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KATABASIS

Sinopsis

La obsesión no es siempre como la pintan. Juramos y pedimos en vano. "Ojalá me pase", pero cuando pasa, te das cuenta de que no es como lo pensaste. Jungkook es un abogado con fama de Dios, sin un solo caso perdido. Aspecto pulcro sin una sola mancha. Jimin tiene la peor fama en el despacho, con una carrera que recién comienza y una lista larga de hombres que han pasado por su cama. Pero a Jungkook le gusta... le gusta mucho y quiere tenerlo. Así que hará todo. Hasta lo más obsesivo. *CONTENIDO ALTAMENTE EXPLÍCITO *+21 *Dark romance *Kookmin *Jk mayor que Jimin *Psicológico Disfruta la lectura 💕

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4.8 (6 reseñas)
Clasificación por edades:
18+

One shot

Desde siempre me esforcé por crear conductas saludables. Una imagen pulcra, limpia. Una reputación intachable con grandes títulos que enmarqué en las paredes de mi oficina.

No había un caso que perdiera. Todos solían llamarme "Dios"... o me ponían en la misma oración junto con su poder divino.

Todo estaba bien, era exitoso, tenía tranquilidad y paz... hasta que él llegó al edificio vistiendo el traje más entallado que había visto en mi vida, junto al culo más vulgar que mis ojos habían enfocado jamás.

Caminaba con esa seguridad que solo podría generarte odio o envidia pero en mi caso eran unas ganas tremendas de meterme entre sus piernas.

Jimin...

Ese es su nombre. El abogado más joven del bufete. Con la fama peor ganada en solo seis meses.

Me dije a mí mismo: "No puedes tener esa fijación con él", tratando de creérmelo pero me resultaba imposible. Ni siquiera me daba cuenta cuando lo estaba mirando comer, arreglarse el cabello, hidratarse los labios o mirarse las nalgas en el espejo del ascensor.

Escuchaba hablar a los demás. Contar como follaban con él, lo fácil que era. Y lo escuchaba a él hablar de lo mucho que le gustaban los hombres grandes, con músculos y llenos de tinta.

Llegaba a mi casa cada noche y me miraba. Alto... sí. Pero flaco... mucho. Nunca me preocupó el gimnasio ni ganar masa muscular, para mí, el poder estaba en el intelecto. Tinta... no tenia nada, salvo en mi bolígrafo. Eso iba en contra de mi moral. Los hombres con tatuajes eran delincuentes.

Jamás confiaría en un abogado que esté cubierto de manchas.

O eso pensaba, hasta que lo vi levantarse la camisa y me deleité con el final de una luna bajando por su columna. ¿Tendrá más? Me pregunté...

Quiero verlos... pasarle la lengua, morderlos.

A medida que los días iban pasando, seguía siendo invisible para él. En ocasiones, siquiera notaba que yo estaba a su lado. Tenía que saludarlo para que levantara la cara y me mirara. Siempre era un "Buenos días, licenciado Jeon". Con esa jodida vocecita ronca pero suave, casí aguda.

Empecé a odiar esa voz, empecé a odiar que no me viera. Empecé a odiar que mi cuerpo limpio, mi piel sin marcas, mi reputación sagrada... no fueran suficientes para que me mirara.

Y entonces, una noche, frente al espejo de mi baño, con la camisa abierta, me toqué.

Me toqué pensando en la luna de su espalda.

En cómo se abriría si yo fuera uno de ellos...

Había liderado los casos más complejos y hasta ahora, ninguno había sido tan difícil como lograr tenerlo a él cabalgándome.

Una mañana, antes de que el sol terminara de subir, ya estaba pagando el mes del gimnasio más caro del distrito. El instructor me midió, me pesó. Yo solo asentí cuando me dijo que tenía potencial pero debía ser perseverante.

Compré proteínas por kilos. Creatina. Aminoácidos. Batidos que sabían a pura mierda. Cada mañana me obligué a tragarlos mientras miraba el reflejo de un cuerpo que para Jimin no era suficiente. Cada noche me destruí en las máquinas hasta que los músculos temblaban y la piel me ardía. Quería volumen. Quería que mis manos pudieran cerrarse alrededor de su cuello sin esfuerzo y que mis brazos pudieran levantarlo contra una pared como si no pesara nada.

Pero el cuerpo solo no bastaba.

Una tarde salí del bufete más temprano de lo habitual. Mentí. Dije que tenía una reunión externa. En realidad manejé hasta el estudio de tatuajes que había investigado durante semanas. Me senté en la silla y, con la voz más decidida de lo que me sentía capaz, pedí que empezaran por las manos.

— Quiero que se vean aunque lleve traje — dije.

El artista asintió.

La aguja entró.

El dolor fue... joder, se sentía como una victoria. Las líneas negras se abrieron camino entre mis nudillos, rodearon mis dedos. Cada punto de tinta era una renuncia a la imagen que había construido durante años.

Solo por un culo...

Cuando salí, con las manos vendadas en un plástico extraño, sentí que algo dentro de mí se había roto... y que esa rotura me gustaba. Las miradas curiosas no tardaron en llegar.

Volví al bufete al día siguiente con los tatuajes brillando por la crema que me mandaron. Cada vez que firmaba un documento, cada vez que extendía la mano para saludar, la tinta se mostraba.

Y poco a poco... él empezó a notarlo.

Al principio fueron solo segundos. Una mirada rápida cuando pasaba por mi oficina. Otra cuando yo entraba a la sala de juntas. Después se alargaron. Hasta que un martes, en el ascensor, quedamos solos.

Subíamos al mismo piso.

"Buenas tardes, licenciado Park. Buenas tardes, señor Jeon." Nada más.

Yo miraba el número que subía en la pantalla. Él, de reojo, bajó la vista.

Lo sentí, maldita sea: sus ojos deteniéndose en mis manos, en mis dedos. No apartó la mirada de inmediato, más bien la sostuvo; la deslizó con lentitud casi indecente, como si estuviera evaluando cada línea, cada sombra.

Entonces miré a abajo y lo encontré, con esa expresión que no era del todo sorpresa... sino curiosidad e interés. Le regalé una sonrisa ladeada.

El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron.

Me devolvió la sonrisa. Podría jurar que el hijo de puta sabía muy bien el efecto que tenía en los hombres.

— Lindos tatuajes, licenciado. No pensé que fuesen de su gusto.

— Hay mucho que no sabes sobre mí — respondí sin cortar el contacto visual.

Él soltó una risa baja. Asintió, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba. Luego se giró, salió del ascensor y caminó. Moviendo el culo con elegancia. Probablemente tentándome.

No miró atrás... no necesitaba hacerlo. Sabía que lo estaba viendo.

Apreté la mandíbula y las manos. Salí también y me dirigí a mi oficina. Esa misma noche me hicieron el antebrazo derecho. A los tres días, el izquierdo.

Una semana después, el pecho empezó a llenarse, el cuello, los hombros.

Cada sesión era más larga. Cada vez que salía del estudio, con la piel ardiendo, me miraba en el espejo del baño y pensaba en la luna que bajaba por su columna.

Pasaron seis meses.

Seis meses de proteínas, seis meses de pesas hasta el agotamiento, seis meses de tinta que ya no cabía en mis manos: ahora subía por los brazos, cubría el pecho, marcaba el cuello donde antes solo había piel limpia.

Y él...

Él ya no me ignoraba.

Cada vez que nos cruzábamos, su mirada se clavaba en mí. A veces sonreía... a veces solo se mordía el labio de una forma que me hacía querer empujarlo contra la pared más cercana y preguntarle en voz baja si ya era suficiente para él, si ya tenía suficiente tinta.

Si ya podía ser uno de sus perros... como lo escuchaba decir.

Pero no lo hacía, porque aparte de obsesivo soy orgulloso y quería que él me quisiera a mí.

Que me eligiera. Que se arrodillara y con esa vocecita ronca me diga: "Me gusta mucho, licenciado..."

El juego entre nosotros empezó sin que ninguno de los dos lo declarara en voz alta.

Jimin fue el primero en soltar las insinuaciones.

Un roce "accidental" de su hombro contra el mío cuando pasábamos en el pasillo. Una pregunta sobre un expediente que no necesitaba hacerme, solo para quedarse unos segundos de más frente a mi escritorio, con los dedos tamborileando cerca de mis manos.

Una risa cuando yo hablaba en una reunión, seguida de esa mirada ladeada que bajaba hasta mis nudillos antes de volver a subir.

Yo respondía con coqueteo elegante e indirecto.

Nunca demasiado obvio. Le sostenía la mirada un segundo. Le dejaba el café exactamente como le gustaba en la sala de descanso sin que me lo pidiera.

Buscaba que cada caso me tocara estudiarlo con él.

Ninguno daba el brazo a torcer.

Pero nos mirábamos de más.

Una tarde lo atrapé. Estaba en la fotocopiadora, de espaldas. Yo pasé a su lado y, al girar la cabeza, lo vi: sus ojos fijos en mí. Luego bajando.

Deteniéndose en mi entrepierna. Un segundo. Dos.

Tres. No aparté la vista cuando él levantó la cara y me descubrió mirándolo.

Sonreí.

Él se mordió el interior de la mejilla y se dio la vuelta como si nada hubiera pasado.

Al día siguiente fui yo.

Pasé por su lado en el corredor principal. Llevaba un traje negro. Bajé la mirada, la sostuve; conté cada curva, cada tensión de la tela, cada pequeño movimiento al caminar. Él lo sintió. Volteó.

Me encontró con los ojos todavía ahí.

No desvíe la vista. Asentí, lento. Aprobando. Diciéndole sin palabras: sí, te estoy mirando el culo. Y me gusta.

