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EL SECRETO DE LAS SIETE CHIMENEAS

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Sinopsis

Cuando el pasado se niega a permanecer en el olvido, una niña se convertirá en la llave que desvelará una peligrosa verdad. Sara, una niña de once años que vive en Madrid, presencia una tragedia que la marca para siempre. Desde entonces deja de hablar y se encierra en sí misma. Buscando un nuevo comienzo, su madre decide regresar con sus hijas a su pueblo natal, cerca de Barcelona, donde vive Soledad, la autoritaria abuela de las niñas y ama de llaves de la adinerada familia Declara. En la antigua mansión donde trabaja su abuela, Sara encuentra un viejo diario oculto en un cajón. Lo que empieza como una distracción se convierte en una obsesión al descubrir entre sus páginas la historia de un amor prohibido que desafió las normas de otra época. Mientras Sara se adentra en aquel relato, su silencio comienza a resquebrajarse y Sonia, su hermana mayor, acaba involucrada en un misterio que parece repetirse en el presente. Lo que ninguna de las dos imagina es que Soledad guarda sus propios planes y que aquel pasado está mucho más ligado a su familia de lo que creen. Entre secretos, manipulaciones y heridas aún abiertas, las hermanas deberán enfrentarse a una verdad capaz de cambiar sus vidas. Porque algunos amores no desaparecen con el tiempo… solo esperan su momento para regresar.

Genero:
Romance
Autor/a:
Mary Hall
Estado:
Completado
Capítulos:
98
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Esa mañana de domingo papá amaneció con un humor de perros, se sentó taciturno a la mesa de la cocina y bebió un sorbo largo de café, sin apartar la vista de mi hermana mayor; la miraba de una forma rara, entre decepcionado e indignado, aunque no le dijo una sola palabra. Sonia, por su parte, engulló media tostada sin darse por aludida y, con la boca todavía llena, bebió de un trago su vaso de zumo, levantándose de la mesa con prisa; quería escapar de casa antes de que estallara la tormenta.

—Señorita, usted y yo tenemos que hablar seriamente —contraatacó papá en tono severo, dejando caer el cuchillo lleno de mantequilla en el plato—. Ya va siendo hora de que nos presentes a...

—¡Lo siento, papá! ¡Ya voy tarde!

Sonia salió por patas de la cocina como un correcaminos y a punto estuvo de derribar a mamá, que entraba en ese momento. Papá levantó las cejas y exhaló un suspiro largo, reclinándose en el asiento.

—Sara, hija mía, no crezcas nunca —murmuró con cansancio, masajeándose las sienes. Yo levanté las cejas y parpadeé sin comprender. Papá sonrió al ver mi expresión y me revolvió el pelo con una mano—. No me hagas caso, seguro que tú no me das tantos dolores de cabeza como la loquita de tu hermana.

Mamá se acercó a papá por detrás, le rodeó el cuello con sus delgados brazos y se inclinó para susurrarle al oído de manera reconciliadora.

—Sobre lo de anoche...

—Será mejor que olvidemos ese tema, Sofía —la interrumpió papá, levantándose de la silla. Amontonó una pila de platos sucios que había sobre la mesa y, dándonos la espalda, se dirigió hasta el fregadero, donde estaban las cacerolas sucias de la noche anterior a remojo. Mamá se apoyó sobre la encimera de brazos cruzados, observándolo con disgusto.

—Rafa, no puedes ser tan intransigente. ¡Nosotros también tuvimos su edad!

—¡Te recuerdo que nuestra hija solo tiene quince años! —Papá se remangó la camisa, tomó el estropajo empapado en jabón y, friega que te friega, comenzó a torturar a los pobres cacharros de cocina que rechinaban de dolor—. Además, ese degenerado es mayor de edad.

—No es un degenerado. Y solo tiene dieciocho años. —Mamá le arrebató el estropajo a papá—. ¡Déjame a mí! Como sigas frotando con tanta fuerza, vas a rayarme los vasos.

—Alguien tiene que cantarle las cuarenta a ese sinvergüenza. —Papá se secó las manos en un trapo de cocina—. Lo que está haciendo con nuestra hija es ilegal. Ella es menor.

