Capítulo 1
ROXY
El mundo se reduce ahora mismo a dos cosas: un sol implacable que me quema los párpados y una melodía de feliz cumpleaños que taladra mis sienes a todo volumen. Cumplir diecinueve años se siente exactamente así, como una resaca destructiva que no puedes evitar. No suelo soportar este día; las fechas importantes se vuelven difíciles cuando tu familia se reduce a una sola persona. Pero mi padre y mis amigos tienen el superpoder de hacer que este día sea ameno, incluso cuando siento que el cerebro se me va a derretir.
Abro los ojos despacio porque el sol me da de lleno en la cara. Anoche llegué tan borracha de la fiesta que olvidé por completo bajar las persianas. Salgo de la cama a rastras, me pongo las zapatillas de estar por casa y voy a mi baño para quitarme el maquillaje que llevo en la cara, ya que tampoco me lo quité anoche al llegar. El reflejo del espejo es de terror.
—Por Dios, parezco un cuadro, qué asco doy —me digo a mi misma en voz alta, mirándome al espejo.
Me desmaquillo a fondo, me lavo bien la cara quitándome por completo todo, me recojo el pelo y me pongo mis gafas, ya que sin ellas me mato por las escaleras. Sí, estoy ciega, como me dicen, pero no tengo suficiente dinero para operarme la vista, así que de momento me toca usar gafas y lentillas. Salgo por fin de mi habitación ya en condiciones y la canción del salón suena cada vez más fuerte.
Al bajar las escaleras y entrar en la cocina, encuentro a mi padre haciendo mi desayuno favorito: tortitas con fresas y un café bien cargado. Al ver aquello no puedo evitar sonreír de forma tierna.
—¡Buenos días, cielo! Te he preparado tu desayuno favorito para que empieces tu cumpleaños con ganas y calmes ese hambre de la resaca que llevas encima —dice riéndose mientras yo ya estoy sentada en la mesa de la cocina.
Me pone el plato y el café delante de mí para luego darme un pequeño beso en la cabeza e ir a bajar el volumen de la canción.
Empiezo a desayunar tranquilamente, intentando no arrancarme la cabeza por la resaca. Aunque mi padre baja el volumen de la canción, noto como si la cabeza me fuera a explotar en cualquier momento. Mi padre vuelve a la cocina a por su café para luego sentarse delante de mí, mirándome con una sonrisa mientras disfruto de lo que me preparó.
—Hoy, cariño, iremos los dos juntos a comprar para hacer una pequeña barbacoa para nosotros dos y así seguir con tu regalo. Para que así hoy ya lo tengas listo.
Al escuchar decir eso a mi padre, dejo de comer de golpe para mirarlo fijamente emocionada. Sé perfectamente de qué está hablando: de mi bebé, un Nissan Skyline R34. Es el coche de mis sueños y mi padre me lo consiguió el año pasado, en mis dieciocho, con la idea de trabajar ambos en él, arreglándolo y modificándolo exactamente como yo quiero.
—¿De verdad? Por Dios, papá, no juegues con eso...
—De verdad, cielo. Solo hay que ajustar varias cosas, engrasar, poner el aceite y algunas cosas más y ya... Todo para ti.
Termino el desayuno saboreando cada trozo de fresa y bebiendome rápido el café cargado, que milagrosamente empieza a obrar su magia contra los martillazos de la resaca. La emoción borra de golpe el cansancio de la noche anterior. Subo corriendo las escaleras para ducharme, me quito las gafas y me pongo las lentillas antes de vestirme con ropa cómoda: unos vaqueros desgastados, una camiseta vieja de una banda de rock y mis botas negras favoritas.
El viaje al supermercado en la vieja furgoneta de mi padre es un torbellino de risas y música de casete. Mientras recorremos los pasillos eligiendo las costillas, las hamburguesas y las patatas para la barbacoa, mi padre no deja de bromear sobre lo mal que canto cuando voy borracha, imitando los gestos de la noche anterior hasta que los dos acabamos llorando de la risa en mitad de la sección de carnicería. Al volver a casa, el estómago me ruge del hambre que tenía.
