1.Vacaciones
⚠️ Precaución: Contenido +18 ⚠️
Esta historia contiene escenas de sexualidad explícita, lenguaje adulto y situaciones dirigidas exclusivamente a un público+18. Es una historiaG!P(“Girl Pennis”, que en español se traduce como “chica con pene”) Todos los personajes, lugares y eventos soncompletamente ficticios. Cualquier similitud con personas o hechos reales es pura coincidencia. Se recomienda discreción al leer.
La mañana había comenzado como tantas otras para Yoko, con esa calma previa al ruido del mundo. La luz del sol entraba a través de las persianas medio bajadas, tiñendo la habitación de un tono dorado que acariciaba las paredes. Aquel era su pequeño ritual diario: enfundarse en unos Jeans cómodos, una camiseta blanca de manga corta y la chaqueta de cuero negra que, con los años, se había convertido casi en una extensión de su piel. El roce del cuero y el olor tenue a gasolina le traían recuerdos de libertad, de velocidad, de noches en la carretera.
Se calzó sus Vans, recogió los guantes, las llaves, el móvil, la cámara y el casco. Cada objeto tenía su lugar, su peso, su propósito. Antes de cruzar la puerta, su voz resonó en la casa.
-Me voy, mamá-.
Dijo las palabras con la naturalidad de quien las ha repetido mil veces, y al salir, la puerta se cerró tras ella con un chasquido seco, como un punto que daba inicio a un nuevo día.
El barrio aún respiraba tranquilidad. El aire fresco traía el canto de los pájaros y el rumor distante de alguna televisión encendida. El sol comenzaba a calentar el asfalto, y el olor a tierra húmeda se mezclaba con el perfume leve de los jazmines del jardín de su vecina. Yoko sonrió: había algo reconfortante en esa rutina, algo que le decía que, al menos por un instante, todo estaba en orden.
Se acercó a su moto con una familiaridad casi tierna. Pasó la mano por el depósito de su Kawasaki Ninja H2R, rosa brillante, como quien saluda a un viejo amigo antes de partir juntos. Se colocó el casco y, justo cuando iba a montar, notó una mirada clavada en ella.
Giró la cabeza. Desde la verja de enfrente, su vecina Faye la observaba con descaro, una ceja arqueada y una sonrisa que desafiaba.
-Para no gustarte las motos, bien que la miras, ¿no? -Dijo Yoko, divertida, mientras el sol le pintaba el rostro-.
Faye no se quedó callada.
-Y tú, para ser tan hetero, bien que te lías con tías, ¿No?-.
El eco de la respuesta se mezcló con el zumbido de una abeja cercana. Yoko se mordió el labio para contener la risa.
-Para no interesarte mi vida, te veo muy atenta a ella, ¿No?-.
-Así es. -Replicó Faye. -Tan atenta como tú ayer por la ventana-.
Yoko parpadeó, fingiendo sorpresa.
-¿Perdona?-.
-Ahora me vas a decir que no nos estabas mirando mientras nos liábamos...-.
Una carcajada escapó de la garganta de Yoko.
-Más quisieras. Venga, te dejo que sigas soñando, galletita-.
La risa de Yoko llenó la calle antes de que el motor cobrara vida y se lanzara por la avenida.El rugido de su moto se mezcló con el murmullo del tráfico matinal, una sinfonía cotidiana que para ella siempre sonaba diferente. Mientras ajustaba el casco, encendió la cámara integrada en en casco, no lo hacía solo por costumbre, sino porque cada ruta era parte de su trabajo, parte de su historia. Sus seguidores esperaban esos recorridos, la carretera, la ciudad que despertaba, las luces reflejadas en la pintura rosa de su moto, pero para Yoko era más que contenido: era una forma de detener el tiempo mientras lo dejaba pasar.
La cámara comenzó a grabar, y con ella llegó esa sensación de compañía silenciosa. A través del cristal podía observar su propio mundo desde fuera, como si alguien más contara su historia mientras ella simplemente la vivía. Le gustaba pensar que cada vídeo era una carta abierta a quienes soñaban con escapar, aunque fuera por unos kilómetros.