Jimin abrió un poco la boca, luego la cerró y siguió caminando. Esa misma noche, en el estacionamiento subterráneo, el juego se puso peor.

Había terminado de cambiarme en el baño del edificio.

Camisa sin mangas, shorts deportivos grises. Los tatuajes ya no se escondían al igual que los músculos que comenzaban a crecer cada vez más.

Iba hacia mi auto cuando lo vi. De pie junto al suyo con las llaves en la mano, el maletín en el otro brazo.

Nos quedamos mirándonos. Él nunca me había visto así. Sin corbata, sin camisa de botones, sin la armadura del traje. Sus ojos bajaron. Recorrieron mis hombros, mi pecho, mis brazos.

Subieron otra vez y se detuvieron en mi cara.

El silencio me asfixiaba.

Solo se oía un zumbido lejano. Di un paso hacia mi auto. Abrí la puerta. Y, sin apartar la mirada, dije: — Tenga feliz noche, Park.

Jimin no respondió.

Me miró de arriba abajo una vez más con una lentitud que me quemó la piel. Luego negó con la cabeza y sin decir una sola palabra subió a su auto, cerró la puerta y arrancó.

Me quedé parado ahí, con la mano todavía en el marco de la puerta de mi coche y el corazón golpeándome las costillas. No entendía. Había visto el interés. Había visto la forma en que me cogía con la mirada.

Había visto la tensión en su mandíbula.

Y aun así... se había ido.

Negando.

Sin una sola palabra.

Esa noche, en el gimnasio, levanté más peso del que debía. Hasta que los músculos gritaron.

¿Esa era su forma de jugar entonces?

Bien. Jugaríamos...

Escogí un caso. Uno que involucraba tenerlo cerca. Nos quedamos hasta tarde, nos quitamos la chaqueta. Faltaba oxígeno en el espacio. Él se arremangó la camisa hasta los codos.

Tenía un cuerpo delicado pero fuerte, como si en vez de entrenar pesas hiciera pilates.

Se sentó frente a mí... y cruzó las piernas.

Me pareció tan hermoso... tan caro y tan provocador.

Empecé a hablar del expediente.

Pero cada palabra salía más lenta de lo necesario.

Cada vez que él se movía, yo levantaba la vista de los papeles y la clavaba en su boca, en su cuello, en la forma en que se mordía el labio inferior cuando se concentraba.

Me dolían los pulmones.

Pasé una página. Otra. Mis dedos se deslizaban sobre el papel. Él los seguía con la mirada. No disimulaba. Sus ojos bajaban desde mis manos hasta donde el pantalón de vestir ya no podía esconder lo que me estaba pasando.

Estaba duro.

Completamente.

Y él lo vio.

Tragó saliva. El movimiento de su garganta fue tan visible que me obligó a apretar la mandíbula. Se reacomodó en la silla. Abrió un poco las piernas.

Y entonces lo vi a él: la erección marcándose con claridad bajo el pantalón. Empujando la tela hacia arriba como si quisiera salir.

Maldita sea...

Ninguno dijo nada. Me levanté. Caminé alrededor de la mesa con pasos lentos. Me detuve detrás de su silla.

El calor de su cuerpo me llegó antes de tocarlo.

Me incliné. Señalé una cláusula en el documento que él tenía abierto. Mi pecho rozó su espalda.

No fue un accidente.

— Aquí — susurré contra su oído — esta redacción es peligrosa. Si el juez la interpreta así... estamos jodidos.

Mi aliento le rozó la oreja y vi cómo se le erizaba la nuca, vi cómo sus dedos se cerraban alrededor del bolígrafo. Su respiración se volvió más profunda.

No me aparté. Dejé que mi mano se apoyara en el respaldo de su silla, tan cerca de su hombro que mis nudillos casi le tocaban la camisa. Mi otra mano seguía señalando el papel, pero mis ojos ya no miraban el texto. Miraban el perfil de su cara. La forma en que sus labios estaban entreabiertos. El leve temblor en su muslo derecho.

Jimin giró apenas la cabeza. Nuestros rostros quedaron a centímetros, sus ojos bajaron a mi boca. Luego más abajo, hasta mi polla con una desvergüenza absoluta.

Yo también miré.

Su erección era imposible de ignorar. Se marcaba tanto que pude ver el contorno de la cabeza. Seguí hablando del caso — Si firmamos esto tal cual... nos van a comer vivos. Hay que reescribirlo. Hay que ser más agresivos. Más directos.

Mientras hablaba, dejé que mi pecho se pegara un poco más a su espalda. Sentí cómo él, sin poder evitarlo, empujaba las caderas hacia adelante, buscando fricción contra el aire vacío. Mi verga latía tan fuerte que estaba seguro de que él podía oírla.

Cerró los ojos y cuando los abrió, su voz salió ronca — Licenciado...

No terminó la frase. Yo me quedé ahí contra su espalda. Mirando cómo su polla seguía dura, cómo la mía seguía empujando el pantalón, cómo ninguno de los dos se atrevía a dar el siguiente paso... y cómo los dos estábamos a un segundo de hacerlo.

El expediente estaba abierto sobre la mesa. Olvidado.

Solo existíamos nosotros dos, nuestras erecciones dolorosas, y el aire tan espeso que casi se podía morder.

Lentamente, sin decir nada, deslicé la mano que tenía sobre el respaldo de la silla. Mis dedos bajaron. Rozaron su hombro. Bajaron más, por el brazo. Hasta la muñeca. Y ahí me detuve, sujetándola con suavidad...

Jimin tembló.

— El expediente — susurré — todavía no lo hemos terminado.

Él giró un poco más la cabeza. Nuestros labios quedaron peligrosamente cerca. Su aliento me rozó la boca. Olía a menta, delicioso — Entonces... termínelo — contestó.

No era un desafío abierto, era una provocación. Sonreí.

Mi otra mano, la que todavía señalaba el documento; se movió. Abandonó el papel. Bajó lentísima hasta posarse sobre su muslo, casi en la ingle. Mis dedos se abrieron sobre la tela, sintiendo el calor que emanaba de su polla a centímetros. No la toqué. Solo dejé la mano ahí, poseedora, mientras mi pulgar hacía círculos.

Soltó un sonido... un jadeo súper bajo. Como si se hubiera mordido la lengua para no gemir.

— Está duro, licenciado Park... — dije. No era una pregunta.

Él no negó. Solo apretó más la mandíbula y empujó levemente las caderas hacia arriba, buscando mi mano. Yo no se la di. Retiré los dedos un milímetro. Suficiente para que se frustrara.

— Usted también — susurró, girando un poco más el rostro. Sus ojos bajaron otra vez hasta mi entrepierna — Se le nota... todo.

Me reí. El sonido le rozó el cuello.

— ¿Quiere tocarla?

— ¿Qué le hace pensar eso?

— La certeza de que, nunca tendrá en sus manos otra igual.

Jimin cerró los ojos.

Un segundo.

Dos.

Cuando los abrió, había algo peligroso en ellos — Usted... se está pasando de listo, licenciado.

— Y usted — contesté, bajando la voz hasta casi un gruñido — se está mojando el pantalón solo porque le estoy respirando en el cuello. ¿Tan sensible es?

Mi mano en su muslo subió un centímetro. Solo uno.

Los dedos rozaron el borde de su erección, caliente, dura.

Jadeó separando más sus lindas piernas, sin poder contenerlo.

En ese exacto segundo, el teléfono de la sala de juntas sonó. El sonido fue como un balde de agua helada.

Ninguno se movió, seguimos pegados: mi mano todavía sobre su muslo. Mi pecho todavía contra su espalda. Nuestras dos pollas duras a más no poder.

El teléfono siguió sonando. Jimin fue el primero en reaccionar. Se apartó de golpe, casi empujándome. Se levantó de la silla con las piernas temblando. Se pasó una mano por el pelo y se acomodó la camisa.

— Tengo que... contestar.

Lo miré mientras caminaba hacia el teléfono.

Su hermoso culo, la forma en que las nalgas se le movían. La tensión en su espalda.

Y sonreí. Porque el juego ya no era solo tensión.

Era guerra. Y yo acababa de ganar la primera batalla, pese a que el teléfono había cagado el momento.

Él no me miró mientras hablaba. Evitó mi mirada. Cosa que me pareció... sospechosa.

Cuando colgó, se acomodó la corbata. Recogió su chaqueta, el maletín, los documentos y no dijo nada más. No retomó el juego. No me provocó. Simplemente murmuró un "buenas noches, licenciado" demasiado formal y salió de la sala como si acabáramos de discutir un contrato y no de casi rozarnos las erecciones.

Me quedé solo.

Con la idea de que, si el teléfono no hubiera sonado, lo habría tenido contra la mesa en menos de un minuto.

Y entonces la pregunta se instaló en mi cabeza.

¿Por qué?

Todo el mundo lo sabía. Todo el mundo lo había contado entre risas y gestos obscenos en los pasillos. Jimin había follado con más de uno. Pero conmigo...

Conmigo se cohibía, se tensaba, se mordía la lengua y se iba.

Era curioso. Demasiado curioso.

Tenía que saber lo que pasaba.

Al día siguiente lo vi salir del baño con el pelo revuelto y los labios rojos. El socio de litigios salió tres minutos después, ajustándose el cinturón. Jimin ni siquiera se inmutó cuando se cruzó conmigo en el pasillo. Me sostuvo la mirada y siguió caminando.

Esa misma tarde, en cambio, cuando yo me acerqué a su escritorio para entregarle un archivo, él se puso rígido.

No tenía sentido. Si le gustaban grandes y llenos de tinta... yo ya lo era. Si le gustaba follar en la oficina... yo estaba dispuesto. Si le gustaba que lo usaran... yo estaba deseando destruirlo.

