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El Soberano de las cenizas

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Sinopsis

Dicen los viejos cuentos que los verdaderos héroes visten armaduras relucientes, que la justicia siempre triunfa y que el honor es un escudo inquebrantable. Pero los cuentos mienten. En un mundo donde los imperios juegan con la vida de los inocentes como si fueran simples piezas en un tablero de ajedrez, la gloria no es más que una ilusión comprada con oro. Cuando la codicia y la cobardía lo destruyen todo, lo único que queda no es un final feliz, sino un frío rastro de barro, sangre y cenizas. En medio de esa oscuridad, como brasas que se niegan a apagarse bajo la lluvia, dos voluntades resisten. Por un lado, un príncipe que lo perdió todo y ahora sobrevive oculto, respirando el hollín de su propio reino calcinado. Por otro, un joven que, empuñando un viejo espadón sin nombre , decide convertirse en el escudo de los más débiles cuando los supuestos "caballeros" huyen. Ninguno de los dos tiene un ejército. Ninguno busca la gloria. Pero como una chispa que salta en la noche más profunda, sus pasos amenazan con prender fuego a un continente entero. Porque cuando todo arde, solo aquellos que no temen quemarse las manos pueden forjar su propio destino.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Paquyto
Estado:
hace un mes
Capítulos:
11
Rating
5.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
16+

Prólogo: Barro, sangre y cenizas

19 de Septiembre de 1947

Todo estaba en llamas. Nada ni nadie que conocía había sobrevivido al asedio del Imperio. Los reyes de Aethelgard, habían vendido a su pueblo al invasor, dejando pasar una a una sus tropas. Destruyeron todo lo que había en su paso. Masacraron a nuestro ejército y población, dejando una escena que no desearía ni a mi peor enemigo. Me habían educado para gobernar, no para ver morir a mi pueblo, pero no pude hacer nada. Cuando su primer caballo puso una pata en nuestras calles, ya habíamos perdido la guerra. Maté soldados, atravesé armaduras, incluso quemé sus carruajes, pero no sirvió de nada. No serví de nada.

Pasaron los minutos, pasaron las horas, y cuando el último edificio cayo, el silencio se adueñó de Aethelgard. Camine solo por las calles mientras intentaba no culparme aún más de esto, pero me era imposible. A cada paso que daba, a cada pestañeo, la escena se tornaba peor, dejándome aún más dudas sobre mi actuación.

Escuchaba un escuadrón a lo lejos, buscando supervivientes. Podría haber intentado esconderme entre los escombros, pero quería soltar toda la rabia acumulada, toda la impotencia que sentía dentro.

—Chicos, hay tenemos a uno.

Se habían fijado en mí. No di marcha atrás, sino que aceleré el paso, acercándome cada vez más a ellos, y cuando estábamos a pocos metros, apunté mi espada hacia ellos, haciendo que ellos de manera instintiva sacaran las suyas.

Eran tres soldados imperiales. El primero en entrar en mi alcance fue el del centro, quien lanzó una estocada frontal hacia mi pecho. No perdí el tiempo en bloquear, eso solo me hubiera expuesto al resto, por lo que pivoté sobre mi pie derecho, dejando que su filo pasara a escasos centímetro de mi cara y utilice su propio impulso para guiar mi acero. Fue un corte limpio, dejando tan solo su cuerpo en pie, matándolo antes de que su cuerpo tocara el suelo.

Pero sin esperar ni un segundo, otro se me abalanzó sobre mi derecha, lanzando un tajo horizontal sobre mí, haciendo silbar el aire sobre mi cabeza. Pero sin pensarlo un segundo, desvié su espada con la mía, y desde mi posición baja, descargué un golpe ascendente que le destrozó la rodilla. Su grito quedo sofocado por los escombros que iban cayendo a lo lejos. Mientras se desplomaba sobre el charco de sangre de su otro compañero, aproveché el giro anterior para recuperar mi guardia alta.

