Capítulo 3
“El Primer Beso Pero No Mio”
Todo empezó una mañana en el taller. Vi pasar a un chico nuevo en el área: un pibe alto, de contextura muscular. Lo que más me llamó la atención fueron sus labios, bien carnosos y rojos, combinados con unos reflejos en el pelo que le quedaban excelente. Me acuerdo de que algo adentro mío se encendió al mirarlos; algo que no podía controlar. Era una conexión que jamás había sentido antes, ni con Mariano ni con Víctor. Algo muy loco dentro mío me decía que me animara, aun sin conocerlo.
A partir de ese instante, el tiempo en el taller ya no pasaba más; parecía como si se hubiera congelado. Los segundos eran horas y las horas, eternidades. La ansiedad por dentro me carcomía. Necesitaba verlo, acercarme y ser el cararota que ya no le tenía vergüenza a nada. Aquel niño tímido que solía habitar dentro de mí ya no existía.
Sonó el timbre del recreo y fui el primero en correr al patio. Me subí al escenario ya armado en el Delpini —ese donde se realizan los actos escolares— y no lo vi. Me fijé si estaba mirando el partido en la cancha de gimnasia, pero tampoco estaba. Fui al buffet y al patio principal; no había rastro de él por ningún lado. Pensé que se había ido o que solo había venido por algún trámite escolar. Había perdido las esperanzas. Decepcionado, me dirigí al baño. Al entrar, sin mirar, me choqué de frente con alguien. Tropecé y empecé a caer, hasta que unos brazos fuertes me agarraron en el aire. Era el pibe que tanto buscaba.
Me sostuvo firmemente. En ese segundo sentí su olor suave; el aroma del suavizante de su ropa penetró en mis fosas nasales. Esos instantes fueron eternos, como si todo ocurriera en cámara lenta. Por dentro me decía: “Encontré a mi Princeso, jaja”. Volviendo a la realidad, él me soltó y dijo:
—¿Estás bien? Perdón, no te vi.
—Disculpa, fui yo que entré apurado y sin mirar, jaja —le respondí.
Él me extendió la mano con una sonrisa.
—Soy Hernán. Soy nuevo y no conozco a nadie. Bueno, espérame afuera, me lavo las manos y te hago conocer a mi grupo de amigos.
Nunca hice pis tan rápido en mi vida. Me lavé las manos y salí corriendo, pensando que se había ido, pero seguía ahí afuera esperándome. Nos fuimos al patio donde estaba mi grupito. Las semanas pasaron y Hernán se sumaba siempre; era tímido, una persona sincera y sin maldad. Un princeso de cuentos de hadas totalmente transparente.
Una mañana llegamos al colegio y no había agua, por lo que la institución permaneció cerrada. Por dentro me puse re mal porque no iba a poder compartir los recreos con él ni hablar boludeces, pero la suerte cambió. Nos encontramos en la puerta porque yo no me quería ir, y justo llegó Hernán. Mi amiga Noe propuso: “Vamos a mi casa que está acá al frente y desayunamos algo”. Darío y Hernán se sumaron, y yo, obviamente, dije que sí.
Después de desayunar, subimos al cuarto del primer piso de Noe. Desde que entramos, noté que algo pasaba entre ella y Darío. Noe prendió la compu y preguntó: “¿Miramos alguna película?“. Hernán saltó de inmediato: “Yo tengo mi colección de DVDs en la mochila, tengo una peli de terror que es mortal”. La película era Destino Final.
Me encantó. Esa mañana Hernán me contagió el fanatismo por esa saga; por eso, cada vez que la volvía a ver, sentía un placer increíble al recordar todo lo que pasó esa mañana.
Terminamos de ver la película solo Hernán y yo, ya que Noe y Darío se taparon en la cama y se la pasaron a los besos. En un momento, estando con Hernán en un colchón en el suelo, uno al lado del otro, escuchamos un gemido de placer femenino y unas respiraciones aceleradas. Nos miramos y nos reímos tentados.
No sé por qué, pero en ese instante mi mano se fue hacia la panza de Hernán y lo empecé a acariciar de la nada. Cuando reaccioné, le pedí disculpas, pero él me miró tranquilo: “No me molesta, tranka”. Al escuchar esas palabras, algo dentro mío me impulsó a avanzar mucho más. Apoyé mi cabeza en su pecho y dejé mi mano en su panza. Le levanté la remera, ver sus abdominales impecables me encendió. Lo empecé a acariciar y él reaccionó abrazándome. Cuando sentí ese abrazo, entendí todo: Hernán era un chico cariñoso y sin prejuicios.
