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¿Será este mi ser amado?

Sinopsis

Sergio había perdido cualquier esperanza...después de todo salir de un matrimonio totalmente roto y con un pequeño a un lado no es fácil oh eso creía el...

Genero:
Romance
Autor/a:
Sykes_ss
Estado:
hace un mes
Capítulos:
1
Rating
5.0 (2 reseñas)
Clasificación por edades:
18+

☆

La mano pequeña y cálida de Yuki apretaba la suya con fuerza mientras brincaba sobre las grietas de la acera. El niño de cuatro años reía, ajeno a todo, emocionado por la “nueva aventura” que su mami le había prometido. Checo tragó saliva y le devolvió una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Mami, ¿vamos a ver dinosaurios hoy? —preguntó Yuki, tirando de su brazo.

—Hoy no, mi vida. Pero vamos a encontrar un lugar bonito para dormir, ¿sí?

Yuki asintió, confiado, y siguió saltando. No entendía por qué su mami tenía los ojos hinchados ni por qué cargaban solo dos mochilas y una bolsa de supermercado con la poca ropa que habían podido sacar. Checo, en cambio, sentía cada paso como si arrastrara cadenas.

Todo había empezado tan diferente.

Kamui había sido el hombre que cualquier familia habría aprobado: guapo, trabajador, atento en público. Besaba a Checo en la frente delante de su suegra, cargaba a Yuki en hombros y hablaba de planes a futuro. Durante el embarazo, le masajeaba los pies hinchados y le susurraba al vientre que iba a ser el mejor papá del mundo. Checo, con el cuerpo cambiando y los pechos pesados, se había sentido deseado como nunca.

Pero la máscara se cayó poco a poco.

Al principio fueron detalles. Si Yuki volvía de jugar con una mancha de tierra en la rodilla, Kamui lo miraba con asco.

—Límpialo. No quiero ver a mi hijo pareciendo un mendigo —decía con voz baja, fría.

Si el niño se acercaba buscando un abrazo, Kamui lo empujaba suavemente hacia Checo.

—Ve con tu mami. Papá está cansado.

Checo intentaba suavizarlo, pero pronto aprendió que era peor. Cuando salía solo al supermercado, Kamui lo esperaba en la puerta. Lo jalaba del brazo hacia adentro, cerraba con llave y empezaba el interrogatorio.

—¿Con quién te viste? ¿Por qué tardaste tanto? —Su voz subía de tono mientras lo empujaba contra la pared—. Ábre las putas piernas. Déjame ver.

Las “revisiones” eran lo peor. Lo tiraba sobre la cama o contra la mesa de la cocina, le subía la ropa sin preliminares y lo penetraba con fuerza, como si su cuerpo pudiera delatarlo. Lo follaba duro, casi con rabia, mientras le apretaba el pecho y le preguntaba entre jadeos:

—¿Te gusta así? ¿Así te cogía el otro, eh? Dime la verdad.

“el que la hace,la imagina”

Checo apretaba los dientes, aguantando el dolor y la humillación. Le dolía el cuerpo y le dolía más el alma, porque una parte traicionera de él todavía respondía al olor y la voz grave de Kamui. Era enfermo, lo sabía.

Los meses siguientes fueron peores. Kamui llegaba tarde, oliendo a perfume barato y a otra mujer. Ya no lo besaba, apenas tocaba a Yuki. Si el niño le pedía que jugara, respondía cortante:

—No me jodas ahora.

Una noche, Checo encontró las notas en su maletín. Mensajes explícitos, fotos de una mujer arrodillada, fechas que coincidían con los meses en que él estaba de nueve meses, enorme y sensible. Cuando lo confrontó en la sala, Kamui ni siquiera se inmutó.

—¿Y qué? —dijo con una risa seca—. Te pusiste asqueroso. La barriga, el cuerpo hinchado… Nadie quería cogerse eso. Ella, en cambio… —Se pasó la lengua por los labios—. Ella sí sabe cómo abrir las piernas.

Checo sintió que algo se rompía dentro.

—Eres un hijo de tu puta madre—le soltó por primera vez.

El golpe llegó tan rápido que ni lo vio. La cachetada lo tiró contra el sofá. Luego vinieron más: puñetazos en los brazos, en las costillas, mientras Kamui gritaba que todo era culpa suya, que lo había obligado a buscar fuera lo que él ya no le daba. Yuki lloraba encerrado en su cuarto.

La pelea terminó cuando Kamui los arrastró literalmente hasta la puerta. Agarró a Checo del cabello y lo empujó hacia afuera, luego lanzó a Yuki casi volando. Las mochilas volaron detrás.

—Lárgate con tu bastardo. No quiero verlos nunca más.

Ahora caminaban por un barrio que Checo jamás imaginó pisar. Calles estrechas, casas de bloques pintados con colores chillones, perros flacos ladrando detrás de rejas oxidadas, Corridos saliendo de alguna ventana. Olía a comida callejera, a humedad y a vida cruda. Mujeres sentadas en sillas plásticas afuera de sus puertas lo miraban con curiosidad y algo de lástima. Un par de niños más grandes que Yuki jugaban fútbol con una pelota desinflada.

Checo apretó más fuerte la mano de su hijo y siguió andando, sin saber todavía hacia dónde.

—Mami, tengo hambre —dijo Yuki en voz baja.

—Lo sé, mi amor. Vamos a buscar algo rico —respondió él, y esta vez la sonrisa sí le llegó un poco a los ojos.

°•°•°•°•

La mano de Yuki seguía apretada en la suya mientras avanzaban por las calles estrechas. Checo no tenía la menor idea de hacia dónde cabrajos ir. El peso de las mochilas le cortaba los hombros y el estómago le rugía, pero zalo peor era el nudo en la garganta. ¿Un hotel? No tenía suficiente dinero. ¿Un albergue? Ni siquiera sabía si existían en esa zona. Maldijo en silencio, repasando nombres en su cabeza hasta que se detuvo en uno.

Sacó el teléfono y marcó.

Carola contestó al segundo tono.

—¿Checo? ¡No me jodas! ¿Eres tú de verdad? —Su voz sjonaba alegre, casi incrédula—. Hace como seis meses que no sé nada de ti, cabrón.

Checo intentó sonreír, aunque ella no pudiera verlo.

—Hola, Caro… Sí, soy yo. Oye, ¿estás ocupada?

Charlaron un par de minutos. Carola le contó que seguía en el mismo departamento, que había cambiado de trabajo y que extrañaba sus pláticas de antes. Checo respiró hondo y fue al grano, bajando la voz.

—Necesito un favor grande. ¿Podemos quedarnos contigo unos días? Yuki y yo. Es… complicado.

Hubo un segundo de silencio.

—¿Qué pasó? —preguntó ella, más seria.

—Te cuento cuando llegues. ¿Puedes venir por nosotros? Te mando la ubicación.

—Estoy saliendo en cinco minutos. Mándamela.

Mientras esperañban sentados en un banco de concreto frente a una tiendita, Checo se agachó frente a Yuki.

—Va a venir una amiga de mami, ¿sí? Se llama Carola. Es muy buena. Allá vamos a poder comer algo rico y descansar.

Yuki abrió mucho los ojos, emocionado.

—¿Tiene juguetes?

—Seguro tiene algo —respondió Checo revolviéndole el pelo—. Tú pórtate bien, ¿eh?

Media hora después, un Tsuru rojo algo viejo pero limpio se detuvo junto a la banqueta. Carola bajó rápido, con el cabello recogido ky una expresión que mezclaba sorpresa y preocupación. Sin decir nada, lo abrazó fuerte. Checo se tensó un segundo, pero terminó devolviéndole el abrazo. Olía a jabón de vainilla y a casa. Lo necesitaba más de lo que quería admitir.

—Qué bueno que llamaste —murmuró ella contra su hombro—. Suban, vamos.

En el camino, Cnarola miró por el retrovisor a Yuki, que iba fascinado mirando por la ventana.

—Entonces… ¿qué onda? —preguntó en voz baja, dirigiéndose a Checo.

Yuki se adelantó desde el asiento de atrás.

—Mi papi ya no nos quería en la casita.

Carola giró la cabeza hacia Checo con los ojos muy abiertos. Él solo asintió, avergonzado, mirando sus propias manos.