De adolescente, había detestado el trayecto desde las afueras de la ciudad hasta el centro. Le parecía interminable, una prisión sobre ruedas. Pero ahora, sobre su moto, la distancia era promesa, el aire era aliado y el asfalto, una puerta siempre abierta. La ciudad ya no era un obstáculo, sino un escenario en movimiento que ella recorría con la libertad de quien por fin entiende su lugar en el mundo.
En los semáforos, Yoko solía captar miradas curiosas. Algunos niños la reconocían por los colores vivos de su moto o por el logotipo de su canal, pintado en el depósito. Le hacía gracia ver cómo sus caras se iluminaban, cómo levantaban la mano o imitaban el gesto de acelerar. En esos momentos, entre el ruido del tráfico y el calor del motor, sentía una ternura inesperada, un eco de la inocencia que la ciudad tantas veces devoraba.
Aquella mañana, un semáforo rojo la detuvo junto a una camioneta blanca y un coche familiar. En el asiento trasero, una niña de unos ocho años la observaba embelesada, con la nariz pegada al cristal. Yoko giró la cabeza y, al ver su expresión, sonrió. La pequeña movió la mano, imitando el gesto de acelerar.
Entonces Yoko giró suavemente el manillar y dejó que el motor rugiera con fuerza, respondiendo a la petición muda. La niña rió con los ojos muy abiertos, los padres sonrieron y, por un instante, el ruido del mundo se volvió música.
Yoko arrancó cuando el semáforo cambió a verde, dejando atrás la escena, pero con una sonrisa que la acompañó durante varios kilómetros. La cámara seguía grabando, testigo silencioso de algo más que una simple ruta: un pedazo de humanidad capturado entre el rugido y el viento.
A pocas calles, el cartel envejecido del barLa Oficinaemergió entre el ruido del tráfico como un viejo recuerdo resistiéndose a desaparecer. Las letras, medio borradas por el sol y el tiempo, conservaban un encanto decadente que Yoko siempre encontraba reconfortante. El asfalto aún brillaba por el calor del día, y el aire olía a una mezcla de cerveza fría, pan tostado y humo de moto. El tintinear de vasos, las conversaciones cruzadas y el zumbido del tráfico formaban una melodía caótica que, para ella, era casi hogar.
Aparcó la moto justo frente al bar. El motor se apagó con un último resuello metálico. Se quitó el casco despacio, dejando que el aire tibio le despeinara el pelo y le secara el sudor de la frente. Por un instante, cerró los ojos. Había algo en esos momentos previos a entrar a un sitio conocido, esa sensación de pausa entre el ruido de la calle y el bullicio interior, que le encantaba. Era como cambiar de piel.
-¡Ps, guapa! -Oyó una voz conocida que se colaba entre las personas-.
Giró la cabeza y sonrió al instante. Elin avanzaba entre la gente con su andar despreocupado, la melena despeinada y la misma sonrisa que Yoko recordaba desde el instituto: una mezcla perfecta de picardía y cariño.
-¿Uy, tú eres nueva por aquí? No te conozco. -Bromeó Yoko, ladeando la cabeza, con esa sonrisa traviesa que le nacía sin permiso-.
-Imbécil. -Replicó Elin, soltando una carcajada mientras le daba un manotazo cariñoso. -Ven aquí-.
El abrazo fue breve pero cálido, el tipo de abrazo que dicete echaba de menossin necesidad de palabras. Olía a perfume y café, como siempre.
-Ya era hora de que te dejaras ver, bonita. -Dijo Yoko al separarse-.
-Díselo a mi jefe, que me tiene esclavizada. -Respondió Elin, rodando los ojos-.
-El jefe y tu novio, los dos son unos acaparadores-.
-No te lo voy a negar. -Rió Elin. -Anda, vamos dentro, que tengo un chisme que se os van a caer las bragas al suelo-.
Yoko arqueó una ceja, divertida.
-No jodas, dame una exclusiva al menos. -Pidió mientras caminaban hacia la puerta del bar-.
-Es sobre tu vecina. -Dijo Elin con una sonrisa traviesa-.
-¿Mi vecina? ¿La innombrable? -Preguntó Yoko, medio incrédula-.
-La misma-.
El interior del bar era una cápsula del tiempo. Las paredes de madera oscura, cubiertas de fotografías antiguas y carteles de cerveza, desprendían un olor familiar a humedad y risas gastadas. El suelo de baldosas crujía bajo las botas de Yoko, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido de una máquina tragaperras al fondo.