—Primero el coche, luego el estómago —dice papá guiñandome un ojo mientras abre el portón metálico.
El olor familiar a neumático, metal frío y lubricante WD-40 me recibe como un abrazo cálido. Y allí, en el centro del taller, bajo la luz parpadeante del fluorescente, descansa mi Nissan Skyline R34. Su carrocería gris metalizada brilla impecable. Nos costó un año entero, de fines de semana sin dormir, de buscar piezas en desguaces de las afueras, de ahorrar cada puto dólar para importar los componentes del turbo directamente desde Japón. Reconstruimos el bloque del motor desde cero, mejoramos los pistones y pulimos el chasis hasta que las yemas de nuestros dedos ardieran.
Nos ponemos a trabajar de inmediato. Pasamos las siguientes tres horas sumergidos en nuestra propia burbuja, compartiendo herramientas casi sin hablarnos, compenetrados a la perfección como el mecanismo de un reloj. Yo me encargo de vaciar las latas de aceite nuevo de alto rendimiento en el motor, vigilando con la mirada atenta cada nivel, mientras él revisa la tensión de las correas de distribución y ajusta los últimos tornillos del colector de escape con la llave dinamométrica. Tengo las manos cubiertas de grasa negra y el pelo recogido en un moño desordenado, pero nunca me he sentido tan feliz como en este momento.
—Muy bien, Roxy. Creo que estamos listos —anuncia mi padre, bajando el capó metálico con un golpe seco que resuena en todo el garaje. Se limpia las manos en un trapo viejo y me mira con una mezcla de cansancio y un orgullo tan profundo que me encoge el corazón—. Ve al foso de reparación y asegúrate de que el filtro de combustible no tenga ninguna fuga cuando lo arranquemos.
Asiento con la cabeza, emocionada, y bajo los escalones de metal hacia el foso que corre por debajo del coche. Desde allí abajo, la estructura del Skyline se ve imponente. Agarro la linterna de mano, iluminando las tuberías limpias de la parte inferior.
—¡Dale, papá! —grito desde el subsuelo.
Escucho el clic de la llave de contacto arriba. Un segundo después, el motor de arranque gira y el Skyline cobra vida. El rugido del motor japonés es algo de otro mundo: profundo, sordo, violento y perfecto a la vez. El suelo de hormigón tiembla bajo mis botas y el foso entero vibra con una energía pura. Reviso las juntas con la linterna. Todo estaba seco. El coche es una obra de arte perfecta.
—¡Está impecable, no pierde nada! —exclamo, subiendo de prisa los escalones con una sonrisa que no me cabe en la cara. Mi padre sale del asiento del conductor y camina hacia la ventanilla, apoyándose en el marco del coche con una sonrisa radiante—. Te lo dije, cielo. A partir de ahora, todo va a cambiar para nosotros. Este coche...
Sus palabras se cortan de golpe. El rugido salvaje del motor de mi coche apenas nos deja escuchar el sonido pesado y metálico que acaba de detenerse en seco justo en la entrada de nuestra propiedad.
A través del portón abierto del garaje, la luz de la tarde queda bloqueada por un volumen colosal de metal oscuro. Un segundo después, unos faros cegadores de alta potencia se encienden, inundando el taller por completo y proyectando nuestras sombras alargadas y distorsionadas contra las paredes de ladrillo.
Una imponente Ford Raptor negra con los cristales totalmente tintados bloquea nuestra única salida.
Apago el contacto del Skyline por instinto, sumiendo el garaje en un silencio asfixiante, roto, únicamente por el ralentí pesado, rítmico y amenazante del motor V8 de la camioneta. Un escalofrío helado me recorre la columna vertebral. No esperamos a nadie. Miro de reojo hacia la Raptor, sintiendo cómo la adrenalina se dispara en mis venas, pero cuando me giro para mirar a mi padre, el mundo se me viene abajo.
