BOXEADOR FANTASMA - PARTE 1
El Auditorio Central no se parecía en nada a los sótanos. Las luces caían en cascadas blancas sobre un cuadrilátero perfecto, con cuerdas rojas tensas y una lona tan limpia que parecía nueva. El rugido de la multitud —miles de personas, no cuarenta hombres apretujados alrededor de un círculo de cinta— llenaba el aire de una energía que Andrew no había sentido nunca.
«Esto no es real», pensó mientras subía por las gradas siguiendo a Danny. «Esto es otro mundo.»
—Te lo dije —comentó Danny, abriéndose paso entre la gente con una sonrisa—. Nada que ver con la basura de sótano, ¿eh?
Andrew no respondió de inmediato. Miraba a su alrededor: familias enteras, hombres de traje, mujeres con carteles pintados a mano, niños subidos en los hombros de sus padres para ver mejor.
—Es distinto —admitió finalmente.
—Espera a que salga García. Ahí vas a entender por qué pagué lo que pagué por estos boletos.
Encontraron sus asientos, algo alejados del cuadrilátero pero con vista clara. Andrew se sentó y sintió, por primera vez en meses, que sus manos no dolían por vendas ni golpes. Solo estaban ahí, quietas sobre sus rodillas.
—¿Nervioso? —le preguntó Danny, divertido.
—¿Por qué estaría nervioso? Yo no peleo esta noche.
—No, pero mírate. Estás sentado como si fueras a subir tú.
Andrew no había notado que tenía la espalda recta, los hombros tensos, la mirada fija en el cuadrilátero vacío como si esperara que algo importante fuera a suceder ahí mismo. «Tiene razón», pensó, sorprendido de sí mismo. «¿Por qué me siento así?»
Las peleas preliminares pasaron sin dejar mucha huella: boxeadores jóvenes, algunos torpes, otros prometedores, midiéndose ante un público que aplaudía con cortesía pero esperaba al plato principal. Andrew los observaba con atención, notando cosas que no sabía que sabía notar: el modo en que un peleador dejaba caer la guardia después de lanzar un gancho, la forma en que otro se cansaba en el tercer round por no saber administrar su respiración.
«En el sótano nadie pelea así», pensó. «Ahí todo es fuerza bruta. Aquí hay algo más. Hay... orden dentro del caos.»
Cuando finalmente anunciaron a Roberto García, el rugido de la multitud se volvió ensordecedor. Las luces se apagaron por un instante y volvieron a encenderse siguiendo al campeón mientras caminaba hacia el cuadrilátero, envuelto en una bata dorada, con la cabeza en alto y una calma que contrastaba con el estruendo a su alrededor.
—Ahí está —dijo Danny, poniéndose de pie junto con la mitad del auditorio—. El campeón del mundo.
Andrew se puso de pie también, sin darse cuenta, con los ojos fijos en aquel hombre que subía las escaleras del cuadrilátero con una serenidad que parecía casi imposible.
«No tiene miedo», pensó Andrew. «O si lo tiene, no se le nota. Camina como si ya hubiera ganado.»
El combate comenzó y desde el primer round quedó claro que estaban presenciando algo distinto. García se movía con una economía de esfuerzo que Andrew jamás había visto: cada paso tenía un propósito, cada golpe llegaba exactamente donde debía llegar, y cuando su rival intentaba responder, García ya no estaba ahí.
—Mira eso —susurró Andrew, más para sí mismo que para Danny.
—¿Qué cosa?
—Ese movimiento. Esquivó el golpe sin siquiera parecer que se movió.
Danny lo miró de reojo, sorprendido por el interés repentino de su acompañante, que normalmente hablaba lo mínimo posible.
—Sabes de esto, ¿eh?
—Sé pelear —respondió Andrew—. Esto es distinto. Esto es... —buscó la palabra correcta— control.