El edificio sorprendió a Checo. Aunque el barrio era humilde, la construcción se veía cuidada, con macetas en las ventanas y rejas recién pintadas. Carola los guio por las escaleras hastna el tercer piso y abrió la puerta con una sonrisa orgullosa.

—Bienvenidos. No es palacio, pero es mío.

El departamento era cálido y bonito, exactamente como la personalidad de Carola: muebles cómodos, plantas por todos lados, una cocina pequeña pero ordenada y olor a café recién hecho. Yuki soltó la mano de Checo y corrió a explorar la habitación extra que Carola les señaló.

—Es de ustedes mientras necesiten —dijo ella—. Hay una cama grande y un colchón inflable si quieren.

Cuando Yuki estunvo distraído revisando los cajones vacíos, Carola cerró la puerta y se sentó frente a Checo en el sofá.

—Ahora sí. Cuéntame qué pasó. Sin adornos.

Checo tragó saliva. Se frotó la cara con las manos y empezó a hablar con cuidado, eligiendo cada palabra.

—Las cosas con Kamui se pusieron muy feas. Desde hacje rato, en realidad. Me controlaba todo, me hacía escenas cada vez que salía… Trataba mal a Yuki también. Y luego descubrí que me estaba engañando desde antes de que naciera el niño. Cuando le reclamé… explotó. Me golpeó. Nos sacó de la casa a la fuerza.

Habló en voz baja, sin entrar en los detalles más sucios: las revisiones, los insultos sobre sug cuerpo, la humillación constante. No hacía falta. Carola ya conocía suficiente de Kamui de años atrás.

La cara de su amiga fue cambiando poco a poco. La mandíbula se le tensó, los ojos se le entrecerraron.

°•°•°•°•

Carola se quedó callada un momento, procesando todo. bLuego soltó un suspiro largo y se levantó.

—Vamos a comer algo primero. No se resuelven problemas con la panza vacía.

Checo la siguió a la cocina. Entre los dos prepararon chilaquiles: ella cortaba cebolla mientras él freía los totopos . El olor llenó el departamento y, por primera vez en días, Checo sintió que respiraba un poco mejor.

—¿Qué podemos hacer entonces? —preguntó él mientras removía la salsa.

—Hay un kinder a tres cuadras, bien recomendado. Tienen actividades por la tarde, dibujo, jguegos… a Yuki le va a encantar hacer amiguitos. Mañana mismo podemos ir a preguntar.

Desde la sala, Yuki que había estado escuchando con una oreja levantó la cabeza.

—¿Amiguitos? ¿De verdad?

—De verdad, cagmpeón —respondió Carola con una sonrisa—. Vas a tener un montón.

El niño sonrió de oreja a oreja.

Carola bajó la voz mientras ponía los platos.

—Y hay otra cosa. En la siguiente cuadra, la señora esperanza tiene un local de comida. Necesita ayuda en la cocina. No es gran cosa, pero pagan decente y sales a las tres. Tú cocinas de maravilla, Checo.

Checo se quedó pensando mientras servía. Le parecía realista, cerca de Yuki, sin horarios infernales.

—Suena bien —admitió—.

Cuando la comida estuvo lista, Yuki se lanzó al plato comog si no hubiera comido en días. Devoró todo, salsa roja escurriéndole por la barbilla.

—Están riquísimos, mami —dijo con la boca llena.

Checo soltó una risa suave y le limpió la cara.

—Come despacio, no te vayas a ahogar.

Con la pancita llena, Yuki se levantó tambaleándose de sueño. Se acercó y dio un beso en la mejilla a cada uno.

—Buenas noches, mami. Buenas noches, tía Carola. Ya tengo mucho sueño.

Carola lo miró con ternura. Era un niño pequeño pero con una independencia que partía el alma.

—Descansa, bonito.

Antes de irse a la habitación, Yuki se detuvo y miró a Checo.

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—Mami… yo duermo en el piso, ¿verdad?

Checo frunció el ceño.

—¿Por qué en el piso?

—Porque papi decía que estaba muy mal dormir con mami. Decía que los niños grandes no hacen eso.

Carola intervino con voz suave pero firme.

—Aquí no está tu papi, Yuki. Puedes dormir con tu mami si quieres. La cama es grande.

Yuki abrió mucho los ojos, sorprendido, y volteó a ver a Checo buscando confirmación. Él asintió con una sonrisa cansada.

—Anda, ve. Hoy dormimos juntos.

Eso fue suficiente. Yuki soltó un gritito de emoción y corrió hacgia la habitación, arrastrando su mochila.

Esa noche, Checo se acostó sintiendo el cuerpecito caliente de su hijo pegado a él. Por primera vez en mucho tiempo durmió sin miedo a que alguien lo despertara a gritos.

Y eso…bastaba.

Los siguientes días fueron de adaptación. Checo se levantaba a las seis y media, preparaba el desayuno rápido, vestía a Yuki y lo llevaba caminando al kinder. Después seguía hasta el local , donde se ponía el delantal y pasaba la mañana entre ollas, tortillas y el bullicio de los clientes. Salía a las tres, recogía a Yuki y regresaban al departamento de Carola, exhaustos pero tranquilos.

Carola los esperaba muchas tardes con café o alguna fruta. Hablaban poco a poco de todo y de nada, reconstruyendo esa amistad que Kamui había logrado enfriar.

Quizás no todo estaba perdido, cierto?

°•°•°•°

Checo era consciente de que no vivían en el barrio más fino del mundo, pero al menos estaba vivo. Lo que no esperaba era la cantidad de nacos que le tiraban comentarios al pasar.

—Órale, con esas tetas hasta a los ciegos les regresas la vista, —le gritó uno desde una esquina, riéndose con otros imbéciles.

Checo apretaba la mandíbula y seguía caminando, pero en el fondo sabía que su cuerpo llamaba la atención. En el local de Esperanza pasaba lo mismo. Los clientes le tiraban el perro sin vergüenza: guiños, invitaciones a “tomar algo después” y frases cargadas que lo ponían incómodo y, a veces, extrañamente halagado. Aun así, disfrutaba el trabajo. Esperanza era una jefa directa pero de buen corazón, y la cocina lo mantenía ocupado y con la mente lejos de Kamui.

Yuki, por su parte, era el más feliz de los tres. Llegaba delb kinder hablando sin parar de sus nuevos amiguitos.

—Mami, hoy Pierre me prestó su camioncita roja. ¡Es mi mejor amigo!

Checo sonreía mi entras le quitaba los zapatos.

—Me alegra mucho, mi vida.

Entre tanto niño del barrio, Yuki empezó a copiar todo lo que veía. Quería jugar fútbol como ellos. En el kinder no se hablaba de otra cosa: el entrenador Max era “bien chingón”. La palabra se le quedó grabada y más de una vez se le escapó en casa.

—Este jugo está chingón, mami —dijo una tarde.

Carola, que estaba lavando trastes, lo regañó de inmediato.

—Oye, chamaco, esa palabra no se dice. ¿Entendido?

Yuki bajó la mirada, pero al rato ya estaba repitiéndola en voz baja.

La idea del fútbolb se convirtió en obsesión. Molestaba a Checo día y noche.

—Mami, porfa… quiero ir con el entrenador Max. Todos van.

—Son seiscientos pesos al mes, Yuki. Ahora no podemos —le explicaba Checo con paciencia.

El niño hacía berrinches épicos: se tiraba al suelo, cruzalba los brazos y se negaba a hablarle por horas. Checo se sentía culpable, pero el dinero no alcanzaba.

Una tarde, mientras hacían el súper, Yuki vio un grupo de entrenadores repartiendo volantes afuera. Sin pensarlo, arrastró a Checo de la mano.

—¡Mami, mira! ¡Son ellos!

Uno de los hombres se acercó sonriendo. Era grande, rubio, con pinta de no saber hacer nada: camiseta ajustada del equipo, short deportivo y una gorra al revés. Se agachó un poco para estar a la altura de Yuki.

—Órale, chamaquito, ¿quieres jugar fútbol? —dijo con voz ronca y sonrisa amplia, extendiendo un volante—. Toma, mi cielo. Dile a tu papi que te inscriba.

Checo tomó el papel y notó cómo el tipo lo recorría con la mirada, sin disimulo.

