Capítulo 1: Un Rostro Familiar
La ciudad aún no despertaba del todo cuando T/N Moretti terminó de firmar la última orden.
La oficina del sótano olía a cigarro viejo y a madera húmeda. En la mesa de roble había tres fotografías, un sobre abierto y una pistola desarmada. El informe era breve: un distribuidor de la zona este había intentado negociar directamente con una célula rusa sin pedir permiso. Había movido producto en calles que pertenecían a los Moretti desde hacía dos generaciones. El mensaje ya estaba en camino. Antes del amanecer, ese hombre dejaría de ser un problema.
T/N cerró la carpeta con calma. No había ira en su rostro. Solo la misma expresión fría que usaba cuando decidía quién vivía y quién no. Tenía veintidós años y ya había heredado un imperio que otros hombres no lograban controlar ni a los cincuenta. Sus padres habían muerto cuando él tenía diecisiete. Un atentado mal calculado. Desde esa noche, el apellido Moretti había caído sobre sus hombros como una sentencia. Y él lo había aceptado sin temblar.
Se quitó el traje negro con movimientos lentos. La camisa blanca quedó doblada sobre el respaldo de la silla. En el espejo del baño privado se miró un segundo: el torso marcado por tatuajes que nadie en el mundo diurno había visto nunca. Una rosa negra que subía por las costillas. Letras en italiano antiguo a lo largo de la clavícula. Cicatrices pequeñas, casi elegantes, que contaban historias que no se contaban en voz alta.
Se duchó con agua fría. Cuando salió, ya no era el mismo hombre.
La sudadera gris estaba preparada sobre la cama. Unos jeans oscuros. Gafas de montura delgada. El cabello, siempre perfectamente peinado por las noches, fue desordenado con los dedos hasta parecer el de alguien que se había levantado tarde y no le importaba. El reloj caro desapareció en un cajón. En su lugar puso uno barato de silicona negra. El teléfono encriptado se quedó en la caja fuerte. Solo se llevó el otro, el de estudiante, el que no tenía nada que ocultar.
Cuando bajó por el túnel lateral de la mansión, T/N Moretti ya no existía.
Solo quedaba Palmer.
El auto lo dejó a cuatro calles del centro. Caminó el resto del trayecto. El aire de la mañana aún olía a lluvia de la madrugada. Los primeros puestos de café empezaban a abrir. Una mujer mayor le sonrió al pasar y él le devolvió el gesto con esa amabilidad suave que todos esperaban de él. Un perro callejero se le acercó y le lamió la mano. T/N se agachó un segundo, le rascó detrás de las orejas y siguió caminando.
Nadie sospechaba.
Nadie sabía que la misma mano que acababa de acariciar a un animal callejero había firmado, hacía menos de una hora, una sentencia de muerte.
Compró un café negro en un local pequeño de la esquina. El dueño, un hombre de bigote blanco, lo saludó por su apellido falso.
—Buenos días, Palmer. ¿Cómo siempre?
—Como siempre —respondió con una sonrisa tranquila.
Pagó, dejó propina y salió. El vaso caliente entre las manos le daba una excusa para caminar despacio. Observaba. Siempre observaba. Aunque el día perteneciera a Palmer, los ojos seguían siendo los de Moretti. Notó el auto negro que llevaba tres días estacionado frente al edificio de apartamentos de la avenida principal. Notó al hombre que fingía leer el periódico en la parada del autobús. Notó la cámara nueva en la esquina de la farmacia. Pequeños detalles. Pequeñas piezas de un tablero que solo él podía ver completo.
Fue entonces cuando la vio.
Estaba agachada junto a un puesto de periódicos, recogiendo monedas que se le habían caído de la mano. Llevaba una gorra negra demasiado grande, gafas de sol a pesar de que el sol apenas empezaba a subir, y una sudadera que le llegaba casi a las rodillas. El capucho le cubría casi todo el rostro. Intentaba pasar desapercibida. Fallaba.
T/N reconoció la mandíbula en cuanto ella giró ligeramente la cabeza. La forma de la boca. La manera en que bajaba los hombros, como si quisiera hacerse más pequeña. Jenna Ortega. La actriz que cada vez aparecía menos en las entrevistas, que evitaba las alfombras rojas, que hablaba en tonos bajos cuando le preguntaban por su vida personal. Ahora estaba aquí, en una esquina cualquiera, recogiendo monedas como si fuera cualquier otra estudiante atrasada que había perdido el billete del autobús.
Se detuvo a un metro de ella. No por impulso. Nunca hacía nada por impulso. Calculó en menos de un segundo: si la ayudaba, quedaría registrado en su memoria. Si la ignoraba, ella seguiría siendo solo una silueta más en la calle. Decidió que era mejor controlar la variable desde el principio.
Se agachó sin hacer ruido y recogió las tres monedas que habían rodado hacia sus pies. Se las ofreció en la palma abierta.
—Creo que estas son tuyas.
Ella levantó la cara. Los ojos oscuros lo midieron con rapidez, una evaluación fría y profesional que no coincidía con la imagen de la chica tímida que intentaba proyectar. Por un segundo, T/N vio exactamente lo que ella era: alguien acostumbrado a ser observada, alguien que había aprendido a detectar el peligro en las miradas ajenas.
—Gracias —dijo en voz baja. El acento era cuidadoso, neutral, casi sin personalidad. Como si hubiera practicado cómo no dejar rastro.
T/N asintió y se incorporó. No sonrió demasiado. No preguntó su nombre. No hizo ningún comentario que pudiera delatar que la había reconocido.
—Que tengas buen día.
