Prólogo - El hombre del molino
La noche en que Esteban Soria comprendió que iba a morir, el molino todavía olía a aceitunas recién prensadas.
Había apagado las máquinas una hora antes. Afuera, la lluvia golpeaba el techo de chapa y convertía el camino en una cinta de barro. Dentro, la única luz provenía de una lámpara colgada sobre el escritorio, donde los números parecían más peligrosos que cualquier arma.
Esteban revisó por última vez el libro de tapas verdes.
Nombres. Fechas. Cuentas. Pagos hechos a jueces, policías y ministros. Cargamentos que entraban por el puerto con sellos falsos. Hombres desaparecidos cuyo silencio había sido comprado con dinero o con sangre.
En la última página había escrito una sola frase:
La familia Ferrante no gobierna sola.
Oyó un automóvil detenerse al otro lado de la pared.
No necesitó mirar por la ventana.
Guardó las hojas más importantes dentro de una bolsa impermeable. Luego abrió la antigua imagen de la Virgen que había pertenecido a su madre y retiró el pequeño compartimento de madera de la base. Introdujo allí la bolsa, cerró la figura y la colocó nuevamente en el estante, entre una caja de herramientas y una fotografía de sus hijos.
Mara tenía ocho años en la imagen. Sonreía sin dientes delanteros, con una trenza torcida y las rodillas manchadas de tierra. Tomás, de cuatro años, dormía contra el pecho de Clara.
Esteban rozó la cara de su hija con el pulgar.
—Perdóname —susurró.
La puerta del molino se abrió.
Entraron tres hombres. El primero llevaba un paraguas negro y un abrigo demasiado elegante para el pueblo. El segundo cerró la puerta. El tercero se quedó junto a ella con una pistola visible.
—Esperaba que fueras más inteligente —dijo Octavio Valdés.
Esteban no se levantó.
—Y yo esperaba que fueras menos cobarde.
Valdés sonrió. Era joven entonces, aunque ya tenía los ojos vacíos de un hombre que había descubierto que el miedo ajeno era una forma de riqueza.
—¿Dónde está el libro?
—No existe ningún libro.
—Tu problema siempre fue creer que la verdad te hacía valiente.
—Mi problema fue trabajar para ustedes.
Valdés dejó el paraguas apoyado contra la pared.
—Trabajabas para los Ferrante.
—Ustedes son lo mismo.
Aquello borró la sonrisa del visitante.
Esteban sabía que no saldría vivo. Lo había sabido desde el momento en que copiara los primeros registros. Su única esperanza era que Clara entendiera la advertencia que le había dejado. Que sacara a los niños de San Gregorio. Que no permitiera que Mara preguntara demasiado.
Pero Clara llevaba dos días desaparecida.
Y Esteban había comenzado a temer que su esposa también guardara secretos.
Valdés hizo un gesto. El hombre de la puerta se acercó.
—Una última oportunidad —dijo—. ¿Dónde están las copias?
Esteban miró la fotografía.
—Lejos de vos.
El primer golpe le partió el labio. El segundo lo tiró contra el escritorio. No gritó. Pensó en Mara corriendo entre los olivos. En Tomás aferrado a su dedo. En Clara cantando en la cocina antes de que los silencios comenzaran a llenar la casa.
Cuando lo obligaron a arrodillarse, levantó la cabeza.
—Algún día alguien va a encontrarlas.
Valdés tomó la pistola del tercer hombre.
—Entonces ese día morirá otra persona.
El disparo quedó atrapado bajo el ruido de la tormenta.
Horas después, el molino ardía.
El pueblo creyó que Esteban Soria había muerto en un accidente provocado por una falla eléctrica. La lluvia borró las huellas del camino. Los hombres regresaron a la ciudad. El libro de tapas verdes desapareció.
Pero la Virgen de madera sobrevivió al incendio.
Y, durante diecinueve años, nadie miró dentro.