Entonces, ¿por qué conmigo se volvía tan jodidamente difícil?

Había hecho exactamente lo que él decía querer.

Y aun así... se resistía.

Sin embargo, descubrí algo en la cena que hacíamos cada que se ganaba un caso. Yo lo observé desde el otro lado de la mesa. Bebía más de la cuenta, con la corbata aflojada, las mejillas rosadas, esa vocecita ronca volviéndose más suave con cada copa.

Cuando la velada terminó, lo intercepté en el estacionamiento.

— No vas a conducir así — dije.

Jimin intentó protestar, pero yo ya le había quitado las llaves de la mano. Abrí la puerta del copiloto de mi auto y esperé. Él me miró, luego subió. El olor a vino y a su colonia llenó el habitáculo en cuanto cerré la puerta.

Arranqué. No hacia su casa. Solo di unas vueltas por las calles. Su muslo estaba a escasos centímetros del mío. La camisa se le pegaba al pecho. Y cuando la luz de un semáforo nos iluminó, vi la erección marcándosele otra vez bajo el pantalón.

Paré el auto en una calle y apagué el motor.

— ¿Por qué bebiste tanto? ¿Fue porque yo estaba ahí? — pregunté en voz baja.

Él soltó una risa corta, sin humor.

— No todo gira alrededor de usted, licenciado.

— Mientes — me giré hacia él. Mi mano se apoyó en el respaldo de su asiento, rodeándolo sin tocarlo. Tragó saliva. Sus ojos bajaron a mi boca — he escuchado lo que dicen sobre ti...

— ¿Sí y qué dicen?

— Te encanta follar...

— ¿Y qué más?

— Te excita la diferencia de tamaños y la tinta...

— Vaya que hablan... aunque tienen razón.

Intentó apartar la mirada. Yo le sujeté el mentón con dos dedos, obligándolo a mirarme — Tengo todo lo que te gusta, y sin embargo, conmigo... te cierras. Te pones nervioso. Estás duro y aun así te escapas. ¿Por qué?

Por un segundo pensé que no iba a contestar. Que iba a sacar esa máscara de siempre. Pero el alcohol, la tensión y mi mano en su cara fueron demasiado.

— Porque tú... no eres como ellos.

— ¿Y eso qué significa? — pregunté, acercándome más. Nuestros labios se rozaron — Dime ¿Es bueno... o es malo? Porque me estoy volviendo loco.

Jimin cerró los ojos. Respiró tembloroso y respondió — Con ellos es fácil... me follan, se corren; se van. Yo también. No siento nada después. Nada. No quiero ataduras, no me ponen nervioso. Son simples perros a los cuales puedo ponerle la correa y luego soltarlos. No son fieles... se van a largar en cuanto lo haga. Pero tú... — tragó saliva — tú me miras como si quisieras quedarte. Como si quisieras... más. Y eso me jode la cabeza. Me da miedo.

Sonreí.

— Miedo de qué, Park.

— De que si te dejo entrar... no pueda tratarte como a los demás. De que me marques. De que después no sepa cómo volver a ser yo.

La confesión quedó flotando entre nosotros. Yo no dije nada de inmediato. Deslicé la mano desde su muslo hasta la ingle, cubriendo su erección con la palma. Él jadeó. La cadera se le movió sola, buscando presión. Yo se la di. Apreté. Froté lento, sintiendo cómo latía, como se resbalaba.

— Entonces tienes razón en tener miedo — susurré contra su boca — Porque cuando finalmente te folle, no voy a hacerlo como ellos. No voy a correrme y largarme. Voy a follarte hasta que se te olvide cómo se siente no pertenecerme. Hasta que cada vez que otro te toque, solo puedas pensar en mis manos y en mi polla. Vas a obsesionarte conmigo y solo querrás de mi sexo.

Jimin soltó un gemido bajo, roto — Mierda... no digas eso — sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca, pero no para apartarme. Para mantenerme ahí — Jungkook...

Era la primera vez que decía mi nombre. No "licenciado". Mi nombre.

Eso me destrozó.

Apreté más fuerte su pene a través del pantalón. Sentí la humedad del pre semen. Él temblaba. Yo también estaba duro hasta el dolor.

— Si algo siempre me ha caracterizado es el nivel intelectual más alto. Y eso es en todo... por eso, estoy seguro de que será como lo digo.

— ¿Te hiciste todos esos tatuajes por mí?

— Solo decoré la habitación para que te puedas abrir cómodamente.

— Maldición... tienes que follarme ya entonces — apretó más mi mano contra su falo, pero yo lo detuve.

— Todavía no — le dije — cuando te tenga, vas a estar sobrio. Vas a mirarme a los ojos y tendrás tus cinco sentidos al máximo.

Jimin me miró con los labios entreabiertos, la respiración agitada, los ojos brillantes. Yo arranqué el auto otra vez. Lo dejé frente a su edificio sin tocarle un dedo más. Pero mientras lo veía subir las escaleras con las piernas inestables, sonreí en la oscuridad.

Ahora sabía la verdad.

Él no se resistía porque no le gustara. Se resistía porque le gustaba demasiado.

Y eso... eso me convertía en el único que realmente podía tenerlo a totalidad.

Al día siguiente empecé a observar algo distinto. Durante semanas había oído los rumores, los comentarios. Pero algo había cambiado. Ya no había nuevos chismes. Nadie hablaba de haberlo visto salir del baño de ejecutivos. Nadie se jactaba de haberlo tenido la noche anterior.

Jimin llegaba puntual, se iba puntual, y entre medias... me miraba. Solo a mí.

Eso me gustó.

Me gustó muchísimo.

La idea de que, desde que empezó a fijarse en todo lo que construí para él había dejado de abrirse para cualquiera me provocaba una erección constante.

Como si ya me perteneciera aunque todavía no lo hubiera tocado de verdad.

Así que cambié la estrategia. Dejé de rozarlo de forma demasiado obvia. Empecé a seducirlo como sé hacerlo mejor: con la cabeza.

En las reuniones hablaba despacio, con esa voz baja y mandona que siempre había usado para destrozar argumentos ajenos. Pero ahora cada palabra estaba pensada para él. Elegía términos que sonaban casi sucios en su elegancia. Dejaba silencios calculados. Lo miraba mientras exponía un punto legal complejo y sonreía cuando lo veía tragar saliva.

Una tarde, revisando un contrato juntos en mi oficina, me quité el reloj y lo dejé sobre el escritorio.

— Hay que cambiar esa defensa — dije, sin levantar la vista.

Jimin estaba sentado frente a mí con las piernas cruzadas.

— ¿Y cómo la cambiaría usted, licenciado?

Levanté la mirada — No pueden quedar dudas. La otra parte debe saber que tenemos el control. Hay que intimidarlos.

Apartó la vista hacia el documento, pero sus orejas se habían puesto rojas. Bajo la mesa, su pie se movió inquieto.

Seguí hablando con la misma voz calmada, distante... mientras él se ponía cada vez más tenso solo de escucharme. Cada término, cada pausa, cada vez que mis dedos se deslizaban sobre el papel, parecía rozarlo directamente entre las piernas.

Cuando terminamos, se levantó con demasiada rapidez. Intentó disimular la erección con el maletín. Yo me quedé sentado, mirándolo — Park — se detuvo en la puerta, sin girarse — la próxima vez que revisemos un documento... cierra la puerta con seguro al entrar.

Él asintió una sola vez, rígido, y salió.

Me quedé solo en la oficina otra vez.

Ya no se trataba de competir con otros. Ya no había otros. Solo existía yo.

Mi voz.

Mis palabras.

Y la forma en que, sin tocarlo, lo dejaba temblando.

Y eso me excitaba más que cualquier follada rápida en un baño.

A medida que siguieron pasando los días la tensión se volvió más insoportable.

Esa noche, cuatro días después; nos quedamos otra vez hasta tarde. Piso veintidós. Puerta cerrada. Luces bajas. Solo el resplandor de la lámpara sobre la mesa. El expediente que "teníamos" que revisar llevaba rato en segundo plano.

Yo hablaba de igual manera aunque no me prestaba total atención.

Sus ojos me seguían. Oscuros. Hambrientos. Asustados de lo mucho que me deseaba. Me detuve frente a él.

— ¿Park... qué te acabo de decir?

— No tengo ni puta idea...

— ¿Me estás escuchando?

Negó — No puedo...

Me agaché un poco. Mis manos se apoyaron en los reposabrazos de su silla, encerrándolo. Nuestros rostros quedaron a escasos centímetros.

— Sácatela — ordené en un susurro.

Jimin tembló. Sus dedos torpes fueron al cinturón. Sacó su polla, gruesa, rosada. Goteando.

Yo hice lo mismo.

Sin prisa.

Abrí el pantalón y saqué la mía. Un poco más oscura. Más pesada quizá, con las venas marcadas. La cabeza brillante.

Ninguno apartó la mirada.

Le sujeté la muñeca, guié su mano hasta mi verga.

Al mismo tiempo, envolví la suya con los dedos.

Y empezamos. Lento. Apretado. Sincronizado.

Sus dígitos, más pequeños, más suaves apenas podían rodearme. Yo subía y bajaba con presión, el pulgar extendiendo el líquido por toda la longitud. Él jadeaba. Yo gruñía bajito. Pero ninguno cerró los ojos. Ninguno miró hacia abajo. Nos sostuvimos la mirada como si nos estuviéramos follando el alma.

— ¿Cerraste la puerta?

— Sí, señor...

— Muy bien hecho...

La mano de Jimin se movía más rápido. Más desesperada. Apretaba justo debajo de la cabeza, exactamente donde más me gustaba. Yo le devolvía el favor: retorcía la muñeca al subir, le masajeaba los testículos con los dedos libres, le recogía el pre semen y se lo untaba por toda la polla hasta dejarla brillante y resbaladiza.

