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El bosque de Oakhaven

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Sinopsis

El Bosque de Oakhaven enseña que la naturaleza es implacable, pero nada resulta más cruel que la ley que separa a los vivos de los muertos. Kaelen era una mortal de sangre caliente, una cazadora forjada para erradicar a las criaturas de la noche; Morgana era una vampiresa, una eternidad oscura encarnada. Jamás debieron cruzarse y mucho menos detenerse a mirarse. ¿Qué se supone que puede pasar entre una vampira y una cazadora dispuestas a desafiar al destino? ¿Puede un corazón mortal latir por una criatura que no siente y apenas sabe lo que es el amor?

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
GL
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Sombra de la muerte

Kaelen

La lluvia helada caía con la pesadez de una maldición sobre el tejado de madera de la alcaldía. Dentro, el aire olía a cera quemada, humedad acumulada y al sudor rancio producido por el miedo. Kaelen no se molestó en quitarse la capucha de su capa de cuero; dejó que las gotas de agua resbalaran por su hombro mientras mantenía la mirada fija en el mapa desplegado sobre la mesa de roble.

A sus veintiocho años, Kaelen no conocía la derrota. En los círculos del gremio no se le mencionaba por su nombre, sino por sus resultados: una cazadora de instinto innato, calculadora hasta la crueldad, fría como el acero de sus dagas y con una reputación intachable. Para ella, cada criatura de la noche no era más que un problema táctico, una ecuación con una sola solución lógica: la decapitación o la ceniza. No había pasión en sus cacerías, solo una precisión metódica y obsesiva. Cuando Kaelen aceptaba un contrato, el objetivo ya estaba muerto; solo era cuestión de tiempo para que la realidad se pusiera al día.

—No nos queda nada, lady Kaelen. Absolutamente nada —gimoteó el alcalde, un hombre gordo y de manos temblorosas llamado Baruch, mientras caminaba de un lado a otro de la habitación de forma errática—. Ese demonio... esa vampiresa maldita nos está matando de hambre.

Kaelen no parpadeó, sus ojos, de un marrón café oscuro y distante, trazaron las líneas del mapa del pueblo de Oakhaven y el espeso frondoso que lo rodeaba.

—Detalleme los hechos —dijo Kaelen, su voz era plana, carente de cualquier simpatía, un instrumento afilado que cortó los sollozos del hombre—. Los rumores no me sirven para calcular una ruta de tiro.

—Es el bosque de los robles antiguos —explicó Baruch, señalando con un dedo tembloroso la mancha verde del mapa—. De ahí proviene toda nuestra subsistencia: la madera, la caza, los cultivos de invierno y sobre todo, los huertos de frutas silvestres que comerciamos con las ciudades del sur. Pero desde que esa criatura se instaló en las ruinas del fondo del valle, nadie puede cruzar el lindero. Quien entra en la arboleda, no regresa.

—¿Cuántas bajas?

—Cuatro hombres el mes pasado y dos recolectores la semana pasada. ¡Los deja desangrados bajo los árboles! —Baruch se llevó un pañuelo sucio a la cara—. La gente tiene miedo de salir de sus casas, los graneros están vacíos, los niños enferman porque no tenemos qué comer y los comerciantes se niegan a acercarse a Oakhaven. Si no eliminas a esa bestia antes de que caiga la primera nevada, este pueblo entero morirá de hambre. Ella nos tiene atrapados, disfrutando de nuestra agonía.

Kaelen inclinó levemente la cabeza, procesando la información. Las piezas encajaban en la psicología habitual de los no-muertos de clase alta: territoriales, sadistas, propensos a dominar a las poblaciones humanas mediante el terror antes de exterminarlas por completo.

—Una vampiresa solitaria, territorial y con inclinaciones al exhibicionismo —resumió Kaelen, ajustando las correas de los arneses de plata que cruzaban su pecho—. ¿Tiene nombre?

—Los aldeanos la llaman la sombra de la muerte —respondió el alcalde con un estremecimiento—. Pero antes de que la plaga se extendiera, algunos comerciantes dijeron haberla oído llamarse Morgana.

—Morgana —repitió Kaelen, la palabra sonó en sus labios como una sentencia de muerte—. Un nombre muy elegante para un cadáver que se niega a pudrirse.

Kaelen se giró hacia la ventana, contemplando el bosque oscuro en la distancia. Sus dedos rozaron la empuñadura de su ballesta modificada, sintiendo el frío reconfortante del metal. Para ella no había misterio en Oakhaven. Solo había un pueblo de campesinos aterrorizados y un monstruo que jugaba a ser dios. La obsesión de Kaelen no era la justicia, ni la piedad por los aldeanos; su única fijación era la perfección de su trabajo, un historial perfecto requería una ejecución impecable.

—Mañana al amanecer empezaré a preparar la trampa en la plaza principal —declaró Kaelen con tono inequívoco—. Los vampiros de su clase son arrogantes. Cuando escuche que una cazadora ha llegado a disputarle el dominio del pueblo, no podrá resistirse a hacer una entrada dramática y cuando lo haga, terminaré esto frente a todos para que sus campesinos vuelvan a trabajar.

—¿Está segura de que no necesita refuerzos? —preguntó el alcalde, mirándola con una mezcla de esperanza y desconfianza—. Dicen que es rápida como el viento y más fuerte que diez hombres.

Kaelen volvió la cabeza despacio, su mirada era tan desprovista de emoción que el alcalde dio un paso atrás involuntario.

—Los refuerzos solo estorban la línea de visión —sentenció la cazadora—. Despeje la plaza estás semanas, el resto déjemelo a mí.