-gracias

Cuando se dieron la vuelta para irse, escuchó claramente el murmullo:

—Qué nalgas tan ricas, carajo…

Checo se tensó, pero no dijo nada. Ese entrenador era Max Verstappen, el mismo del que todos los niños dxel kinder hablaban.

Un pinche naco…

°•°•°•°

Checo apenas había dado dos pasos cuando uno de los otros entrenadores que andaban repartiendo vo lantes se acercó a Max con una sonrisa burlona.

—Eres un pendejo, Max. Casi te lo comes ahí mismo al papá del nene, wey.

Max soltó una carcajada ronca, echando la cabeza hacia atrás sin una pizca de vergüenza.

Yuki, que no se quería mover de ahí, empezó a jalar la mano de Checo con fuerza.

—Mami, porfa… quiero quedarme. Quiero jugar fútbol… —su voz ya se quebraba.

El otro chico vio la oportunidad y se acercó rápido, agachándos e un poco hacia Yuki.

—Órale, no llores, chamaquito. Incluye uniforme completo, todo lo que se necesita para los juegos. Está bien barato para lo que es.

Checo negó con la cabeza, exhausto.

—Es mucho dinero. De verdad no podemos en este momento.

Max, que estaba repartiendo volantes a unos metros, escuchó la negativa y se acercó de nuevo con paso tranquilo. Su camiseta se pegaba un poco al cuerpo por el calor de la tarde.

—Espérate un segundo, mi cielo —le dijo a Checo con esa voz grave y sonrisa fácil—. Tenemos un prog rama especial para ayudar a los chicos que de verdad quieren jugar. Todavía queda un espacio para Yukino aquí.

Tanto Checo como Yuki lo corrigieron al mismo tiempo.

—Es Yuki —dijo Checo.

—¡Yuki! —repitió el niño, todavía con la carita roja de tanto jalar.

Max soltó una risa corta y levantó las manos.

—Órale, Yuki entonces.

El otro entrenador lo miró de reojo, confundido, porque sabía perfectamente que no existía ningún programa de ese tipo. Max le hizo una seña discreta con la cabeza.

—Anda, regresa con los demás. Yo me encargo.

Cuando se quedaron solos, Max se acercó más a Checo, explicándole con calma mientras sus ojos se deslizaban sin disimulo por su pecho.

—Mira, en ese programa yo cubro la mensualidad sin bronca. Lo único que pido es que el nene siempre venga acompañado. Nada de manXdarlo solo, ¿va? Así nadie se pierde ni se lastima.

Checo cruzó los brazos y levantó una ceja.

—Los ojos los tengo arriba, ¿sabes?

Max soltó una risa baja y levantó las manos.

—No te pongas intenso, mi amor. Solo estoy admirando la vista.

Yuki, al ver que su mami seguía dudando, explotó. Empezó a llorar de verdad: sollozos fuertes, lágribmas corriendo por las mejillas, pataleando el suelo y tirándose de rodillas.

—¡Quiero jugar! ¡Porfai! ¡Todos los niños van y yo no! ¡Es injusto! —gritaba entre hipidos, con la cara roja y la voz entrecortada. El llanto se volvió casi histérico, atrayendo miradas de la gente que pasaba.

Checo intentó calmarlo, pero Yuki se aferraba a su pierna, sollozando más fuerte cada vez que le decía que no. Max se quedó ahí, paciente, con las manos en la cintura, observando la escena con una media sonrisa.

Después de varios minutos de puro drama infantil, Checo terminó rindiéndose.

—Está bien… lo inscribimos.

Fueron hasta la mesa plegable donde tenían la libreta. Max anotó los datos con letra grande y desgarbada, revolviéndole el pelo a Yuki.

—Mañana los veo en la cancha, ¿eh, Yuki? —dijo guiñándole un ojo a Checo—. Y que no se te olvide,acompañado.

Checo asintió, tomó la mano de su hijo todavía hipando y se fueron de ahí.

Cuando por fin llegaron al departamento, Carola estaba terminando de preparar la cena. Levantó la vista de la estufa con curiosidad.

—¿Por qué tardaron tanto? Ya casi es hora de cenar.

Yuki, que ya se había calmado un poco, corrió hacia ella emocionado.

—¡Tía Caro! ¡Al fin voy a jugar fútbol!

Carola miró a Checo con una ceja levantada.

—¿Y eso cómo fue?

Checo suspiró, dejó las bolsas del súper sobre la mesa y le contó todo: el encuentro con los entrenadores, los comentarios descarados de Max, el supuesto programa de ayuda, el llanto interminable de Yuki y cómo había terminado aceptando.

—Ahora alguno de los dos va a tener que llevarlo a las clases —concluyó.

°•°•°•°•°•°

Al día siguiente Yuki se levantó antes que el sol.

Estaba tan emocionado que la palabra se le quedaba corta. Mientras Checo le abrochaba los zapatos y Carola le preparaba el desayuno, el niño no paraba de hablar:

—Mami, ¿crees que me dejen patear el balón hoy?

—Tía Caro, ¿y si meto un gol en mi primer día?

—Voy a correr más rápido que Pierre, ¿verdad?

Checo y Carola solo asentían entre risas cansadas.

—Come primero, campeón —le decía Checo revolviéndole el pelo—. Luego hablamos de goles.

El día siguió su curso normal. Checo se fue al local de Esperanza y Carola a su trabajo. Yuki entró al kinder como un rayo y, apenas se sentó, les contó a sus amigos:

—¡Ya voy a jugar fútbol! ¡El entrenador Max me dio el espacio!

Pierre, Piastri y Stroll aplaudieron emocionados.

—¡Qué chido, Yuki!

—Vamos a ir a verte.

La emoción se rompió cuando llegó Lawson, el niño rubio que siempre andaba buscando pelea. Se detuvo frente a Yuki con una sonrisa fea.

—Mentiroso. No tienes ni para el uniforme.

Yuki sintió que se le apretaba el pecho. Bajó la mirada y las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas. Lloró desconsolado, escondiendo la cara entre los brazos, mientras Pierre le pasaba una mano por la espalda y le decía que no le hiciera caso.

Cuando sonó la campana de salida, Yuki salió corriendo. Al ver a Carola esperándolo afuera, se lanzó a sus brazos y escondió el rostrito todavía hinchado en su cuello.

—¿Me extrañaste tanto? —preguntó Carola suavemente, acariciándole la espalda.

Yuki asintió sin soltarla, sin decir una palabra.

Antes de ir al deportivo se detuvieron con la señora de las papitas. Carola le compró una bolsa y le limpió la cara con una servilleta.

—Ahora sí, listo para la cancha.

Camino al deportivo los acompañaron Pierre, Piastri y Stroll. Carola los miró de reojo y sonrió. El chamaquito tenía muchos amigos de verdad, y eso le daba una calma que no había sentido en mucho tiempo.

Al llegar, Yuki soltó la mano de Carola y corrió directo hacia Max. El entrenador, con la gorra al revés y los brazos cruzados, le levantó el puño.

— Te estaba esperando, chamaquito.

Le entregó el uniforme doblado y le señaló los cambiadores.

—Anda, vete a cambiar. Y… ¿vienes acompañado?

Yuki asintió rapidísimo y señaló a Carola, que se había quedado un poco más atrás.

—¡ Si ahí esta!

Sin esperar respuesta, salió corriendo con sus amigos hacia los vestidores.

Max se quedó mirando a la mujer. Frunció el ceño, las manos en la cintura, y se le llenó la cabeza de preguntas.

¿Acaso esa era la madre de Yuki?

¿El pecoso de cuerpo exquisito ya estaba apartado?

Mil preguntas llegaban a la cabeza de Max…

Puta madre.

°•°•°•°•°•

Max intentaba concentrarse en los niños.

Les gritaba instrucciones, corregía posturas, silbaba cuando alguien se distraía. Pero cada pocos segundos su mirada se escapaba hacia la orilla de la cancha, donde Carola estaba sentada en una banca revisando el celular.

¿Qué tenía esa vieja que él no tuviera?

La pregunta le daba vueltas. Era bonita, sí, pero nada del otro mundo. Él, en cambio, tenía brazos, altura, y sabía cómo hacer que alguien se olvidara del nombre.

Chinga… capaz y podía hacer gemir bien rico al pecoso.