— Mírame... — ordené cuando sus párpados temblaron— no cierres los ojos. Quiero verte la cara cuando te corras en mi mano.

— Jungkook... mmhg...

— Eso. Di mi nombre mientras te masturbo.

Sus caderas empezaron a empujar contra mi puño. La silla crujía. El sonido húmedo de nuestras manos trabajando las pollas llenaba la sala: delicioso, adictivo.

Yo estaba al borde, me dolían las bolas.

Pero me contuve. Quería que él se rompiera primero.

Apreté más. Aceleré. Le froté la ranura con el pulgar una y otra vez mientras le hablaba — ¿Se siente bien dejarse llevar, verdad? — asintió frenético — ¿Vas a correrte mirándome a los ojos, Park? ¿Vas a mojarme la mano con tu leche mientras piensas en cómo te la voy a meter después?

Jimin soltó un gemido ahogado. Sus ojos se abrieron más. La espalda se le arqueó. Y se corrió.

Chorro tras chorro, espeso, caliente, saliendo con violencia contra mi puño y salpicando hasta la camisa. Gemía mi nombre entre dientes, sin apartar la mirada ni un segundo, temblando.

Eso me empujó al límite. Apreté su mano alrededor de mi polla y me follé su puño con embestidas rápidas. Dos. Tres. Cuatro.

Me corrí mirándolo.

Él no apartó la mano. La dejó ahí, sintiendo cada latido, cada chorro. Luego se llevó esa mano a la boca y lamió hasta la última gota sin cortar el contacto visual.

Luego hubo silencio...

Ninguno se besó. Ninguno habló. Solo nos miramos.

Con la certeza de que acabábamos de cruzar una línea de la que ya no había vuelta atrás.

Justo lo que yo quería...

Pasaron días. Ocho, exactamente. Ocho días en los que no nos tocamos. Ocho días en los que la tensión se volvió infernal. Ocho días en los que cada mirada, cada roce "accidental" de dedos al pasar un documento, cada silencio cargado en el ascensor nos dejaba a ambos duros y frustrados.

La novena noche nos quedamos otra vez hasta tarde.

Solo nosotros dos y un expediente que ninguno estaba realmente revisando.

Yo hablaba, como casi siempre. Él era más callado.

— La cláusula es ambigua a propósito y está diseñada para que la otra parte baje la guardia... y cuando lo haga, la destroces.

Jimin tragó saliva, sin contestarme.

Me levanté hasta quedar a su lado — ¿No piensas decirme nada?

— Estoy en mis cinco sentidos hoy — respondió, mirándome desde el asiento. Luego se levantó para enfrentarme y lo siguiente que hice fue arrástralo hasta el baño.

La puerta se cerró; lo empujé contra el lavabo.

— ¿Quieres esto?

— Ya no aguanto más.

Con una mano le sujeté la mandíbula. Con la otra me abrí el pantalón y saqué mi polla. Completamente dura. Se la puse en la mano — Tócala.

Jimin la sujetó, apretando. Entonces me incliné y lo besé por primera vez. Le abrí la boca con la lengua, profundo, sucio. Él gimió contra mis labios. El sonido me vibró en el pecho. Sus dedos se cerraron más fuerte alrededor de mi verga mientras yo le follaba la boca con la lengua, mordiéndole el labio inferior, chupándoselo, dejándolo hinchado.

El sabor de su saliva me volvió loco.

Lo giré, lo obligué a mirarse en el espejo.

Le bajé el pantalón y el boxer de un solo tirón hasta los muslos. Su culo quedó expuesto: redondo, firme. Le separé las nalgas con las manos. Su agujero se contrajo, rosado, apretado, solo para mí.

Escupí directo en el centro. El hilo de saliva bajó lento por la hendidura.

— Levanta la mirada — ordené contra su oreja mientras frotaba la cabeza de mi polla arriba y abajo, untándole saliva — vas a sentirme todo... finalmente.

— Por favor... prepárame — suplicó.

Llevé dos dedos a su entrada y los metí, masajeando, estirando y calentando por solo dos minutos. No podía más.

Empujé. La punta se abrió paso con dificultad. Jimin soltó un grito ahogado. Seguí empujando, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su culo me estrujaba, caliente, húmedo, desesperado. Cuando por fin estuve completamente dentro, hasta las pelotas, los dos temblamos.

— Joder... — jadeé contra su cuello— Acabo de entrar y ya me estás ordeñando la polla como si llevaras meses esperándola.

— M-muévete...

Empecé a hacerlo. Profundo. Sacándola casi del todo para volver a enterrarla. El sonido era lo más hermoso de este mundo, acuoso, espeso. Cada vez que entraba hasta el fondo, Jimin gemía mi nombre. Cada vez que salía, su agujero se aferraba a mí como si no quisiera soltarme.

Aceleré. Lo agarré del pelo con una mano y le mantuve la vista en el espejo. La otra mano le rodeó la garganta, mis dedos tatuados contrastaron contra su piel pálida. Lo follaba con fuerza ahora. Las embestidas eran brutales. El lavabo se movía. El espejo se empañaba.

— Jungkook...

— ¿Sí, bebé?

— Voy a morir... esto, mmhg... esto se siente tan rico,

— Mierda, no me hables así...

— La siento toda — pegó el pecho a la cerámica, empujando el culo hacia atrás — Ahg... que delicia — tenía los ojos vidriosos, la boca abierta, un hilo de saliva cayéndole por la comisura. Su polla rebotaba contra el mármol con cada embestida, goteando sin parar. Yo se la agarré. La masturbé al ritmo de mis caderas.

— Maldita sea... — el semen me subió de golpe — córrete — ordené — córrete mientras te follo.

No tardó nada. Soltó un gemido largo y hermoso. Su agujero se contrajo alrededor de mí con una fuerza brutal. Se corrió manchando el lavabo, mi mano. El orgasmo le duró varios segundos. Yo seguí embistiéndolo a través de las contracciones, follándolo más profundo, más duro, aprovechando lo apretado que se había puesto.

Cuando empezó a volverse hipersensible, lo saqué casi del todo... y lo volví a enterrar de un solo golpe. Mi esperma ya lo había llenado pero la dureza seguía igual.

Lo giré, lo levanté y lo senté en el borde del lavabo. Le abrí las piernas todo lo que el pantalón le permitía. Me puse entre ellas. Volví a entrar de una embestida profunda. Ahora lo tenía de frente. Ahora podía verle la cara mejor. Ahora podía besarlo otra vez mientras me lo cogía.

Y lo hice tal cual.

Lo besé. Él gemía mi nombre contra mi boca cada vez que le tocaba ese punto exacto dentro de él.

— Jungkook... Jungkook... ahh, uhmm.

— Así —gruñí en sus labios— di mi nombre mientras te rompo. Di mi nombre mientras te lleno otra vez.

Aceleré todavía más. El sonido de mis testículos golpeando contra su culo era obsceno. El mármol estaba manchado de semen y fluidos.

Sentí el orgasmo por segunda vez.

Lo agarré de la nuca. Lo hice mirarme a los ojos.

— Voy a correrme... hasta el fondo... y vas a quedarte así... abierto y lleno de mí.

Jimin jadeó, asintiendo; casi rogando — Sí, sí, sí. También yo...

Un beso más y nos fuimos juntos. Él se aferró a mí como si se fuera a caer. Seguí moviéndome un poco más, empujando mi leche más adentro, hasta que ya no salía nada.

Cuando por fin me detuve, los dos temblábamos.

Saqué la polla despacio. El agujero de Jimin quedó abierto, rojo, destrozado, con mi semen empezando a salir.

Lo miré. Me miró. Ninguno habló. Solo se oía nuestra respiración agitada y el goteo lento de mi semen y el suyo cayendo al suelo.

Después de esa noche en el baño, algo de activó.

Jimin ya no se escondía ni se cohibía. Ahora parecía desesperado. Al día siguiente entró a mi oficina sin llamar. Cerró la puerta con seguro. Se arrodilló entre mis piernas mientras yo firmaba un escrito y, sin decir una sola palabra, me abrió el pantalón. Sacó mi polla todavía sensible del día anterior y se la metió en la boca hasta la garganta.

Yo ni siquiera dejé de firmar.

Solo bajé una mano, le agarré el pelo y lo guié. Él babeaba, se atragantaba, se recuperaba y volvía a bajar hasta que la nariz le tocaba mi base. Cuando me corrí, se lo tragó todo. Después se levantó, se limpió la comisura de los labios con el pulgar y salió como si acabara de traerme un café.

Me quedé mirando la puerta.

Dos días después, mientras revisaba un caso de fraude corporativo, volvió a entrar. Esta vez no se arrodilló. Se subió a mi regazo, de espaldas a mí, se bajó el pantalón y se clavó sobre mi pene. Empezó a rebotar. Lento al principio, después más rápido, más profundo, gimiendo bajito para que nadie en el pasillo lo oyera.

— Sigue trabajando — susurró — no pares de leer... solo, présteme tu polla un momento; yo hago todo.

Apreté los dientes. Seguí leyendo el párrafo más aburrido del expediente mientras él se movía sobre mí, con su culo caliente y húmedo ordeñándome la verga.

Cuando se corrió, se le escapó un gemido y se le cerró el agujero alrededor de mí con tanta fuerza que me arrastró con él. Me corrí. Él se quedó sentado un momento más, temblando.

Después se levantó, se acomodó el pantalón y salió.

Al otro día, por la noche, en el estacionamiento, me esperaba dentro de mi auto. No dijo nada; tampoco yo. Teníamos una relación bastante extraña. Ni siquiera habían saludos. Solo se subió a mi regazo en el asiento del copiloto, me bajó el pantalón y se sentó. Esta vez de frente. Me besó mientras se movía. Como si llevara días sin tenerla adentro.

