Superestrella
Leandro estaba hirviendo de ira desde antes. Y sí, perdieron. Y sí, era una reverenda mierda todo lo que estaba pasando dentro de él que no pensó con claridad y a la primera provocación mínima, estalló desmedidamente. Tan cegado de rabia se encontraba que, cuando caminó y empujó al primer jugador, lo tiró a la mierda con fuerza. Luego no supo bien qué pasó en el embrollo de gente, pero otro flaco se metió en el medio y lo tocó. Para qué.
Perdió la noción por completo; su puño fue más rápido que su cerebro, y golpeó al pibe que tenía enfrente sin dudar, agarrando la tela rosada que lo cubría. No era en contra de él, la hubiera ligado cualquiera que se metiera en ese momento. Cosas de fútbol, o eso habría pensado más en frío. También recuerda que los intentaron apartar, y los separaron con éxito. Después todo fue un quilombo de camisetas rojas y albicelestes con manos chocando... cosas de fútbol, obvio.
“´Él me dice que quiere divertirse, yo le digo que los rumores vuelan”. La canción de Aitana le daba el toque que hacía todo más especial.
—¿Te crees muy macho o qué? Gilipollas —le gritó alguien a lo lejos. No se inmutó por ver quién chota era.
Tampoco giró el rostro porque la repartida de trompadas podría continuar y sus dedos hormigueaban por seguir, incluso con el pecho subiendo bajando agitado, cansado. No solo por el esfuerzo que hizo al abalanzarse sobre el jugador contrario, sino también por la rabia interna contenida que lo dominaba por completo.
Tenía la mandíbula apretada mientras observaba cómo un grupo de jugadores con camiseta roja y pechera rosada se llevaba al futbolista más bajo que fajó anteriormente protegiéndolo, como si fueran leones cuidando a alguien de la manada y mirándolo cual bestia. Y ojo, él entendía eso. Es decir, por los suyos él mataría sin dudar. Se sacudió la camiseta porque estaba tan pegada a la piel que le daba cierto asco, producto de haber corrido y transpirado todo ese tiempo. Hacía tanto calor en Nueva York que eso sumaba mucho a su malhumor, el calor era su favorito siempre, sí, pero solo en la playa y no después de haber perdido una final que anhelaba ganar con todo su corazón.
—Lean, vamos. Dale, basta —comentó Scaloni con voz seria.
—¿Pero a quién fajó? La que se va a armar, eh.
—A Gavi, creo. No sé, yo me metí a separar, vamos —murmuró Walter frotándose la frente resoplando.
—Sí, ahí voy… me voy a mojar la cara.
Los del cuerpo técnico lo miraron con una cara de “no te metás en más quilombos por favor” y fingiendo demencia, Leandro decidió ir a mojarse un poco en silencio intentando calmarse.
Capaz no era sólo fútbol.
En su cabeza se repetía constantemente la imagen del rostro del pibito asustado, temblando bajo sus nudillos, intentando zafarse de su agarre, pataleando con ojos cerrados. El pendejo tampoco se había achicado frente a él a pesar de su diferencia de tamaño y complexión, incluso fue quién lo empujó primero, sin miedo. Pero, verlo algo indefenso bajo su cuerpo le daba más ganas de agarrarlo y desquitarse por completo. Cualquier cosa servía para calmar la bronca que acumuló durante todo el partido.
—Dejadme, puedo solo —comentó el español con voz suave, alejándose de sus colegas.
Gavi estaba cojeando, pero caminaba a paso apresurado por el túnel, buscando el baño más cercano a su alcance. Se quitaba pasto y tierra de los brazos, sacudiendo con mala cara los shorts deportivos todos mugrientos, mientras estiraba su brazo magullado en círculos. Algunos pensarían que solamente quería refrescarse, y en parte eso era cierto: estaba golpeado y sucio, éstas pintas no eran formas de recibir la copa que ganó. Además debería tranquilizarse un rato a solas, especialmente luego de meterse en una pelea así… pero, la realidad era otra. Y consistía en que lo único mojado en él no era solo el sudor deportivo.
Lo mortificaba de maneras que no podía expresar ni pensar. Odiaba sentir esto entre las piernas, incómodo, húmedo y pegajoso. Necesitaba urgente limpiarse rápido antes de que fuera muy notoria la erección entre los pantalones, que había pasado desapercibida en el tumulto de gente dándose golpes sin parar, gracias a dios.
En algún momento, el 5 de la selección Argentina se había abalanzado sobre él, y sin poder formular un pensamiento, terminó estampado contra el suelo de una manera brusca, sintiendo el pasto en la espalda, y los brazos anchos del mayor rodeándolo y tirando de él, intentando agarrarle el cuello a manotazos. Atinó a removerse y defenderse como pudo, pero el argentino era más grande sobre él, y no fue capaz de hacer mucho más en su posición.
Jamás lo habían tratado de esa forma y menos en algún partido de fútbol. Ser empujado con esa bronca, ese odio en aquellos ojos claros tan llenos de enojo que parecían arder sobre él. Como si el mayor pudiera apretarlo y estrujarlo hasta dejarlo sin aliento. Sintió el miembro palpitar nuevamente cerrando los ojos presionando la carpa con la palma tanteando el bulto, estremeciéndose con solo recordarlo.