—A esa edad, tú y yo ya estábamos saliendo juntos. —Mamá le pasó a papá un plato para que lo secara.

—Sí, pero yo jamás te puse un dedo encima hasta que vinimos a Madrid.

—Tampoco sabemos si Cristian le ha puesto la mano encima a nuestra hija. —Mamá le pasó otro plato a papá.

—Entonces, ¿por qué Sonia tenía un cond...? —Antes de que papá pudiera terminar la frase, mamá le chistó.

Estaba tan intrigada con la discusión de mis padres que dejé de prestarle atención a mis cereales a medio comer. Muchas veces deseaba ser mayor para comprender esas conversaciones interrumpidas, llenas de gestos secretos, expresiones confusas y un montón de subtexto desconocido para mí.

—Sara, cariño, ¿ya has terminado de desayunar? —preguntó mamá mirando a papá con intención, un ademán que utilizaba por regla general para advertirle de que no era ni el sitio ni el momento adecuado para hablar.

—Ya tuvimos bastante de esto anoche para seguir hoy igual. —Papá caminó derrotado hasta llegar junto a la mesa y se dejó caer en una silla.

—Al menos deberías alegrarte de haber criado a una hija con dos dedos de frente para llevar en el bolso un... —Mamá dejó la frase inacabada, miró a papá otra vez con intención y entonó una melodía gutural apretando los labios—. Hum... Hum... Hum... Hum… Peor sería que no se protegiera, ¿no te parece?

—Quizás tengas razón, Sofía, aunque continúo sin soportar a ese tal «Cristian». —Papá pronunció el nombre imitando la ridícula vocecita de tonta enamorada que ponía Sonia cada vez que mencionaba a su misterioso novio. Además, movió los hombros y las manos igual que hacía ella, en un gesto cómico que me arrancó una risita contenida. Papá me miró, guiñó un ojo y volvió a hablar con mamá—. Esta noche tenemos que hablar con ella.

—Me parece justo. Es mucho mejor hacer un frente común para solucionar el problema que discutir entre nosotros.

—Lo que más me gusta de una buena pelea es la reconciliación. —Papá agarró a mamá por la cintura y de un tirón la apretó contra su pecho.

—¡Suéltame, tonto! —Mamá apartó las manos mojadas de agua y jabón para no manchar la ropa de papá—. ¡Te estoy poniendo perdido!

—A mí no me importa. —Papá colocó un mechón de pelo detrás de la oreja de mamá, quien inclinó la cabeza a un lado y entreabrió los labios en una invitación silenciosa. Se besaron con ternura.

Aparté la vista avergonzada y me centré en terminar el desayuno con parsimonia. De mayor quería encontrar a un hombre igual a papá, que me quisiera tanto como él quería a mamá y que fuera tan guapo, porque guapo era un rato largo, la verdad. Alto, de piel canela y el cabello color ceniza, era la antítesis perfecta de mamá: mujer menuda, de piel clara y pelo caoba.

Papá decía que en la adolescencia el cabello de mamá se parecía mucho al de Sonia, de un tono rojo fuego, que con el paso de los años se había oscurecido como el buen vino. Yo era la versión en miniatura de papá, algo más desgarbada y feúcha. El único rasgo que compartía con mamá y Sonia eran los ojos; las tres los teníamos grandes y verdes. Eso sí, en ellas se veían preciosos, con ese color tan poco común de verde turquesa y esas diminutas motas doradas que salpicaban el iris. El tono cobrizo de sus cabellos realzaba el matiz verdoso, enfatizando sus miradas. Por el contrario, la sosa tonalidad ceniza de mi pelo acentuaba las vulgares motas doradas.

En mi mirada miope se perdía el matiz de aguamarina que tanto resaltaba en los ojos de mamá y Sonia. Gran culpa de mi apariencia estrafalaria la tenían las enormes gafotas de pasta roja que aumentaban el tamaño de mis ojos, ya de por sí grandes, haciéndome parecer un sapo.

Capítulos
1. Capítulo 1
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author

Me encanta tu forma de contar las historias y está contada desde la perspectiva de una niña se ve genial 👍👏👏

14 días

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