— Ahh... me encanta tanto — lloriqueaba — Mmhg.

Yo le agarré las nalgas y lo empuje hacia abajo cada vez que él subía, obligándolo a tomarla entera.

— ¿Así de desesperado estás? — gruñí contra su boca — ¿Tanto te quedó gustando?

— Sí — jadeó — siempre... siempre quiero tenerte adentro. Todo el tiempo. No aguanto cuando no estás.

Eso me fascinó y lo follé más duro. Le marqué el cuello con los dientes. Le llené el culo mientras él se corría entre nuestros cuerpos.

Cuando terminamos, se quedó sentado sobre mí un rato más, respirando agitado contra mi cuello — No la saques todavía — pidió.

Sonreí en la oscuridad. Pasé los dedos por su espalda sudada y le respondí — No tengo ninguna intención de sacarla.

Ahora él era el obsesionado. El desesperado. El que buscaba como si le fuera la vida en ello.

Y a mí... me encantaba.

Durante dos días enteros me lo negué.

No lo toqué ni lo dejé tocarme. Ni siquiera le permití arrodillarse bajo el escritorio.

— No —dije cuando entró a mi oficina. Se quedó parado frente a mí, respirando agitado. Intentó argumentar. Intentó acercarse. Yo solo lo miré por encima de los papeles y repetí — Aguanta.

Estaba comenzando a sospechar que tal vez, tenía ninfomanía.

El segundo día fue peor. Llegó más temprano. Más desesperado. Se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo con los labios entreabiertos — Por favor... solo un poco. Déjame tenerla en la boca. Aunque sea un minuto.

Le sujeté la mandíbula. Apreté lo suficiente para que abriera la boca. Luego se la cerré con el pulgar — No.

— Buscaré a alguien más — amenazó.

— Hazlo — señalé la puerta. Su rostro era de total incredulidad. De verdad esperaba que yo cayera en su juego. Salió frustrado, dando un portazo.

La tercera noche lo esperé en el estacionamiento y antes de que subiera a su carro, aclaré mi garganta y abrí la puerta del copiloto. Pareció pensarlo, pero no tardó en caminar hacia mí y subir.

Conduje hasta mi departamento en silencio. Él no preguntó. Solo miraba mis manos en el volante.

En cuanto cerré la puerta detrás de nosotros, lo empujé contra la pared.

— ¿Estuviste con otro?

Negó con lágrimas en los ojos — No puedo... no quiero a otro.

— ¿Solo a mí? — bese su cuello.

— Solo a ti, pero tú, has sido tan malo — lloriqueó.

— Tenía que hacerlo para comprobar de qué realmente soy solo yo.

— ¿Y ya lo hiciste? — me acarició el falo.

— Ya lo hice...

Lo besé y mientras lo besaba le abrí el pantalón, le saqué la polla y lo masturbé rápido — Ay... — chilló — voy a venirme — no había pasado ni siquiera el minuto.

— No todavía.

Lo arrastré hasta la sala. Lo puse de rodillas. Me saqué la verga y se la metí en la boca. Él se atragantó soltando lágrimas y saliva por montón. Le agarré el pelo con las dos manos y le follé la garganta.

Cuando sentí que estaba cerca, lo saqué.

— A mi cama.

Lo llevé. Era la primera vez que alguien entraba en mi departamento. Siempre fui cuidadoso y desconfiado. Nunca quise a nadie manchando mis sábanas. Pero Jimin... yo quería a Jimin completamente para mí.

Lo desnudé por completo.

La primera vez fue de frente.

Le abrí las piernas. Escupí en su agujero. Me unté la polla con saliva y pre semen y entré. Mi rubio gritó. Yo le tapé la boca con la mano y empecé a follarlo. Duro y sin piedad. Cada embestida hacía que la cama golpeara la pared. Su polla rebotaba entre nuestros cuerpos, goteando sin parar.

— Dos días sin esto — gruñí contra su oído— dos días aguantando. Ahora te voy a llenar hasta que no puedas más — me corrí. Tanto que cuando la saqué el semen empezó a salir a borbotones. Él jadeó al sentirlo y también se vino pero no le di tiempo a recuperarse. Lo giré. Lo puse en cuatro patas. Volví a entrar.

Lo follé así hasta que se corrió otra vez sin que le tocara la polla. El orgasmo lo dejó temblando. Yo seguí. Cuando se quejó de que era demasiado, le apreté la nuca contra el colchón y le dije:

— Tú querías esto.

La tercera ronda fue en la ducha.

Él de espaldas a mí, las manos contra la pared, yo embistiéndolo desde atrás mientras lo masturbaba con la mano enjabonada. Nos corrimos casi al mismo tiempo.

La cuarta fue en el sofá. Él montándome.

Rebotando. Yo le sujetaba las caderas con fuerza, dejándole marcas. Le hablaba sucio y cruel:

— Dos días sin mi polla y ya estás hecho una puta desesperada. ¿Así te gusta estar? ¿Lleno y abierto y pidiendo más?

— Sí... sí, joder, sí.

— Dime de quién eres...

— Soy solo tuyo...

— Muy bien...

Se corrió otra vez. Yo también. Perdí la cuenta después de eso. Lo follé contra la ventana, lo follé en la cocina, sobre la isla, con una pierna alzada. Lo follé en el suelo del pasillo cuando intentó ir al baño y no llegó.

Cada vez que intentaba descansar, él volvía a buscarme. Se me subía encima. Me la pedía. Me la rogaba.

— Otra vez... por favor...

Al amanecer estaba destrozado. Tumbado boca abajo en mi cama, con las piernas abiertas, el agujero rojo, hinchado. Tenía moretones en las caderas, chupetones en el cuello y en los muslos, la voz ronca de tanto gemir. Yo estaba sentado a su lado, acariciándole la espalda.

Él giró la cabeza. Pensé que me daría los buenos días pero no. Pidió que le metiera los dedos. Quedé realmente impactado, ya que visiblemente se veía maltratado. "Por favor" lloriqueó y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Le separé las nalgas y metí tres dedos; así de dilatado estaba. Él gimió, largo, roto. Empecé a moverlos. Mis dígitos salían bañados en fluido blancuzco.

— Yo... necesito esto para sentirme bien — susurró.

— Tienes una condición verdad...

Asintió sin mirarme — Soy un maldito adicto...

— Ya lo sé...

— No puedes dejarme vacío — sollozó — no puedes.

— No lo haré.

Jimin asintió contra la almohada. Empujó las caderas hacia atrás, buscando más — Solo tú... solo tu polla... tus manos; ya no puedo con otra cosa... es tu culpa.

Metí un cuarto dedo. Él soltó un gemido — ¿Quieres que meta toda la mano? ¿Podrías soportarlo?

— Inténtalo...

Cerré los dedos juntos y escupí desde arriba. Giré la muñeca mientras hacía presión y mi mano poco a poco entraba lento — Mmhg... — gemía de forma tan dulce que contrastaba jodidamente con el acto sádico que estaba llevando a cabo. Mi puño sintió la bolita hinchada dentro suyo — n-no lo muevas... espera, d-déjame adaptarme — apretó al rededor. Contrajo voluntariamente su culo y cada apretón que daba me lo hacía sentir en la polla.

Llevé mi mano libre hasta ella y me ardió cuando bajé el prepucio. Tenía la punta roja pero bañada ya en pre semen. Me masturbé suave, deleitándome con la forma en la que ordeñaba mi puño. Luego comenzó a serpentear, y vi como se estaba jalando el pene por debajo.

Era un jodido depravado sexual.

Yo empecé a mover el puño. Sacando solo un poco para volver a empujar. Cada vez que el nudillo rozaba su próstata, Jimin se estremecía entero y soltaba un gemido dulce.

Cuando empujé más duro, él gritó y se corrió. La leche le salió contra las sábanas.

Cuando el temblor bajó, lo dejé un segundo.

Saqué la mano despacio. El agujero quedó abierto, goteando una mezcla blanca y transparente. Pulsaba. Como si todavía quisiera algo dentro. Jimin giró la cara. Tenía las mejillas mojadas de lágrimas.

— Otra vez... ahora con tu polla... por favor...

Me incorporé. Me puse de rodillas entre sus piernas abiertas. Empujé y entré sin resistencia. Soltó un gemido largo de alivio, como si por fin volviera a sentirse completo.

—Así te quiero — gruñí— Pidiendo más aunque ya no puedas más.

Jimin solo asentía Y yo... yo no pensaba parar.

Pasaron algunos días y empecé a notarlo.

No era solo cansancio normal después de una noche larga, era algo más profundo. Los músculos de los muslos me temblaban solo de subir las escaleras del bufete. La polla me dolía incluso flácida: sensible, enrojecida, con pequeños cortes en la base de tanto roce. Cada vez que me sentaba, un tirón me subía desde los testículos hasta la ingle.

Jimin no se daba cuenta. O no le importaba.

A la hora del almuerzo entró a mi oficina, cerró con llave y se arrodilló bajo el escritorio. Me bajó el pantalón y se llevó mi verga a la boca con la misma hambre del primer día. Yo intenté apartarlo con la mano — Ey... no puedo. Estoy destrozado.

Él levantó la vista. Sonrió con esa dulzura que me había vuelto loco — Entonces no te muevas. Yo lo hago todo.

Y lo hizo.

Me chupó, hasta que se me puso dura a pesar del dolor. Cuando me corrí, poco, casi con esfuerzo; se lo tragó y se lamió los dedos como si fuera el postre.

Por la noche me llevó a su departamento.

Yo apenas podía mantener los ojos abiertos. Él, en cambio, estaba eufórico. Me hizo tumbarme de espaldas y se sentó sobre mi cara.