El español no logró entender del todo el porqué, pero decidió tomar aire y controlarse mientras se mojaba con agua fría la cara rápido dentro del baño. A ver… siempre había sentido una leve atracción por hombres más grandes que él, sí, no era algo nuevo para él, incluso si era su secreto más privado. Pero, ¿ponerse así de cachondo por ser maltratado de esa manera cruel? Empujado, tirado, casi asfixiado… eso es lo que más le avergonzaba sin duda. No era propio de un chico como él, pensó.
Se miró en el espejo notando la mejilla algo rosada por el golpe, la ropa desarreglada y ambos codos que tenían raspones, pero nada grave. Intentó respirar despacio y olvidarse del encuentro allá afuera, pero la erección palpitante dentro de los pantaloncillos cortos le latía recordando la verdadera razón por la que se encerró allí, solo. Cerró los ojos y volvió otra vez a ese momento: el peso de Paredes encima suyo, el rostro furioso gritándole insultos varios con ese acento particular, los dedos gruesos clavándose en su piel con repentina brusquedad. La manera en que lo tiró al suelo sin esfuerzo, como si no pesara nada, la mirada asesina, el aliento caliente. Estaba tan caliente que las piernas le temblaban de miedo y de excitación, y eso lo estaba delatando bastante.
—Mierda… —gimió, bajando la mano sin animarse a tocarse aunque quisiera porque estaba muy expuesto ahí aunque se acarició apenas por encima de los shorts.
Tan perdido estaba en sus pensamientos pervertidos que no oyó la puerta abrirse ni los pasos acercándose detrás de él, ni nada que no sea la preocupación por su ropa interior algo húmeda y no precisamente de sudor.
Paredes empujó la puerta del baño con fuerza, saliendo del cubículo luego de mear. Se acercó para lavarse las manos pero se detuvo en seco cuando vió al español frente a sus ojos. Se quedó parado en el marco, con la camiseta mojada colgando en la mano. Sus ojos claros recorrieron el cuerpo de Gavi: las piernas le temblaban, tenía la cara roja y la boca entreabierta por la sorpresa, supone.
—Salí de acá —gruñó el argentino haciendo un ademán con la cabeza.
Gavi se giró bruscamente con el rostro asustado al escuchar la voz nuevamente, parecía incrédulo de tenerlo ahí atrás. Retrocedió hasta chocar con el lavamanos. No tenía miedo de ser golpeado nuevamente, más bien era pavor por lo que esa voz grave le generaba en su bajo vientre y por cómo tiritaba de tan solo verlo ahí parado, tan cerca, con el torso desnudo y la camiseta sobre un hombro. Que el mayor notara todo, eso sí le daba terror.
—¿Ya no te hacés el vivo? Rajá ya, dale.
—Tú no eres quién para decirme qué debo o no hacer —murmuró. Quiso sonar seguro y serio, pero salió más temblorosa la voz que otra cosa. Y notó que el mayor se dio cuenta.
Bueno, luego de empalmarse con un par de toques y zamarreos producto de una pelea post partido, ¿quién estaría completamente seguro de sí mismo? Difícil.
—¿No escuchás? ¿El golpe te dejó sordo? Te dije que te vayas.
—¿O qué? ¿Me vas a tirar al suelo y dar una paliza como un salvaje?
—No, no me voy a meter en quilombos por tu culpa —negó moviendo la cabeza de un lado a otro, levantando un dedo.
—En el campo parecías tener muchas ganas de hacerlo —comentó levantando el mentón casi soltando una risa nerviosa. Ayudenme, no sé qué digo, pensó en medio de una crisis interna. ¿Lo estaba provocando a propósito? No debería. No sabía bien qué estaba haciendo.
—¿Te creés gracioso pendejo? Te podía haber partido la cara, y mirá que todavía tengo ganas. Si no me agarraban te hacía mierda.
El español tragó con dificultad al escuchar eso.
Leandro lo miró de arriba hacia abajo algo confundido por la reacción, ¿realmente quería pelear? Nuevamente recordó el rostro y el cuerpo menudo debajo de él, y sin darse cuenta, avanzó hacia el más joven viendo que se quedaba quieto con las manos apretadas en el lavamanos pero sin escapar.
Gavi lo miró parpadeando, quieto. El tipo era muy guapo, y de cerca se notaba más: tenía el pecho todo tatuado y la camiseta en el hombro colgando como si nada, parecía de esos fanáticos gritones e insensatos. Los ojos verdosos, ¿o azulados? relucían bajo las luces, incluso con el rostro fruncido que gritaba pocos amigos; la barba oscura estaba húmeda. Era más alto que él y la diferencia entre sus cuerpos se notaba más en este pequeño baño.
—Yo… no he hecho nada.
—¿Qué te hacés ahora? Vos me empujaste primero. Yo ni te registré.