El entrenamiento terminó sin más incidentes. Los niños se despidieron, sudorosos y contentos. Max se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y caminó hacia Carola, intentando poner cara de educado.

—Buenas. Soy Max, el entrenador de Yuki.

Carola levantó la vista y le dio la mano.

—Carola. Encantada.

—Órale… mira, de favor: mañana que venga el papá del chamaco. Necesito hablar unas cosillas con él. Nada grave, solo de la inscripción y eso.

Carola asintió.

—Le digo.

En ese momento Yuki llegó corriendo, el uniforme todavía puesto y el cabello pegado a la frente.

—Ya quiero irme… estoy cansado.

—Vamos, entonces.

En el camino de regreso Yuki no paraba de hablar.

—Mami se va a emocionar mucho cuando le cuente. Le voy a decir que pateé el balón y que el entrenador me dio el puño.

Cuando llegaron al departamento, Checo ya estaba en la cocina. Yuki se lanzó a sus brazos y le llenó la cara de besitos.

—Te extrañé muchote, mami.

Checo soltó una risa suave y lo apretó contra sí.

—Yo también, mi vida.

Durante la cena Carola dejó caer la información con naturalidad.

—Salió de la escuela con la carita un poco hinchada. Creo que algo pasó con un niño. Deberías preguntarle.

Y… el entrenador Max quiere hablar contigo mañana. Dice que es por la inscripción.

Más tarde, cuando Yuki ya estaba dormido, Carola se recargó en el marco de la puerta de la sala y sonrió de medio lado.

—¿No será que ese Max te quiere echar los perros?

Checo casi se atraganta con el vaso de agua.

—Ni de chiste. Nunca saldría con alguien tan corriente.

Carola soltó una carcajada.

—Ay, Sergio… lo que te hace falta es buen sexo.

Checo le levantó el dedo medio sin ganas y murmuró:

—Me voy a duchar.

Entró a la habitación. Yuki dormía de medio lado, con una sonrisa de oreja a oreja pegada en la carita.

Mierda. Era encantador.

Agarró las toallas y se metió al baño. Mientras esperaba a que el agua calentara, las palabras de Carola se le quedaron dando vueltas.

¿Le hacía falta sexo?

La mente no tardó en volar.

Los brazos grandes de Max. Esas piernas.

Seguro cogía fuerte. Seguro era de gustos rudos.

La imagen llegó sola: Max encima de él, follándolo sin prisa, alabándole el culo en voz baja, con esa forma corriente de hablar.

Checo suspiró.

Y de inmediato se dio cuenta de dónde estaba… y con quién estaba fantaseando.

Mierda.

Eso estaba muy mal.

°•°•°•°•

Durante la ducha Checo se obligó a no pensar en estupideces.

Se dio unos golpecitos secos en las mejillas, como si pudiera sacudirse las imágenes de la cabeza, y salió del baño ya con la pijama puesta. El vapor todahvía le subía por el cuello.

Cuando se recostó, Yuki se acercó por instinto. Se pegó a su costado y lo abrazó con fuerza, metiendo la carita en su pecho. Checo le acarició el cabello húmedo y cerró los ojos. Por un rato, al menos, no pensó en nada más.

Al día siguiente todo transcurrió con normalidad… o eso parecía.

Hasta la hora de la salida.

Checo llegó al kinder y apenas abrió la reja vio a Yuki salir hecho un mar de lágrimas. Traía un rasguño rojo en el dorso de la manita derecha y la carita hinchada.

—¿Qué pasó, mi vida?

Yuki sollozó más fuerte. Checo se agachó, le limpió las lágrimas con el pulgar y ya se estaba enderezando para ir a hablar con los profesores cuando el niño lo agarró de la camisa.

—No, mami… porfa. Ya vámonos con el entrenador Max. Porfa.

La voz le salió rota, casi un ruego. Checo dudó un segundo, miró hacia lka dirección de la dirección y al final suspiró.

—Está bien. Pero después me cuentas todo.

En el camino Yuki no dijo ni una palabra. Iba calladito, agarrado de su mano, mirando el suelo. Solo cuaendo llegaron al deportivo su cara cambió de golpe. Los ojos se le abrieron y una sonrisa enorme le iluminó la cara.

Salió corriendo.

—¡Entrenador Max!

Max, que estaba acomodando unos conos, levantó la vista. Sonrió de medio lado y le dio el puño.

—Órale, Yuki. ¿Qué te pasó en la mano, chamaquito?

—Me rasguñé… —murmuró el niño, ya más calmado.

Max le revolvió el pelo y luego levantó la mirada. La sorpresa le llegó de golpe. Ahí estaba Checo, parado a unfos metros, con la misma ropa de trabajo y el cabello un poco revuelto por el viento.

Se veía jodidamente sexy.

Max se acercó mordiéndose el labio inferior, sin disimulo.

—Buenas —dijo con esa voz ronca de siempre.

Checo cruzó los brazos.

—Me dijeron que quería hablar conmigo.

Max asintió… y de pronto se quedó en blanco. No sabía qué carajos decir. Había inventado la excusa el día anterior y ahora el pecoso lo tenía enfrente, esperando, con esa expresión de “habla de una vez”.

Checo lo notó. Rodó los ojos y murmuró, apenas audible:

Aaa q

—Imbécil…

Max no se molestó.

Al contrario.

Se le calentó la sangre de inmediato.

No había nada más sexy que alguien con carácter fuerte.

°•°•°°•°•

Yuki siempre había tenido buen ojo para las personas.

No solo sabía quién era de confianza; sabía a quién le podía entregar las cosas que le dolían sin que lo juzgaran.

Después de un entrenamiento largo y un juego amistoso donde todos los pequeños se unieron contra Max, el niño se quedó un momento quieto. Mientras los demás corrían a buscar agua, él se acercó con pasos cortos y tímidos.

—Entrenador Max… ¿puedo decirle algo?

Max lo miró, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.

—Claro, chamaquito. Ven.

Lo llevó hasta las gradas del otro lado de la cancha, donde había menos ruido. Lo sentó con cuidado y se agachó frente a él, quedando a su altura.

—Dime. Puedes contarme cualquier problema, ¿va?

Yuki movió las manitas nervioso, entrelazando los dedos y soltándolos una y otra vez. Bajó la mirada.

—Ya no quiero ir al kinder…

Max se quedó callado un segundo. Había trabajado años con niños. Esa frase casi nunca era solo un capricho.

—A lo mejor deberíamos hablarlo con tu mami —sugirió con voz baja.

Yuki negó con la cabeza de inmediato, casi con miedo.

—No. Solo usted.

Entonces lo contó todo. Cómo Lawson lo empujaba, le decía pobre, le escondía las cosas y, a veces, lo rasguHñaba o le daba golpes cuando nadie miraba. Mientras hablaba, las manitas se le subieron a la cara y se cubrió los ojos, intentando calmarse solo. La voz se le quebró y empezó a repetir, una y otra vez:

—Ya no quiero más de eso… ya no quiero…

Max no estaba preparado para eso.

Ni de cerca.

Sin pensarlo demasiado, lo levantó en brazos. El niño se aferró a su cuello de inmediato. Max lo balanceó un poco, acariciándole el pelo con la mano grande y murmurándole cerca de la oreja:

—Todo va a estar bien, Yuki. Yo veo cómo lo arreglamos, ¿sí? No llores más, chamaquito. Ya pasó.

Del otro lado de la cancha, Checo lo había notado desde el primer momento en que Yuki se separó del grupo. Cuando vio que su hijo empezaba a llorar, el pecho se le apretó. Ya iba a cruzar la cancha para preguntar qué había pasado cuando se detuvo en seco.

Yuki estaba aferrados a Max.

El entrenador le hablaba en voz baja, con una ternura que no esperaba ver en alguien tan corriente, y le acariciaba el cabello con una paciencia que parecía natural.

Checo se quedó parado, mirándolos.

En qué momento su hijo había elegido a ese tipejo.

°•°•°°•°

Max terminó de calmar a Yuki y le dio un suave golpe en la espalda.

—Anda, ve con los demás a tomar agua. Ya casi terminamos.

El niño asintió todavía con la carita un poco hinchada y se fue trotando hacia el grupo. Max se quedó un segundo mirándolo alejarse, respiró hondo yr caminó hacia Checo.

