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Código Azul: Enamorado

Sinopsis

Donde Sergio, un joven estudiante de medicina, tiene que pagarle un favor a su primo cantando en el restaurante de sus tios. Max, un joven empresario, que se rehusa a quedarse en México por orden de su padre. Esa noche, algo cambiaría en Max al ver al joven cantante. (Esta historia es un intento de comedia y amor)

Genero:
Drama
Autor/a:
maxthv98
Estado:
hace un mes
Capítulos:
59
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1

SERGIO

El sol de la mañana se filtraba por las rendijas de la persiana, proyectandose sobre el desorden de libros de anatomía y tazas de café vacías en el cuarto de Sergio. El sonido de unos nudillos golpeando la madera de la puerta rompió el silencio.

—¡Sergio! ¡Ya levántate, cabrón! —la voz de su madre, retumbó desde el pasillo— Ya está el desayuno y Toño ya tiene las llaves en la mano, si no bajas ahorita, te vas a ir caminando.

Sergio gruñó, hundiéndose más en la almohada. Cada músculo le pesaba, logró sentarse en la orilla de la cama tallándose la cara con frustración.

Apenas estaba recuperando la conciencia cuando la puerta se abrió de golpe.

—Ándale, muévete, ¿para eso querias estudiar? —insistió su madre, entrando para recoger un par de camisas del suelo— Ah, y antes de que se me olvide me llamó tu primo Saúl, dice que no se te ocurra fallarle este jueves, tienes que cubrirlo en el restaurante para cantar.

—¿El jueves?, el viernes tengo el examen para el internado —protestó Sergio con voz de cansancio.

—No seas malagradecido. Saúl cumple aniversario con su novia y quiere llevarla a cenar a un lugar bien. Por el traje no te preocupes, ya te tengo el traje limpio y colgado en el closet de la lavandería. Así que ni pongas peros, que a la familia se le ayuda.

Sergio se alisto con una camisa azul y pantalón de mezclilla y su bata colgando de su antebrazo, bajó las escaleras arrastrando los pies. En la cocina, el ambiente era tenso.

Toño, su hermano mayor, ya estaba terminando su café, tamborileando los dedos sobre la mesa con una urgencia evidente.

Coloco la bata y su mochila en la silla de a lado.

— Ya siéntate y come rápido —ladró Toño— Tengo junta temprano y no voy a llegar tarde por tu culpa.

Sergio se dejó caer en la silla y miró a Toño entrecerrando los ojos.

—¡Puta madre, Toño!, ni siquiera me he terminado de despertar. No mames, déjame desayunar a gusto que me voy a atragantar —refunfuñó Sergio, soltando una maldición entre dientes mientras intentaba enrollar una tortilla con manos torpes

Doña Marilu que servía más café, le soltó un ligero golpe en la nuca.

—¡Cuida esa boca, Sergio! Y no le hables así a tu hermano, te recuerdo que andas de "rait" porque tú fuiste el que dejó tu propio carro hecho papilla.

—¡Ya te dije que el otro señor tuvo la culpa! —exclamó Sergio, indignado— El pendejo se saltó el alto, yo venía bien por mi carril.

Su madre lo miró por encima de sus lentes.

—Pues qué raro, mi niño, porque los del seguro no opinan lo mismo. El reporte dice que el que venía a exceso de velocidad y distraído eras tú, así que te aguantas y le agradeces a Toño que te mueva.

Sergio rodó los ojos, se despidió de su madre, tomo sus cosas y corrió directo al garaje donde Toño ya lo esperaba dentro del coche.

El motor del coche rugió en cuanto Sergio cerró la puerta del copiloto. Toño salió de la cochera quemando llanta y se incorporó a la avenida principal con una maniobra que hizo que Sergio se golpeara el hombro contra la ventana.

—¡Ey, ey! ¡Bájale, cabrón! —gritó Sergio, sujetándose de la puerta— ¡No traes vacas, pendejo! ¡Es un ser humano el que va aquí a tu lado!

Toño ni siquiera lo miró; mantenía la vista fija en el semáforo que estaba a punto de cambiar a rojo.

—Si no hubieras chocado tu coche, podrías irte a la velocidad de una tortuga si quieres, mi carro mis reglas y ya vamos tarde ¡agárrate!

Sergio cerró los ojos y rezó a todos los dioses conocidos, y por haber, cuando Toño rebasó a un camión de carga metiéndose entre dos carriles. El trayecto, que normalmente tomaba veinte minutos, lo recorrieron en diez minutos de pura adrenalina y frenadas bruscas.

Finalmente, el auto frenó en seco frente a la imponente entrada de la Facultad de Medicina. Sergio bajó casi tambaleándose, tratando de recuperar el aliento y acomodarse la mochila.

—¡A las dos paso por ti! ¡Si no estás afuera, te regresas en camión! —le gritó Toño antes de arrancar a toda velocidad.

Sergio caminaba hacia las escalinatas cuando divisó una cabellera castaña familiar.

Carola, su mejor amiga y compañera de mil desveladas en la universidad. Ella estaba revisando unos apuntes, pero levantó la vista al verlo llegar.