—¿Es por eso o porque te encabrona haber perdido? Tú solo querías descargar tu bronca…
Paredes tuvo suficiente en ese mismo instante, y eso que se había calmado. La palabra “perder” lo hizo olvidar de su promesa de no meterse más en quilombos. El pendejito de mierda lo estuvo buscando y lo encontró. En dos pasos grandes lo acorraló contra la mesada, agarrándolo de la pechera con fuerza, levantándolo un poco del piso. Lo zarandeó estampándolo contra la pared más cercana, mientras hablaba entre dientes.
—Cerrá el orto —le espetó cerca de la cara—. No sabés las ganas que tengo de romperte la boca.
—¡Aah!
Pablo jadeó automáticamente. El agarre fue repentino, doloroso porque el tirón de su camiseta lo ahorcaba un poco y su cuerpo reaccionó rápido, sintiendo su pene palpitar otra vez ante el maltrato. El placer lo mareaba. O tal vez era el puño aferrado a la tela cerca de su cuello que lo dejaba sin aire, quién sabe.
Leandro se dio cuenta en ese momento. El gemido que había soltado el español no era de dolor, ni mucho menos de bronca. Él conocía bien la diferencia entre un jadeo de sufrimiento y otro de placer, como si no tuviera mucha experiencia en el ámbito. Bajó la mirada hacia el notorio bulto grande en esos pantalones sucios.
—Qué carajo…
Gavi tragó saliva, mirando hacia un costado. La erección ya era totalmente evidente, imposible de esconder bajo la tela fina y húmeda. Estaba acorralado sin tener donde ir ni excusas que meter.
—No te la puedo creer —soltó el argentino; la sorpresa lo confundió un segundo, pero no le quitó el enojo de encima, de hecho lo empeoró.
El español no podía hablar ni decir nada, el otro lo sujetó un poco más fuerte, y su respiración se agitó. Tenía tantas ganas de tocarse, masturbarse, aunque solo logró colocar su mano entre ambos cuerpos para cubrir la carpa tragando con dificultad otra vez.
—N-no… qué haces…
—¿No qué? —Se acercó hasta quedar solo a centímetros del rostro suave. El calor entre ellos era asfixiante—. ¿Se te paró cuando te tiré al piso, ¿no? No me jodas que mientras te fajaba te calentabas.
—Eh…
—Sos un asco.
—No, te he dicho que me sueltes —forcejeó una vez más, sin fuerza real.
—¿No sos una putita que se excita cuando la maltratan? Porque a mí me parece que sí.
Leandro no lo dejó seguir hablando más, ¿para qué? La respuesta estaba ahí en su entrepierna. Sin soltarlo, bajó la mano libre a los shorts del pibe, apretando el bulto por encima de la tela, fuerte, y efectivamente: el chico no estaba duro, estaba recontra duro. Lo estampó más bruto contra la pared, observando como el español cerraba los ojos del dolor y tiraba la cabeza hacia atrás sobre los azulejos, gruñendo. Tenía tantas ganas de destrozarlo… y ahí surgió un sentimiento que nunca había tenido. ¿Pero no era sólo fútbol?
—Mirá lo duro que estás, hijo de puta. Te gustó que te maltratara. Y con esa carita de santo que tenés…
El menor gimió otra vez sin poder evitarlo, cada vez que le hablaba así en ese tono autoritario, sus rodillas temblaban con mayor fuerza y ya no podía seguir fingiendo que no le afectaba. Paredes lo seguía apretando, presionando todo su cuerpo contra él y la pared del baño. El mayor era más alto, más grandote, más musculoso y se veía muy enojado.
—Suéltame…
—¿Qué? ¿Vas a gritar?
El argentino procedió a darlo vuelta como si nada, colocando la espalda contra su pecho desnudo, cubriéndole la boca con la palma y tirando la cabeza castaña hacia atrás sobre el hombro, para hablarle cerca del oído y del cuello.
—¡Mmng! —el español gimió contra la palma, intentando negar, sacudiendo la cabeza de un lado a otro. No iba a gritar, en ningún momento se le pasó por la cabeza, pero ahora no podría aunque quisiera. Estaba presionado entre el pecho del mayor y la pared, con la boca toda cubierta por una áspera mano enorme y la cadera clavada en su culo. No había manera de escapar, ni tampoco estaba seguro de querer.
—Sacate los shorts —ordenó contra su cuello, susurrando sin soltarlo—. Dale.
—¡Mng! —la barba picaba en su piel dándole cosquillas haciéndole entrecerrar los ojos por las sensaciones.
Sin pensarlo mucho más (tampoco es como si pudiera) obedeció con manos temblorosas pero rápidas, en silencio, sin pelear, bajándose el short hasta las rodillas junto con la ropa interior, que cayeron rápido a sus tobillos por los temblores en los muslos. Si el argentino no lo agarraba con fuerza de esta manera, se hubiera caído al suelo sin duda. La verga saltó libre, roja y estaba goteando desde que el mayor le pegó la primera hostia. Se sentía tan expuesto que su vientre temblaba demasiado, gruñendo suavemente contra la palma que lo tapaba.
—¿Hace cuánto tiempo estás así? Decime —el aliento rozaba la mandíbula y debajo del oído. Pablo volvió a temblar.