Los días pasaron después de aquella mañana en el colchón. Yo siempre buscaba cualquier excusa para que el grupo se juntara. Finalmente, tocó pasar una noche en la casa de Noe. ¿Adivinen quiénes se quedaron con la cama, tapándose hasta arriba y aplastados por las colchas? Sí, Noe y Darío, jaja. Una vez más, me tocó compartir el piso con Hernán.
Pusimos una peli de zombis. Al rato miré a Hernán y se había dormido. Lo toqué despacio y no reaccionaba, así que empecé a recorrer sus abdominales y su pecho. La adrenalina y la curiosidad se encendieron intensamente dentro de mí. Esta vez era el momento de dar la iniciativa.
Metí la mano en su pantalón, cediendo a entrar en su bóxer. Su piel se sentía suave, sin pelos. Al tocar su miembro, sentí cómo se iba parando en mi mano. Lo empecé a masturbar suavemente. Eso desató una calentura idéntica a la de aquella tarde de primavera con Mariano, y recordé una frase: “Chupala como un helado”.
Dije “ya fue”. Me agaché mientras él seguía de frente, le desabroché el pantalón y le empecé a practicar sexo oral. No quería parar; me gustaba el sabor y el olorcito a crema y perfume de su cuerpo me calentaba mucho más. A los pocos minutos, acabó dentro de mi boca. Contuve el fluido sin tragarlo; no quería levantarme al baño por miedo a despertar a Noe y a Darío. De repente, sentí que algo me pegó suavemente en la cara y una voz susurró en la oscuridad: “Limpiate con eso, me voy a dormir”. Era Hernán, que me estaba dando una remera para que escupiera y me limpiara con la tela.
Al otro día nos levantamos como si nada hubiera pasado. En el recreo, Noe me comentó fastidiada que se tuvo que cambiar la remera porque estaba manchada. Yo, jodiendo, le dije: “¿No acabó Darío y se limpió con tu remera? Jaja”. Ella se escandalizó: “¿De qué hablás? Yo no hago esas cosas hasta que me case”. Siempre se hizo la mosquita muerta, pero era bastante zorra. Llegó el viernes y cada uno se fue a su casa.
Pasé el fin de semana ansioso por volver al Delpini. Sin embargo, llegó el lunes y no vi pasar a Hernán por las puertas. Pasó el martes y tampoco. Llegó el miércoles y nada. La desesperación me carcomía. En ese entonces, muy pocos tenían celulares; nos comunicábamos por MSN o mensajes de texto, pero yo tenía teléfono gracias a mi madre porque tenía mucho tiempo fuera de casa solo, considerando además todo lo que me había pasado en primer año: aquella vez que me ataron a la reja y me rociaron con alcohol por el solo hecho de ser puto. Los traumas del pasado volvían a flotar ante su ausencia.
El jueves Hernán apareció, pero en el turno tarde. Esa tarde, por motivos que no recuerdo, no había tantos cursos y el primer piso estaba lleno de aulas vacías. Lo vi pasar hacia mi aula con anteojos de sol, esquivando las miradas, muy raro. Me desesperé por hablar con él y saber qué le pasaba.
Sonó el timbre del recreo y le hice señas para que bajara al primer piso, donde no había nadie. Cuando se acercó, me horroricé: sus manos estaban completamente inflamadas, con moretones de un color bordó oscuro, como si la piel se estuviera pudriendo por debajo. Se sacó los anteojos y tenía la cara llena de golpes.
—¿Qué te pasó? —le pregunté asustado.
—Nada, me peleé.
—¿Con quién?
—Con nadie...
Todo mi ser quería abrazarlo y protegerlo, pero necesitaba una explicación. En ese momento, vi caer las lágrimas de sus ojos color miel. Lo acaricié y se quebró:
—Mi papá me pegó porque dice que tengo que ser hombre. Me hizo pegarle a una pared para que me aguante el dolor, y cada vez que me quejaba, me pegaba una piña en la cara. Me dijo: “Yo no voy a tener un hijo puto, yo te voy a hacer hombre”.