—Vaya, hasta que apareces, pensé que te habías muerto en el choque —bromeó ella con una sonrisa.

—No me hables de choques, por favor —Sergio suspiró y se puso a su lado— Oye, Caro... necesito un favorsote, es de vida o muerte.

Carola entrecerró los ojos, sospechando de inmediato.

—¿Qué quieres, Sergio? Dinero no tengo.

—El jueves tengo que cubrir a mi primo Saúl en el restaurante porque tiene su aniversario con Fernanda y si no voy, mi mamá me corre de la casa. Necesito que me cubras en la guardia de la tarde — junto sus manos en forma de suplica — por favor, tú sabes que Saúl me ha echado la mano mil veces.

Carola se quedó pensativa, cruzándose de brazos.

—Está bien —dijo finalmente con una chispa de malicia en los ojos— Te cubro el jueves, pero bajo una condición: me vas a comprar el almuerzo de toda la semana siguiente, nada de tacos de la esquina, quiero del café bueno que está frente al hospital.

Sergio hizo una mueca de dolor en su cartera, pero no tenía opción.

— Hecho, me salvaste la vida, de verdad.

—Lo sé, soy genial —dijo Carola moviendo su larga cabellera con orgullo — ahora muévete, que el doctor Martínez ya casi llega al salón y no nos va a dejar entrar.

●●●●●

El reloj de la pared del aula parecía avanzar más lento que tramite de gobierno. Cuando el profesor finalmente cerró su computadora anunciando el final de la clase y encargando tarea para la siguiente semana, Sergio sintió que recuperaba el alma.

Recogió sus pesados libros de medicina, se despidió de Carola con un gesto de "no te olvides de nuestro trato" y salió a la explanada de la facultad, donde el sol caía sin piedad.

Fiel a su amenaza, el auto de Toño ya estaba estacionado en doble fila, con el motor encendido y el escape rugiendo.

—¡Súbete, ya! —gritó Toño desde la ventana—. Tengo el tiempo medido, pero mamá insistió en que no te dejara sin comer porque luego te andas desmayando en las prácticas.

Sergio se subió, sintiendo el aire acondicionado como un regalo divino.

—Gracias, el hambre ya me estaba haciendo ver doble —admitió Sergio, relajándose un poco y colocandose el cinturon de seguridad — ¿A dónde vamos?

—Al restaurante, mamá quiere que pases a saludar al tío y de una vez te vaya explicando la dinámica del show para que no llegues en blanco el jueves. Además, en el menú de hoy tienen unos chilaquiles bien picositos, muero de hambre.

Llegaron al restaurante, un lugar con decoraciones rústicas y un escenario pequeño en el rincón.

Mientras esperaban la comida, Sergio se sentía fuera de lugar entre las mesas manteles largos y el olor a mole. Toño devoraba su comida como si fuera su última cena, mirando el reloj cada dos minutos.

—Oye, despacio que me va a dar un aire —dijo Sergio, viendo cómo su hermano apenas masticaba— Todavía falta para mi turno.

—Tú porque vas a ir a picar gente, pero yo tengo que entregar un reporte apenas que llegue a la oficina —respondió Toño con la boca medio llena— Por cierto, ya vi el traje de mariachi que te dejó mi mamá, te vas a ver bien ridículo pero más vale que cantes bien, no vayas a espantar a la clientela.

—Cállate y come —masculló Sergio, aunque en el fondo la idea de ponerse el traje de charro lo ponía más nervioso que ponerle una inyección a un niño.

En cuanto terminaron, Toño prácticamente arrastró a Sergio de vuelta al coche, ni tiempo le dio de hablar con su tio. El trayecto hacia el hospital central fue una repetición de la mañana: cambios de carril bruscos y frenadas que hacían que Sergio sintiera que la comida se le iba a regresar.

—¡Toño, por el amor de Dios! —exclamó Sergio, aferrándose a la puerta— Si me matas aquí, ni siquiera voy a alcanzar a entrar a urgencias para que me revivan.

—¡Llegamos! —anunció Toño, ignorando los reclamos y frenando violentamente frente a la rampa de ambulancias— y bajate rápido, que ahí viene el de tránsito a quitarme.

Sergio bajó del auto con las piernas temblorosas, cargando su mochila y su bata blanca hecha un nudo.

—¡Suerte con los enfermos, Doctorcito! —le gritó Toño antes de salir disparado, dejando una nube de humo tras de sí.

Sergio se quedó un momento parado frente a la entrada principal, ajustándose la bata y tratando de recuperar su dignidad. El olor a antiséptico y el ajetreo de las camillas lo recibieron de golpe.

Caminó por los pasillos blancos, saludando a algunas enfermeras, hasta llegar a la estación de residentes.

Ahí, apoyada en el mostrador, estaba Carola, ya con su uniforme impecable y una manzana en la mano.

—Sobreviviste al transporte de tu hermano —comentó ella con una sonrisa burlona— Te ves un poco pálido, ¿fue la comida o el manejo de Toño?

—Un poco de ambos —suspiró Sergio, dejando caer su mochila— Pero ya estoy aquí listo para pagar mis deudas con el destino... y contigo.