Sacudió su cabeza pero su cadera se movió sola. Paredes lo miró con una mezcla de desprecio, asco y ganas. Bajó la mano que cubría su boca suavemente, colocándola en las mejillas apretando los mofletes. Lo movió un poco para que lograra mirarse frente al espejo.
—Sos una puta de mierda, mirate. Ni las minas que me cojo se regalan tanto como vos.
Gavi se sorprendió. Eso sí que fue muy humillante, cerró los ojos con fuerza por la vergüenza.
—¿Tus compañeros saben que te gusta que te usen así?
—Cállate —jadeó sin convicción recuperando el aire a bocanadas, luego de que la mano fue quitada de sus labios.
—¿Qué? ¿También te gusta que te insulte? Por favor, si te vieran tus amiguitos de allá afuera cuidándote como un nene, “el pobrecito”. Se mueren si te ven así de entregada.
El mayor tomó la mano del español con firmeza y la llevó hacia su pija semidura, completamente vestida. El menor sintió la forma, el calor y el grosor tragando duro. No había tocado una así en toda su vida, en serio. Sus dedos se cerraron por instinto alrededor de la tela, frotando el bulto con mano inexperta. Estaba totalmente acorralado.
—Tocala, hacé algo útil en vez de hacerte el malo, dale.
Gavi sintió el aliento en su oído y jadeó muy excitado, el cosquilleo de la voz caliente y grave viajaba por toda su columna vertebral. Comenzó a mover la mano, de arriba hacia abajo frotando el trozo de carne sobre la tela, casi con miedo, sintiendo cómo se iba endureciendo bajo la palma con cada roce dudoso. Era gruesa, parecía pesada. Al menos era mucho más grande que la suya.
—¿Así pensás que se toca una pija? —habló el mayor mientras pegaba los labios al oído.
—Joder —susurró en voz baja, cerrando los ojos. Se pasó la lengua por sus labios humedeciéndolos; sentía sed, se moría de ganas de hacer todo, pero no sabía hacer nada.
Paredes lo observó a través del espejo sin perderse los detalles del rostro del español olvidándose de todo el esfuerzo inútil que hacía para masturbarlo, con esa carita linda e inocente. Se veía tan vulnerable, con mejillas sonrojadas, las piernas pálidas desnudas y marcadas, tenía poco vello en todo el cuerpo tonificado y parecía con dificultad para respirar. Se veía tan suave y fácil de romper, que eso era lo único que necesitaba para que se le parara por completo.
—Así… ¿mejor? —murmuró casi sin voz.
—¿Mejor? —le apretó la mandíbula levantándola—. ¿Posta nunca tocaste una pija en tu vida? Con esa carita que tenés…
El argentino empujó las caderas hacia adelante, frotándose contra su mano descaradamente.
—Estás babeando y yo ni siquiera saqué la pija todavía.
El sevillano negó débilmente pero no sacó la mano en ningún momento.
—Te está goteando —comentó el más alto mordiéndole la zona debajo de la oreja, sintiendo el aroma. Olía a talco suave, mezclado con sudor y un perfume caro. Le agarró la muñeca obligándolo a mover la mano más rápido y más fuerte.
—Así, aprendé ¿O pensás que te voy a dar mi pija por caridad? Las cosas se ganan.
Gavi cerró otra vez los ojos, gimiendo, ocultando la cara en el hombro del otro. La mano de Leandro en su cara lo tenía nervioso; los labios y la aspereza del trato efectivamente lo ponía muy cachondo. Empezó a mover la mano más rápido, metiéndola dentro de los bóxers para tocar directamente la piel caliente, masturbándolo. Tomó el pene entre sus dedos, de la base hasta la punta, frotando haciendo un puño.
—Estás… muy duro también —murmuró avergonzado, era grande y sentía la textura en su mano, debían ser venas salientes.
—¿Viste? Pero no me caliento por una pelea de mierda.
Paredes empujó las caderas hacia adelante, cogiendo la mano del chico con lentitud, mostrándole el ritmo que debería usar y cómo le gustaba.
—¿Hacés esto con tus compañeros? ¿Te tienen como la zorra del equipo?
El español no dijo nada, apretando más fuerte el miembro enorme, ya mojado entre sus dedos, moviendo la mano de arriba hacia abajo más rápido. La punta estaba soltando líquido viscoso, que usaba como lubricante para aumentar la velocidad y deslizarse más fácil ¿Hacer esto? Ninguno del equipo se atrevía a tocarlo, era el protegido. Bueno, o algo así.
—Contestá, te estoy hablando —presionó más fuerte los costados del rostro, deslizando la palma hacia el cuello.
—Ahh, n-no… —jadeó, sintiendo presión en la garganta que le mandaba espasmos de placer directo a su polla.
—Dale, y soy boludo. ¿Con cuántos te acostaste?
El de ojos claros metió la mano dentro de la camiseta del español sin sacársela, subiéndola para acariciar el abdomen contraído, junto con el pecho marcado, y acariciar los pezones, retorciéndolos entre los dedos. La piel era suave bajo su tacto tosco y temblaba cuando sus dígitos apenas la rozaban.
