Humo y cenizas
¿Les ha pasado alguna vez que se sienten completamente invisibles para una persona?
A mí sí. Todo empezó hace algunos años; para ser exactos, hay que regresar siete años en el tiempo.
Era una tarde calurosa de abril, de esas en las que el cuerpo suda tanto que quisieras ducharte veinte veces al día. El aire se sentía pesado, como si la misma atmósfera estuviera cansada. Nos habían invitado a la boda de una sobrina de mi abuela. Jamás conversaba con ellos; son personas difíciles de entender y es rarísimo que nos incluyan en sus dichosas fiestas. Para colmo, en esas ocasiones me obligan a ponerme vestidos para «verme más femenina». Les puedo asegurar que esa es la razón principal por la que odiaba asistir a cualquier evento familiar. La simple idea de las faldas vaporosas y los tacones me daba alergia.
—Ponte el vestido —me dijo mi tía, arrugando la frente, ya con esa expresión de que se le estaba acabando la paciencia.
Ya estaba bastante fastidiada. Me había probado cuatro vestidos en menos de media hora solo porque no me gustaba cómo me veía. Todo me parecía incómodo, demasiado ajustado o ridículamente cursi. Y eso que apenas tenía trece años... No me imagino cómo seré cuando tenga novio y lo haga esperar como mi tía hace esperar al suyo. En realidad, ni siquiera me veía en una relación amorosa; nunca me había gustado ningún chico de la escuela y dudaba mucho que eso fuera a cambiar. El amor me parecía algo complicado y ajeno, una película en la que no tenía papel.
Cada vez que mis tías y mi madre sacaban a relucir esos temas, lo único que me provocaban eran náuseas. Ellas decían que era porque aún estaba pequeña, que ya "me picaría el bichito", pero si algo tenía claro era que jamás tendría novio. Prefería mil veces quedarme en mi habitación leyendo o escuchando música antes que lidiar con las complicaciones de los chicos.
—Date la vuelta —pidió mi tía con la escasa paciencia que le quedaba tras esa hora de martirio. Me giré lentamente, sintiendo el roce de la tela desconocida contra mi piel.
—¡Por fin! Tarán... La niña se ha convertido en una princesa —exclamó mientras yo hacía una mueca de desaprobación frente al espejo. Me veía diferente, sí, pero no me sentía yo misma. Era como si el espejo reflejara a una extraña.
—¿Por qué tengo que ponerme este horrible vestido? —protesté. Sentía que la prenda me apretaba todos los órganos, que el corsé oculto bajo la tela no me dejaba expandir los pulmones.
—Porque te ves muy chula, querida. Anda, deja de quejarte y ponte los zapatos —dijo con una sonrisa emocionada antes de salir de la habitación. Escuché el eco de sus tacones alejándose por el pasillo.
Le hice una mueca de imitación a sus espaldas y me quedé contemplándome frente al espejo. El vestido no estaba mal, si ignoraba el hecho de que sentía el pulmón desinflado y que en cualquier momento iba a salir volando un botón por la presión. No era horrible, solo que no era mi estilo. Me sentía disfrazada de algo que no era. Me puse los zapatos, unos de tacón bajo que ya me molestaban con solo mirarlos, y añadí unos pendientes que me había regalado mi madre en mi cumpleaños. Un pequeño toque de mí misma en medio de tanto formalismo.
Siempre he odiado salir. No es que fuera asocial, solo que prefería la tranquilidad de mi mundo. Ni yo misma entiendo por qué mi familia piensa que es solo una etapa de la edad, pero dudo que eso vaya a cambiar en mí. Como tampoco cambiaría mi aversión por las bodas repletas de gente que solo habla de negocios, de números y del futuro millonario que planean para sus hijos. Conversaciones vacías, sonrisas ensayadas y una opulencia que me hacía sentir fuera de lugar.
—Querida, ¿estás lista? Tu abuela se ha puesto difícil porque no quiere llevar pendientes —llamó mi tía desde el otro lado de la puerta.
—Ya estoy lista —respondió, soltando una pequeña risa divertida. Al menos no era la única que sufría con los accesorios obligatorios. La abuela, siempre tan suya, también tenía su lado rebelde.
