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Valle de espinas

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Sinopsis

Victoria Suárez no era una mujer que destacara, no tenía un físico llamativo ni una personalidad desbordante. Era tímida y tenía graves problemas de comunicación, por ello cuando su camino se cruza con el de Antonio Spencer se deja deslumbrar por su atractiva personalidad. Lo que comienza como una amistad rápidamente da paso a una relación apasionada que llena de ilusión a la joven. Sin embargo, las malas decisiones de Antonio y su afán por protegerla crean un abismo en entre los dos. Inmersa en un mundo que no comprende, Victoria se ve enfrentada a una realidad que no esperaba con un secreto que cambiará su vida y reescribirá su historia.

Genero:
Romance
Autor/a:
Nina_Andrassy
Estado:
hace 9 días
Capítulos:
11
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Parte 1

—Es muy sencillo, Victoria— decía la señorita Bárbara con una sonrisa condescendiente indicándole el aparato frente a ella. Era blanco y enorme, el más grande que había visto de su categoría y desde entonces sería con lo que se ganaría su salario—. Es una máquina muy moderna, así que no te debería dar problemas. Una inversión que garantiza calidad y eficiencia —espetó en tono seguro—. En esta empresa son los principios más importantes —remarcó aquella frase con dureza y logró arrancarle un estremecimiento involuntario.

Victoria Suárez se limitó a asentir y observó la fotocopiadora monstruosa que llenaba el cuartito de su lugar de trabajo. Su primer trabajo de verdad. Lo había conseguido sin proponérselo cuando un día, en el café que frecuentaba, la locataria le había hablado de que la empresa de en frente necesitaba a alguien que se encargara de una labor menor.

Lo siguiente había sido un golpe de suerte.

—Mu-muchas gracias, en… en serio —tartamudeó feliz. Esa dificultad la había acompañado desde que era pequeña y había reducido su círculo social. Tenía veintidós años y una vida muy solitaria. Sus padres habían muerto cuando tenía cinco años en un accidente de coche y a partir de entonces sobrevino un desfile sinfín de orfanatos y casas de acogida. No se podía acostumbrar a un lugar cuando era reubicada en otro.

Finalmente había dejado de intentarlo.

—Solo tienes que sacar copias de documentos cuando te los pidan. Además, para tu tranquilidad no vendrán los peces gordos, ellos tienen sus propias máquinas en sus oficinas.

—En-entiendo.

Asintió nuevamente y Bárbara le miró críticamente.

—Deberías cambiar tu estilo de vestir —le sugirió—. Acá es muy importante lucir formal —la joven escondió su rostro tras su flequillo y mordió su labio inferior «¿con qué dinero?» se preguntó. No tenía ni para lo básico, estaba en la estancada absoluta después de perder todo en un incendio que afectó el sitio en que vivía hacía unas semanas. La ropa que usaba era de caridad, incluso los zapatos eran de un número más pequeño que el suyo y los pies le dolían terriblemente.

—Es-está bien —dijo en un susurro. No sabía de dónde sacaría dinero, pero intentaría vestirse mejor para no desentonar en la oficina.

Bárbara era una belleza rubia que le sacaba unos buenos centímetros y su ropa solo acrecentaba su atractivo.

Victoria no sintió envidia, dado que nunca había experimentado celos de la apariencia ajena, así que la admiró con libertad por su elegancia y buen gusto.

Aunque el sentimiento de envidia no le era del todo ajeno, porque de niña había tenido celos de los niños que eran adoptados mientras ella se sumergía en una larga espera. A ella nunca le quisieron por ser muy mayor y se preguntaba continuamente si había algo malo en su persona.

Con el tiempo se había resignado, pero una parte de ella seguía sufriendo por el rechazo.

—Deberías ir a la Boutique «Royal Roses», tienen ropa muy exclusiva y puede que encuentres algo que te sirva —Victoria le sonrió ante su sugerencia desinteresada y genuinamente agradecida por el consejo. Bárbara con una cabezadita se despidió conforme con la nueva y humilde contratación.