Mi padre cambia de color por completo. Su rostro está pálido, rígido como el mármol, y sus manos, las mismas manos firmes que acaban de ajustar mi motor, tiemblan de una forma que jamás le he visto en mis diecinueve años de vida. Su mirada permanece fija en la silueta de la Raptor, llena de un terror absoluto que me congela la sangre en el pecho. En ese instante exacto, comprendo que mi padre me oculta un secreto. Uno que acaba de venir a cobrarse su precio.
—Roxy, escúchame bien —susurra, con una voz tan rota y cargada de pánico que me estremece. Me agarra del brazo con una fuerza inusitada, una presión que duele, intentando empujarme hacia el foso del garaje—. Tienes que esconderte. Ahora mismo. Baja las escaleras y no salgas por nada del mundo.
El agarre de sus dedos temblorosos sobre mi piel solo aviva el fuego del miedo que amenaza con paralizarme, pero la cabezonería que heredé de él se impone al terror. Clavo los talones en el suelo de cemento, soltándome de su agarre de un tirón.
—No, papá. ¿Quiénes son ellos? ¿Qué está pasando? —pregunto, con la voz temblorosa pero manteniéndome firme a su lado—. No me voy a esconder. No te voy a dejar solo con ellos.
—¡Roxy, muévete! ¡Me cago en la puta, hazme caso! —me suplica en un grito ahogado, con los ojos inyectados en sangre.
—¡Que no! —le respondo, plantándole cara por primera vez en mi vida—. Si hay un problema, lo resolvemos juntos. No me voy a esconder en ningún agujero mientras tú estás aquí fuera.
No tengo tiempo de decir nada más. La puerta de la Ford Raptor negra se abre con un chasquido metálico que corta nuestra discusión como una cuchilla. Del vehículo bajaron varios hombres corpulentos, rodeando a un tipo que viste un traje de una elegancia insultante. Camina con una calma aterradora hacia el centro del garaje, seguido por sus matones.
Es Barrett Hayes. El dueño absoluto de todos los circuitos de carreras clandestinas de la ciudad, el hombre que controla los hilos de los bajos fondos y maneja los millones de las apuestas ilegales junto al narcotráfico. Lo que no entiendo es qué hace este hombre aquí...
Conozco de oídas su nombre por las noticias locales y los rumores que circulan entre las personas de mi edad de la ciudad sobre una peligrosa red de coches, drogas y dinero sucio, pero nuestra vida es modesta, un taller humilde donde apenas salimos adelante. Mi mente colapsa intentando encontrar una conexión entre el mayor criminal de la ciudad y mi padre. No tiene el más mínimo sentido.
—Thomas —dice Barrett. Su voz es profunda, madura y destila una tranquilidad despiadada—. Sabías que no podías esconderte para siempre. Menos aún después del desastre de la última carrera. Me hiciste perder mucho dinero, viejo amigo, y en mi mundo los errores se pagan caro.
Me quedo helada. Las piezas empiezan a encajar en mi cabeza de la peor manera posible. Las salidas nocturnas de mi padre, el fajo de billetes con el que me compró el chasis de mi Skyline el año pasado, las llamadas misteriosas que cuelga en cuanto yo entro en la sala... Todo se debe a que él corre en ese submundo ilegal. Se lo guardaba por completo por protección, y me estoy enterando de toda la verdad de golpe, en el peor escenario imaginable.
—Barrett... por favor. El coche falló. La transmisión se rompió en la última curva, te lo juro por mi vida —la voz de mi padre suplica, algo que me rompe el alma por dentro. Él nunca suplica—. Dame un par de semanas. Conseguiré el dinero, te lo juro. Déjame volver a correr otra vez para recuperarlo.