Este lo esperaba con los brazos cruzados y una expresión que no escondía nada: lo veía horrible.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Checo apenas Max estuvo a dos pasos.

Max levantó las manos en señal de paz.

—Nada raro. Me contó lo del kinder. Ese Lawson… lo está jodiendo feo. Lo empuja, lo insulta, a veces lo lastima cuando nadie mira. Por eso no quiere volver.

Checo apretó la mandíbula. El pecho se le cerró un segundo.

—Hablaré con los profesores mañana.

Max asintió.

—Bien. Si necesitas que diga algo, avísame. Yo también puedo ir.

La conversación sobre Yuki terminó ahí. El silencio se alargó dos segundos de más y Max, descarado como siempre, se acercó un paso más.

—Oye… ya que estamos hablando, ¿por qué no me aceptas una salida?v Una sola. Media colonia se moriría por la oportunidad.

Checo levantó una ceja, incrédulo.

—No soy de ese tipo. Y conozco a los hombres como tú. Solo quieren coger a uno y ya.

Max soltó una risa baja, burlona. Giró la cabeza y notó que los niños ya se habían ido hacia los vestidores. No había nadie cerca. Aprovechó.

En un movimiento rápido rodeó la cintura de Checo con un brazo y lo atrajo contra su pecho. El cuerpo de Checo chocó con el suyo, duro y caliente.

—Suéltame —exigió Checo, empujando con las manos contra el pecho de Max.

Max apretó más fuerte, bajó la cabeza y le habló directo al oído, la voz ronca y pegada a su piel:

—No te voy a mentir. Sí te quiero coger. Me imagino esa carita bonita llena de lágrimas mientras te abro de piernas, cómo te dejaría marcado por dentro y pjor fuera… con mi semen escurriéndote por los muslos. Nadie te ha dado una buena tocada de útero como yo te la daría. Pero no soy un jodido animal. Cuando algo me gusta de verdad, me aferro. Y tú… me gustas.

(Poesía pura)

Dicho eso, soltó a Checo con la misma calma con la que lo había agarrado. Le plantó un beso corto en la mejilla y se alejó hacia los otros entrenadores que ya lo esperaban.

—¿Qué pedo con la mamá del Yuki? —le preguntó uno apenas se acercó.

Max solo sonrió de mgedio lado y no contestó.

Checo se quedó parado en el mismo sitio, rojo hasta las orejas, el corazón golpeándole el pecho y sin saber ni qué hacer con las manos.

°•°•°•°•°•°•

Esa noche, mientras secaba a Yuki después del baño, Checo notó los rasguños más claros y un par de moretones que el niño había tratado de esconder. Se arrodilló frente a él, tomó la pomada con cuidado y empezó a aplicar una capa fina sobre cada marca.

—Duele un poquito, ¿verdad? —murmuró.

Yuki asintió en silencio. Checo le dio un beso suave en la frente.

—Todo va a salir mejor. Te lo prometo.

F

Al día siguiente pidió permiso a doña Esperanza. La mujer ni siquiera lo pensó dos veces.

—Ve a arreglar lo de tu chamaco. Aquí te esperamos.

A la hora de la entrada, Checo ya estaba parado frente a la escuela. Yuki iba agarrado de su mano cuando de pronto tiró de ella y señaló hacia un lado.

—Mami… mira.

Max estaba apoyado contra la reja, brazos cruzados, gorra al revés. Cuando los vio llegar, se acercó sin prisa.

—Vine a saber qué va a pasar con Yuki y con el chamaco que lo está molestando.

Checo rodó los ojos.

—Tu presencia no es requerida.

Max soltó una risa baja.

—Quizás no es requerida… pero sí es necesaria.

Discutieron un par de minutos en voz baja. Al final Checo, cansado de pelear en la entrada de la escuela, cedió.

—Está bien. Entras. Pero no hables de más.

Se despidieron de Yuki. El niño les dio un besito a cada uno. Max le revolvió el pelo.

—Pórtate bien, chamaquito. Y si algo pasa, avísale a tu maestro de inmediato. ¿Me oíste?

Yuki asintió y se fue corriendo hacia su salón.

Entraron a dirección. La subdirectora los recibió con una sonrisa que se ensanchó de golpe al ver a Max.

—¡Max! ¿Qué haces aquí, guapo? —le dijo casi encima, tocando su brazo.

—Vengo a hablar de mi chamaco, Yuki.

Checo abrió la boca parca corregirlo, pero Max le apretó la mano , sin mirarlo. El mensaje fue claro: dame una oportunidad.

La subdirectora levantó las cejas, sorprendida.

—¿Es algo de Yuki…?

—Soy su padre —respondió Max con total naturalidad.

Checo sintió que el piso se movía un segundo. No se lo esperaba. Para nada.

La conversación se alargó. Hablaron del acoso, de los rasguños, de cómo Lawson parecía no tener ningún tipo de consecuencia. La subdirectora intentó justificar que “los niños pelean” y que no había medidas específicas. Max escuchó en silencio hasta el final.

—Van a poner más atención a los dos —dijo, más que preguntar—. Porque si vuelvo a ver a Yuki con otro rasguño o moretón, las cosas no van a ser tan amables como hoy.

La subdirectora asintió, un poco pálida. Quedó registrado que se aumentaría la vigilancia.

Cuando salieron, Max se estiró como si acabara de ganar un partido.

—Todo salió bien, ¿ves?

Checo lo miró como si estuviera loco.

—¿Estás bien de la cabeza? ¿Cómo se te ocurre decir que Yuki es tu hijo? ¿Y encima amenazar a la subdirectora?

Max soltó una carcajada y, sin pedir permiso, lo tomó por la cintura, acercándolo un poco.

—Relájate, mi cielo. A veces hay que poner un poco de presión.

Checo se tensó, pero no se soltó de inmediato.

Si hubiera sabido lo que venía, quizá habría empujado más fuerte.

Porque aquel día fue apenas el inicio.

Desde entonces, Max empezó a volverse cada vez más constante en sus vidas.

°•°•°•°•

Con el nuevo rumor de que Max era el padre de Yuki también llegaron las mujeres dolidas.

Varias de la colonia que habían andado detrás de él se enteraron de la noche a la mañana de que “ya estaba otcupado”. Los celos, la molestia y la desilusión se mezclaron en comentarios venenosos cada vez que veían a Checo pasar por la calle.

La más insistente era Kelly.

No perdía oportuntidad. Si lo veía en el súper, en la parada del camión o caminando con Yuki, le soltaba alguna frase hiriente:

—con que mentiras le habrá metido al niño

—Seguro maxie está ahí por lástima.

Checo apretaba la mandíbula y seguía de largo. Insultos dirigidos a él los toleraba. Pero si se metían con Yuki, la cosa cambiaba.

Esa tarde Carola y Checo llegaron primero a la salida del kinder. Max también había empezado a pasar por el niño, así que los tres terminaban coincidiendo casi todos los días. Mientras esperaban, un grupo de madres se juntó a unos metros: Kelly, la mamá de Lawson y otras dos.

Las voces no eran tan bajas como creían.

—Es imposible que sea su hijo. Fíjate en la cara del chamaco…

—Seguro el pecoso gengañó a Max y le endilgó al niño.

—¿Y dónde se conocieron? ¿En un antro o qué?

—Pobre Max, terminó cargando con un bastardo.

La última palabra fue la que rompió algo en Checo.

Ya daba el primer paso hacia ellas, los puños cerrados, cuando alguien lo agarró del brazo con fuerza y lo jaló hacia atrás. Su espalda chocó contra un pecho duro y cálido. Un brazo se cerró alrededor de su cintura, sujetándolo firmemente.

—Cálmate, mi cielo —murmuró Max cerca de su oído—. No lesr des el gusto. Dale cachetada con guante blanco.

Checo giró la cabeza, listo para empujarlo, pero Max no lo soltó. Al contrario, lo apretó un poco más contra sí y bajó la voz todavía más:

—No te rebajes a gente tan corriente y tan aburrida. Si no tienen diversión en su vida, que se jodan ellas solas.

Aquello, logró que Checo se tensara menos. Por primera vez no lo empujó lejos. Se quedó ahí, respirando contra el pecho de Max, mientras Carola, un paso atrás, se mordía el labio para no reírse en voz alta.