Cuando salimos de la casa, mi hermano ya esperaba molesto dentro del coche, lanzando maldiciones por el simple hecho de vivir con mujeres y aguantar lo mucho que nos tardamos. Llevaba una camisa que se notaba que odiaba, y su expresión de fastidio era un poema. Todo el trayecto transcurrió entre las bromas de mi tía para molestarlo: cada cinco segundos uno imitaba al otro y mi tía terminaba sacándole el dedo corazón entre risas. Parecían un par de críos de cinco años. Yo solo ponía los ojos en blanco, mi abuela miraba por la ventana ignorando el caos, y mi madre intentaba acomodarme el collar para que me viera impecable ante sus conocidos. Un viaje caótico, como siempre.
Al llegar, el lugar lucía bastante elegante. Era una mansión pequeña pero deslumbrante, de esas que solo ves en las películas de ricos. Cruzamos una enorme puerta de mármol hacia un vestíbulo de piso deslumbrante, tan pulido que podías ver tu reflejo en él, con ventanales altos y cuadros de un arte abstracto diferente a todo lo que había visto antes, una mezcla de colores y formas que no lograba descifrar. Una majestuosa escalera de caracol conducía al piso superior, aunque la recepción sería en el jardín trasero. El ambiente olía a perfumes caros y a una extraña mezcla de formalidad y pretensión.
Al salir, nos recibió una decoración repleta de rosas y flores blancas; el polen flotaba en el aire al punto de hacerme querer estornudar. Las mesas lucían manteles blancos impecables e identificadores con los nombres de los invitados. No había demasiada gente, apenas unas cuatro familias, por lo que la mitad del lugar lucía desierto, lo que le daba un aire de exclusividad y a la vez de frialdad.
Antes de buscar nuestro lugar, un hombre nos preguntó si estábamos invitados. Mi abuelita, con la solvencia impecable que la caracteriza a sus sesenta años, le entregó la invitación con total templanza. Su mirada firme y su postura elegante dejaron claro que no era alguien con quien jugar. Ver cómo el sujeto llamaba de inmediato a un mesero para guiarnos me sacó una sonrisa. Amo a esa mujer, me dije en silencio mientras caminaba al lado de mi madre, sintiendo una punzada de orgullo.
Las horas transcurrieron pesadas mientras el lugar comenzaba a llenarse. La música de fondo era aburrida y las conversaciones a mi alrededor no me interesaban en lo más mínimo. Yo permanecía apoyada en la mesa con los brazos en las mejillas, bostezando de aburrimiento. Si algo emocionante no pasaba pronto, juraba que me volvería loca. Mi madre me pidió en un susurro que me sentara derecha, como la dama educada que se suponía que debía ser —cierto, a veces olvidaba la alta posición social de mi familia y las estúpidas reglas de etiqueta que conllevaba—. Me enderecé a regañadientes, sintiendo nuevamente la incomodidad del vestido.
Y justo cuando creí que moriría de tedio, mis ojos lo captaron. El mundo pareció detenerse por un segundo.
Era un chico alto, delgado y pálido, de mandíbula muy marcada y un cabello despeinado cuyas puntas caían en todas direcciones, como si acabara de bajarse de una motocicleta o le importara muy poco el peinado. Tenía labios carnosos, ojos oscuros como la noche, tan profundos que parecía que podías perderte en ellos, y vestía completamente de negro con una chaqueta de cuero. Destacaba entre la multitud de trajes elegantes como una mancha de tinta en un lienzo blanco. De lejos se le notaban unos diecisiete años. Mis ojos se abrieron de par en par mientras intentaba procesar de dónde carajos había salido. Era como una aparición, algo que no encajaba en ese entorno tan pulcro.
Venía acompañado por dos chicos que supuse eran sus hermanos mayores. Mi mirada se clavó en él de forma inevitable; simplemente no pude disimular. Era como un imán para mis ojos. Observé cómo se movía con una mezcla de arrogancia e indiferencia, como si el mundo le debiera algo.
Él se dirigió al mismo recepcionista del acceso, entregó una tarjeta idéntica a la nuestra y avanzó. En ese instante, al ver que sus pasos venían hacia nuestra mesa, el corazón me dio un vuelco. Las manos me comenzaron a sudar y el pecho me palpitaba con fuerza, una sensación completamente nueva y desconcertante. Creí que me diría algo al notar cómo lo observaba, que quizás me dedicaría una sonrisa o una mirada de curiosidad, pero pasó de largo hacia la mesa de al lado.
Sencillamente no existí para él. Fui una sombra más en su camino. El aire que me rodeaba se sentía frío de repente.