—Aahh —la desesperación del español cada vez estaba peor, aunque no dejaba de masturbar al argentino, apretando la punta y sintiendo los gruñidos calientes en el costado de su cuello.
El hincha de boca le quitó la mano del cuello, bajándola para apretar el pene del más joven que colgaba desatendido, notando lo mojado que estaba. Pablo gimió ante la presión, podría haberse derretido ahí mismo, necesitaba tanto que lo tocaran. Le daba vergüenza pensar que podría correrse solo por tocar un tipo así de bruto. Un tipo que jadeaba de una manera tan erótica.
—Por f-favor…
—¿Tan desesperado estás? ¿Querés que te la meta?
—Sí, sí —asintió contestando rápido.
—Entonces chupala y mojala bien. ¿Tenés que recibir el premio no? Seguro vas a tener que caminar después.
—Sí… —estaba completamente excitado para razonar y procesar la humillación en esas palabras.
Pablo soltó todo y se arrodilló, cayendo al suelo con la respiración agitada entre las piernas del morocho, bajándole la ropa rápidamente, observando el miembro grueso saltar frente a su cara, viendo la cabeza rojiza y el vello oscuro rodearlo.
—Abrí la boca —dijo agarrándose la base y golpeando suavemente la cabeza hinchada contra la mejilla suave—. Es muy grande para una boca tan chiquita.
Gavi tragó saliva dudando: una cosa era tocar el pene y otra muy distinta tenerlo frente a su cara. Pero el argentino, tan imponente e inmenso desde esa perspectiva, le agarró el pelo castaño con fuerza y tiró hacia adelante, acercándolo.
—No te hagás el tímido ahora. Abrí la boca dije.
Pasó la lengua sobre sus labios húmedos antes de acercarse y lamer despacio la punta, casi cohibido e inseguro.
—Usá bien la lengua —dijo Paredes, tironeando el pelo entre dedos bruscos.
El español intentó hacerlo mejor, lamiendo con más ganas alrededor del glande, sintiendo lo salado en su lengua. Paredes no le daba tregua, seguro seguía muy enfadado. Pero le ponía así.
—Estás babeando, ¿tantas ganas tenías de chupármela?
Gavi continuó lamiendo, escuchando la respiración pesada entre ambos. Paredes parecía querer ocultar lo mucho que estaba disfrutando las caricias, pero de todas formas quería complacerlo.
La temperatura ahí dentro era bastante alta, y si no se infartaba de lo cachondo que estaba se desmayaba por el calor de mierda que hacía allí. Sacó la lengua, y lamió desde la base hasta la punta, primero lento, probando, luego repitiendo el movimiento más convencido y seguro. Exploraba el sabor, el grosor y cómo palpitaba; sentía las venas del miembro duro sobresalir. Lo rodeó con ambas manos, chupando suavemente la punta, tragando el líquido, lubricando toda la longitud, masturbando el resto.
—Ah, qué hijo de puta, sí, así…
Podría escuchar como Paredes gemía cuando le prestaba especial atención en la punta. A él también le gustaba ahí, así que lamió repetidas veces el orificio mojado y grotesco, como si fuera un gatito. Se introdujo el glande, rodeándolo con los labios, succionando de a poco. Miró hacia arriba y se encontró con una visión increíble: el mayor se mordía el labio mientras el brazo musculoso parecía imponente sobre su cabeza, teniéndole a su merced. Quería tanto que lo arruinara, de verdad.
—Metétela en la boca, dale.
Asintió y envalentonado por los gemidos del otro, empezó a meterse la verga en la boca caliente, succionando lo que podía con fuerza hundiendo las mejillas, introduciendo la punta resbalosa, moviendo la cabeza de adelante hacia atrás, colocando las manos en las caderas tatuadas.
—Ahhh… eso es. Chupá más fuerte, sí…
Las náuseas llegaron cuando el mayor intentó empujar sus caderas hacia adelante, metiendo más profundo, pero no se detuvo porque al parecer le encantaba ahogarse en pene. Las lágrimas se le acumulaban en los ojos mientras la saliva le corría por la barbilla que goteaba, haciendo ruidos húmedos y obscenos que llenaban el silencio del baño. Si alguien entraba… estaban jodidos no, lo siguiente.
—Ahh, mirá cómo la chupás… —gruñó Paredes, tirándole más fuerte del pelo y empujando las caderas otra vez—. Así, muy bien. Tragátela toda, sí. Sos bueno chupando pija, eh.
—Mnfng.
Gavi intentó meterse más, pero empezó a tener varias arcadas cuando la punta tocó el fondo de su garganta. Se apartó bruscamente un poco tosiendo limpiándose la saliva de su mentón.
—Es demasiado grande… —jadeó con la voz ronca escupiendo. Tragó varias veces sintiendo la garganta irritada.
El argentino le dio una cachetada suave en la mejilla con su pija húmeda para que siguiera. Le acarició el labio inferior con el pulgar, metiéndolo en la boca suave y caliente, jugando con el músculo de su lengua dejándolo recuperarse. Ahogarlo en poronga sonaba genial, pero si iba a tener quilombos con el cuerpo técnico prefería que fuera por peleas post partido y no por atragantar a un pendejito del equipo contrario con su pija.