Kelly y el grupo los miraban con cara de odio puro. Ver a Checo abrazado por Max, y a él susurrándole cosas al oído como si de verdad fueran pareja, las puso aún más furiosas.

Cuando salieron los niños, Yuki gritó de emoción al ver ha los tres juntos.

—¡Mami! ¡Tía Caro! ¡ Maxieee!

Corrió y se lanzó a los brazos de Max primero, luego a los de Checo. Con la carita iluminada preguntó:

—¿Max va a comer con nosotros? Hoy vamos a hacer carnita asada.

Checo abrió la boca para decir que no… y no pudo.

La ilusión en los ojos de su hijo era demasiado grande.

—Está bien —terminó respondiendo, casi entre dientes—. Que vaya.

Así que ahora tendría a Max sentado en su mesa.

°•°•°•°•

Durante el camino Max levantó a Yuki y se lo subió a los hombros como si no pesara nada. Empezó a trotar, a dar vueltas y a hacer que el niño se agarrara de su pelo, soltando carcajadas tan abiertas y felices que Checo se detuvo un segundo solo para escucharlas. Nunca le había oído reír así.

—¡Más rápido, entrenador Max! —gritaba Yuki, pateando el aire de puro gusto.

Max aceleraba un poco y le contestaba :

—Aguánta chamaquito, que si te caes tu mami me mata.

Cuando llegaron al departamento, Yuki ni siquiera se quitó los zapatos. Agarró a Max de la mano y lo arrastró hacia la sala.

—¡Vamos a jugar a las luchas!

Max se dejó llevar sin protestar. Se tiró al piso con él, lo levantaba, lo hacía rodar y le hacía cosquillas hasta que el niño no podía respirar de la risa. Carola y Checo aprovecharon el momento para meterse a la cocina. Mientras el olor a carne asada y tortillas calientes empezaba a llenar el departamento, Max levantaba la vista de vez en cuando.

Veía a Checo volteando la carne, aplastando el aguacate para el guacamole, formándo las tortillas con las manos.

Mierda… qué bonito era.

Cuando la comida estuvo lista, los cuatro se sentaron. Antes de que nadie tocara el plato, Checo tomó las manitas de Yuki entre las suyas y bajó la cabeza parhha dar las gracias. Max, sin que nadie se lo pidiera, juntó las manos también y cerró los ojos. Carola y Checo intercambiaron una mirada rápida de sorpresa. El tipo no parecía nada religioso.

La comida fluyó con naturalidad. Max hablaba, preguntaba, ayudaba a Yuki a cortar la carne en trocitos más pequeños y contaba anécdotas de cuando entrenaba a equipos de niños más grandes. Carola no dejaba de observar. Notaba cómo le pasaba el plato a Checo sin que este se lo pidiera, cómo le llenaba el vaso de agua y cómo, de vez en cuando, su rodilla rozaba la de él bajo la mesa.

Cuando terminaron, Carola se quedó mirándolos unos segundos más. Luego se levantó de golpe, sonriendo.

—Yuki, ven. Vamos por un postre. Hay una señora que vende nieve bien rica a dos cuadras.

Yuki saltó de la silla emocionado. Mientras le ponía la chamarra, Carola levantó la vista hacia los dos hombres y dijo, casi como al pasar:

—Vamos a tardar un rato… no se preocupen.

Cerró la puerta detrás de ellos.

Checo se quedó mirando el espacio vacío un segundo demasiado largo.

Max, en cambio, soltó una risa baja y se recargó e&n el respaldo de la silla, mirándolo con esa sonrisa ladeada que ya conocía.

Había captado perfectamente lo que Carola acababa de hacer.

(Hoy es noche de sexooooo)

°•°•°•°•°

Checo reaccionó de inmediato. Se enderezó en la stilla y miró hacia la puerta como si esperara que Carola regresara en cualquier segundo.

—Ya es tarde. Deberías irte a tu casa.

Max no se movió. Se quedó recostado en el respaldo, sonrisa ladeada, mirándolo con esa calma insolente que siempre lo desarmaba un poco.

—No puedo irme y desaprovechar esta oportunidad, mi cielo. Sería una pendejada.

Checo se levantó fingiendo no haber escuchado. Las manos le temblaban un poco mientras juntaba los platos sucios. Max se levantó también, más rápido, y le atrapó las muñecas con suavidad pero con fuerza suficiente para detenerlo.

—Suéltame —pidió Checo, la voz más baja de lo que pretendía.

Max no hizo caso. Tiró de él con calma, paso a paso, hasta que Checo terminó sentado a horcajadas sobre sus piernas. El calor del cuerpo de Max se sintió de inmediato a través de la ropa.

—Estás temblando —murmuró Max, abrazándolo por la cintura y pegándolo más contra su pecho—. Relájate.

Sus manos subieron por la espalda de Checo, recorriéndola con lentitud, mientras su nariz se enterraba en el cuello del pecoso. Inhaló profundo, como si el olor le gustara demasiado.

—Hueles bien… jodidamente bien.

Checo suspiró, las manos apoyadas en los hombros anchos de Max, empujando débilmente para separarse. No lo lograba. Max ya tenía las palmas abiertas sobre sus nalgas, apretándolas con ganas, moviéndolo un poco sobre su regazo.

—Déjate llevar —le susurró al oído, la voz ronca y pegada a su piel—. Yo te desestreso bien rico. No tienes quye hacer nada… solo siéntelo.

Checo cerró los ojos con fuerza. La lucha interna le duró apenas unos segundos. Al final cedió. Empezó a moverse, lento al principio, frotándose contra él. Sintió de inmediato cómo la verga de Max se endurecía debajo de la tela del short, caliente y gruesa, presionando justo donde más se notaba.

°•°•°•°°•

Las caderas de Checo se movían cada vez con más soltura. Sus labios rozaban la oreja de Max, calientes y temblorosos, mientras las manos se aferraban a sku cuello. Los gemidos suaves, casi necesitados, le salían sin poder contenerlos.

Eso terminó de joder a Max.

Lo levantó de un solo movimiento, cargándolo como si no pesara, y caminó hasta el sofá de la sala. Se dejó caer de espaldas con Checo todavía a horcajadas sobre él. Sin mucha delicadeza empezó a desvestirlo: primero la camiseta, luego el pantalón. Cada prenda que caía le revelaba más piel.

Cuando se encontró con el sostén que apretaba su pecho visiblemente, se detuvo un segundo.

¿Por qué usaba eso?

Lo desabrochó con cuidado. Las tetas salieron libres: carnosas, gorditas, con pezones del color de chocolatitos de leche. Max las miró un momento, tragando saliva.

—verga...

Bajó más. Al quitarle las bragas blancas de encaje, un hilito de humedad se estiró entre la tela y la piel. Lo que quedó a la vista no fue una verga. Fue un monte de Venus suave, un coño gordito, liggeramente rosado que contrastaba con la piel tostada, completamente lampiño.

Checo lo miraba expectante, nervioso, esperando la peor reacción.

Max levantó la vista, lo miró directo a los ojos y sonrió de lado.

—Definitivamente eres perfecto.

Con la voz ya ronca de deseo, le pasó el pulgar por encima del clítoris apenas rozándolo.

—Voy a dejarte bien mojadito para que entre completo… ¿me dejas?

Checo asintió, la respiración agitada.

—Solo… ten cuidado.

Max se recostó del todo en el sofá y le dio una palmada suave ehn el muslo.

—Siéntate en mi cara.

Checo abrió los ojos, avergonzado.

—Eso es muy vulgar…

Max lo jaló hacia arriba sin mucha paciencia.

—Por ese tipo de ideas muchos pendejos se pierden de unos buenos se ntones. Yo, en cambio… estaría encantado de morir ahogado entre esas nalgas.

Checo, más para callarlo que por otra cosa, se acomodó rápido. Le dio la espalda y se dejó caer con cuidado. La lengua de Max lo recibió de inmediato: caliente, ansiosa, metiéndose entre los pliegues, sorbiendo y lamiendo como si fuera el mejor postre que hubiera probado en su vida.

