguir.
Ella guardó silencio.
—¿Qué?
—Nada.
—Mamá.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
—En que llevas demasiado tiempo preocupándote por lo que piensan los demás.
Jack se sentó.
—Es fácil decirlo.
—Lo sé.
Su madre se sentó frente a él.
—Pero también sé cuánto has trabajado.
Jack miró la mesa.
—Quizá no sea suficiente.
—Quizá.
Jack levantó la cabeza.
Su madre sonrió.
—Y quizá sí.
—¿No vas a decirme que voy a ser futbolista?
—No.
Jack se sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque no puedo prometerte eso.
Ella tomó su mano.
—Pero sí puedo prometerte que, pase lo que pase, no vas a estar solo.
Jack tragó saliva.
—Gracias.
Su madre sonrió.
—Ahora come.
—No tengo hambre.
—No me importa.
Jack soltó una pequeña risa.
—Vale.
A la mañana siguiente, Jack llegó tarde al instituto.
Otra vez.
Entró al pasillo con la mochila colgada de un hombro.
No había avanzado ni diez metros cuando escuchó una voz.
—¡Miller!
Jack cerró los ojos.
No necesitaba girarse.
Sabía perfectamente quién era.
Ryan Carter.
El chico que llevaba años esperando cualquier oportunidad para meterse con él.
—¿Qué pasa, estrella?
Jack continuó caminando.
—He oído que ayer jugaste un partido increíble.
Sus amigos rieron.
Jack siguió caminando.
—Dicen que fallaste un gol cantado.
Jack se detuvo.
Se giró.
Ryan sonreía.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—Entonces déjame.
Ryan se acercó.
—Solo estoy preguntando.
—Pues pregunta.
—¿Cuántas academias te han echado ya?
Los amigos de Ryan comenzaron a reír.
Jack apretó la mandíbula.
—No lo sé.
—¿Seis?
—No.
—¿Siete?
—No.
Ryan sonrió.
—¿Entonces cuántas?
Jack lo miró.
—Las suficientes para saber que no necesito tu opinión.
La sonrisa de Ryan desapareció un poco.
—Sigues pensando que vas a ser profesional.
—Sí.
—¿De verdad?
Jack asintió.
—De verdad.
Ryan soltó una carcajada.
—Eres increíble.
—Gracias.
Jack se giró.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Y siguió caminando.
Cuando llegó a su clase, Sophie estaba sentada en su sitio.
Lo miró.
—¿Todo bien?
Jack dejó la mochila.
—Perfecto.
Ella sonrió.
—Eso significa que no.
—Estoy bien.
—Jack.
—¿Qué?
—No tienes que fingir conmigo.
Él la miró.
Por un momento quiso contarle todo.
Que tenía miedo.
Que pensaba que quizá no servía para esto.
Que quizá todos tenían razón.
Pero sonrió.
—Solo estoy cansado.
Sophie asintió.
—Vale.
Se quedó mirándolo.
—Pero si quieres hablar...
—Lo sé.
Ella sonrió.
—Bien.
El profesor entró.
Todos se sentaron.
Jack sacó un bolígrafo.
Intentó concentrarse.
Pero su cabeza seguía en el partido.
La ocasión.
El disparo.
El larguero.
El entrenador.
No sé si vas a seguir con nosotros.
Jack miró el reloj.
Quedaban cuatro horas para salir.
Entonces su móvil vibró.
Lo ignoró.
Volvió a vibrar.
Sophie lo miró.
—¿No vas a mirar?
Jack negó.
—Luego.
El móvil volvió a vibrar.
Tres veces.
Jack finalmente lo sacó.
Tenía un mensaje.
De un número desconocido.
Lo abrió.
Hola, Jack. Soy Liam Harper, coordinador de la academia del Bristol Rovers. ¿Podrías llamarme cuando tengas un momento? Es importante.
Jack leyó el mensaje dos veces.
Después una tercera.
Miró a Sophie.
—¿Qué pasa?
Jack levantó lentamente la mirada.
—Creo que...
Se quedó sin palabras.
Sophie esperó.
—¿Qué?
Jack volvió a mirar el teléfono.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Sonrió.
—Creo que tengo otra oportunidad.