—Dale, seguí. Falta que la mojés más si no querés que cuando te la meta te rompa el culo.
Volvió al trabajo, metiéndose el miembro en la boca, esta vez más profundo. Gimió alrededor de él sintiendo nuevamente las lágrimas amenazantes mientras intentaba respirar por la nariz para no volver a atragantarse. Sus manos se aferraban a los muslos tatuados de Paredes para no perder el equilibrio.
—Parece que tenés talento natural —gruñó el argentino presionando la mano en el cabello.
El español gimió alrededor del miembro o al menos lo intentó. La polla en su boca era bastante grande, la lengua rasposa pasaba por debajo, sintiendo el pene húmedo palpitar. El sabor seguía salado ahora con un toque amargo que llenaba sus labios, cruzaba sus piernas buscando fricción, goteando él mismo por hacerle esto a un tipo que 15 minutos antes lo quiso matar a golpes, de no creer.
—Mirame mientras la chupás, sí, así… me calienta mucho —gruñó Paredes observando los ojos brillosos que lagrimeaban por el esfuerzo con la boca llena de pija.
Mientras, a Pablo le encantaba sentir cómo su cavidad bucal se estiraba dando paso al eje enorme, cómo su mandíbula se desencajaba obscenamente, y cómo el mayor le tironeaba el pelo cada tanto con fuerza, escuchando los gemidos e insultos que le propinaba. Hundió los dedos en las piernas musculosas, clavándolos para sostenerse mientras el otro le cogía la boca de a poco.
Leandro lo sacó de golpe, un hilo de saliva y presemen conectaba los labios hinchados del español con la punta de su pija ya lubricada.
—Levantate.
Sin esperar a que el castaño respondiera, lo levantó con fuerza y terminó girándolo, estampando el cuerpo menudo contra el lavamanos otra vez. Gavi a penas tuvo tiempo de apoyar las manos en la mesada cuando sintió una mano grande abriéndole el culo, sin delicadeza. Sintió un escupitajo espeso y caliente cayendo en su agujero y se estremeció rápido.
—Te voy a romper, mirá lo apretado que estás —gimió el mayor, amasando los glúteos del orto parado, aprovechando en meter el dedo gordo en el orificio, que ponía resistencia. Tomó su miembro resbaloso y frotó la cabeza de la pija contra la entrada fruncida y muy cerrada, pintándola de los fluidos que la cubrían. Escupió su mano, para masturbarse y alinearse en el agujero arrugado.
—Esto es lo que querías, ¿no? —jadeó contra su nuca, mordiéndole el hombro—. Que te usen así.
Pablo no llegó a responder nada, cuando sintió al mayor empujó dentro de él de una sola estocada, metiéndose de una vez, sin preparación o juegos previos. El español soltó un grito ahogado doloroso, intentado removerse, sin poder evitarlo porque fue demasiado brusco. La saliva que cubría el eje grueso tendría que alcanzar y sobrar para abrirlo y facilitar la intromisión, supone. El mayor se clavó hasta el fondo, de forma violenta, casi que sentía cómo ardía su interior.
—Ahh ¡joder! —gimió Gavi con las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras se miraba en el espejo de reojo, destruido y abusado, con labios temblorosos y saliva corriendo por la comisura de su boca, tenía el pecho aplastado contra el mármol. Esta mezcla de dolor y placer no la había sentido antes, pero era brutal, en el buen sentido. Le gustó mucho.
Leandro no le dio tiempo a adaptarse, el culo del chico apretaba muy bien y lo sofocaba, su pija estaba siendo exprimida. Necesitaba moverse y lo necesitaba ya. Así que empezó un vaivén lento pero profundo, clavándole la pija en cada estocada bien profunda. Saliendo casi por completo sin sacar la cabeza, y luego metiéndose de golpe, con fuerza.
—¡Aahh! s-sí —sollozó el más joven de puro placer. Lo iban a romper.
El lloriqueo fue suficiente para que empezara a cogérselo con fuerza desmedida sobre el sucio lavabo, provocando que las embestidas sean más certeras, tomándolo de la cintura suave para ir más adentro, chocando la cadera con el culo pálido que rebotaba en su bajo vientre con los movimientos. Se sentía increíblemente apretado en el orto del más joven, mientras lo penetraba levantó la remera del menor, viendo su espalda impecable brillante por el sudor. Era una vista maravillosa, viendo como el cuerpo del español se sacudía entero contra la mesada por la fuerza de los embistes.
—¡Mmm! s-sí, aah, ¡ah! —apretó la mesada como pudo para sostenerse y no morir en el acto en cada embestida que le daba vuelta las entrañas y le hacía sentir placer en todo el cuerpo.
Paredes quedó absorto viendo el ojete formado mientras su chota salía para luego entrar y no pudo contenerse más; la mano le picaba, y siguiendo sus instintos, terminó estampando la palma en la pulcra tez inmaculada del más joven, golpeándole el culo con fuerza.
—¿Te gusta así, eh? Que te trate como la puta que sos.