Durante el resto de la velada, mi único entretenimiento fue observarlo. Se había convertido en el centro de mi universo en esa aburrida boda. Noté cómo apretaba la mandíbula con frustración mientras hablaba con sus hermanos, y cómo jugaba nerviosamente con un anillo de plata en sus dedos, girándolo una y otra vez. Había una tensión contenida en él, una energía oscura y atrayente. Mi madre notó mi absoluta distracción y me miró negando ligeramente con la cabeza, una advertencia silenciosa; yo solo pude ofrecerle una sonrisa nerviosa, intentando disimular el caos que sentía en mi interior.
Cuando la recepción llegó a su fin, todos comenzaron a ponerse de pie, despidiéndose con las mismas sonrisas ensayadas. Mi madre aprovechó para despedirse de unos conocidos y yo la acompañé sin perder de vista al chico de la chaqueta de cuero. Y cuando ya perdía la esperanza de saber algo más sobre él, mi madre saludó afectuosamente a sus acompañantes. Al parecer, eran viejos conocidos. Mi corazón comenzó a latir con fuerza nuevamente.
—Ella es mi hija —dijo mi madre con una sonrisa llena de orgullo, colocándome una mano en el hombro.
—A mi otro hijo ya lo conocen... —agregó haciendo una mueca, refiriéndose a mi hermano que ya estaba en el coche.
—¡Hola! —dije torpemente. Sentí que mi voz sonaba extraña, como si no me perteneciera.
—¡Hola, Bellamy! Tu madre nos ha hablado muchísimo de ti —dijo uno de ellos, sonriendo con amabilidad.
Era el mayor, de unos veintisiete años, alto, delgado y ataviado con un impecable traje color vino y una corbata perfectamente ajustada. Tenía ese aire refinado y seguro de los hombres de negocios que firman contratos millonarios sin inmutarse. El segundo hermano, de unos veinticinco, vestía un traje negro con un clavel en el bolsillo, viéndose igualmente elegante pero con una sonrisa más relajada.
—Espero que hayan sido solo cosas buenas —respondí, esbozando una sonrisa nerviosa mientras intentaba sonar tranquila y adulta, aunque por dentro era un manojo de nervios.
—Por supuesto que sí, querida —respondió el mayor tomando mi mano suavemente—. Me presento: me llamo Yefreed Giyes, y ellos son mis hermanos menores, Bladimir y Ades —dijo señalando al chico del traje negro y, finalmente, al muchacho que me había robado el aliento toda la noche.
—Mucho gusto —musité entusiasmada pero contenida. Mi voz era casi un susurro.
Bladimir solo asintió levemente con la cabeza, manteniendo su postura, mientras que Ades desvió la mirada de inmediato. No hubo contacto visual, no hubo reconocimiento. Nada. Sus hermanos notaron el gesto y negaron con disimulo, intercambiando una mirada de preocupación. Me pidieron disculpas en voz baja, pidiéndome que no lo tomara a mal, ya que Ades solía ser extremadamente reservado tras haber atravesado un suceso muy difícil. Sus palabras resonaron en mi cabeza. ¿Qué suceso? ¿Qué dolor ocultaba tras esa mirada sombría y ese anillo con el que no paraba de jugar? Lo que no sabían era que yo le había prestado atención a cada uno de sus movimientos desde el preciso instante en que cruzó la puerta, que su misterio me había atrapado por completo.
Nos despedimos cordialmente. De regreso a casa, mientras no podía sacarme la imagen de Ades de la cabeza, mi madre me contó que la familia Giyes acababa de firmar un importante contrato con ella, convirtiéndose en socios comerciales. Por lo general, esos asuntos de negocios me daban completamente igual, pero esta vez todo era distinto. Esta vez, esos negocios significaban que volvería a verlo. Sin planearlo, me había enamorado a primera vista de aquel chico misterioso, de su chaqueta de cuero, de sus ojos oscuros y de su dolor oculto. Su nombre, Ades, resonaba una y otra vez en mi mente como un eco constante, una melodía que me atrapaba en un dulce tormento hasta que por fin caí rendida en el sueño, soñando con el chico que me había ignorado por completo...





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Me gusta la inocencia de los 13, ella es adorable y súper a esa edad te enamorabas de chicos así malos. Me gusta la forma en la que narra y que los hermanos sean dentro de todos amables. Tengo una duda, ella quedará resentida porque la ignoró o al crecer se dará cuenta de que no tenía nada de sentido su enojo? no creo que ese sea el conflicto principal, seguro que él hace cosas peores en adelante como para que se lleven mal.