Morgana

A varias leguas de allí, en el corazón del bosque donde la copa de los árboles se entrelazaba con tal densidad que la lluvia penas tocaba el suelo, la noche tenía un sonido completamente diferente. Aquí no había olor a miedo ni a desesperación, sino a musgo fresco, tierra húmeda y la magia antigua que florecía en el silencio.

En el interior de un templo de piedra cubierto de hiedra, Morgana permanecía sentada en el borde de una fuente arruinada. A la luz de la luna, su piel de alabastro parecía emitir un tenue fulgor casi irreal. Llevaba un vestido de terciopelo oscuro, gastado por el tiempo pero llevado con la elegancia innata de alguien que había visto imperios caer. Sus ojos, de un azul claro grisáceo observaban con serenidad a un pequeño grupo de driadas y hadas que revoloteaban a su alrededor.

La gente de Oakhaven la conocía como un monstruo despiadado, un demonio que mataba por placer y disfrutaba matando de hambre a los humanos. Morgana conocía esos rumores; escuchaba los susurros del viento cuando los aldeanos maldecían su nombre. No se molestaba en desmentirlos, la reputación de crueldad era un escudo mucho más eficiente que la espada.

La realidad era infinitamente más compleja, Morgana había llegado a esas tierras años atrás buscando la soledad que el mundo de los no-muertos le negaba. Sin embargo, en lugar de un páramo desolado, encontró un santuario. El bosque de los robles antiguos era el hogar de criaturas mágicas frágiles: pequeñas hadas del musgo, ninfas de los arroyos y seres del bosque cuyos corazones eran demasiado puros para defenderse de la codicia humana.

Durante generaciones, los hombres de Oakhaven no solo habían cortado madera o recogido frutas; habían comenzado a cazar a estas criaturas. Morgana había visto las jaulas de hierro en las que encerraban a las ninfas para venderlas a los circos de las ciudades lejanas y había escuchado los chillidos de las hadas cuyas alas eran arrancadas para venderlas como amuletos de buena suerte.

Sí, Morgana había matado, había drenado la vida de cuatro hombres el mes pasado. Pero no por hambre, sino porque los había sorprendido en el acto, arrastrando a dos hadas de los árboles con cadenas de hierro frío para venderlos al mejor postor. Para Morgana, la violencia no era un pasatiempo, sino una necesidad había cerrado el paso al bosque no por maldad, sino para crear un perímetro de protección alrededor del único lugar en el mundo donde las criaturas vulnerables podían vivir en paz.

Un susurro agudo cortó el aire nocturno, una pequeña hada de alas doradas y piel de hojas secas, llamada Pippa, descendió rápidamente y se posó sobre el hombro de la vampiresa.

—¡Morgana! ¡Morgana, han traído a alguien! —chilló la criatura con voz aterrorizada, tirando suavemente de un mechón del cabello castaño de la no-muerta.

Morgana sonrió con dulzura, levantando un dedo largo y pálido para que el hada se apoyara.

—Tranquila, pequeña. Respira —dijo Morgana, su voz era como terciopelo líquido, pausada, melódica y envolvente—. ¿Quién ha llegado a las tierras de los humanos?

—Una cazadora —dijo Pippa, temblando—. Vino en un caballo negro, cubierta de armas de plata. Trae la marca del gremio del norte en su capa. Los humanos en el pueblo dicen que nunca ha fallado una cacería. Dicen que es un monstruo sin alma que viene a cortarte la cabeza y a quemar el bosque.

Las otras criaturas que jugaban cerca de la fuente se detuvieron de golpe. Un silencio tenso se apoderó de las ruinas, un par de pequeños seres de la tierra se escondieron tras el vestido de Morgana, buscando refugio en la misma criatura a la que los humanos llamaban demonio.

Morgana no se alteró, inclinó la cabeza con gracia, considerando las noticias. Una cazadora del gremio, aquello significaba que el alcalde había decidido escalar el conflicto en lugar de rendirse y buscar otro medio de vida.

—Una profesional... —murmuró Morgana para sí misma, con una sombra de diversión cruzando sus ojos rojos—. Qué fastidio, los profesionales suelen ser tan aburridos y predecibles.

—¿Qué vamos a hacer, Morgana? —preguntó Pippa, al borde de las lágrimas—. Si te hace daño, los humanos vendrán y nos llevarán a todos, nos pondrán cadenas o en jaulas otra vez.

Morgana se puso en pie con un movimiento tan fluido que pareció flotar sobre las piedras del suelo. Extendió su mano y una suave brisa de magia oscura acarició las cabezas de las pequeñas criaturas, tranquilizándolas al instante.

—Nadie les pondrá en jaulas, mi pequeña —dijo Morgana con una calma absoluta—. Esta cazadora cree que viene a matar a una bestia hambrienta. Cree que se enfrenta a una presa que se esconderá en las sombras esperando ser emboscada.

La vampiresa caminó hacia el límite del templo, mirando en dirección al pueblo iluminado por las lejanas antorchas de Oakhaven.

—Pippa, quiero que mandes a los lechuzas y a las sombras del límite a vigilar la cabaña donde se hospeda —ordenó Morgana con voz firme pero tranquila—. Quiero saber cada paso que da, cuántas armas lleva, cómo camina y hasta cuántas veces respira por minuto. Si ella quiere dar un espectáculo para el pueblo, le daremos uno.

La vampiresa curvó sus labios en una sonrisa enigmática, dejando ver apenas la punta de sus colmillos. No tenía intención de matar a la cazadora, es más si podía, quería evitarlo; la muerte de un miembro del gremio solo atraería a diez más. Pero si la mujer de plata pensaba que podía entrar en su dominio y humillar la paz que tanto le había costado construir, estaba a punto de recibir una lección que no olvidaría jamás.

—Que prepare sus armas de plata —susurró Morgana al viento de la noche—. Veremos de qué está hecha la famosa cazadora invicta.

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