En el cuarto round, el rival de García logró conectar un golpe fuerte en la sien del campeón. La multitud contuvo el aliento. Andrew se inclinó hacia adelante en su asiento, con el corazón acelerado, esperando ver caer al hombre que hasta hace un segundo parecía invencible.
Pero García no cayó. Sacudió la cabeza apenas, como quien se quita una gota de lluvia de encima, y sonrió.
«Sonrió», pensó Andrew, incrédulo. «Le pegaron fuerte y sonrió.»
En el siguiente intercambio, García respondió con una combinación que Andrew no alcanzó a contar del todo —¿tres golpes?, ¿cuatro?— y que dejó a su oponente tambaleándose contra las cuerdas. El árbitro detuvo la pelea segundos después.
El rugido que siguió fue tan fuerte que Andrew sintió las vibraciones en el pecho. Danny gritaba a su lado, agitando los brazos, pero Andrew se quedó quieto, con la mirada fija en Roberto García, que levantaba los brazos en el centro del cuadrilátero con una expresión de calma absoluta, como si ganar fuera, para él, simplemente lo natural.
«Eso es lo que quiero», pensó Andrew, y la claridad del pensamiento lo tomó por sorpresa. «No el dinero de los sótanos. No sobrevivir de pelea en pelea. Quiero eso. Quiero ser así.»
—¡Oye, fantasma! —Danny le dio un golpe amistoso en el hombro—. ¿Estás bien? Te quedaste como ido.
Andrew tardó un momento en responder, todavía con los ojos puestos en el cuadrilátero, donde ahora los camarógrafos rodeaban a García para las entrevistas.
—Estoy bien —dijo, aunque no lo estaba del todo. Algo dentro de él se había movido, se había reacomodado, como una pieza que llevaba meses fuera de lugar y que por fin encontraba su sitio.
—Te dije que te iba a gustar —dijo Danny, satisfecho—. Nada que ver con los sótanos, ¿verdad?
—No —respondió Andrew, y por primera vez en mucho tiempo, había algo parecido a la emoción en su voz—. Nada que ver.
Se quedaron hasta que las luces del auditorio se encendieron por completo y la gente comenzó a desalojar las gradas. Cuando salieron a la calle, la lluvia había cesado y el aire tenía ese olor fresco que deja la ciudad después de la tormenta.
—¿A dónde vas ahora? —preguntó Danny, encendiendo un cigarrillo.
—No sé —respondió Andrew, y era verdad. Por primera vez desde la muerte de su madre, no sabía a dónde iba, pero sentía que sabía, con una certeza extraña, hacia dónde quería ir.
Caminó solo varias cuadras, con las manos en los bolsillos y la imagen de Roberto García todavía grabada en su mente: la calma, el control, la sonrisa después del golpe que hubiera derribado a cualquier otro hombre.
«Él no peleaba por desesperación», pensó Andrew, deteniéndose bajo un poste de luz. «Peleaba porque eso era lo que era. Peleaba porque lo eligió, no porque no tuviera otra opción.»
Se miró las manos, las mismas manos que había vendado tantas veces para golpear a extraños en un sótano húmedo a cambio de dinero para sobrevivir. Por primera vez, esas manos no le parecieron una condena.
«Quiero aprender a pelear así», pensó, y la decisión se instaló en su pecho con la fuerza de algo que llevaba tiempo esperando ser reconocido. «Quiero un entrenador. Quiero un gimnasio de verdad. Quiero dejar de ser el chico fantasma y convertirme en alguien.»
No sabía todavía cómo iba a lograrlo, ni de dónde sacaría el dinero, ni quién estaría dispuesto a entrenar a un chico de diecisiete años sin nombre, sin contactos y sin nada más que rabia y necesidad. Pero mientras caminaba de regreso a su departamento vacío, por primera vez en ocho meses, Andrew Smith sintió algo que se parecía, aunque fuera remotamente, a la esperanza.








