Día 02/Day 02

—¿Cuánto tiempo? — Preguntó el chico de cabellos oscuros, sus ojos llenos de ansiedad mientras observaba a su esposo recostado en la camilla del hospital, rodeado de cables y máquinas que emitían un constante pitido, como un recordatorio cruel de la fragilidad de la vida.
—Señor Gojo-san, su esposo...—. El doctor tomó el expediente clínico de Gojo Satoru, con un tono profesional pero grave. —Su esposo quedará en observación hasta nuevo aviso—. Las palabras se sintieron como un golpe en el estómago, dejando a Megumi con un nudo en la garganta y un peso abrumador en el pecho.
La pena del doctor era palpable; sabía que Satoru había sufrido una fuerte contusión cerebral. La posibilidad de que, si despertaba, no recordara nada de los últimos tres años era una sombra que acechaba en la habitación. La incertidumbre de que esa pérdida destruyera a Megumi era casi insoportable.
—Tienes que... tienes que despertar—. Sollozó Megumi, apretando la mano de Satoru entre las suyas, las lágrimas deslizándose por sus mejillas.
Era un gesto de amor y desesperación, y mientras las máquinas a su alrededor empezaban a sonar, los ojos de Satoru se abrieron lentamente.
—D-dónde...—. Su voz era un hilo quebrado, mientras trataba de entender su entorno. La habitación era blanca y fría, un lugar que se sentía ajeno. La sequedad en su garganta era insoportable, como si hubiera estado en el desierto durante años.
Megumi, con el corazón en un puño, se apresuró a ofrecerle un vaso de agua, con una pajilla que temblaba entre sus manos. La voz ronca de su esposo resonó en sus oídos, y por un momento, una chispa de esperanza iluminó su corazón.
—Gracias, amor—. Satoru susurró, pero la calidez de sus palabras se congeló en el aire.
Megumi sintió una punzada helada en el pecho. Satoru lo miraba con ojos que buscaban a alguien más.
—¿Suguru? — murmulló Satoru, dejando a Megumi paralizado. Su corazón se rompió en mil pedazos, como un cristal frágil estrellándose contra el suelo. Las lágrimas brotaron de sus ojos, y el vaso se resbaló de su mano, estrellándose en el suelo blanco del hospital.
La sonrisa que una vez había brillado en el rostro de Satoru se convirtió en una herida abierta en el corazón de Megumi. Sus manos temblaban mientras el dolor lo atravesaba, como si cada latido de su corazón fuera un recordatorio de lo que había perdido. Se sentía pequeño, insignificante, mientras su mundo se desmoronaba a su alrededor.
Con una respiración temblorosa, levantó la vista hacia su esposo, cuyos ojos azules ahora estaban perdidos en recuerdos que no incluían a Megumi. Una tristeza abrumadora lo invadió, y con cada segundo que pasaba, la habitación se llenaba de un silencio pesado y doloroso.
Megumi se sintió ahogado por el dolor, el nudo en su garganta casi inaguantable. Se levantó con piernas temblorosas, buscando un respiro en medio de la tormenta de emociones. Sus dedos encontraron el anillo con zafiro azul-verdoso que había dejado en la mesita de noche, un símbolo de su amor, ahora convertido en un recordatorio cruel de lo que una vez fue.
Recordó la ocasión en que Satoru le había dado el anillo, sus palabras llenas de promesas y sueños
compartidos. Esa memoria, una vez cálida, ahora lo desgarraba por dentro, como si cada lágrima que derramaba fuera una parte de sí mismo que se perdía para siempre.
Con un último vistazo a Satoru, a esa sonrisa que solía ser solo para él, Megumi retiró suavemente el anillo, dejándolo donde antes estaba el vaso. Se sintió como si un trozo de su alma quedara atrás, una parte de él que nunca podría recuperar.
Mientras se alejaba, la rotura interna lo consumía, el dolor era una sombra que lo seguía. Sabía que, aunque Satoru despertara, siempre habría una parte de él que se había perdido en el camino. Se llevó una mano al pecho, como si pudiera contener el quebranto de su corazón, y una sonrisa triste asomó en su rostro, un recordatorio de que nunca sería el amor verdadero ni el alma gemela que Satoru tanto anhelaba.