1. Cómo Mariposas En El Paraíso
La Preparatoria Breckdge era, en apariencia, una escuela como cualquier otra. Los estudiantes ingresaban a las 7:30 a. m. a sus lujosas instalaciones y salían alrededor de las 2:30 p. m. Todo relativamente normal, ¿no? En realidad, no.
La comunidad estudiantil estaba conformada por los hijos de empresarios y familias poderosas con fortunas increíbles. Aunque cada año la escuela brindaba veinte becas para estudiantes con alto rendimiento académico, la verdad es que el 99.7% de los alumnos provenían de la élite social. ¿La razón? Casi nadie lograba aprobar el infernal examen de ingreso. Los pocos afortunados que lo hacían, debían afrontar la cruda realidad del campus.
Por fuera, era la institución con la que todo adolescente soñaba para asegurarse el futuro. Graduarse de una de las preparatorias privadas más prestigiosas del país no era un juego. Por dentro, Breckdge era el escenario de una guerra silenciosa gobernada por rivalidades y códigos de oro que debías cumplir si querías sobrevivir.
Primero: respetar los territorios sagrados. La escuela estaba dividida y nadie cruzaba las fronteras. El bloque norte, el estacionamiento principal y las mesas centrales de la cafetería pertenecían al orgullo de los Leones. Las gradas traseras, el callejón del gimnasio y los sofás del fondo de la biblioteca eran territorio exclusivo de los Dragones. Si eras un estudiante común, mantenías la cabeza baja y caminabas por el medio.
Segundo: la ley del silencio frente a la autoridad. Hagas lo que hagas, nunca delates a un miembro de los grandes bandos. Convertirte en un "soplón" en Breckdge significaba que tu vida escolar estaba acabada antes del próximo receso.
Tercero: el código de no intervención. Si los Dragones y los Leones se estaban matando a golpes en el pasillo, nadie intervenía, nadie grababa y nadie llamaba a los prefectos. Te pegabas a los casilleros y dejabas libre el camino para el espectáculo. El estatus se respetaba; si uno de ellos te exigía tu lugar en la fila, obedecías. Ellos estaban en la cima de la cadena alimenticia. Y la regla final: jamás te metías con un integrante de los dos bandos a menos que quisieras vivir un infierno total.
A todo esto, ¿quiénes eran ellos?
Los Dragones eran cinco amigos de la infancia: Liam, Edward, Nick, Nicole y Dylan. Eran los rebeldes, los rudos, capaces de pelear a puño limpio y salir ilesos de la oficina del director. Atractivos, peligrosos y perfectos.
Los Leones, la otra cara de la moneda, estaban obsesionados con el estatus y el estilo. Seline, Dorian, James y Hudson no caminaban hacia la entrada; desfilaban por el estacionamiento dictando con una sola mirada quién era digno de su atención y quién merecía ser invisible.
La rivalidad entre ambos era el pan de cada día. Los rumores decían que Liam había engañado a Seline en el pasado, o que Nicole odiaba a Dorian tras un rechazo amoroso. Nadie sabía la verdad, pero lo seguro era que no soportaban respirar el mismo aire.
Como ahora, justo en el primer día de clases del último año.
Una multitud rodeaba el pasillo central. En medio, Nick y Dorian luchaban como si no hubiera un mañana. La disputa había comenzado cuando uno de los Leones empujó "casualmente" a un Dragón. Sus respectivos amigos observaban sin intervenir. Los Dragones sabían que Nick se estaba divirtiendo; los Leones confiaban en que Dorian destrozaría al imbécil que ligaba con cualquiera.
—¡Vamos, Nick, tú puedes! —gritaban unas chicas.
—¡Dorian, no te dejes vencer por ese idiota! —animaba Lucy, una gran fanática de Dorian que, tras ser rechazada por Nick, decidió que el León era mejor partido.
—Oye, Nick, ¿quieres terminar ya? Tengo hambre, vamos a la cafetería por una tarta de chocolate —gritó Nicole con desánimo, aburrida del espectáculo.
—¡Date prisa, Nick! —apoyó Dylan con una media sonrisa.
Nick terminó encima de Dorian, listo para propinar el golpe final en su rostro, cuando alguien lo detuvo firmemente del brazo.
—Ya es suficiente, déjalo —intervino Seline, empujando a Nick para ayudar a su primo a levantarse.
—Hey, ¿no deberías dejar que resuelvan sus problemas solos? —reprochó Nicole—. ¿O tienes miedo de que tu primito no pueda defenderse? Oh, es cierto, acaba de recibir una paliza —se burló, ganándose las risas del pasillo.
—No te metas con mi primo —respondió Seline, dándole un paso al frente.
—Entonces no te metas con mi amigo o te las verás conmigo —replicó Nicole con desprecio.