—Eso espero, porque ya revisé el menú de la cafetería de enfrente para el lunes —dijo Carola guiñándole un ojo— Ahora muévete, que el doctor ya está pasando lista en el piso tres y no querrás otra falta antes del juevess.

Sergio asintió, guardo sus cosas en su locker y se puso su estetoscopio al cuello y, por un momento, se olvidó de los choques, los mariachis y los desayunos apresurados.

Era hora de ser médico, o al menos intentarlo.

●●●●●

El pasillo de pediatría era un mundo aparte en el hospital como si fuera de otro planeta. Las paredes blancas estaban adornadas con dibujos de dinosaurios y naves espaciales que intentaban, sin mucho éxito, disimular el característico olor a medicina y alcohol. Sergio se ajustó el estetoscopio, sintiendo el peso de la jornada.

Su primera consulta del turno fue con Mateo, un niño de cinco años que venía para un control de asma. Mateo traía puesto un casco de astronauta de plástico que le quedaba enorme.

—A ver, capitán Mateo—dijo Sergio, poniéndose a su altura para no intimidarlo— Necesito revisarte ¿Me dejas escuchar cómo suenan tus motores?

El niño asintió con seriedad, quitándose el casco. Mientras Sergio coloco el estetoscopio en la pequeña espalda del niño, Mateo lo miraba con curiosidad.

—Doctor, ¿usted también usa traje espacial? —preguntó el pequeño.

—Algo así —sonrió Sergio— Mi bata blanca es para que los virus no me reconozcan. Tus pulmones suenan mucho mejor, pero tienes que seguir usando el inhalador para que puedas volar hasta la luna sin cansarte.

La madre de Mateo suspiró aliviada al ver que Sergio lograba que el niño cooperara sin llorar. Era una de las pocas veces en el día en que Sergio sentía que realmente tenía el control de la situación. Pero en un hospital, la calma es un espejismo.

Apenas despedía a Mateo cuando el sonido estridente de una alarma rompió la armonía del área pediátrica, "Código Azul en urgencias pediátricas", resonó por el altavoz.

Sergio no lo pensó dos veces. Corrió por el pasillo, con la bata volando tras él, hasta llegar a la sala de choque. Una enfermera estaba ya estaba realizando compresiones a un bebé de apenas ocho meses.

—¡Femenina de ocho meses, obstrucción de vía aérea por cuerpo extraño, entró en paro cardiorrespiratorio! —gritó el residente mayor mientras intentaba canalizar una vía.

A Sergio se le secó la boca, el pánico de la mañana en el auto de Toño no era nada comparado con esto.

Por un segundo, el mundo se detuvo, pero su entrenamiento tomó el mando.

—¡Yo me encargo de la vía aérea! —exclamó Sergio, posicionándose a la cabecera del bebé.

Con manos temblorosas pero precisas, utilizó el laringoscopio. La garganta del bebé estaba inflamada.

Sergio logró visualizar la causa de la asfixia, y con unas pinzas Magill logro extraer un pequeño trozo de plástico circular, probablemente una pieza de un juguete.

—¡Objeto fuera! —gritó.

Pero el monitor seguía mostrando una línea plana.

—¡Carguen adrenalina! —ordenó el residente—. Sergio, sigue con las ventilaciones.

Sergio apretaba la bolsa de reanimación con un ritmo constante, contando mentalmente uno, dos, tres, ventilo... uno, dos, tres, ventilo. Sus ojos estaban fijos en el pequeño pecho, esperando un movimiento. Pasaron segundos que parecieron horas, el sudor le resbalaba por la frente.

De pronto, un sonido débil, como un quejido, llenó la sala y el monitor empezó a pitar rítmicamente. El bebé comenzó a toser y su piel empezó a recuperar un tono rosado.

—Tenemos pulso —dijo la enfermera, soltando un suspiro de agotamiento.

Sergio se apartó de la camilla, sintiendo que las rodillas le temblaban. Se apoyó en la pared, con el corazón a todo lo que da, había salvado una pequeña vida.

Minutos después, Sergio salió al pasillo para dirigirse al baño a lavarse la cara. Se encontró con Carola, que venía llegando de otra área; ella notó de inmediato su expresión desencajada.

—¿Fue la de urgencias, verdad? —preguntó ella, entregándole una botella de agua— Lo hiciste bien, escuché a las enfermeras hablar sobre eso.

—Casi se me sale el corazón, Caro —admitió él, tomando un trago largo— Mil veces prefiero que Toño maneje como loco a volver a sentir esos segundos de silencio en la sala de choque.

— Asi es la medicina, compañero —dijo Carola con tono suave— Ahora descansa cinco minutos, porque todavía nos quedan cuatro horas de turno y recuerda que el jueves tienes que cantar, así que cuida esa garganta.

Sergio soltó una risa nerviosa. Entre los regaños de su madre, las locuras de su hermano y la adrenalina del hospital, su vida parecía una montaña rusa que no planeaba detenerse pronto y mucho menos se detendría al conocer a cierta persona.

Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, se desarrollaba otra situación totalmente distinta a la vida ajetreada de Sergio.

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