El último soldado, notablemente más experimentado que estos dos, no se precipitó. Intentaba mantener las distancias mientras analizaba la situación, pero tras una serie de rápidos golpes, le fui obligando a retroceder hasta que lancé mi espada contra su guardia, y en una rápida acción, cogí la espada de su compañero, y mientras el levantaba el brazo para cubrirse de un falso tajo que lancé desde abajo, dejé caer todo mi peso sobre el en una estocada hacia el abdomen. No dude ni un segundo, ellos no lo hicieron con mis súbditos, con mis amigos. Yo no tengo que ser diferente.

Deje esa espada clavada en su abdomen mientras el yacía inerte en el suelo, haciendo volver el silencio a las calles. Ahora, el único rastro de vida que quedaba era el humo que serpenteaba entre los escombros y las estatuas que aún quedaban en pie. Esto solía ser la plaza de la ciudad, donde cada miércoles, todos los mercaderes se reunían y vendían sus mejores cosechas o creaciones a los visitantes. Era un caos vibrante de color y ruido, del cual ya no queda ni el recuerdo.

—¡Ayuda, por favor!¡Que alguien me ayude!

Era un grito lejano, en lo alto de la colina, cerca del barrio administrativo. No lo dude un segundo. Cogí mi espada y empecé a correr lo más rápido que podían mis piernas. Cada zancada era un recordatorio de mi fracaso hoy, de cómo no los he podido salvar, pero también es un atisbo de esperanza, de redención sobre mis súbditos. Atravesé el sector oeste con una velocidad suicida, saltando sobre vigas carbonizadas y esquivando montones de escombros, donde muchos cuerpos aún no han podido encontrar la paz.

A medida que subía la colina, el sonido de un forcejeo se hacía cada vez más nítido, hasta el punto de que pude enfrentarme a la escena. Era un chico, de no más de diez años, arrinconado al borde del precipicio, frente a él, una mole de músculo y acero de más de dos metros.

Al igual que los anteriores tres, llevaba una armadura con toques azules y dorados, los colores del Imperio de Kaelis. Pero el, sin embargo, llevaba una armadura pesada, acompañado por una piel de lobo blanco que vestía como capa. Su sola presencia, irradiaba violencia y peligro.

No pregunte su nombre, ni siquiera sus intenciones, tan solo limpie el filo de mi espada y me abalancé sobre él. Pero con un movimiento impropio de su tamaño, retrocedió un par de pasos y se deslizo sobre mi estocada, golpeándome con su espadón en la espalda. El impacto fue brutal. Aquel gigante no solo tenía una fuerza devastadora, sino que también una técnica depurada al límite.

Intente recuperar algo de aire mientras rodaba sobre mi hombro y recuperaba mi guardia. No había tiempo para evaluar daños. La piel del lobo blanco ondeaba su espalda, dándole aún más la apariencia de una parca. Pero esta vez no me lancé a ciegas, sino que esperé a que el lanzase el primer ataque.

Su idea, desde el primer minuto que me vio era partirme en dos, así que atacó con un tajo descendente hacia mi cabeza, pero en lugar de bloquear, lo que me habría partido ambos brazos, me deslicé hacia su flanco ciego, rozando las placas de su armadura. Mi espada trazó un arco rápido hacia su muslo, pero el, instintivamente, lo bloqueó con el gavilán de su espada en un movimiento reflejo.

No paramos en ningún segundo. Cuando el atacaba, yo esquivaba e intentaba atacar en un punto ciego, pero él lo contraatacaba y me lanzaba otro ataque aún más fuerte. Esto se estaba convirtiendo en una batalla de resistencia, y yo tenía las de perder.

Aproveché un breve segundo un breve segundo en el que su guardia quedó baja tras un tajo horizontal, y acorté la distancia lo máximo que pude, propinándole un golpe seco con el pomo en el casco para aturdirlo y, sin dejarle un momento para respirar, lancé una estocada hacia su cuello. Pero el gigante en un rápido movimiento me golpeó con su guantelete reforzado y me envió de nuevo al suelo.

Mis pies resbalaban en la sangre y ceniza del suelo. La fatiga empezaba a pesar más que la armadura, pero al ver al chico aún paralizado por el miedo, una nueva oleada de calor recorrió mis venas.

