Un Lugar En Mis Sueños "Hijo Del Maíz" por Terxick en Inkitt
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Un Lugar en mis Sueños "Hijo del Maíz"

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Sinopsis

Hijo del Maíz Javier Huitzil lleva meses sin poder dormir. Desde la desaparición de su mejor amigo, Rogaciáno, y la muerte de Pititis, las pesadillas se han convertido en una parte inevitable de su vida. En ellas vuelve una y otra vez a Metlangutla, un pueblo que, según todos, jamás existió. Allí ha visto morir a sus amigos, ha enfrentado criaturas que desafían toda lógica y ha vivido acontecimientos que su propia mente insiste en catalogar como recuerdos. Para los demás, Huitzil simplemente está traumatizado. Para una psicóloga, sufre de un trastorno provocado por la obsesión con las historias que alguna vez leyó. Pero entonces algo cambia. Durante un viaje a Huejutla con sus primos, una extraña experiencia en plena carretera demuestra que quizá sus pesadillas no sean simples sueños. Y mientras los límites entre la realidad y el mundo onírico comienzan a desaparecer, Huitzil descubre que algunas personas parecen conocer cosas que sólo deberían existir dentro de su cabeza. Entre antiguos mitos, criaturas sobrenaturales, sueños que parecen recuerdos y una mujer llamada Diana que asegura haberlo visto durante toda su vida mientras dormía, Huitzil tendrá que enfrentarse a una pregunta mucho más aterradora que cualquier pesadilla: ¿Qué pasaría si el mundo que cree estar imaginando fuera real? Porque hay sueños de los que uno despierta... y otros de los que quizá nunca salió.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Terxick
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prologo: Aqui Estaré


—La sombra de la desesperación y el miedo han desaparecido. Me siento tranquilo. Sé que voy a morir y, por primera vez en mucho tiempo, no me importa. Lo único que me duele es no saber si alguna vez alguien me quiso de verdad.

Esos eran los últimos pensamientos de Huitzil mientras la lluvia de noviembre caía lentamente sobre el parque de la Unidad Rey Neza y la vida se le escapaba poco a poco.

—Mañana los periódicos dirán: "Fue encontrado un joven de veintitantos años en el parque de la Unidad Rey Neza. Se presume que la causa de la muerte fue una sobredosis de cobardía, combinada con cuatro litros de inseguridad y complejos, mezclados con una inyección de soledad y abandono. El potente coctel de estos depresivos llevó al joven a colgarse del cuello con un pedazo de mecate mojado."

Sonrió.

Le causó gracia imaginar el amarillismo de la nota.

Lo único que realmente iba a extrañar del Otro Lado era a su pequeña sobrina de cinco años, con quien había pasado largas horas jugando en el mismo pasamanos oxidado que ahora sostenía el peso de su cuerpo.

Después pensó en Rogaciáno Rubalcaba, su único y verdadero amigo. Apenas unos meses atrás lo había acompañado a su última morada, el mismo lugar donde un año antes habían enterrado a Pititis. Sin darse cuenta, recordó aquel fragmento de La Posada de los Muertos que tantas veces cantaron entre cerveza y cerveza:

«Alza tu cerveza, brinda por la libertad; bebe y vente de fiesta, que el infierno es este bar...»

Justo cuando sintió que su alma abandonaba el cuerpo, Huitzil abrió los ojos de golpe.

Se incorporó sobresaltado, llevándose ambas manos al cuello mientras intentaba recuperar el aire.

Seguía en su habitación.

La laptop continuaba encendida, reproduciendo una vieja canción de WarCry desde quién sabía cuándo. En la pared seguían pintados los símbolos de un viejo juego de rol. Nunca se molestó en borrarlos. A un costado de la cama, Nezu lo observaba desde su jaula con sus pequeños, pero profundos ojos rojos.

—Fue un sueño, Nezu... sólo eso —murmuró mientras su respiración y el ritmo de su corazón volvían poco a poco a la normalidad.