— Lámeme mientras me toco — pidió, ya masturbándose con la mano.

Obedecí. Porque aunque el cuerpo me gritaba que parara, la parte oscura de mí disfrutaba viéndolo tan necesitado.

De bajó, cayendo en mi pene y empezó a rebotar.

A la quinta embestida sentí un pinchazo agudo en la ingle. Ignoré. A la octava, la visión se me nubló un segundo.

Jimin no paró.

Se corrió sobre mi pecho jadeando mi nombre y después se bajó solo para darse la vuelta y pedirme que lo follara contra el colchón otra vez. Yo lo hice. Con los brazos temblando, con la respiración entrecortada, con un dolor que ya no se iba. Cuando por fin me corrí la tercera vez ese día, me desplomé a su lado. El corazón me latía demasiado rápido. Tenía fiebre. Lo sentía en la piel.

Él se acurrucó contra mí y susurró en mi cuello — Mañana quiero probar algo nuevo... Quiero que me ates. ¿Lo harías...?

Yo cerré los ojos. El cuerpo me pedía descanso. Días de descanso. Pero la voz de Jimin, suave y demandante, ya estaba sembrando la siguiente obsesión.

— Sí — contesté, ronco— lo haré.

Porque aunque me estuviera enfermando...

aunque el miembro me ardiera y los músculos me gritaran... ya no sabía cómo decirle que no.

El colapso llegó un martes a las 11:47 de la mañana.

Estaba de pie en la sala de juntas, explicando un argumento de apelación, cuando la visión se me cerró por los costados. Un zumbido agudo me llenó los oídos. Las piernas fallaron. Caí de rodillas primero, después de cara contra la mesa. Lo último que escuché fue a alguien gritando y el sonido lejano de una silla cayendo.

Me desperté en urgencias.

Suero en el brazo. Monitor cardíaco. Oxígeno. La doctora me explicó que tenía una infección urinaria severa complicada con deshidratación extrema, anemia y un agotamiento físico que rozaba el colapso sistémico. "Tu cuerpo está en modo de supervivencia", dijo. "Lo que sea que hayas estado haciendo... tienes que parar."

Me hospitalizaron.

A las tres de la madrugada la puerta se abrió sin ruido.

Era mi Jimin. Entró como una sombra. Cerró. Se acercó a la cama con esa sonrisa suave que ya no me generaba nada más que cansancio. Se subió a la orilla del colchón, me bajó la sábana y pasó la mano por mi entrepierna dañada.

— No pude pasar antes porque no permitían visitas. Pero aquí estoy, bebé. Te extrañé — susurró — ¿Te sientes muy mal? ¿No sería divertido montarte aquí en silencio?

Lo aparté con el brazo. El movimiento me dolió.

— Estamos en un maldito hospital, Jimin.

Él se quedó quieto. La sonrisa se le quebró.

— Solo un poco... por favor.

— No. No quiero. No puedo. Y tú... tú no paras nunca. Tu semblante es casi igual al mío, has perdido peso, ni siquiera comes bien. No vamos a follar aquí, maldita sea.

Lo dije con la voz más fría que había usado con él. Jimin parpadeó. Los ojos se le llenaron de lágrimas de inmediato, como si le hubiera pegado. El labio inferior le tembló. Empezó a llorar en silencio primero, después con sollozos rotos que le sacudían los hombros.

— Perdón... perdón, perdón, perdón... — repetía mientras se bajaba de la cama— No voy a molestarte más. Lo juro. No voy a... no voy a buscarte. Perdón.

Salió casi corriendo. La puerta se cerró detrás de él. Me quedé solo con el pitido del monitor y un nudo asqueroso de culpa en el pecho.

No pude dormir.

A las cinco de la mañana me arranqué el suero. Me puse la ropa que había en la bolsa de pertenencias. Salí por la escalera de emergencias evitando a las enfermeras y tomé un taxi

Su departamento estaba en silencio. Usé la llave que me había dado semanas atrás y lo encontré en el sofá.

Desnudo. Con un pote de helado de vainilla entre las piernas. Los ojos hinchados, la nariz roja. Se veía tan débil y moribundo. Cuando levantó la vista y me vio, el helado se le cayó al suelo.

Se bajó del sofá de rodillas y gateó hasta mí.

Se detuvo a mis pies. Levantó la cara y las lágrimas volvieron a caerle — Perdón... perdón por no dejarte descansar. Perdón por enfermarte. Perdón por ser así. No... no sé parar. No sé cómo dejar de necesitarte. Perdón...

Se aferró a mis pantorrillas con las dos manos, llorando contra mi pierna, temblando como un animal herido. Yo me quedé de pie en medio de la sala. Y por primera vez desde que todo empezó... no supe si quería cargarlo en brazos, o dar media vuelta y no volver nunca.

Aún así... decidí quedarme.

Esa misma noche lo dormí. Le preparé el té: tres gotas del frasco que había comprado antes de llegar "por si acaso". Jimin lo bebió sin sospechar, acurrucado en mi pecho. A los veinte minutos su respiración se volvió pesada y regular. Lo dejé en la cama, cubierto con una manta. Le besé la frente, tomé las llaves de su auto.

Conduje más de una hora hacia las afueras de la ciudad, por carreteras que ya no aparecían en el GPS.

El bosque se cerró alrededor del camino. Cuando llegué las luces del auto iluminaron lo que ya conocía: muñecos de trapo colgados de los árboles con cuerdas negras, amuletos de huesos y plumas balanceándose con el viento, símbolos quemados en la corteza. El olor a incienso me golpeó apenas bajé del vehículo.

Toqué la puerta de la cabaña.

El hombre abrió casi de inmediato. Alto, delgado, la cara marcada por tatuajes antiguos. No pareció sorprendido de verme.

— No puedo más — dije sin preámbulos — nos estamos lastimando.

Él me miró con calma. Encendió un tabaco y exhaló el humo hacia un lado — Tú lo pediste así. No puedes jugar con esto.

Entré y me dejé caer en la única silla que había frente a la mesa llena de velas y frascos — Yo solo quería que se obsesionara conmigo pero no así... — confesé, mirando mis propias manos — cuando llegó al bufete... esa puta reputación, ese cuerpo, esa forma de caminar... me volví loco. Busqué de todo. Estudios de tatuajes, rutinas de gimnasio, trucos de seducción. Y entonces encontré tu contacto.

El brujo no dijo nada. Solo esperó con fastidio.

— No sabía que era ninfómano — continué — quería que me deseara. Que me mirara. Que me dejara follarlo. No que me interceptara en cada puto baño. No que me montara mientras firmaba documentos. No que me pidiera el puño a las cinco de la mañana llorando porque no podía estar vacío. Me duele la polla. Me duele el cuerpo. He perdido todo el peso que gané solo para gustarle. Perdí los dos últimos casos porque no podía concentrarme... porque él estaba bajo el escritorio o enviándome fotos de su agujero. No puedo tener una cena normal con él o una cita. No puedo dormir. No puedo ni mear sin que arda.

Levanté la vista. Los ojos se me habían llenado de rabia.

— Pues eso dijiste que querías.

— ¡Lo sé! Y ahora me está matando.

El brujo aplastó el cigarrillo contra un plato de metal. Su voz salió baja y aburrida — ¿De verdad eres tan inteligente como dices ser? ¿Investigaste todo lo que conlleva una obsesión antes de pedirla? Aquí no hay un "ya no lo quiero" porque lo pediste, lo firmaste con sangre y fluidos y eso es lo que tienes. Un chico obsesionado creado a tu medida.

Me quedé en silencio.

El viento movía los muñecos afuera. Uno de ellos, hecho con tela oscura y pelo real, giró lentamente hasta quedar mirándome. El brujo sonrió por primera vez.

— ¿Quieres que lo deshaga? Puedo hacerlo. Pero el precio... el precio ahora es mucho más alto que el que pagaste la primera vez.

Yo tragué saliva. El cuerpo me pesaba como plomo y no sabía qué responder.

Tardé dos días en decidirme. Dos días en los que vi a Jimin deshacerse. Había adelgazado demasiado, todos hablaban de eso. Las ojeras le llegaban casi hasta las mejillas. Lloraba por cualquier cosa: si yo me tardaba en contestar un mensaje, si no lo follaba en cuanto llegaba del trabajo, si intentaba dormir más de cuatro horas. Una noche se cortó el muslo con una hoja de afeitar para que yo viera la sangre y lo consolara.

— Si no me tocas voy a volver a hacerlo — susurró después, temblando— No sé estar sin esto. Sin ti.

Esa misma madrugada agarré las llaves y volví al claro del bosque. El brujo ya me estaba esperando con ese jodido gesto de burla pura.

— Lo rompo — dije sin más — pero quiero que deje de sufrir... ya ni siquiera me importa lo que sienta yo, me preocupa Jimin.

Él alzó una ceja — Puedo romperlo. Pero, él va a olvidarte por completo. No quedará ni una sombra.

Serás una persona más. Tendrás que verlo todos los días y saber que para él nunca exististe.

Se me quebró la voz — Hazlo.

El brujo asintió. Me hizo firmar con sangre otra vez. Después me dio un vaso oscuro. Lo bebí.

Desperté en mi propia cama. No supe cuánto tiempo había pasado. El cuerpo ya no me dolía. Me toqué el pene con cuidado: la piel estaba sana, sin rozaduras, sin ese ardor constante. Los músculos ya no temblaban. Me sentía... vacío. Pero físicamente recuperado.

Me vestí y fui al bufete. A las 9:14 Jimin llegó.

Pasó junto a mi escritorio. Ni siquiera bajó la velocidad — Buen día — dijo con esa vocecita educada y distante.