El puñetazo me había dejado un molesto pitido en los oídos y algún diente roto, pero gracias a la adrenalina, ni siquiera me importo. Rodé por el suelo y me volví a incorporar antes de que el gigante dictara sentencia. Pero su cerebro ya había tomado la decisión de que este fuera el último golpe, asi que levantó su espadón y la descendió a la misma velocidad que un alud. Me arrastré a ras de suelo, no buscando su flanco, pero si alejarme un poco de sus acometidas. Aunque mi deslizamiento me llevó directamente a su guardia, más cerca de lo que ambos esperábamos.

Intentó retroceder para ganar distancia, pero su bota resbaló con un charco de sangre, dejando completamente abierta su guardia. Era el segundo que necesitaba.

Me impulsé con toda la fuerza que me quedaba, no buscando su pecho, sino la unión entre la cabeza y la gorguera. Enterré mi espada en su cuello, mientras el soltaba un grito sordo, y yo sentía como la resistencia de la cota de malla iba cediendo ante mi espada.

Luchó por unos segundos, intentando apartar la espada, pero lo único que consiguió fue hincarla más profunda. Por un momento, sus ojos se encontraron con los míos, pero más alla de sentir odio, no sentí nada más. Estaban vacíos de cualquier emoción.

Cuando ya cesó en sus intentos, alcé mi espada y cogí su capa de lobo como trofeo por mi victoria. Yo había sobrevivido a esta batalla, pero mi cuerpo estaba sufriendo las consecuencias. Aun así, pese a que cada fibra de mis músculos gritaba a cada paso que daba, me acerqué cuidadosamente al chico.

—¿Cómo te llamas?

Mi voz sonó un poco rasposa, incluso algo brusca. Nunca me habian enseñado a hablar con niños, y menos aún en situaciones como esta, pero creo que ambos necesitábamos hablar con alguien.

El chico levanto la vista. Tenía él rostro manchado por lagrimas secas, frenadas por el hollín de su cara.

—Flint...Flint Corel

—Bueno, Flint, supongo que ya me conocerás, pero mi nombre es Markus Veiron. Soy el príncipe de todo lo que alcanzas a ver...o lo que antes alcanzabas a ver.

—¿Vamos a morir, señor príncipe?

—No te puedo prometer nada —respondí con pura honestidad—, pero te juro por mi honor, que tu podrás vivir para contarlo.

Intente que mis palabras le dieran la fuerza necesaria para salir de aquí, pero aún seguía temblando. Era lógico, y más aún cuando todavía tenía algunas marcas del gigante acorazado. En una situación normal, le habría preguntado sobre su familia, pero el viento que soplaba por las casas en ruinas me daban todas las respuestas que necesitaba.

—Escucha, Flint, ahora vamos a hacer lo siguiente. Al sur, quedan algunos refugiados, asi que, nosotros, con mucho cuidado de no encontrarnos con ningún hombre malo, vamos a ir hasta el refugio... ¿Entendido?

—¿Y que pasara si nos ven?

—En el refugio te lo contaré, ahora vamos, no tenemos tiempo que perder.

—Tu no vas a ningún lado, príncipe Veiron —dijo una voz grave a mis espaldas—.

En el momento en que lo escuché, mi cuerpo entero se tensó. Una reacción instintiva que envió oleadas de dolor por mi columna. Estábamos al borde de la colina; no había escapatoria posible.

—Deja que el chico se vaya. Él no ha hecho nada. Esto es conmigo, no con él.

Si había la mínima posibilidad de salvarlo, tenía que intentarlo, por muy mínima que sea esta.

—Los ciudadanos me son indiferentes, príncipe—replico con un desdén absoluto—. Nosotros ya hemos hecho nuestro trabajo. Si ellos no oponen resistencia, no tendremos porque manchar nuestro acero. Y no os molestéis en ir al sector sur. Ya no quedan ni las cenizas. Había muchos...insurgentes.