—¡Ahh! Joder —los golpes eran duros y directos, su piel empezó a arder al primer instante y dolía, dolía pero le gustaba tanto que no podía pensar. Solo balbuceó incoherencias.
—Callate —le espetó el argentino, empezando a moverse con embestidas profundas y lentas.
—R-rápid.. rápido…
Aceleró el ritmo, cogiéndoselo cada vez más fuerte. El sonido de piel contra piel se mezclaba con los gemidos de ambos. Paredes le dio otro azote fuerte, dejando marcas rojas en la piel.
—Ahh… —gimió con las piernas de gelatina.
—¿Te gusta que te pegue? —azotó con otro cachetazo, más fuerte que el anterior—. Claro que te gusta. Sos un masoquista de mierda.
Golpeó el orto una y otra vez observándolo gritar y temblar, viendo la piel pálida enrojecerse rápido con forma de su palma. Tenía el culo tan lindo que hasta le daba un poco de pena mancillar el cuerpo joven de esta manera, pero al final se le pasaba al notar cómo los gritos ahogados de placer llenaban la escena. Estaba siendo demasiado ruidoso.
—Mordé —gruñó Leandro cuando levantó la camiseta de Gavi desde el pecho, tironeando hasta metérsela dentro de la boca para que no sea tan ruidoso. El menor aceptó mordiendo con fuerza la tela y babéandola parpadeando entre lágrimas.
Nuevamente lo azotó sin dejar de cogérselo, penetrándolo repetidas veces, usando un ritmo errático, con una mano apretando la cintura para hacer palanca y con la otra palma dándole cachetazos al culo. Otro golpe duro, otro gemido ahogado que hacía temblar y sostenerse arañando la mesada. El ojete respingado estaba rojo de los golpes, ahora sí lo estaba fajando verdaderamente.
El mayor le quitó bruscamente la camiseta de la boca mientras babeaba, y optó por rodearle el cuello con su mano grande, y lo apretó entre sus dedos, asfixiándolo mientras seguía cogiéndolo como un animal por atrás.
—¡Aahg! —jadeó quebrado por la presión fuerte en su garganta que limitaba su voz. Su pene dio un salto de placer y el calor aumentó en todo su cuerpo.
Gavi intentó mover la mano temblorosa directo a tocarse: si seguía así se iba a correr, y no quería venirse tan rápido. Sentía un placer inmenso partirlo al medio, el argentino estaba golpeando su punto sensible sin parar en cada penetración, usando una posición y puntería increíble. Mierda, la respiración cortada y los dedos en la tráquea… no apretaban lo suficiente para dejarlo inconsciente o lastimarlo, pero sí lo justo para sentir la presión, el mareo y el placer intensificándose en su vientre y cuerpo. Tenía la mente nublada, no daba más, era puramente éxtasis y disfrute. Se iba a correr, no podía aguantar mucho más así.
—Mirate cómo llorás. Tomá mi pija, ¿te gusta eh? —gruñó contra su oído, mordiéndole el cuello y apretando más la garganta.
—¡Ngh!
Gavi solo podía gemir entrecortadamente balbuceos sin sentido mientras agua caía de sus ojos. Llevó su mano temblorosa hasta la de Paredes, apretando sobre la del argentino para que no la quitara del cuello mientras lo seguía follando. Quería llegar al orgasmo así; ya no le importaba mucho lo humillante que era la situación, o lo mal que se veía siendo cogido de una manera tan salvaje. El ser ahorcado mientras cada embestida profunda apuntaba a la próstata lo hacía ver estrellas de colores, con ese cuerpo grande y tatuado aplastándolo sin piedad, ya lo habían vuelto completamente loco. Era cómo el paraíso absoluto.
Ganar la copa lo había hecho increíblemente feliz, pero esto era un placer completamente diferente.
—M-más… aprieta más… por favor —suplicó casi sin poder hablar. Se estaba quedando sin aire.
El morocho obedeció, presionando más el cuello con una mano mientras utilizaba el agarre para acelerar las estocadas brutales, y duras, haciendo ruidos obscenos de las pieles húmedas chocando. El miembro del menor seguía goteando líquido transparente sin siquiera tocarse.
Pablo ya no podía responder con palabras por falta de oxígeno, solo podía sentir la polla follándolo con fuerza en su interior, su boca estaba abierta y salivante, mientras su cara se ponía roja por la fuerza de los dedos en su cuello. En el acercamiento del clímax inminente que no podía detener, miró la figura grotesca del argentino en el espejo, que lo observaba abstraído y frustrado, dándole sin parar por atrás. Sus ojos entrecerrados se desviaron hacia la figura reflejada, hasta que se centraron en la imagen entintada de la Virgen María, un tatuaje en uno de los brazos gruesos del mayor, distorsionado frente a él. Sentía pena y vergüenza, era tan pecaminoso… pero juraba que ninguna sensación así de buena podría hacerlo arrepentirse de esto. Jamás.
—No aguantás más, ¿no? Mirá cómo te tiemblan las piernas. Te voy a llenar, ¿querés eso? ¿Eh?
—Aggh…
Con un último gruñido, Paredes lo penetró hondo y se enterró profundo, corriéndose dentro, con chorros calientes llenando el interior del español hasta que sintió cada espasmo contraerse en su verga.