Se dio la media vuelta y siguió caminando. No miró atrás. No necesitaba hacerlo. El reflejo en la ventana de la panadería le mostró que ella se había quedado quieta un segundo más de lo normal, observándolo. Calculando. Preguntándose si había sido solo un desconocido amable o alguien que sabía exactamente quién era.
Había sido ambas cosas.
T/N llegó al campus veinte minutos después. La universidad aún olía a césped recién cortado y a café barato de las máquinas expendedoras. Varios estudiantes lo saludaron al pasar. Una chica del grupo de estudio de economía le pidió los apuntes de la semana anterior y él se los prestó sin dudar, con esa sonrisa paciente que hacía que la gente se sintiera cómoda. Un chico del equipo de debate le dio una palmada en el hombro y le dijo que era “el único ser humano decente en este lugar”. T/N rio bajito, como si el cumplido le resultara exagerado.
Nadie sabía que esa misma noche tendría que decidir si un traidor merecía una segunda oportunidad o una bala en la nuca.
Entró al edificio de ciencias sociales y subió las escaleras hasta el tercer piso. El salón de introducción a la sociología aún estaba medio vacío. Se sentó en su lugar habitual: última fila, junto a la ventana. Sacó el cuaderno, el bolígrafo y el teléfono de estudiante. Revisó el correo universitario. Respondió un mensaje de un compañero que le pedía ayuda con un ensayo. Todo normal. Todo perfecto.
A las ocho y veinticinco empezaron a llegar los demás. El profesor, un hombre de barba canosa y voz monótona, entró con una carpeta bajo el brazo y comenzó a pasar lista.
Cuando llegó a la “O”, una voz nueva respondió.
—Ortega. Jenna.
Hubo un pequeño silencio.
No fue un alboroto. No hubo gritos ni teléfonos levantados de inmediato. Pero el ambiente cambió. Varias cabezas se giraron hacia el lado izquierdo del salón. Alguien en la segunda fila murmuró un “espera… ¿Jenna Ortega?” lo bastante bajo como para que solo los más cercanos lo escucharan. Dos chicas intercambiaron una mirada rápida, sorprendidas, y una de ellas se inclinó hacia su amiga para susurrarle algo. Un chico de la fila del medio abrió un poco más los ojos y luego fingió concentrarse otra vez en su cuaderno, aunque claramente ya no estaba prestando atención a la lista.
El profesor levantó la vista un segundo, como si él también hubiera notado el cambio de energía, pero no dijo nada. Continuó con el siguiente nombre.
Jenna no reaccionó. Permaneció sentada con la espalda recta, la mirada al frente, sin reconocer las miradas que ahora se posaban sobre ella. Como si estuviera acostumbrada a que el aire se volviera más denso cada vez que alguien pronunciaba su nombre en voz alta.
T/N lo observó todo desde la última fila.
No sonrió. No se unió a los susurros. Solo registró las reacciones con la misma precisión con la que registraba movimientos en el bajo mundo: quién había sido el primero en reconocerla, quién había fingido indiferencia, quién aún la miraba de reojo. Información. Siempre información.
Después de unos segundos, el murmullo se apagó. El profesor empezó a hablar de la presentación del curso y la mayoría volvió a fingir interés. Pero la sorpresa inicial había dejado una marca pequeña y persistente en el salón. Jenna Ortega ya no era solo un nombre en la lista. Ahora era una presencia.
La clase avanzó con la lentitud habitual de los primeros días. Teorías sociales. Nombres de autores muertos. Ejemplos que no significaban nada. De vez en cuando, alguien volvía a mirarla de reojo, como si aún no terminara de creer que estaba ahí. Jenna no hablaba con nadie. No miraba el teléfono. Solo escuchaba, con la mandíbula ligeramente tensa, como si estuviera evaluando cada palabra que salía de la boca del profesor… y también cada mirada que recibía.
Cuando terminó la hora, los estudiantes se levantaron en un murmullo colectivo. Esta vez el ruido fue un poco más cargado. Alguien dijo en voz baja “no pensé que fuera real”. Otra persona respondió con un “¿qué hace aquí?”. Pero nadie se atrevió a acercarse. Ella guardó sus cosas con calma, sin levantar la vista más de lo necesario.
T/N también guardó las suyas. No se acercó. No buscó una conversación. Simplemente salió del salón entre los demás, respondiendo a los saludos de siempre, aceptando el comentario de un compañero sobre el partido del fin de semana, riendo en el momento exacto en que se esperaba que riera.
En el pasillo, sin embargo, sintió la mirada.
No se giró. Siguió caminando hasta las escaleras. Solo cuando llegó al descanso del segundo piso permitió que su reflejo en el cristal de una puerta le mostrara lo que ya sabía: Jenna Ortega estaba unos metros atrás, caminando en la misma dirección, con la mochila colgada de un solo hombro y la expresión de alguien que aún no decidía si debía acercarse o desaparecer.
T/N bajó las escaleras sin acelerar el paso.
Palmer no corría.
Palmer no tenía prisa.
Palmer era el chico amable que ayudaba a recoger monedas en la calle y prestaba apuntes sin que se lo pidieran.
Y por la noche, cuando la ciudad se oscureciera y la mansión volviera a ser solo suya, Moretti volvería a sentarse frente a la mesa de roble negro. Revisaría los reportes. Daría nuevas órdenes. Y el mundo seguiría sin saber que el apellido más temido del bajo mundo asistía a clases de sociología con una sudadera gris y una sonrisa perfecta.
Por ahora, el día apenas comenzaba.
Y ella ya estaba dentro del tablero.