No me miró a los ojos, no sonrió, no hubo ese segundo de más que siempre se quedaba mirándome las manos.

Siguió caminando. Yo me quedé sentado, con el bolígrafo suspendido en el aire, sintiendo cómo algo dentro del pecho se rompía en silencio.

Porque el hechizo se había roto. Jimin estaba libre.

Y yo... yo acababa de convertirme en el único que recordaba absolutamente todo.

Los días siguientes fueron una tortura, un jodido infierno que me quemaba vivo. Él volvió a ser exactamente lo que era al principio: el abogado joven, hermoso, con esa reputación de fácil. Le sonreían, se acercaban. Un hombre le llevaba obsequios, lo buscaba a la salida.

Eso me enfermaba.

Una tarde los vi salir juntos. Jimin iba carcajeando.

Yo me quedé mirando el estacionamiento vacío hasta que las luces se apagaron.

En los pasillos me ignoraba con una naturalidad que me partía el pecho. Pasaba a mi lado con el café en la mano y un educado "licenciado" que no duraba nada. No había doble sentido. No había roce. Para él yo era una partícula de polvo en el archivero.

Y yo... yo lo amaba.

Lo entendí con una claridad horrible una noche, solo en mi departamento, mirando el techo. No era solo el sexo. No era solo su cuerpo hermoso ni sus gemidos ni la forma en que me pedía que lo llenara. Era él. La forma en que se mordía el labio cuando se concentraba. La voz dulce con la que decía mi nombre. La vulnerabilidad que solo me mostraba a mí.

Quería besarlo sin que fuera el preludio de una follada.

Quería llevarlo a cenar. Escucharlo hablar de cualquier cosa. Verlo reír sin que estuviera desesperado por tener algo dentro. Quería cotejarlo como el Jungkook de antes hubiese hecho.

Me arrepentía con cada fibra.

Me arrepentía de haber buscado al brujo. De haberme llenado de tinta. De haber destruido el cuerpo limpio y el control que un día me definieron. Me arrepentía de no haber intentado conquistarlo siendo simplemente yo: el que podría haberle ofrecido algo más que un pene.

Ahora solo podía mirarlo de lejos.

Una tarde lo vi en la sala de descanso. Estaba solo, revisando el teléfono. Di tres pasos hacia él antes de detenerme. Las palabras se me atascaban en la garganta. ¿Qué iba a decirle? "¿Quieres ir a comer?" Sonaría ridículo. Extraño. Él ni siquiera sabría por qué un casi desconocido le pedía eso.

Me di la vuelta y esa noche lloré. Sentado en el borde de la cama, con la cara entre las manos, lloré como no lo había hecho en años. Lloré por el Jimin que me había mirado con deseo y con miedo al mismo tiempo. Lloré por el que gateó hasta mis pies pidiendo perdón. Lloré porque lo amaba y porque yo mismo había borrado la única versión de él que me conocía.

No sabía qué hacer. No podía acercarme. No podía decirle la verdad. No podía volver con el brujo y pedirle que lo deshiciera otra vez... porque el precio ya se había cobrado. Así que solo existía el silencio.

Los pasillos. El "buen día, licenciado" vacío.

Y este amor herido, torpe y devastador, que no tenía dónde ponerse.

Me estaba muriendo otra vez.

Solo que esta vez el dolor no estaba en mis partes íntimas ni en los músculos. Estaba exactamente en el centro del pecho.

Decidí comenzar de cero, entendiendo que absolutamente todo lo había hecho mal. La primera semana solo le dejé café. Exactamente como le gustaba: negro, dos azúcares, tibio. Lo dejaba en el borde de su escritorio sin decir nada y me iba. Las primeras veces él levantaba la vista, sorprendido, y murmuraba un "gracias". Yo asentía y seguía caminando, aunque el corazón me doliera de lo cerca que había estado.

La segunda semana le ayudé con un caso.

Era un contrato enredado, de esos que a él siempre le costaban. Me quedé hasta tarde en la sala de juntas, solo nosotros dos otra vez, pero esta vez no había doble sentido. Le expliqué cada cláusula con paciencia, sin rozarlo, sin bajar la voz de esa forma que antes lo ponía duro. Cuando terminamos, Jimin me miró.

— Eres... muy bueno explicando — dijo, tímido.

Sonreí — Solo quería ayudarte.

Él asintió y recogió sus cosas. No hubo roce de manos. No hubo mirada larga. Pero cuando salió, se detuvo un segundo en la puerta y dijo — Buenas noches, Jungkook.

Usó mi nombre.

Mi nombre.

Otra vez.

Esa noche lloré de nuevo, pero diferente. Era un llanto más quieto. Más esperanzado. Más estúpido.

Empecé a invitarlo a comer. Al inicio inventaba excusas de trabajo: "Hay un restaurante cerca que tiene buenas mesas para revisar expedientes". Él aceptaba por educación. Comíamos. Yo le preguntaba por su familia, por lo que escuchaba de música, por qué había estudiado derecho. Jimin respondía, a veces sonreía, a veces se quedaba mirando el plato como si no estuviera acostumbrado a que alguien le preguntara cosas que no fueran sobre sexo o juicios.

Después de la tercera cena, caminamos de regreso al estacionamiento. El aire estaba frío. Él iba a mi lado, con las manos en los bolsillos del abrigo. De pronto se detuvo.

— ¿Por qué estás haciendo esto? — preguntó — ¿El café, las cenas, quedarte hasta tarde ayudándome...? No tiene sentido. Apenas hablábamos antes.

Tragué saliva. El corazón me golpeaba la garganta.

— Porque quiero conocerte —respondí, y fue la verdad más desnuda que le había dicho nunca— Sin nada más. Solo... conocerte.

Jimin parpadeó. Una emoción confusa le pasó por la cara. Luego asintió despacio, como si no supiera qué hacer con esa respuesta — Está bien — murmuró — Podemos... seguir comiendo juntos entonces. Tenga feliz noche...

Se fue a su auto.

Yo me quedé parado bajo la luz del estacionamiento, con las manos temblando dentro de los bolsillos.

Por primera vez en un año y un mes no quería follarlo.

Quería que me dejara quedarme. Quería que un día, sin hechizos ni desesperación, él eligiera mirarme de la misma forma en que yo lo miraba ahora.

Y aunque dolía... aunque cada "buenas noches, Jungkook" me dejaba el pecho destrozado de esperanza y miedo... seguía intentándolo.

Esa mañana Jimin llegó al bufete con los ojos oscuros de no haber dormido bien. Lo vi desde mi escritorio. Pasó junto a mí y, por primera vez, se detuvo. No dijo nada. Solo me miró un segundo como si buscara algo en mi cara. Después siguió caminando, pero esa mirada se me quedó clavada.

A las siete de la tarde recibí el mensaje:

Ven a cenar.

Llegué a las ocho. El departamento olía a comida casera y a la colonia que él usaba. Había puesto la mesa con cuidado. Hablamos de todo y de nada: del caso nuevo, de una serie que estaba viendo. Yo intentaba mantenerme sereno, pero cada vez que se reía bajito o se mordía el labio sentía que me moría.

De pronto se quedó callado. Dejó el tenedor.

Me miró con una intensidad que me quitó el aire.

— ya no puedo más — susurró y se impulsó. Me besó, pero a diferencia de antes no fue un beso desesperado. Fue tembloroso, asustado. Yo le respondí al instante. Le sujeté la cara con las dos manos y le devolví el beso con todo el cuidado que había guardado durante semanas.

No sé cómo llegamos a la habitación.

Solo recuerdo que lo acosté sobre la cama con una ternura que me sorprendió incluso a mí. Le quité la ropa prenda por prenda, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo. El cuello, la clavícula. El centro de su pecho. El abdomen bajo. Jimin temblaba. Cada vez que mis labios tocaban un lugar nuevo, soltaba un sonido pequeño, ahogado.

— Jungkook... — dijo mi nombre como si le doliera — tengo miedo...

— Estoy aquí — le contesté — no voy a hacerte daño.

Lo besé en la cara interna de los muslos, en la curva de la cadera, en el dorso de las rodillas. Cuando por fin lo tomé en la boca, lo hice con lentitud, saboreándolo, cuidándolo. Jimin arqueó la espalda y enterró los dedos en mi pelo. Estaba tan sensible que cualquier roce le arrancaba gemidos rotos y lágrimas que se le escapaban por las comisuras de los ojos.

— Perdón... no sé por qué lloro...

— No te disculpes — susurré, subiendo a besarle las lágrimas— Eres hermoso así.

Cuando entré en él fue despacio. Centímetro a centímetro, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Jimin me sujetó los hombros, y dejó salir un gemido largo, tembloroso, mientras me recibía. Me quedé quieto cuando estuve completamente dentro, acariciándole el pelo, besándole la frente, la punta de la nariz, los labios.

— Respira conmigo — le dije solo siénteme.

Empecé a movernos. Cada embestida estaba pensada para hacerlo sentir amado y no usado. Le hablaba al oído entre besos: lo hermoso que era, lo mucho que había esperado este momento, lo bien que se sentía tenerlo así.

Mi rubio lloriqueaba sin parar. Lágrimas silenciosas le corrían hacia las sienes. Me miraba como si estuviera viendo algo sagrado. Sus manos subían y bajaban por mi espalda, aferrándose, soltándome, volviendo a buscarme.

— No pares... por favor no pares... — rogó contra mi boca.

No paré. Lo hice el amor hasta que el placer lo atravesó de una forma distinta: no violenta, sino profunda y larga. Se corrió con un sollozo, aferrándose a mí. Yo lo seguí segundos después, enterrándome hasta el fondo y derramándome dentro de él con un gemido bajo, devoto.