Me di la vuelta lentamente, colocando a Flint detrás mía. Era alguien mayor, de unos sesenta años aproximadamente, aunque su porte desmintiese ese número. Era alto, musculoso y con una postura digno de un soldado. No tenía ni una pizca de sangre en la armadura, y eso me preocupaba.

—¿Cómo te llamas? —pregunte poniendo a Flint detrás mía—

—No eres digno de conocer mi nombre.

—Me da igual si soy digno o no, quiero conocer a quien atormentare si hoy fracaso.

El hombre soltó una carcajada, carente de humor alguno.

—Te concederé tu petición, así me recordaras en la otra vida como quien acabo con toda la familia real de Aethelgard. Soy el General Kest Velarius.

Era arrogante en cada palabra que decía. Pero no impotente. Sentía peligro cada vez que respiraba o se acercaba a mí. Era como si viera a la misma muerte en persona.

—Hagamos un trato, general. Dejas ir al niño, y yo no escaparé a ningún lado. Serás tú contra mí. Uno contra uno.

—Me parece justo. Morirá de hambre o frío si sigue solo.

—Espero que respetes tu palabra —girándome hacia Flint y poniéndome a su altura—. Te prometí que saldrías para contarlo. Yo ya he cumplido con mi parte, ahora te toca a ti. ¿Me podrás prometer que sobrevivirás?

—Yo... —mirando a la figura del general y luego a mi—

Le estaba cargando con una responsabilidad muy grande, pero no había otra opción. Cada día desde que tengo memoria, he sabido la sangre que tenía, y las responsabilidades que eso conllevaba. Siempre he sabido que nunca saldría de estos muros, que mi destino estaba encerrado aquí. Pero no todos deben tener la misma suerte que yo.

—Toma —dándole mi espada— Esta ha sido mi espada desde que tengo recuerdos. Siempre me ha acompañado. Ahora te pertenece, cuídala bien. Vete y no mires atrás. Tan solo...sobrevive.

Y se fue corriendo. Si todavía los dioses miran hacia Aethelgard, rezo para que cumplan mi deseo. Ojalá su rastro se pierda entre el humo y los escombros. Que sea feliz y no nos recuerde, ni a mí, ni a todo lo que ha pasado hoy.

—Estas siendo un necio dejando tu única arma a un niño.

—Esa espada pesaba demasiado ya para mí.

Ya solo quedábamos él y yo. No podía ganar, eso ya lo sabía desde que vi su figura recortada en el fuego por primera vez. Pero por mi honor y mi orgullo, hoy no me podía retirar.

—Tanto tú como yo sabemos el destino de este combate, príncipe. Tu pueblo no ha resistido. Tus reyes huyeron antes incluso de que nuestros exploradores pusieran un pie entre estos muros. Tu reino ahora es pasto de las llamas. Así que cuéntame, ¿de qué manera afrontarás tu destino?

—Mi destino estuvo sellado desde que nací. Crecí, estudié y peleé sabiendo que no hallaría la muerte en una cama de seda —dando un paso al frente, apretando los nudillos con fuerza—. Ahora déjame preguntarte algo, antes de que las palabras falten y las acciones sobren. ¿Por qué habéis hecho esto? ¿Qué necesidad había destruirlo todo, de exterminarnos?

—Vuestro reino iba a ser invadido. Kaelis y Santa Valeria ya habíamos puesto el ojo en vosotros. Si dejábamos que ellos se adelantasen, perderíamos una ventaja táctica importante. Nosotros simplemente nos adelantamos a ellos. Habéis sido una pieza importante en nuestro tablero de ajedrez.

Nosotros no éramos peones en un simple tablero de ajedrez. Las pilas de cadáveres a nuestro alrededor no han sido simples víctimas.

—¿Una partida? —escupí la sangre que se me había ido acumulando en la boca— Para ti, solo éramos piezas de vuestro juego. Pero para mí, eran todo por lo que vivía. Ellos eran quienes me enseñaban a cómo manejar una espada, o como vestirme. Y ahora, ya no queda nada más que silencio y muerte.