—Tu tiempo en la carretera acabó, Thomas. Y las deudas conmigo no se pagan con promesas —responde Barrett con frialdad.
Me pongo delante de mi padre, intentando cubrirlo con mi propio cuerpo, desafiando al gigante que tenemos delante.
—¡Dejadlo en paz! —grito, con la adrenalina quemándome las venas.
Barrett Hayes ni siquiera se inmuta por mi intervención. Clava sus ojos gélidos en mí y una sonrisa cruel e inhumana dibuja sus labios. En lugar de apartarme, utiliza mi presencia a su favor. Hace una señal a sus hombres, quienes me agarran de los brazos con brusquedad, inmovilizándome contra la carrocería gris del Skyline R34.
—Suéltala, Barrett. ¡Ella no tiene nada que ver con esto! —grita mi padre, intentando abalanzarse hacia mí, pero uno de los matones lo golpea, obligándolo a caer de rodillas sobre el hormigón.
—Mírame bien, niña —me sisea Barrett, sacando un arma con total tranquilidad. Me obliga a mantener los ojos abiertos, apuntando directamente a la cabeza de mi padre—. Vas a ver exactamente lo que pasa cuando alguien intenta jugar con Barrett Hayes.
—¡No! ¡Papá! —grito, forcejeando con todas mis fuerzas, sintiendo cómo las lágrimas me ciegan.
Dos tiros secos y atronadores revientan el silencio del taller. El eco de los disparos vibra en las paredes del garaje. Veo, en primera fila y sin poder cerrar los ojos, cómo el cuerpo de mi padre cae boca abajo contra el suelo de hormigón. Su rostro queda sin vida a escasos centímetros de mis botas, y su mano derecha queda tendida en el suelo, aún con los restos de la grasa negra del coche que acabamos de terminar juntos.
Un grito desgarrador salta de mi garganta, un sonido que no parece humano, mientras el horror absoluto me congela los músculos. Quiero morir en ese mismo instante. Barrett Hayes le da el arma a uno de sus hombres con una frialdad corporativa que me revuelve el estómago. Se acerca a mí, mirándome desde arriba mientras yo colapso de rodillas junto al cadáver de mi padre.
—Limpiad el lugar de nuestras huellas —ordena Barrett a sus hombres, sin mirarme—. Que en el arma aparezcan las huellas de la niña. La policía ya viene hacia aquí; me he encargado de que el inspector reciba el aviso exacto. Vamos a culpar a esta niñata de la muerte de su padre. Es un asesinato limpio... Que pague la deuda de Thomas entre rejas.
Los hombres de Barrett trabajan con la precisión de un equipo quirúrgico: Al limpiar las huellas de Barrett del arma que mató a mi padre, me la colocan en mis manos, borran los rastros de la Raptor y salen del garaje. Segundos después, el motor V8 de la camioneta ruge, abandonando la propiedad a toda velocidad.
No pasan ni cinco minutos cuando el destello de las luces rojas y azules inunda las ventanas del garaje. Las sirenas aúllan en la entrada. La puerta del taller es abierta a la fuerza y los oficiales de policía, comprados por el dinero y el poder de Barrett, entran con las armas apuntando directo a mi cabeza dejando caer el arma que tenía en mis manos sin dejar de llorar viendo el cadáver de mi padre frente a mi. No buscan huellas de la Raptor. No escuchan mis gritos de justicia ni mis súplicas. Me estampan contra el capó de mi coche y aprietan las esposas de metal frío contra mis muñecas.
Me acusan de homicidio. Me acusan de apretar el gatillo contra el único hombre que me amaba, mi única familia.
El sistema penal me procesa rápido y me encierran en una prisión de máxima seguridad, sentenciada a pasar varios años de mi juventud entre cuatro paredes de hormigón. Piensan que una niña de diecinueve años se va a romper en los módulos de aislamiento. Pero se equivocan...








