PRÓLOGO
Las Grietas en el Lienzo
El firmamento no siempre fue una prisión de óleo y pintura. Pero ahora, cada vez que los mortales alzaban la vista, el Lienzo Perdido les recordaba que sus vidas pertenecían a un dios con rostro de ángel y alma de verdugo. Alone jugaba a ser Hades, y el mundo entero esperaba el golpe de gracia.
Sin embargo, en las profundidades de la Catedral Oscura, donde las sombras cobraban vida propia, la verdadera guerra no se libraba con espadas de oro ni cosmos divinos. Se libraba en el silencio de las voluntades rotas.
Pandora caminaba por los fríos pasillos de piedra, el eco de su tridente resonando como un metrónomo fúnebre. Su cabello negro caía como una cascada de noche eterna sobre sus hombros. Por fuera, seguía siendo la temible comandante del ejército del Inframundo; por dentro, sentía que los hilos de su control se deshilachaban. Sabía que Alone la estaba usando. Sabía que los Dioses Gemelos la vigilaban como a una marioneta defectuosa.
Una presencia imponente bloqueó el final del pasillo. Alto, con una armadura que imitaba las alas de un dragón celestial y un cosmos tan denso que hacía vibrar las paredes. Radamanthys de Wyvern dio un paso al frente, sus ojos fijos en ella, con el cabello rubio brillando tenuemente bajo las antorchas oscuras.
-Mi señora -la voz del Juez era un rugido domesticado-. Las tropas reportan movimientos del Santuario. Pero sé que eso no es lo que os perturba.
Pandora se detuvo, sosteniéndole la mirada fría. Nadie más en ese maldito castillo osaba hablarle sin postrarse. Nadie más lealtad real en un mar de espectros traidores.
-El destino de las estrellas ya ha sido pintado, Radamanthys -susurró ella, con una amargura que solo él tenía permitido escuchar-. Y temo que ninguno de nosotros tiene un lugar en el cuadro final.
-Entonces romperemos el lienzo -respondió el Wyvern sin dudar, arrodillándose ante ella, no por temor al dios que representaba, sino por una devoción sagrada hacia la mujer oculta tras el mito.
A miles de kilómetros de distancia, la brisa del Santuario de Atenea no traía paz, sino el olor de la tormenta inminente.
En lo alto de la Casa de Leo, el joven Regulus miraba el horizonte. Sus puños se apretaban hasta hacer crujir sus nudillos. En su mente, el recuerdo siempre era el mismo: el suelo agrietado, la sangre de su padre Ilias y la silueta del espectro que se lo había arrebatado todo. El odio era un fuego vivo en el pecho del León.
A su lado, Connor observaba el flujo de los espíritus de la naturaleza, sintiendo cómo la tierra misma temblaba ante el conflicto que se avecinaba. Ella conocía el dolor de Regulus, pero también el peligro de una furia ciega.
Lo que Regulus aún no sabía, mientras afinaba sus garras para la venganza, era que el destino ya estaba entrelazando sus hilos de la manera más cruel. En algún lugar del mundo, oculta bajo el peso de una estrella maldita y un linaje noble compartido, Chris Walden de Cetus despertaba de sus propios recuerdos. Una promesa de infancia hecha a su primo Radamanthys la llamaba desde la oscuridad, lista para colisionar con el bando de los Caballeros.
De vuelta en el Inframundo, ocultos de los ojos de los dioses, las piezas del tablero comenzaban a moverse por su propia cuenta. Aiacos de Garuda observaba desde las sombras, con Violate de Behemoth un paso detrás de él, compartiendo una lealtad silenciosa que pronto los obligaría a elegir entre sus vidas o sus cadenas. Y más allá, en los rincones más profundos del castillo, los hilos de la Marioneta Cósmica de Minos de Gryphon se tensaban, rozando por primera vez el cosmos indomable de una Santa de Plata llamada Yuzuriha de Grulla, ignorando que esa luz humana comenzaría a agrietar su sadismo refinado.
Y allá arriba, flotando sobre el Lienzo Perdido en una dimensión donde el tiempo se dobla como papel, una silueta con sombrero de copa y un reloj de bolsillo sonreía en la penumbra. Youma de Mefistófeles-el dios Kairos-dejó escapar una carcajada teatral mientras observaba el tablero.
-¡Qué hermosa tragedia! ¡Que rujan los leones y amen los monstruos! Veamos si sus patéticos sentimientos pueden reescribir... el destino de las estrellas.
En esta línea de tiempo, los hombres más temidos del Inframundo y los protectores de Atenea estaban a punto de descubrir que el verdadero enemigo no vestía la armadura contraria, sino que gobernaba desde los cielos. La rebelión de los Tres Jueces estaba por comenzar, empujada no por el deber, sino por los lazos de la sangre, el honor y el amor.
Abajo, los hombres sangrarían. Arriba, los dioses temblarían.
Porque cuando la tormenta cósmica estallara, todos se verían obligados a enfrentarse a un único veredicto: El Destino de las Estrellas.





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