No espere más. Cualquier atisbo de lógica desapareció. Me lance sin previo aviso, no buscando huecos en su defensa ni una victoria imposible, sino descargar mi odio. Quería borrar esa expresión de superioridad de su cara, que sintiera una mínima parte de todo lo que he sentido hoy. Pero cada golpe que le daba en su pechera, no le hacía siquiera inmutarse. Era un muro, una pared infranqueable que por mucho que golpeara, solo hacia ensangrentar mis nudillos.

En un movimiento casi perezoso, levanto su antebrazo acorazado y bloqueo mis acometidas, aprovechando para devolverme un golpe seco en la boca del estómago y otro, devastador, en el rostro con el dorso de su guantelete.

Dolieron como el infierno, pero la adrenalina y el orgullo, me hicieron seguir golpeando. Intenté darle una patada en la rodilla con el fin de desestabilizarle, pero tan solo la recibió y me barrio con su otra pierna.

Me levanté del suelo tambaleándome. La sangre me nublaba el ojo derecho y los calambres me hacían tensar cada músculo, gritándome que debía parar. Pero no podía permitírmelo. No mientras el siguiera respirando. Debía seguir hasta que mi cuerpo se apagara. No me importaba mi defensa. Ya no me importaba ni mi vida.

Velarius, en cambio, suspiró. Fue un sonido breve, de puro hastío. Y por primera vez, su mano derecha se movió hacia su cintura.

—Patético

No lo vi desenvainar. Fue demasiado rápido para mis ojos cansados. Tan solo percibí un destello plateado rasgando el humo y la ceniza. Y mi carga se frenó en seco. No por voluntad propia, sino porque mi cuerpo simplemente dejo de responder.

Un frío repentino me acarició de un extremo a otro del pecho. Luego, el calor inundo esa fría sensación y la sangre se adueñó de mi frontal. No quería bajar la mirada. Quería mirarle a la cara a Velarius.

Mis rodillas fueron cediendo poco a poco, haciéndome caer pesadamente en la grava, justo al borde del precipicio. No sé si el dolor era intenso o no; ya no sentía nada. Mis ojos se iban cerrando poco a poco y el oído se iba apagando mientras pasaban los segundos.

Él estaba justo delante de mí, limpiando la hoja de su espada, sin siquiera mirarme a los ojos.

—Te felicito por haber matado a cientos de mis hombres. No cualquiera puede hacer tal hazaña. Tenía altas expectativas en ti, pero me has decepcionado. Adiós, príncipe de las cenizas.

Pero no envainó, sino que, con un movimiento fluido, apunto su punta contra mi garganta. No hubo dolor, solo un corte rápido, una línea final que me robo hasta el último aliento.

Antes de que pudiera ahogarme en mi propia sangre, apoyo su bota en mi pecho, y me empujo levemente para atrás.

Mi equilibrio se rompió para siempre. La tierra firme desapareció y mi espalda se precipito hacia el vacío. Lo último que vi fue su espalda alejándose, indiferente a mi caída, indiferente a mi odio, indiferente a todo.

El tiempo se dilató en un segundo eterno. Cerré los ojos, no para evitar el abismo, sino porque ya no podía ver a la ciudad que juré proteger. Veía los rostros de los guardias que custodiaban el palacio. El rostro de la panadera que me saludaba cada mañana. Vi a los niños que jugaban cada mañana en la plaza.

Lo siento...Lo siento tanto.

Me educaron para llevar una corona de oro, pero hoy, me despido con una de espinas y fracaso. Intenté ser el escudo que necesitabais, pero no pude hacer más que retrasar la marea. Os he fallado, y por mi culpa, ya no quedan más que las cenizas de un próspero reino.

Maldigo a los reyes que nos vendieron. Maldigo la mano de Velarius y la bandera de Kaelis que hoy ondea bajo nuestros cadáveres.

El aire frio me envolvió, arrancando los últimos rastros de calor que me quedaban. Acepté la oscuridad, sintiendo como el peso de mi corona de espinas se hundía en mi alma por última vez.

Adiós.

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