La dulzura del primer amor
El aroma de pan recién horneado abarcaba una calle completa. Atraía a cualquiera que pasara por los alrededores. Desde temprano, las personas se formaban por llevar el pan recién horneado a sus hogares. El secreto de tan exquisito aroma, era desconocido incluso para la joven que se dedicaba a amasarlo a primera hora.
La harina y la levadura eran parte de sí misma. Esa humilde panadería era su hogar y una dulce caricia de protección para su alma juvenil.
No era soñadora, ni solía distraerse. Parecía que había nacido solo para dedicarse al trabajo y enorgullecer a su familia. De lo último, era lo más complicado. Su padre era de pocas palabras y prefería que así fuera. Cuando hablaba, la mayoría de veces era para regaños e instrucciones.
Los clientes a menudo la miraban con espanto y lástima. Era considerada la niña más fea del pueblo. Dicho por todo aquel que llegaba a observarla. Era un rumor muy popular entre los habitantes. Incluso los niños más pequeños se acercaban a la panadería solo para burlarse de ella.
Ella no comprendía el concepto de fealdad, suponía que no era algo de lo qué preocuparse, ni siquiera tenía un espejo para verse diariamente por lo que no podía compararse con alguna otra mujer, no obstante, era desagradable soportar las condolencias que recibía a diario.
“Considera que nadie va a desposarte”
“En el convento siempre hay oportunidad para las niñas como tú”
“Lamento mucho que la vida no haya sido justa contigo”
“Pobre criatura”
En una tarde, se quedó hasta tarde despachando a los clientes, fue un día demandante, sin embargo, un jovencito de unos años menor que ella, quedó sorprendido por ella. Sus mejillas se tornaron tan rosas como el de los pasteles de fresa que llevaba.
Con la boca entre abierta y sus ojos tan grandes que la contemplaban. Ella pensó que se burlaría de ella o la llamaría fea de alguna creativa manera. Apretó su mandíbula, pues ya estaba preparada para escuchar lo de siempre.
—Aquí tiene.
—Disculpe, señorita, pero qué linda se ve hoy—dijo con voz temblorosa.
Era absurdo lo que sus oídos habían escuchado; un elogio. Jamás había recibido y este provenía de un hombre. Aunque, proviniera de uno que apenas salía de la niñez, pensó que era una mentirilla que los revoltosos solían hacer, sin embargo, sonrió por primera vez.
Conforme pasó el tiempo, los comentarios sobre su apariencia dejaron de ser denigrantes. Habían dado paso a halagos o eso creía.
“Dios fue misericordioso contigo”
“Los milagros existen”
“Al parecer sí tienes salvación”
“Qué gusto que ya no seas tan fea”
Supuso que los halagos podían venir en diferentes presentaciones, pues desconocía el sarcasmo y las malas intenciones. Aun así, la vanidad era un lujo que no podía permitirse.
Pasaron los años, unos que fueron generosos con ella, no hicieron más que convertirla en una pieza única de belleza. Despertó la envidia de todas las que alguna vez la llamaron “la niña fea”.
Era un encanto oculto entre la harina y la masa, pero ni eso ocultaba lo radiante que era para los afortunados que la miraban.
Los labios que antes parecían resecos y grises, adquirieron un rojizo como las fresas. Sus ojos esmeraldas destacaban por sus pestañas que parecían abanicos negros. Hasta su parpadeo parecía ser más lento. Era como si hubiera sido premiada con la belleza por nunca haberla deseado.
Su padre fue el primero en darse cuenta del cambio de su hija, pero para él era más una maldición que un milagro. Su rostro evocaba dulzura e ingenuidad, demasiado atractiva para los hombres que comenzaban a concurrir más el lugar con la intensión de acercarse a su hija. No le hacía mucha gracia.
Conocía lo despistada y retraída socialmente; vulnerable. La jauría esperaba que saliera de su protección, cualquiera se aprovecharía de sus cualidades, más bien sus deficiencias.
Una tarde, el pueble fue azotado por una densa lluvia. Desde los interiores no se lograba ver nada al exterior. El viento era fuerte, nadie en su sano juicio se arriesgaría a salir.