Tomó un cigarro del pequeño buró y lo encendió. Después dio una larga calada antes de llevarse la eterna botella de licor a los labios; aquella nunca faltaba junto a la cama. Miró de reojo el reloj de la laptop.

—Cinco veinte de la mañana... dos de noviembre. Qué extraño. Últimamente no puedo dormir más allá de las seis.

Intentó volver a conciliar el sueño, pero después de una hora dando vueltas entre las sábanas terminó por rendirse.

Tomó la toalla que colgaba de la puerta del ropero y se dirigió al baño.

Cuando terminó su rutinario ritual de aseo, alimentó a sus mascotas, que —como solía decir— eran su única compañía en aquel lugar. Después tomó el iPod y salió rumbo al trabajo.

El trayecto al Mercado del Pez, ubicado a una cuadra del metro Mixuca, no era tan largo, pero el viaje en el Metro de la Ciudad de México siempre era una aventura: gente apretada en los vagones como sardinas en una red de pescador.

Durante el trayecto escuchó algunas canciones de Queen, Mägo de Oz, Avalanch, Tierra Santa y WarCry.

Al bajar en la estación Mixuca, entre el ir y venir de la gente, alcanzó a distinguir un viejo sombrero de pescador negro, descolorido por el sol.

El corazón le dio un vuelco.

Era exactamente igual al que siempre llevaba Rogaciáno.

Por un instante siguió aquella silueta con la mirada.

En sus audífonos comenzaba a sonar Nana, de WarCry.

Apenas sonrió con amargura.

Sabía perfectamente que no podía ser él.

Los recuerdos, a veces, jugaban ese tipo de bromas.

Una lágrima terminó por resbalarle por la mejilla mientras la silueta se perdía entre la multitud.

Al llegar al Mercado del Pez, Huitzil murmuró para sí:

—¿Cómo demonios terminé trabajando aquí? Con los problemas que tengo para soportar a las multitudes... pero de algo hay que sacar para la papa... o, cuando menos, para los cigarros.

Levantó la cortina metálica del pequeño local de apenas tres por tres metros cuadrados. Como todas las mañanas, revisó las peceras, encendió las luces y acomodó algunas bolsas. Después se dejó caer sobre el viejo bote de plástico que usaba como asiento y sacó de la mochila su gastado ejemplar de Wolverine: The End. Había perdido la cuenta de las veces que lo había leído, pero siempre terminaba regresando a él.

Pasó una página.

Luego otra.

Y otra más.

—Disculpe...

Huitzil ni siquiera levantó la vista.

—¿Disculpe?

Cerró el cómic con un dedo marcando la página.

—¿Qué precio tiene el Tiburón Pangacio Albino?

—Dos por treinta.

Cobró.

Entregó la bolsa.

Volvió al cómic.

Otro cliente.

Otra venta.

Otro "gracias".

Otro "hasta luego".

Cuando levantó la vista otra vez, el reloj ya marcaba el mediodía.

Lo único que había consumido en todo el día era un cigarro y un trago de Coca-Cola.

—Ya te puedes ir a comer, yo cuido —dijo la dueña del local.

Huitzil cerró el cómic con cuidado y lo guardó en la mochila.

—Me siento un poco mal... ¿puedo regresar mañana?

La mujer lo miró con evidente molestia.

—Si quieres... pero te voy a descontar el día.

Huitzil simplemente asintió.

La verdad no se sentía enfermo.

Sólo necesitaba salir de ahí.

Aquel día la nostalgia pesaba más que la rutina.

Nunca pensé que extrañaría tanto al pendejo de Roga. Lo único que hacía era quitarnos los cigarros... hasta para chingarnos tenía estilo —pensó Huitzil, dibujando una amarga sonrisa.