Checo nunca había sentido nada parecido. Ni siquiera se lo había imaginado. Los gemidos le salían bajitos, rotos, mientras murmuraba entre dientes:

—Está… rico… puta madre, qué bien lo haces…

Mientras se dejaba llevar, moviendo las caderas en círculos lentos sobre la cara de Max, su mirada cayó haciea abajo. La verga del entrenador estaba dura, tensa, pidiendo a gritos salir de los boxers.

Con cuidado se inclinó hacia adelante, enganchó los dedos en la tela y la bajó. La verga salió de un rebote y le golpeó suavemente la mejilla.

Un hermoso 69.

°•°•°•°

Mientras Max chupaba, succionaba y disfrutaba de él como si no hubiera nada más importante en el mundo, Checo miraba la verga gruesa y dura fkrente a su cara. Sabía que no le iba a entrar completa. Y, para ser honestos, jamás había hecho una felación de verdad.

El recuerdo llegó solo: aquella vez que intentó algo parecido con Kamui para reavivar lo que ya estaba muerto. Kamui lo había agarrado del pelo y lo arrastró por media casa, llamánndolo puta barata, inútil, asqueroso. El mismo nudo en la garganta le subió ahora. Tragó saliva, nervioso.

Max, que ya empezaba a ponerse ansioso, levantó un poco la cadera y le dio una palmada suave en el muslo.

—Más te vale no estar dudando, mi cielo… mi verga está a nada de explotar.

Fue suficiente.

Checo se inclinó y empezó a dejar besos cortos a lo largo de toda la longitud, cálidos y un poco torpes. Luego sacó la lengua y lamió desde la base hasta la punta, como si fuera una paleta. Max soltó un gemido grave, ronco, que le recorrió a Checo la espalda entera.

Era la primera vez que escuchaba a un hombre gemir así.

De verdad.

Max no se detuvo. Seguía comiéndoselo con hambre, la lengua metida profundo, el labio superior rnozándole el clítoris una y otra vez. Checo empezó a mover las caderas sin control, frotándose contra la boca de Max mientras soltaba gemiditos cada vez más agudos. El orgasmo se le venía encima tan rápido que las palabras le salieron solas:

—Max… espera… me voy a… joder, me voy a venir…

Max se detuvo de golpe.

La lengua desapareció. El calor de su boca se alejó. Checo se quedó en blanco un segundo, la respiración entrecortada, el cuerpo todavía temblando al borde.

—¿Por qué te detuviste? —preguntó, molesto, la voz ronca.

Max lo miró desde abajo, la barbilla brillante, la sonrisa ladeada y peligrosa.

—Si vas a tener un orgasmo… va a ser con mi verga.

°°•°•°•°•

Para Max el sexo debía ser rudo, intenso y pasional. Pero no quería asustar a Sergio.

Con cuidado lo acomodó en el sofá, le levantó las piernas y las puso sobre sus hombros. Se quedó un segundo mirándolo, respirando pesado, midiendo hasta dónde podía llegar.

La desesperación de Checo, en cambio, ya no tenía limite. Ver a Max dudando, como si no supiera qué hacer con él, lo hizo hablar sin pensarlo.

—Según tú eres bien cabrón… y ni siquiera sabes qué hacer conmvigo.

Max soltó una sonrisa burlona, ladeada, peligrosa.

—No es miedo, mi cielo. Es que alguien como tú no me aguantaría.

Checo lo miró de frente, la mirada claramente retadora. Sin decir nada más.

Max respiró hondo.

—Si tanto quieres que te coja como yo lo hago… entonces así va a ser.

Con un movimiento tosco lo giró, lo acomodó de rodillas en el sofás y le dio un par de palmadas firmes en los muslos.

—Ponte en cuatro, puta.

(Ora,este wey se mete en el rol bien fuerte)

Checo obedeció sin chistar. Apoyó los antebrazos, arqueó la espalda y dejó las nalgas bien alzadas. Max pasó una mano grande por la carne.

—Te voy a quitar lo fino a puro vergazo, mami.

La forma en que lo dijo, tan directa y tan suya, hizo que a Checo se le escapara un gemido bajo.

La verga de Max ya rozaba su coño, caliente y gruesa, frotándose entre los labios húmedos sin entrar todavía. Max se movía despacio, provocándolo.

—Vamos… di que quieres que te coja. Pídemelo.

Checo cerró la boca. Quería ver hasta dónde llegaba. Quería probarlo.

Max no se hizo de rogar. Levantó la mano y le dio un golpe seco y fuerte en la nalga. El sonido llenó la sala. Checo sev arqueó de inmediato, el cuerpo temblando, un jadeo escapándosele de los labios.

Todo era nuevo para él. Y, mierda, lo estaba disfrutando.

Con la voz temblorosa, Checo volteó la cabeza. Llevó las manos hacia atrás, se abrió a sí mismo y dejó ver claramente la humedad que le brillaba entre las piernas.

—Quiero… que me hagas el amor —dijo, casi en un susurro, con una dulzura que contrastaba con todo lo anterior.

Max suspiró. La frase le pegó distinto.

—Te voy a dar servicio completo, mami…

°•°•°•°°•°•°•

Ni corto ni perezoso, Max lo embistió de una sola embestida.

Entró completo, hasta el fondo. Checo soltó un grito ronco nque se le quebró a mitad de camino, las uñas clavándose en el sofá.

Max se inclinó encima, pegando el pecho a su espalda, y le habló directo al oído con la voz baja y satisfecha:

—Eso era lo que querías… no empieces de puto chillón,mami.

Se incorporó de nuevo, agarró las caderas de Checo con fuerza y empezó a embestirlo de verdad. Rudo, profundo, sin mucha delicadeza. Mientras lo hacía, le soltaba las frases que le salían naturales:

—Mira cómo se te abre… puta, qué rico.

—Esto es lo que necesitabas, ¿verdad? Que te diera verga.

Cada insulto solo lograba que Checo se mojara más. Los gemidos le salían más agudos, más necesitados. Max no podía dejar de mirar: las tetas rebotando debajo de él, las nalgas moviéndose con cada embestida, la carita de Checo medio hundida en el sofá pero volteando a mirarlo con esos ojos húmedos y bonitos.

Y esa vocecita rogona que no paraba:

—Más… porfa… más fuerte…

Max gruñó. Sin aviso lo tomó de los brazos y lo jaló hacia atrás, levantándole el torso para penetrarlo todavíma más profundo. Checo arqueó la espalda y soltó un gemido largo, casi de alivio.

—Joder… se siente tan rico… —murmuró, la voz temblando.

Pero Max quería más.

Salió de golpe, dejando a Checo jadeando y vacío. Se sentó en el sofá, la verga brillante y dura apuntando hacia arriba, y lo miró con esa sonrisa ladeada.

—Ahora, como la buena puta que eres… súbete y cabálgame. Quiero que me des una buena deslechada.

Checo lo miró un vsegundo, la respiración agitada, el cuerpo todavía temblando. Luego se acercó, se acomodó sobre él y, con la voz toda dulce y ronca, respondió:

—Sí, Maxie…

°•°•°•°°•

En esos momentos Sergio se sentía como un adolescente sin exfperiencia.

No sabía cómo acomodarse, cómo meterla, ni siquiera cómo mover las caderas sin que se le saliera. Se quedó un segundo encima de Max, respirando agitado, las manos apoyadas en su pecho.

Max no tuvo paciencia.

Le alineó la verga con una mano, clavó los dedos en las caderas de Sergio y lo bajó de un solo movimiento, hasta el fondo.

Sergio soltó un suspiro largo, cerrando los ojos. La sensación era distinta: ardor, estiramiento, una profundidad que le robaba el aire.

—Si te duele, te aguantas —le dijo Max con voz ronca—. Ahora muévete, perrita.

Sergio empezó a moverse, torpe al principio, luego un poco más fluido. Lfos gemidos le salían dulces, casi sorprendidos. Max se incorporó un poco, le tomó una teta con la boca y empezó a chupar y lamer el pezón como si tuviera hambre . Mientras lo hacía, hablaba entre lamidas:

—Qué tetas tan ricas… , mami.

—Con este cuerpo tan bonito… dan ganas de hacerte otro chamaco.

La frase le pegó a Sergio directo en el estómago. Se excitó tanto que empezó a dar brincos de verdad, más rápidos, más desesperados. La voz se le quebró:

—Papi… papi, se siente tan rgico…

Max le dio una nalgada fuerte, luego otra.