La joven estaba preocupada por su padre que había salido ya por más de tres horas. Estuvo a la espera de él mientras decoraba unos bocadillos para una exclusiva fiesta que habría en una mansión del pueblo.
“Yo decoro y lo más probable es que ni haya fiesta”
Una figura se acercaba a la panadería con su prisa, pensó que era su padre.
Un hombre en medio de la lluvia se apresuró hacia la panadería. Con la sombrilla empapada y su traje lo suficientemente mojado como para haber perdido la etiqueta.
—Señora, ¿sería gentil de permitirme pasar para escapar de este diluvio? No puedo llegar a mi destino.
La sombrilla que llevaba el hombre se desgarró hasta volar lejos de su vista. La joven asombró al ver a un hombre bien vestido empapado. Sus zapatos que eran de una piel brillante estaban cubiertos de lodo. Le abrió la puerta sin dudarlo.
—¡Qué amable es usted! —dijo el hombre quitándose su sombrero —. Dígame es usted...
Sus palabras se cortaron ante la presencia de la joven. Suspiró como nunca antes lo había hecho. Era una fascinante criatura la que estaba a su frente. Hizo una reverencia para tomar su mano y besarla con delicadeza.
—Disculpe mi descortesía, señora. Soy el barón Beufoy de Vanadella, a su disposición.
—¡Su señoría! —exclamó la joven con una reverencia torpe—. Discúlpeme usted, a mí, desconozco como darle un trato apropiado alguien de su rango.
—No se preocupe, el que me haya abierto las puertas de su humilde local es más que suficiente por ahora.
La joven apenas pudo tragar saliva, estaba temblando.
—¿Gusta un poco de agua? —preguntó mientras tomaba la jarra de agua de la mesa tirando parte de ella al servirla.
—No vendría mal.
—Lamento ofrecerle este vaso, no contamos con vajilla fina.
El barón soltó una risa profunda. Era una joven encantadora, su torpeza y su falta de educación era entretenimiento puro. Hasta se olvidó de la tormenta y del lugar en el que se encontraba. Era bonita, lo suficiente como para olvidar su origen.
—¿Este lugar es de su marido? —preguntó.
—¡Para nada! Este lugar es familiar, de mi padre. Ha sido así por tres generaciones —respondió con voz tembloroso dándole la espalda.
—Señorita, le pido de favor que cada vez que se dirija hacia mí, lo haga mirándome a los ojos. Es de mala educación no hacerlo —dijo mientras levantaba el mentón de la joven—. Dígame entonces, ¿no es casada?
—No, señor.
La joven se apartó del hombre. Su cuerpo comenzó a comprimirse ante la figura que la hacía estremecer. Le era difícil mantener su mira en él. Su posición no era digna de hablar con él o era que nunca había intercambiado más de dos palabras con un hombre que no fuera su padre.
Continuó con la decoración de los bocadillos, evitó pensar en la presencia del barón tras de ella. Su vida era el trabajo y solo eso. Su mano no respondía de manera correcta, sus trazos al decorar estaban desalineados. Se forzó a continuar, pero su cuerpo estaba inmóvil.
—¿Para quién es esas delicias que está preparando?
—Es para la fiesta de la familia Plomnsi —tartamudeó.
—¡Qué suerte! —exclamó —. Justo regresé a mi pueblo natal por esta fiesta. Soy también un invitado. Hacía mucho tiempo que no pisaba estas tierras y no recordaba mucho de ellas.
—Debe estar contento de volver a su hogar.
—Este lugar no está siquiera en mí recuerdos, pero ahora he encontrado algo qué recordar.
El barón se acercó a ella, pero la joven continuó con su trabajo. No sabía que estaba pasando con su cuerpo, ni con su mente. En un principio era la vergüenza de no saber hablar de forma apropiada y ahora no lograba actuar con normalidad.
Observó que la tormenta había llegado a su fin al igual que el barón.
—El camino está a la vista otra vez ya es hora de irme —dijo el barón con gusto—. Si no es problema, me llevaré los bocadillos a la fiesta.