—¡Aaah!
Gavi acabó casi al mismo tiempo, sin tocarse, fue justo cuando creyó que no podría más por el ahogamiento, pero se corrió manchando el lavamanos y el piso, sintiendo el cuerpo convulsionar alrededor de la polla que lo seguía llenando, mientras una nube negra lo cubrió por completo casi haciéndole perder la conciencia por el clímax tan fuerte y abrumador que estaba recorriéndole todos los músculos.
Leandro mantuvo la presión en el cuello unos segundos más, prolongando el éxtasis, hasta que finalmente lo soltó, sonriendo al ver lo mucho que disfrutó el menor de ahorcarlo. Gavi tomó una bocanada de aire rápido y cayó hacia adelante, respirando con dificultad con las piernas hechas flan y sintiendo el semen caliente todavía dentro suyo, intentando que no se le cayera por sus muslos. Cerró los ojos con las réplicas del orgasmo recorriéndole las extremidades y el vientre como un camión.
Paredes intentó recuperar el aliento; el cuerpo frente a él estaba totalmente desarmado y agitado. Le palmeó la cintura magullada, notando que respiraba bien, y que probablemente solo estaba recuperándose del orgasmo y la asfixia. Ni tiempo le dio a gritar, así de bueno era cogiendo.
—Lavate bien que tenés que levantar la copa. Sos un desastre —murmuró todavía agitado mientras se acomodaba la pija dentro del pantalón y se colocaba la camiseta que se le cayó al suelo antes.
Gavi asintió debilmente aún sintiendo las réplicas del orgasmo palpitarle desde las sienes hasta los dedos de los pies, atravesando el calor por los muslos temblorosos, y sintiendo la baba cayendo de sus labios entreabiertos mordidos.
El argentino se dio vuelta para irse, pero antes de abrir la puerta lo miró una última vez, pensando en qué bonito se veía todo cogido, lleno de semen y aferrándose a esa mesa chota para no caerse a la mierda con las piernas como un bambi recién nacido. Se sintió tan orgulloso de dejarlo así que el sufrimiento del fútbol desapareció un rato.
—Y más vale que no digas ni una palabra de esto. A nadie, eh —terminó, saliendo sin decir nada más, dejándolo solo.
Gavi solo asintió lentamente, todavía apoyado en el lavamanos todo desparramado, con las piernas aún temblando luego de un rato y el cuerpo todo marcado de la terrible cogida que le pegaron recién. Se sintió como perder una pelea, o eso creyó cuando de su culo, el semen empezó a caer por sus muslos, bajando por sus piernas caliente y espeso. Ya casi no sentía la cintura ni otras partes de su cuerpo, lo que era un problema serio porque en un rato tendría que volver con su selección antes de que fueran a buscarlo.
—Joder, qué bestia….
Cuando escuchó que la puerta por fin se cerró, se permitió sonreír ampliamente, embobado. Mierda.
Días después, Paredes se encontraba descansando tirado en un sillón re cómodo, haciendo zapping a los canales de la tele. De la nada vio que en un programa pasaban una entrevista post partido del seleccionado Español, y se veía a Gavi respondiendo cosas, hablando maduramente con naturalidad y tranquilidad:
—¿Deberían ser sancionados los jugadores de Argentina por lo que pasó? —preguntó el reportero.
Paredes vio la sonrisa imperceptible de Gavi en la cámara y cómo desvió los ojos un microsegundo. Cruzó las piernas mordiendo su labio inconscientemente al verlo, quería escuchar la respuesta.
—No, te digo la verdad, no creo que tengan que ser suspendidos pero… creo que también hay esa parte de fútbol que es un poco más violenta…
Genial. Leandro seguía mirando sin escuchar el resto mientras se preguntaba si al final, el pibe se limpió el culo lleno de semen o si dio la entrevista todo lecheado. Ojalá fuera la segunda, rogaba porque fuera así, de solo pensarlo se le estaba parando. Vio a Gavi en la entrega de la final en un edit de Tiktok, besando la copa con el grupo festejando, pero lejos de pensar en algo decente, terminó imaginando cómo se veía el menor arrodillado entre sus piernas, con otra cosa fálica entre los labios. Deslizó su mano bruscamente entre sus piernas y apretó su pija, acomodándosela dentro del jogging holgado en un movimiento. Le había gustado mucho, eh.
Justo un minuto después, el teléfono sonó y recibió un mensaje privado inesperado en Instagram, como si el destino y la casualidad sí existieran. Siempre creyó en eso. Le contestaron una historia de él tomando mate, viendo la tele. Era el pendejo:
| ¿Sigues enfadado o ya se te ha pasado?
Leandro sonrió ante la pantalla, bloqueó el celular sin contestar nada, tirando el aparato sobre el sillón. Escuchó otros mensajes llegando a su teléfono, seguro eran todos del español. Tenía que pensar bien qué responderle. Si se acordaba después, obvio, no era prioridad. Además, sí, todavía seguía enojado por el partido.
Efectivamente, al final no era sólo fútbol.
(...)