Al quedarse sola contempló el cuarto.

Ese era el mejor lugar para empezar a trabajar para ella porque no requería de hablar ni relacionarse demasiado con las personas. Aunque sonase mal, la verdad era que ella no podía hacerlo con fluidez y muchas veces aquello solo lograba frustrarla y hacerle daño.

Con curiosidad inspeccionó todo el recinto y acarició la multifuncional con devoción y reverencial afecto. Nunca había ocupado una, pero parecía ser sencillo.

Hizo una prueba, dudando en qué botones apretar y todo salió bien al primer intento.

Perfecto.

Con una sonrisa hizo copias de los documentos que se habían acumulado cuando no había quién trabajara en ese puesto y con alegría vio que servía para ello.

Tenía una taza con chocolate caliente para pasar el frío que hacía en ese momento del año. Debía comprar ropa más gruesa si no quería enfermar. Sin embargo, estaba ahorrando para comprar un ordenador que necesitaba.

Estaba obsesionada con tener el título de contable y se había matriculado en un instituto en el turno vespertino, pero necesitaba conexión web y un ordenador con urgencia. Con lo que ganaría en su nuevo trabajo lo conseguiría, pensó optimista.

—To-todo sal-saldrá bien. Lo sé… lo sé —de su bolso sacó la fotografía que conservaba de sus padres y con orgullo la puso sobre el escritorio—. Esta ve-vez no fallaré, se los ju-juro.

Leyó el libro que había comprado con sus últimos ahorros y estudió en los ratos libres de la jornada. Tenía clases a las ocho de la noche y debía prepararse si no quería quedarse atrás.

A eso de las siete terminó con sus obligaciones y preparó su bolso, iba pensando en cosas sin importancia cuando un revuelo en la planta baja le sobresaltó.

—Es el señor Spencer —escuchó que decía una de las chicas—, viene con el señor José Carranza.

Ella observó fascinada a los dos hombres. Ambos eran muy apuestos y parecían decir con su prestancia que estaban dispuestos a comerse el mundo.

El señor Carranza era español, lo había visto por fotos y lo describían como un as en los negocios y un carismático playboy de sonrisa fácil, pero que estaba en una relación seria desde hacía tiempo. Salía mucho en las noticas de las seis de la tarde por lo bella pareja que hacía con su novia.

Sin embargo, el que representaba un misterio para la joven era su jefe, el señor Antonio Spencer. Alto de aspecto atlético, de cabello castaño claro y ojos celestes, imponía respeto y temor. No les dirigió la mirada a los que se encontraban en el pasillo, como sí lo hizo su acompañante cuyos ojos cafés derrochaban simpatía.

—Es tan frío como un témpano de hielo —comentó una de las recepcionistas.

—Siempre que pasa por aquí el aire se carga de tensión, para ser tan guapo no tiene un carisma que le haga juego.

—Y Bárbara no cesa en su afán de meterse en su cama.

—Pobre —escuchó que decían antes de seguir ordenando sus cosas. Victoria solo pasó y se despidió evitando contacto visual con ellas.

¿Qué le importaba lo que pasara en la cama de sus superiores? Solo quería trabajar y ganar dinero, no me interesaba la vida privada de su jefe.

Aunque reconocía que era el hombre más guapo que había visto en su vida. Una mujer definitivamente podía encandilarse con tal visión y si Bárbara estaba enamorada de él, la entendía.

Se imaginaba, en consecuencia, que sería como las estrellas de cine o como un cantante famoso que estaba acostumbrado a recibir adulación y atención «¿Cómo podría ser de otra manera?» se preguntó. Seguro nunca había pasado momentos de privación o vivido alguna crisis que lo hiciera dudar de sí mismo.

Apostaba que no sabía lo que era vivir con la incertidumbre de lo que podría pasar al día siguiente. Sin embargo, él no tenía la culpa de haber nacido en un entorno privilegiado. Había tenido suerte. Eso no era malo, si ella hubiese tenido las mismas oportunidades que Antonio Spencer quizá también mirase a todos por sobre el hombro.

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