En una esquina, Deva las esperaba, saludando con una mano y una sonrisa amplia. Tenía delante una jarra medio vacía y el móvil lleno de notificaciones.
-¿A dónde vas tan deprisa, Yokis? -Preguntó al verla entrar-.
-Elin tiene un chisme de la innombrable. -Respondió Yoko mientras se sentaba, dejando la cámara del casco sobre la mesa, como si también fuera parte del grupo-.
-¡No jodas! ¿Y dónde está?-.
-Ya llego, ya llego. -Dijo Elin mientras se acercaba, esquivando sillas. -¿Ni dos besos ni nada?-.
Pidió un par de cervezas, apoyó los codos sobre la mesa y miró a las dos con expresión conspirativa.
-Bueno, cuéntanos, ¿Qué chisme? -Preguntó Yoko, cruzando los brazos, divertida-.
Elin bajó la voz, disfrutando de la expectación.
-Pues resulta que la innombrable está con una chica-.
Yoko arqueó una ceja.
-¿Eso es el chisme? Si llevan meses... Menuda mierda de chisme-.
-¡Ese no es el chisme! -Rió Elin, dándole un codazo. -Por lo visto, la chica anda a dos bandos-.
-No veas la innombrable, cómo se lo monta. -Añadió Deva entre carcajadas-.
-Que no, que la que anda a dos bandos es la novia. -Corrigió Elin, alzando un dedo-.
Yoko soltó una carcajada.
-Lo que le faltaba ya a la chavala-.
El bar se llenó de su risa. El sonido se mezcló con el tintinear de los vasos, el crepitar de la freidora y el murmullo del fútbol en la televisión. Había algo profundamente humano en esa escena: tres mujeres riendo de tonterías, como si el tiempo no pasara, como si las preocupaciones esperaran educadamente en la puerta.
La cámara seguía en la mesa, apagada. No había necesidad de grabar nada; algunos recuerdos, los más reales, no necesitaban lente. Se quedaban grabados en la piel, en el eco de una carcajada, en el calor del vaso entre las manos.
Entre sorbo y sorbo, Yoko sintió una punzada de melancolía. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se permitió una tarde así: sin rutas que editar, sin deadlines, sin pensar en estadísticas o visualizaciones. Solo ella, sus amigas, y el ruido amable de un bar que parecía pertenecer a otra época.
Cuando el cielo comenzó a oscurecer, se despidieron con abrazos largos y promesas vagas de verse pronto, esas que a veces se cumplen y otras solo sirven para calmar la nostalgia.
Ya en la moto, el aire era más fresco. El sol se deshacía tras los edificios, tiñendo el asfalto de un azul profundo que parecía líquido. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse como luciérnagas eléctricas. El rugido del motor la envolvía, y la vibración bajo su cuerpo era un latido familiar. Mientras conducía, el chisme de Elin empezó a difuminarse en su mente, transformándose en un rostro concreto: Faye.
Faye, con su manera de mirar como si todo le importara a medias, con ese sarcasmo que a Yoko le sacaba de quicio y, sin embargo, la mantenía enganchada. Había algo en ella, algo que la desconcertaba y la atraía a partes iguales, como una carretera que nunca había recorrido pero que siempre aparecía en sus mapas.
Al llegar a la urbanización, el silencio parecía más denso. El cielo estaba en ese punto exacto entre el día y la noche en que el mundo respira distinto. Apagó el motor y el zumbido de la moto se disolvió en la quietud. Se quitó el casco y dejó que el cabello le cayera sobre los hombros, aún templado por el calor del viaje.
Frente a su casa, Faye salía con una correa en la mano, distraída con el móvil.
-Creo que no se pasea así, pero como no tengo perro, no opino. -Murmuró Yoko con una sonrisa ladeada-.
-¿Qué dices, ridícula? -Respondió Faye sin levantar la vista-.
-Que no tienes atado al perro, zoquete-.
Faye levantó la cabeza justo a tiempo para darse cuenta.
-¡Su puta madre! ¡Idun! ¡Te dije que atases a Shot! -Gritó antes de desaparecer dentro de su casa-.