Durante todo el camino hacia Neza, las imágenes iban y venían sin pedir permiso. Lugares, conversaciones y rostros que juraba no haber vivido, aunque una parte de él insistía en que ya los conocía. A veces tenía la extraña sensación de estar recordando algo... otras, de haberlo leído en algún libro olvidado.

Salió al paradero de Pantitlán y abordó el micro. Cuando descendió, ya estaba en la calle Dieciocho, esquina con Chimalhuacán.

Podía ir a casa de su abuela.

Pero ese día tenía otros planes.

Quería visitar a Roga y a Pititis en la nueva "vecindad" a la que se habían mudado.

En el camino compró una cajetilla de cigarros y un six de cerveza. Como la mayoría de la gente, también quería llevar una ofrenda a sus fieles difuntos, aunque la suya sería un poco distinta.

No llevaba flores.

No llevaba pan.

No llevaba fruta.

—Eso que lo hagan sus familias —pensó mientras acomodaba el six bajo el brazo—. Nunca pude dispararles una peda cuando estaban vivos... no veo por qué no hacerlo ahora.

Al cruzar la entrada del viejo camposanto se encontró con la misma escena de todos los años.

Las tumbas rebosaban de flores de cempasúchil y nube. Algunas familias aún limpiaban las lápidas; otras compartían comida alrededor de sus muertos como si estuvieran celebrando una reunión más. A lo lejos se mezclaban las voces de Pedro Infante, Jorge Negrete y Vicente Fernández, mientras uno que otro perro callejero rondaba entre las tumbas esperando la oportunidad de robarle la cena a algún difunto distraído. Afuera del panteón corrían decenas de niños disfrazados: diablos, calaveras, algún Freddy Krueger, un Drácula mal maquillado...

Era Día de Muertos.

Y el cementerio estaba más vivo que nunca.

Huitzil caminó entre las tumbas hasta detenerse frente a dos lápidas sin una sola flor.

—Bueno, pus aquí estoy, cabrones. No me digan que no me extrañaron porque me agüito.

Dejó la mochila en el suelo y, casi por instinto, comenzó a quitar el polvo de ambas tumbas con la manga de la sudadera.

—Ni siquiera aquí puedes limpiar tu pinche casa, ¿verdad, Roga? Apuesto a que has de andar por ahí narrándole partidas a Chuchín... o a Hitler.

Soltó una carcajada.

—Ya me imagino... La Segunda Guerra Mundial, Edad Oscura... o capaz que estás tratando de convencer a Rasputín de que te enseñe alguno de sus secretos.

Destapó una cerveza y la dejó frente a la tumba de Rogaciáno.

Después abrió otra y la colocó frente a la de Pititis.

—¿Y tú qué, Pititis? Seguro ya andas intentando ligarte a alguna de las groupies de John Lennon.

Abrió la tercera para él y le dio un largo trago.

El tiempo pasó sin que se diera cuenta.

Entre cerveza, cigarros y una conversación que sólo él podía escuchar, la tarde comenzó a irse.

Cuando terminó el último trago, dejó media cajetilla sobre las tumbas.

—Pa' que no anden gorreando cuando nos volvamos a ver.

Sonrió.

Tomó la mochila y dio media vuelta.

No alcanzó a dar el segundo paso.

Todo se volvió negro.

Su cuerpo cayó de espaldas y la nuca se estrelló contra el filo de una lápida de concreto, tiñéndola de sangre.

Cuando abrió los ojos, estaba otra vez en Metlangutla.

El aire tenía el mismo olor a tierra húmeda. El silencio era el mismo.

Recorrió lentamente el atrio de la iglesia.

Todo seguía exactamente como lo recordaba.

O casi.

La fachada había sido reconstruida. En el centro del atrio permanecía clavada, sobre una estaca de madera, la cabeza de El-Que-Acecha. A un costado, el montón de cenizas donde Bernard Lewis había encontrado su final seguía intacto.

Huitzil dejó escapar un suspiro.

—¿Ya me morí... y éste es el infierno? Yo que pensé que nunca volvería a ver este lugar...