Antes de que el conflicto escalara, la profesora Wilson, arrastrando sus enormes lentes y su cabello rojizo, irrumpió horrorizada.—¡A la dirección, ahora! —gritó con enfado—. ¡Y los demás regresen a sus aulas o los enviaré con ellos!
La multitud se disolvió. Seline ayudó a Dorian a ponerse de pie mientras Nick se sacudía la ropa.
—Les dije claramente que fueran a la dirección —reprochó la profesora al ver que no se movían.
—Disculpe, profesora Wilson, pero no veo por qué mi compañero deba ser castigado cuando el culpable es otra persona —argumentó Nicole, señalando acusatoriamente a Dorian.
—Ambos estudiantes montaron tremendo espectáculo frente a todo el alumnado, es justo que enfrenten las consecuencias de sus actos.
—¡Pero si fue él quien empezó! —exclamó Nick con incredulidad.
—No me importa quién empezó. Ustedes dos, a la dirección. Ahora. Los llevaré yo misma —sentenció la mujer al ver que los amigos tenían la intención de seguirlos—. Solo los involucrados.
Con molestia, Nick y Dorian fueron escoltados. Al llegar, la profesora ingresó primero a la oficina del director para dar el reporte.
—¿Asustado, Dorian? —susurró Nick con burla.
—Ya quisieras, imbécil.
—Algo me dice que será una buena charla —añadió Nick con fingida emoción.
—¿Te importaría callarte? No soporto escuchar tu estúpida voz —bufó Dorian, mirando a otro lado.
La puerta se abrió y la profesora Wilson asomó la cabeza.
—El director desea hablar con usted primero, señor Miller.
Nick sonrió con inocencia y entró confiado. No pasaron ni cinco minutos; pasaron exactamente dos minutos y siete segundos antes de que saliera con una expresión radiante.
—¿Tan rápido? —preguntó la profesora, confundida.
—Ya sabe, el señor director es alguien bastante práctico —insinuó Nick con evidente malicia—. Bueno, nos vemos, gamer de quinta. Suerte con el castigo —se burló, dejando a Dorian a punto de explotar.
Al reencontrarse con su grupo en la cafetería, Nick tomó asiento al lado de Nicole con una sonrisa engreída.
—Y bien, ¿qué tal tu charla con el director? —preguntó Edward con fingida preocupación.
—De maravilla, Ed. Me invitó al cumpleaños de su hijo este fin de semana. En realidad, nos invitó a todos. Deberíamos ir. Supongo que tener un apasionante video del director con la secretaria de la escuela tiene sus ventajas en nuestro favor.
—Y todo se lo debemos a nuestra queridísima Nicki, tan astuta como siempre —celebró Liam, apretando las mejillas de la chica.
—Ugh, qué molesto eres. Una ya no puede comer en paz —murmuró Nicole, apartándolo de un manotazo.
—Bueno, continuando con lo importante... ¿Habrá mucho alcohol? —preguntó Dylan, arqueando una ceja.
—El año pasado estuvo increíble, así que seguro que sí. Deberíamos ir —insistió Liam.
—Entonces está decidido, este fin de semana volvemos a las andadas —celebró Nicole—. Pero esta vez usamos el auto de Liam.
—¿Qué? ¿Por qué el mío?
—Porque mi chofer está harto de pasear ebrios. Y porque me gusta tu Lamborghini.
—Nicki tiene razón, ya te toca —apoyó Edward, robándole un pedazo de tarta a Nicole—. Ella puso a su chofer las últimas tres veces. Acordamos turnarnos el transporte en cada salida, ¿recuerdas?
—Bien —cedió Liam a regañadientes.
Mientras los Dragones planeaban la fiesta, en el otro lado del campus los Leones ardían de furia. Dorian había sido suspendido por el resto del día; y eso que tuvo que usar el peso de su apellido para amenazar a las autoridades, de lo contrario le habrían caído tres días de sanción.
—Bueno, pudo ser peor —intentó consolarlo Hudson.
—¿Cómo se atreve ese imbécil a llamarme "gamer de quinta"? ¡Lo voy a matar!
—Cálmate, quieres. Además, nadie te mandó a provocar al gánster de ese grupito. Tú solo te lo buscaste — James se encogió de hombros.
—¿Eres mi amigo o mi hater? —reclamó Dorian, indignado.
—Ambos —sonrió engreído mientras acomodaba su cabello.
—Sabías perfectamente en lo que te metías —sentenció Seline, mirándolo con severidad—. Por Dios, tu rostro es un desastre.
—Ugh, no me lo recuerdes. Justo cuando tengo una cita este miércoles. Estoy frito —renegó moviendo los pies escandalosamente.
—Llevemos al niño a la enfermería —ordenó Seline, rodando los ojos.
—¿Creen que mi cara mejore en un día y medio? —preguntó Dorian con súplica a sus amigos.
Pasaron dos segundos en silencio para que el veredicto saliera a la luz.
—No —respondieron los tres al unísono.