—De acuerdo, su señoría.
La joven se apresuró a buscar entre las cosas una charola plateada que provocó fuertes sonidos de metal golpeándose entre sí.
—Aquí tiene, señor.
—Vuelvo a agradecerle por tan acogedora tarde —dijo el barón tomándola de la mano—. Es usted una joven tan buena, espero que el señor esté con usted. Su bondad solo es comparable con su belleza.
—No digas eso, su señoría. No debo sentirme especial delante de alguien como usted.
—Como agradecimiento ¿le gustaría acompañarme esta noche?
—¡Cómo cree! —dijo retirando su agarre con rapidez—. No podría, señor.
—No a la fiesta, querida —dijo entre risas—. Podemos vernos en algún momento de la noche cerca de los jardines de la mansión. No se preocupe que yo sabré en dónde encontrarla.
¿Nos vemos esta noche?
Esa misma noche, la joven paseaba de un lado a otro con la promesa de ver al barón. La duda se había plantado en su cabeza y no la dejaba avanzar. Era mucho qué procesar, ni siquiera ella sabía que existieran tantas emociones en sí misma. Por una parte, deseaba continuar, atreverse a experimentar la vida, salir de esa panadería que nunca
Esa noche la joven paseaba de un lado al otro con la promesa de ver al barón que rondaba por su cabeza. La duda no la dejaba avanzar, ni siquiera concebía que existieran tantas emociones. Si se escapaba esa noche, aprendería más sobre la vida fuera de esas cuatro paredes y sobre sí misma, pero temía de las consecuencias si su padre despertaba, terminó por ceder a la emoción.
Los ronquidos de su padre aturdían, era la señal que estaba por completo noqueado. Tomó su sábana para cubrirse de la llovizna. Dio pasos lentos hacia las escaleras, la madera crujía más ruidosa que nunca. Saltó desde las escaleras que hizo poco eco. Llevaba las llaves en su cuello, se apresuró a abrir la puerta, pero hasta la puerta rechinó como si fuera una alarma. Empujó la puerta muy despacio.
Tomó una bocana de aire una vez pisó el exterior. No había nadie, se apresuró a la mansión con rapidez. Al llegar a los jardines, se acercó a una fuente como el barón le había indicado. Se quedó sin palabras al ver una casa en la que podía jurar cabían cien personas.
“¿Cómo será por dentro?”
De ella provenía una música, suave y animada. Las luces de la ventana la invitaban a observar un poco más, pero se abstuvo, debía obedecer. Sus piernas comenzaron a moverse, inesperado y rítmico. La alegría la invadió. Meneó sus hombros alternados delante hacia atrás. Extraño, pero divertido.
En su pequeña panadería no había espacio ni tiempo de hacer esos movimientos, sin embargo, ahí era libre de moverse, patalear de lado a lado. Dar saltos en círculos mientras la lluvia la adornaba.
—Señorita —dijo una voz masculina—. ¿Qué clase de peculiar baile es ese en medio de la lluvia?
—¡Su señoría! Discúlpeme, no pretendía incomodarle con mis sandeces.
—Para nada, fue encantador, sin embargo, no quisiera dejarla estar en esta lluvia.
El barón la cubrió son su paraguas y de manera delicada le llevó una mano a su cintura para guiarla. La joven estaba experimentando una nueva emoción, su decisión fue la correcta, lo aseguraba.
La llevó hasta unos establos más grandes que su propia panadería. Le era extraño como unos caballos tenían una mejor casa que ella.
—Aquí está más segura.
—¿Cómo pueden los animales vivir mejor que muchos de nosotros?
—No son cualquier animal, son caballos pura sangre. Majestuosos y solo los podemos tener unos pocos.
—Qué pregunta tan ignorante, lo lamento, señor.
El barón tomó su rostro con ambas manos, ella no pudo desviar su mirada. En ese instante, una punzada en su pecho la hizo jadear. Inquietante, pero era más débil al estar cerca de él, su cuerpo se liberaba de toda tensión al tacto de ese hombre.