Una voz aguardentosa salió desde el interior de la iglesia.

—Era de suponerse que algún día la cagarías... pero ya ni la chingas. Apenas te dejo tres meses solo y ya metiste la pata.

Huitzil entrecerró los ojos.

Aquella voz...

No podía ser.

De entre las sombras apareció Rogaciáno.

—¿Qué te pasó? ¡Ya sé! No aguantaste el Mr. Big que te metiste por el culo y te dio un paro cardíaco.

—No exactamente... creo que me descalabré con tu tumba.

Roga se quedó mirándolo unos segundos.

—¡Qué pendejo!

Entonces Huitzil reparó en otro detalle.

Rogaciáno estaba rasurado.

Lo miró fijamente durante un instante...

...y estalló en una carcajada.

—¡No mames! ¡Sí te ves bien culero sin barba!

Roga hizo una mueca de fastidio.

—Pues ríete, cabrón. Pero hasta para morirte tuviste suerte. No estás muerto... bueno, no como el Pititis y yo. Nosotros sí pasamos a chingar a nuestras respectivas jefas.

—Por cierto... ¿y el Pititis?

—Ha de andar por ahí. Lo puse a repavimentar la avenida principal. Desde que llegué me puse a hacer talacha y lo agarré de mi chalán. ¿Quién iba a pensar que mi castigo por colgarme sería poner a trabajar al Pititis?

—Pobre cabrón...

—¡Pobre yo! El cabrón trabaja menos que diputado en puente.

Los dos soltaron una carcajada.

Caminaron un par de calles hasta encontrar a Alex sentado sobre un bulto de cemento, con una cerveza en la mano y la mirada perdida.

Al ver a Huitzil sonrió de inmediato.

—Gracias por las chelas, mi chavo. No sabes cuánto me hacía falta chingarme una de éstas. ¿Puedes creer que este pendejo me trae a pan y verga desde que llegó?

Roga fingió indignarse.

—¡Órale! Todavía que les doy trabajo...

Luego dio una palmada.

—Pa' que veas que soy banda, tómate el resto del día. Además tenemos visitas y eso no pasa muy seguido. Vámonos a casa de Fabby. Nos echamos unos pulques y algo de comer... total, hoy es día de fiesta.

Al llegar a casa de Fabby, el lugar estaba vacío. Las paredes lucían húmedas, cubiertas por una delgada capa de limo verde. Sobre la pequeña mesa de madera descansaban tres jarras de pulque, dos platos de mole, algunas cervezas y una cajetilla de cigarros.

—Bueno... por lo menos no se mueren de hambre —dijo Huitzil con ironía.

—Sí, pero ya estoy hasta la madre del molito de la abuela.

—¡Cálmate, pendejo! Lo hace mi abue cada año nomás pa' mí.

Los tres soltaron una carcajada.

Durante un buen rato compartieron la comida, las cervezas y las historias que habían quedado pendientes. Por unas horas, daba la impresión de que nada había cambiado.

Finalmente, Roga miró a Pititis.

—Órale, cabrón. Ya descansaste demasiado. Vete a terminar la calle.

—¡No mames!

—¿Qué?

—Tenemos visitas.

—Precisamente por eso. Pa' que vean que aquí sí se trabaja.

Refunfuñando, Alex terminó por levantarse y salir de la casa entre mentadas de madre.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, el silencio se quedó unos segundos entre ambos.

Huitzil bajó la mirada.

—La verdad... sí los extrañaba.

Hizo una pausa.

—Creo que, en el fondo, deseaba que algo así me pasara... para dejar de sentirme tan solo.

Roga suspiró.

—Pues qué pendejo eres.

No levantó la voz.

Ni siquiera sonaba enojado.

Sólo decepcionado.