Después no me aparté. Me quedé dentro, acariciándole el pelo húmedo de sudor, besándole los párpados, las mejillas mojadas, la comisura de los labios.

Jimin tenía los ojos cerrados y una expresión que nunca le había visto: paz.

— Gracias — susurró, tan bajo que casi no lo escuché.

Apoyé la frente contra la suya y cerré los ojos también.

Pero empezó dos días después...

Al principio pensé que era solo el cuerpo de Jimin acostumbrándose. Dormía pegado a mí, buscaba mi mano incluso dormido, se ponía inquieto si yo me levantaba al baño. Me pareció dulce. Me pareció normal. Hasta que la tercera noche se despertó temblando.

No era una pesadilla cualquiera. Estaba empapado en sudor, la respiración agitada, con la polla dura contra mi muslo. Me miró con los ojos desenfocados y susurró — No me dejes vacío... por favor.

La frase me heló la sangre. Era exactamente la misma que me había dicho meses atrás, cuando todavía estaba bajo el hechizo. Yo me incorporé de inmediato.

— Jimin, amor. Estás soñando.

Él parpadeó. Pareció regresar. Se pasó una mano por la cara y soltó una risa nerviosa — Perdón. Fue... no sé de dónde salió eso.

Pero yo sí lo sabía.

Al día siguiente, en el bufete, lo noté más.

Se sentaba demasiado cerca en las reuniones. Me rozaba los dedos al pasarme un documento y se quedaba mirando el punto donde nos habíamos tocado. En el almuerzo me pidió que lo acompañara al baño "solo un segundo" y, una vez dentro, me empujó contra la puerta y me besó con una urgencia que no sentía desde antes del olvido.

— Necesito sentirte — jadeó contra mi boca —ahora.

Logré detenerlo. Pero esa noche, mientras lo tenía debajo de mí otra vez, moviéndome despacio, besándolo, susurrándole lo mucho que lo amaba, Jimin empezó a llorar. No de la forma hermosa de la primera vez. Lloraba frustrado. Desesperado.

— Más fuerte... Jungkook, por favor, más fuerte. No es suficiente. Necesito que me folles más duro... que me uses...

Me detuve dentro de él — Amor. Mírame.

Él abrió los ojos. Había algo raro nadando detrás de la mirada. Algo que yo reconocí con horror. El hechizo no se había roto del todo. Solo se había quedado dormido.

Y cada vez que lo tomaba, cada vez que le hacía el amor, lo estaba alimentando otra vez.

Me aparté de él y me senté al borde de la cama con la cabeza entre las manos. Jimin gateó hasta mí, todavía temblando, y apoyó la mejilla en mi espalda desnuda.

— ¿Por qué paraste? — preguntó con voz pequeña —¿Hice algo mal? ¿No te gusto lo suficiente?

No pude contestarle. Porque la verdad era demasiado cruel: Cuanto más lo amaba... más rápido lo estaba devolviendo a la versión que casi nos destruye a los dos.

Así que...

Volví al bosque una última vez.

El brujo me escuchó en silencio mientras le contaba todo: que no pude mantenerme lejos, que lo conquisté con paciencia, café y cenas, que le hice el amor con todo el cuidado del mundo... y que ahora la obsesión estaba regresando. Más fuerte. Más oscura.

Cuando terminé, él exhaló el humo de su cigarrillo y negó con la cabeza — Debiste venir antes. Ahora ya no hay nada que hacer.

Asentí sin discutir.

Regresé al auto y conduje de vuelta a la ciudad con las manos firmes sobre el volante. Porque la verdad era que: prefería tenerlo así... a no tenerlo.

Fui egoísta... lo sé. Pero ya no podía vivir sin él.

Jimin empezó a controlar hasta los minutos que yo pasaba en la ducha. Si me tardaba más de cinco, entraba. Si intentaba dormir, se despertaba y me montaba. Quería sexo en la mañana, en el almuerzo, al regresar del trabajo, a las tres de la madrugada. Me pedía cosas cada vez más extremas. Me pedía que lo lastimara. Que lo dejara sin aire. Que lo usara aunque yo estuviera tan cansado que apenas podía mantenerme de pie.

Los dos enfermamos.

Yo perdí mucho peso. La infección regresó. Él adelgazó hasta que los huesos se le marcaban bajo la piel. Tenía ojeras profundas, labios agrietados, un temblor constante en las manos cuando pasaban más de dos horas sin que yo estuviera dentro.

Y aun así... yo lo amaba.

Lo amaba tanto que cada vez que él lloraba pidiendo más, yo se lo daba. Aunque me doliera. Aunque supiera que nos estábamos matando.

Días después encontré la dirección entre sus cosas.

Un papel doblado dentro de un libro. La leí una vez y el estómago se me cerró. Conocía ese camino. Conocía esos números. No sabía cómo, pero los conocía.

Conduje. El bosque me absorbió exactamente igual que las otras veces. Los muñecos colgaban de los árboles. Los amuletos tintineaban con el viento. Aparqué. Las piernas me temblaban. Todo me daba vueltas.

Hace más de un año...

Jimin había llegado al bufete un lunes de febrero.

Lo primero que vio fue a Jeon Jungkook: Alto. Impecable. La camisa blanca sin una sola arruga. La reputación de nunca perder. La forma en que todos lo miraban como si fuera algo intocable.

El rubio se detuvo en medio del pasillo y sintió hambre pura, fijación y anhelo.

Lo quería, le llamaba mucho la atención. Podía trabajar con ese lienzo. Lo quería moldeado. Grande. Tatuado. Obsesionado. Incapaz de mirar a nadie más.

Esa misma semana le pidió el contacto a un amigo de la universidad que "conocía gente rara". Viajó hasta el bosque. El brujo lo recibió.

Jimin sacó de su maletín una taza de café de cartón donde Jeon había bebido. Después se cortó el dedo índice y dejó caer varias gotas de sangre sobre la madera. Por último, se bajó el pantalón ahí mismo, se masturbó mirando la foto que había robado del directorio del bufete y derramó el esperma caliente sobre la misma taza.

Esos eran los pasos a seguir.

— Quiero que se obsesione conmigo — dijo— que se transforme por mí. Que no pueda pensar en nadie más. Que me necesite.

El brujo sonrió — ¿Trajo el efectivo? — Jimin asintió — entonces, así se hará.

Volví al departamento. Cuando abrí la puerta lo vi.

Estaba en el suelo, desnudo, delgado; con las piernas abiertas, dos dedos dentro de sí mismo. Levantó la vista y me vio, sonrió con la boca entreabierta y los ojos brillantes por la fiebre.

— Te estaba esperando, cariño...

No dije nada. Me quité la ropa con movimientos torpes. Me arrodillé frente a él hasta quedar sentado sobre mis pantorrillas. Jimin se subió encima de mí de inmediato, me guió hasta su entrada y se enterró.

Empezó a moverse rápido y necesitado.

— ¿Dónde estabas? — preguntó sobre mi boca, sin dejar de rebotar.

— En la casa del brujo — contesté — encontré la dirección entre tus cosas.

Mi pequeño se rió — Así que ya lo sabes.

— ¿Hace cuanto fuiste con él?

— A los pocos días de entrar al bufete... — no paró de montarme.

— ¿Por mí?

— Te quería tener y no sabía cómo... todos en esa mierda inventaban cosas sobre mí. Me acosaban en los baños, me ofrecían dinero. Solo por mi aspecto asumían que era una perra... jamás te habrías enamorado de alguien con esa fama.

— ¿Todo era mentira?

— Nunca estuve con ellos... Estaba asustado.

— ¿Solo he sido yo todo el tiempo?

Asintió. Me besó. Me mordió. Me clavó las uñas en los hombros. Lo sujeté por las caderas y lo embestí desde abajo con toda la fuerza que me quedaba.

— Te amo tanto, Jungkook... no puedo vivir sin ti.

— También te amo... y... y yo tampoco puedo.

— Juro por Dios que si me dejas te mataré y luego me pegaré un tiro... lo juro.

— No harás nada de eso. Siempre estaré a tu lado.

Perdimos la cuenta. Nos corrimos una vez.

Otra. Otra más. Jimin lloraba de placer y de necesidad. Yo gemía su nombre, alucinando; mareado. Cuando ya no pudimos sostenernos, nos quedamos unidos en el suelo, temblando.

El sol empezó a entrar por las rendijas. Ninguno de los dos se movió. Las respiraciones se volvieron cada vez más cortas. Más irregulares. La deshidratación y el agotamiento nos fueron apagando despacio. Jimin todavía tenía una mano aferrada a mi brazo cuando los ojos se le cerraron del todo. Yo lo abracé contra mi pecho una última vez y dejé que la oscuridad me tragara también.

Esto es obsesión real. No es bonita como la pintan, no es tierna ni romántica: es dolorosa, enfermiza. Te quita el aire, te roba la energía. Te mantiene con miedo y euforia al mismo tiempo. Te vuelve paranoico y dependiente.

Pensamos: "desearía tener una persona que esté obsesionada conmigo". Pero no estamos listos para lidiar con eso.

En mi caso el pacto estaba hecho. No solo Jimin se había obsesionado conmigo sino que yo también con él. Esto nos llevaría al infierno juntos.

Pero así me gustaba...

Así lo quería.

Loco y mío...

Aunque nos matara.

Bueh otra vaina turbia jajaj me inspiré un poquito en la peli de obsesión al final. Espero les haya gustao y chao.

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Bien escrito

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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Buenos personajes

Diálogos potentes

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Ver 10 comentarios anteriores...
author

Más allá de la lectura erotica, esto es wow, wowowowwowo

17 días
author

Me gustó mucho
que lastima por ellos recurrir a artes oscuras por alguien

17 días
author

cómo siempre, quedando en shock con tus historias, me encantó

14 días

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