—Hace unos momentos, la vi bailar, pero esa música no se baila así, ¿me permite mostrarle?
Sostuvo su mano con cortesía, rodeó su cintura para acercarla a él y poco a poco la llevó a moverse delante hacia atrás. Primero lento para que pudiera comprender los pasos, pero a la joven se le complicaba.
—Deje que la guíe.
Ella accedió. El baile avanzó a poco hasta que, sin darse cuenta, había avanzado por todo el establo en un momento que parecía mágico. No existía nadie más en el mundo que ellos dos. Mantenía su mirada en el suelo, desconfiada de equivocarse. Además, mirar al barón directo le provocaba un calor en sus mejillas y en su vientre.
—Míreme, no quisiera perderme ni un segundo de ese verde hipnótico que me cautivó desde la primera vez que nuestras miradas se cruzaron.
Bailaron hasta que perdieron la noción del tiempo, aún sin la música, pues solo se necesitaban ellos para danzar el tiempo que fuera necesario.
—Por cierto ¿Cuál es su nombre?
—Carol.
Desde aquella noche, la vida de Carol comenzó a tener otro sentido. Tarareaba aquella canción en sus horas de trabajo, sonreía y danzaba. Su padre no lo veía con mucha gracia, pues no comprendía el sorpresivo cambio de actitud de su hija e incluso su trabajo no era igual de productivo.
Cada noche una vez que su padre dormía. Se escapaba para visitar al barón. Siempre en diferentes locaciones donde nadie pudiera encontrarlos. Ansiaba el momento de verlo. Olvidarse su vida y de su padre e incluso de ella misma.
Sus escapadas con el consistían en escuchar sombre sus aventuras, eran de lo más cautivadoras. Conocía a el mundo y a todos los que vivían en él. Nunca participaba, su vida no tenía nada importante. Solo era panadería, inferior a su lado. Al escucharlo, se daba cuento de lo limitado que era su conocimiento sobre el mundo, pero con los relatos, podía imaginarse en todos los escenarios y pretender ser algo más que una panadera.
De tanto escuchar al barón hablar sobre lo fascinante que era la vida en la capital. Donde residían los reyes, grandes tiendas, callejones, bares, todo. Un deseo comenzó a crecer en Carol, que se alimentaba de cada palabra.
—Me gustaría ir a la capital —interrumpió Carol—. Quiero conocer a los reyes como usted y a todas esas personas que dice. Escaparme de este sitio y conocer esos mágicos lugares.
El barón soltó una carcajada.
—No puedes conocer a la realeza, no eres tan importante a diferencia de mí —dijo el barón—. La capital es extraordinaria, pero es una sociedad más avanzada que no comprenderás. Aquí estás bien, no hay necesidad de querer escapar sino se está en peligro.
Carol no volvió a hablar por un rato. No esperó una respuesta negativa por parte del barón. Lo admiraba tanto, pero sabía que en ella no había nada que admirar. Aceptó su realidad, generarse falsas expectativas la dañaría más.
La noche avanzó, ni siquiera prestó atención a lo que el barón dijo. Solo esperó a que el cielo se aclarara para irse a casa a descansar. Se levantó acomodando su falda de la suciedad del suelo, pero el barón la frenó al sostener su muñeca con firmeza.
—¿Ya te vas?
—Es tarde, debo dormir, aunque sea un poco, mi padre está molesto conmigo, dice que no trabajo bien.
—No quiero que te vayas, quédate —pidió mientras se levantaba con rapidez.
—Lo veré en la próxima noche.
—Esperaré demasiado, no puedo.
Antes de que la joven pudiera decir una sola palabra, el barón la sostuvo entre sus brazos y la restregó hacia él. Carol sin poder moverse, se dejó llevar por fuerte agarre. En eso, los labios del barón conectaron con los de ella. Al cerrar sus ojos, descubrió un parte de sí misma que siempre le dijeron que jamás tendría. Respondió ante el beso, con más profundidad. Perdió la noción del tiempo, todo a su alrededor desapareció. Era caluroso, dulce.
Había encontrado el amor.






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