—Tienes de todo y ni cuenta te das. Tienes una hermana que, con todos sus problemas, siempre encuentra tiempo para ti. Tienes un padre que, bien o mal, nunca dejó de darte lo que necesitabas. Y tienes una madre que, aunque seas un pinche huevón de primera, jamás ha dejado de creer en ti.

—Pensé que tú me entenderías...

—Claro que te entiendo, cabrón. ¿Pero cuántas veces tuve que andarte picando el culo para que hicieras algo? ¿Cuántas veces te ofrecí mi ayuda? ¿Y cuántas veces la aceptaste?

Roga negó con la cabeza.

—Perdóname... pero eres un pendejo.

Se quedó callado unos segundos antes de continuar.

—Mira al Pititis. Con todo y que su jefe se pasó de lanza, Irene le hizo de chivo los tamales y, cuando por fin encontró el amor, Fabby trascendió y el pobre cabrón se quedó aquí... míralo. Sigue echándole huevos. ¿Sabes por qué? Porque espera que algún día también le toque salir de aquí y volver a verla.

Huitzil guardó silencio.

—La gente rara como nosotros sufre un chingo en el Mundo de la Carne —continuó Roga—. Pero la recompensa está en aprender a vivir con ese sufrimiento.

Sonrió con tristeza.

—Y sí... ya sé que soy el menos indicado para decirte esto. Cuando me tocó demostrar que era lo suficientemente cabrón para seguir adelante... me colgué.

Huitzil intentó responder.

Roga levantó una mano.

—No te critico por haber querido morir.

Te critico por decir que estabas solo.

Pititis y yo vamos a estar aquí sólo un rato. Estando de este lado entendimos que la vida se trata de sufrir... de cagarla... y también de disfrutar.

Tú todavía tienes una oportunidad que vale oro.

Como te dije cuando llegaste...

No estás muerto.

Tu cuerpo sigue allá, hecho mierda por el chingadazo que te diste.

Regresa.

Date cuenta de todo lo que tienes.

Y disfrútalo.

Los ojos de Huitzil comenzaron a humedecerse.

—Pero tengo miedo...

La voz apenas le salió.

—Llevo veinticinco años con ellos... y todavía tengo miedo de que me lastimen.

Roga sonrió.

Era la misma sonrisa de siempre.

—De eso se trata la vida.

El cuerpo de Huitzil comenzó a volverse transparente.

—¿Y si sufro?

—Disfrútalo.

—¿Y si me caigo?

—Levántate.

—Pero... voy a volver a estar solo.

Roga negó lentamente con la cabeza.

Y sonrió una última vez.

—Siempre estaremos aquí...

Poco a poco la voz de Rogaciáno comenzó a desvanecerse, sustituida por los sonidos cotidianos de un hospital.

Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue a su madre, a su padre, a su hermana y a su pequeña sobrina, que le sostenía la mano con fuerza.

—¿Cómo te sientes? —preguntó su madre.

Huitzil tardó unos segundos en responder.

—¿Qué pasó?

—Te encontraron en el Panteón de los Rosales. Parece que te desmayaste y te golpeaste la cabeza... o, en su defecto, estabas hasta la madre y te tropezaste.

Huitzil sonrió apenas.

Su padre carraspeó.

—Ya vámonos. Es mejor dejarlo descansar.

Cuando todos comenzaron a salir de la habitación, Huitzil levantó un poco la mano.

—Oye...

Su hermana volteó.

—¿Qué pasó?

—¿Me pasas mi escándalo?

Señaló el iPod que sobresalía del bolsillo de su chamarra.

Ella sonrió con resignación y se lo entregó.

Esperó a que la puerta se cerrara.

Se colocó los audífonos.

Apretó Play.

Una sonrisa apenas visible apareció en su rostro.

La primera canción de la lista comenzó a sonar.

"Ha pasado tanto tiempo desde que comencé a andar..."

Huitzil cerró los ojos.

Y, por primera vez en mucho tiempo...

...ya no se sentía solo.

Aquí Estaré

Avalanch

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