Esa frase me dolió en el alma; sentí en carne propia el sufrimiento por el que estaba pasando. Atiné a besarlo para consolarlo, a sentir sus labios carnosos y suaves dentro de un armario de hormigón que no tenía puerta. Sentí que todo se congeló. Besarlo era mi manera de decirle: “Todo va a estar bien, no estás solo, yo estoy acá“. Sin embargo, el ambiente se transformó rápidamente. Hernán se encendió, me agarró fuertemente de la cabeza y me tiró hacia abajo, entre sus piernas. Le empecé a hacer sexo oral. Recuerdo perfectamente cómo se puso duro dentro de mi boca mientras escuchaba su respiración acelerada de placer. Ya sentía que estaba por acabar, cuando alguien interrumpió el momento y nos vio...
El pestillo de la puerta del aula vacía vibró con un golpe seco. Nos congelamos. Adentro de ese armario de hormigón sin puerta, el espacio era chico y cualquier ruido retumbaba. Antes de que pudiera reaccionar o salir de entre sus piernas, los pasos entraron al salón. No era ninguna autoridad del colegio, sino Luly, que venía ingresando a las apuradas y gritando con ese bozarrón inconfundible que la caracterizaba siempre.
—¡Chicos, no saben lo que pasó abajo con...! —empezó a gritar a los cuatro vientos, pero la frase se le quedó congelada en la garganta cuando clavó la mirada adentro del armario.
El silencio que siguió fue total. Yo todavía estaba de rodillas en el piso de hormigón, arrinconado con él, y Hernán apenas estaba reaccionando a la sorpresa. Luly se quedó dura en medio del aula, con los ojos abiertos como dos platos, mirándonos sin poder creerlo. Su bozarrón, que hacía un segundo retumbaba en todo el primer piso, se apagó de golpe al descubrirnos en plena intimidad.
La adrenalina del placer se mezcló en un segundo con los nervios de estar expuestos en nuestro refugio. Hernán, con la cara todavía manchada de moretones y lágrimas, intentó acomodarse la ropa como pudo con sus manos inflamadas, mientras yo sentía que el corazón me salía del pecho. Estábamos atrapados.
Para Luly, vernos en esa situación fue una sorpresa tremenda, pero ella siempre fue una persona de mente abierta y re compinche en todo —una gran amiga de la que ya les contaré su propia historia más adelante—. Al engancharnos en el armario de hormigón, lejos de juzgarnos o armar un escándalo, se le pasó el asombro y reaccionó con la complicidad de siempre.
—¡Epa! ¡Bueno, perdón, che! ¡Hubiesen avisado que el armario estaba ocupado! —tiró Luly con una sonrisa pícara, rompiendo la tensión del momento con su clásico humor. Nos dio el aire que necesitábamos para reponernos del susto, acomodarnos la ropa y salir del aula vacía disimulando los nervios.
Al pasar por esta sorpresa, en esa primera vez que nos vieron juntos, se estaba terminando el día de escuela. Lo que yo no sabía en ese instante era que ese jueves sería la última vez que iba a ver a Hernán en el Delpini. Si hubiera sabido que era su último día, lo hubiese abrazado con todas mis fuerzas y me hubiera despedido como se lo merecía.
A pesar de la brusca distancia, me quedaba el consuelo de saber que fue su primer beso y su primera vez en todo. Esta vez puedo decir con orgullo que marqué la vida de alguien y di el primer paso con un pibe que, en ese entonces, necesitaba apoyo y amor. Nosotros lo buscamos de una manera que a mucha gente puede no gustarle, pero el amor de dos hombres es el mismo amor de cualquier persona. El amor es amor y no cambia nada.
Ese jueves quedó atrás y pasaban los días sin saber nada de nada de él. Por dentro mío la cabeza me maquinaba y pensaba lo peor: que el padre lo había descubierto por los golpes, que lo había encerrado o que lo había metido en una escuela militar para “hacerlo hombre” a la fuerza. Su banco quedó vacío y el misterio de su desaparición me dejó un vacío enorme en el pecho durante semanas.
El tiempo siguió su curso y las aulas del colegio se reacomodaron. Pasaron las semanas y, a mitad de año, la rutina del Delpini trajo una nueva sorpresa: la llegada de un nuevo compañero llamado Gonzalo, alguien que patearía el tablero de mi vida una vez más y cuya historia les contaré en el próximo capítulo.







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