Yoko soltó una risita, sacudiendo la cabeza. Aquella mujer era un caos con piernas.
Dentro de casa de Yoko, el olor a cena llenaba el pasillo.
-¿Qué son esos gritos? -Preguntó su madre, desde la cocina-.
-Faye discutiendo con Idun. Parece que no sabe pasear al perro. -Respondió Yoko, dejando el casco sobre la mesa-.
-Ya pensaba que estabais discutiendo otra vez. Si es que sois las dos iguales. -Dijo su madre, mientras se limpiaba las manos con el paño de cocina y se acercaba. -Y una cosa te digo: el viaje lo quiero tranquilo-.
Yoko frunció el ceño.
-¿Qué viaje?-.
La mamá, la miró como si fuera obvio.
-¿Cómo que qué viaje? El que llevamos planeando varios meses. Nos vamos todos al pueblo. Ya te lo dije. Bueno,te lo mandépor WhatsApp, pero tú nunca lees nada-.
Yoko apoyó las manos en la mesa, incrédula.
-¿Y “todos” incluye a Faye, por casualidad?-.
-Todos. -Confirmó su madre. -Vamos todos juntos-.
El gesto de Yoko se torció de inmediato.
-Ah, fantástico. Una excursión familiar. Qué emoción. -Su tono destilaba ironía-.
-Ni se te ocurra empezar. -Replicó su madre, apuntándola con el dedo. -No quiero broncas, ni tonitos, ni miraditas raras. Que bastante tengo con organizar la comida y aguantaros a todos-.
-Sí, mamá, sí. Vamos a ser ahora amiguísimas en el viaje. -Murmuró Yoko mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre una silla-.
-Encima vais a dormir juntas, ya verás cómo se os pasa la chulería. -Añadió su madre, con un golpecito cariñoso en el brazo-.
Yoko levantó las cejas.
-Lo dudo. Yo duermo con Neko o sola-.
-¡He dicho juntas! -Replicó, sin perder el gesto firme. -Y sin dramas. Que si tú no cedes, no sé quién lo hará-.
Yoko soltó un suspiro, dejando que el aire le saliera por la nariz en una risa resignada.
-No sé cómo lo hacéis, pero me amargáis. Con lo bien que venía yo...-.
La mamá, la observó un segundo, ladeando la cabeza con ese gesto de madre que mezcla ternura y cansancio.
-Te vendrá bien salir, respirar un poco. A lo mejor si pasáis tiempo juntas, os dais cuenta de que no sois tan diferentes-.
Yoko levantó la mirada, escéptica.
-Mamá, si Faye y yo fuéramos más diferentes, viviríamos en galaxias opuestas-.
-Pues mira qué casualidad, cariño, que en esta galaxia vais a compartir habitación. -Dijo con un guiño antes de darse la vuelta hacia la cocina-.
El sonido del aceite chispeando llenó el silencio. Yoko se quedó quieta unos segundos, mirando el casco sobre la mesa, el reflejo de la luz amarillenta resbalando por el cristal. Se vio a sí misma allí, en miniatura, con el mismo gesto cansado de siempre.
Pensó en Faye.
En su manera de hablar, siempre tan directa, tan afilada. En cómo conseguía irritarla con una simple mirada. Recordó la última vez que habían coincidido en una reunión familiar: una discusión absurda por una tontería, y aún así, el brillo en los ojos de Faye seguía molestándola. O tal vez no era molestia lo que sentía. Tal vez era otra cosa que no quería nombrar.
Suspiró y se pasó una mano por el pelo.
-Va a ser un viaje eterno. -Murmuró-.
Subió las escaleras, arrastrando los pies. Al llegar a su habitación, dejó la chaqueta sobre la silla y se dejó caer de espaldas en la cama, sin siquiera quitarse las botas. El techo blanco la miraba de vuelta con indiferencia.
Afuera, el cielo ya se había oscurecido. En la distancia, un motor de moto rugió, rompiendo la calma del vecindario. Yoko giró la cabeza hacia la ventana, y por un instante, pensó que podía ser Faye. No sabía si aquello la irritaba o la tranquilizaba, pero la sensación quedó flotando en el aire, tibia y persistente, como el ruido de un motor que se niega a apagarse.