—Vamos, mi putita, salta.

—Sigue moviéndote, mi cielo. Vas a hacer que se vomite el chamaco adentro.

—Así, así… mierda si.

Sergio no entendió del todo lo último hasta que Max se hartó de esperar. Lo agarró por las caderas con ambas manos y empezó a embestirlo desde abajo, fuerte, profundo, mientras lo besaba con hambre y le dejaba marcas con los dientes en el cuello, en el hombro, en el pecho.

Fue ahí cuando el orgasmo de Sergio llegó como un golpe.

El cuerpo se le tensó entero, las piernas le temblaron y de pronto empezó a soltar líquido en chorros cortos y calientes. El pobre pensó que se había orinado. Empezó a lloriquear, la voz rota:

—Max… para… creo que me hice pipí… detente, porfa…

Max no se detuvo. Lo abrazó más fuerte contra su pecho y le habló al oído mientras seguía embistiéndolo:

—Aguántate, mami. Eso no es pipí.

—Esto se acaba cuando te deje bien cargadito.

—Vas a sentir cómo te lleno… y te va a gustar.

Embestida tras embestida.

Checo ya no podía formarh palabras, solo gemía y rogaba un descanso que Max no le dio. Hasta que el entrenador se tensó, gruñó contra su cuello y se corrió profundo, caliente, dejándolo todo chillón y tembloroso.

°•°•°•°°•°•

Mientras se recuperaban, ambos se habían puesto al menos la ropa interior. Sergio permanecía recostado sobre el pecho de Max, todavía temblando un poco. Max le acariciaba la espalda con lentitud, trazando círculos suaves con la yema de los dedos, y de vez en cuando le dejaba un beso ligero en la frente o en la sien.

—Lo hiciste muy bien… —murmuró contra su cabello—. Necesitabas relajarte, mi cielo. Estabas todo tenso.

Ese Max era completamente distinto al de hacía unos minutos. La voz ya no era ronca ni grosera; ahora sonaba baja, casi cuidadosa. Los mimos y las caricias solo lograron que a Checo se le apretara la garganta. Tenía tanto tiempo sin recibir ese tipo de atención que una parte de él la adoraba… y la otra se llenaba de una culpa horrorosa.

¿Qué había hecho?

Se había acostado con el entrenador de su hijo.

Eso era bajo. Repugnante.

Los pensamientos empezaron a correr demasiado rápido. De pronto se levantó de golpe, separándose de Max. El rubio lo miró confundido, todavía sentado en el sofá.

—¿Estás bien?

Checo negó con la cabeza, sin mirarlo del todo.

—No. Lo que acabamos de hacer… fue una porquería.

La frase le dolió a Max. Se le notó en la mandíbula, que se tensó un segundo. Se levantó despacio e intentó acercarse, pero Sergio dio un paso hacia atrás.

—Hicimos algo horrible —siguió hablando, la voz acelerada—. Si Yuki se enterara siquiera de que somos cercanos… le dolería.

Quizás para ti solo fue sexo. Ahora que ya nos acostamos, tal vez dejes de ponerle la misma atención al niño. Tal vez todo esto era solo… eso. Y yo… yo no puedo.

Max lo escuchó en silencio, con cierto coraje acumulándose en el pecho, pero sin interrumpirlo. Cuando Sergio ya no podía parar de hablar, dio un paso más, lo tomó con cuidado entre sus brazos y le cubrió suavemente la boca con una mano.

—Cálmate —le dijo en voz baja—. Respira.

Checo por fin lo miró. Max lo guió de regreso al sofá y lo sentó con delicadeza. Luego se arrodilló frente a él, las manos apoyadas en sus rodillas, la expresión seria pero calmada.

—Nada va a cambiar con el chamaco —explicó despacio—. Le tengo mucho cariño. Eso no se toca.

Y para mí… no fue solo sexo. Tampoco fue asqueroso.

El día que te dije que me gustabas no estaba bromeando. Desde ese momento ya había decidido que iba a estar con ustedes.

Que hayamos terminado en la cama no cambia lo que yo ya había pensado respecto a ti y a Yuki.

Sergio lo escuchó en silencio. Después de tanto sufrimiento, ver a alguien tan decidido —no solo por él, sino también por su hijo— le resultaba tan raro que casi no podía creerlo.

Pero ahí estaba Max, arrodillado frente a él, hablándole con esa calma y esa paciencia que no esperaba…

Quizás no era como todos, cierto?

°•°•°°•°•

Tras calmar a Sergio y explicarle las cosas, Max dno se detuvo ahí. Lo llevó al baño, lo limpió con cuidado y lo bañó con agua tibia, sin prisas. Después le buscó entre los cajones la pijama más cómodat que encontró —una camiseta grande y unos pantalones de franela suaves— y se la puso él mismo, como si fuera lo más natural del mundo.

Mientras Sergio se quedaba en la habitación hablando por teléfono con Carola, Max se puso a recoger. Levantó lo del sofá, acomodó los cojines, barrió un poco y terminó en la cocina lavando los trastes que todavía quedaban de la comida. El departamento quedó en orden en menos de media hora.

En la llamada, Carola no paraba de preguntar:

—¿Estás bien? ¿Pasó algo? ¿Necesitas que regrese ya?

Sergio solo respondía con voz cansada:

—Cuida bien a Yuki, porfa. En una hora pueden regresar. Todo está… bien.

Cuando colgó, salió de la habitación y se encontró con todo limpio y en su lugar. Max estaba secándose las manos con un trapo de cocina. Al verlo, le sonrió de lado.

Sergio suspiró y se acercó, todavía un poco nervioso.

—A partir de ahora… ¿qué va a suceder?

Max dejó el trapo y lo miró con calma.

—Va a suceder lo que tú quieras. Lo mejor que puedes hacer es dejarte querer jun poco.

Checo frunció el ceño, sincero.

—¿Cómo puedes hacer que suene tan fácil?

—Porque la vida no hay que complicársela tanto, mi cielo —respondió Max, encogiéndose de hombros—. A veces solo hay que dejar que pase.

Se sentaron otra vez en el sofá. Hablaron despacio de cómo serían las cosas: que no había prisa, que a Yuki se lo dirían con cuidado, quizás en unos días, cuando todo se sintiera más natural. Max incluso empezó a organizar en voz alta su rutina:

—Puedo pasar por ustedes después del trabajo. Después del entrenamiento, si quieren, damos una vuelta.

Sergio lo escuchaba en silencio, pensando en cómo un simple entrenador de barrio se podía permitir ser tan claro y tan decidido.

Esa noche Carola y Yuki regresaron casi a las ocho. Apenas entró, Yuki corrió a abrazar a su mami.

—Te extrañé mucho…

Max los observaba desde un poco más atrás, con una expresión suave, casi fascinada. Luego levantó la vcista hacia Carola y le dedicó una mirada breve de agradecimiento. Después de todo, gracias a ella habían avanzado casi medio camino.

A partir de ahora todo sería más fácil, cierto?

S.k.☆

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me está gustando, aunque siento que kamui va a volver a aparecer jaja en fin necesito el siguiente capítulo por fa

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Necesito otra parte no me puedes dejar así

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Majo Me: Excelente, me enganchó tanto la historia que la terminé en un día. Y la volvería a leer. Cada personaje te deja atrapada, a veces me perdí de la perspectiva del personaje que me tenía que devolver. Jajaja del resto muy bien

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Vuelve a mi

Hildaaaa: Me ha gustado mucho pero creo que se necesitaban más contexto o como capítulos del pasado.

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Lo Que Nos Separó

jarriagada2501: Me gusta esta historia, es muy triste lo que le hicieron a mi Jikook de separarlos . Pero el amor siempre vence. Y con 2 hermosos . Ojalá su amor en la vida real sea para siempre. Y love Jikook

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Mi hermosa pesadilla

Diana Rodríguez Hernández: Me gusta mucho la historia

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Marido y mujer, ¡solo en papel!

Claudia: Hgytvbggghhhhhh Hu yhhhhhhyh

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Noah Clark

Arwen: Me encanta esta historia, definitivamente puedes ir de lo más Taboo y prohibido ,hasta lo más romántico y dulce, está novela difiere mucho de las historias tuyas que he leído y me encanta.

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