La tormenta
El verano de 1995 había llegado a Herring Bay con el mismo olor de todos los años: sal, pescado y madera húmeda.
Aquel pequeño pueblo de la costa de Maine llevaba décadas viviendo al ritmo del mar. Los barcos salían al amanecer y regresaban antes de que anocheciera. Las gaviotas llenaban el puerto con sus gritos y el viento parecía formar parte de las casas tanto como las puertas y las ventanas.
Pero aquella tarde el viento había cambiado.
Un pesquero entraba lentamente en la bahía mientras su motor tosía con esfuerzo. La pintura del casco, castigada por años de sal y mala mar, estaba desconchada en varios puntos.
Desde una radio instalada en algún lugar de la cubierta llegó una voz entre interferencias.
—El Servicio Meteorológico ha ampliado el aviso costero a todo el condado de Hancock. Se esperan fuertes vientos a partir del atardecer y lluvias intensas durante la noche.
Una gaviota luchó contra una ráfaga.
Por un instante pareció quedar suspendida en el aire.
Después perdió altura y casi cayó al agua.
El pesquero avanzó unos metros más hasta llegar al muelle.
Un pescador joven saltó a tierra y empezó a amarrar los cabos. En cubierta solo quedaban unas cuantas cajas de pescado.
El otro pescador, un hombre de cincuenta y tantos años, levantó una de ellas.
Casi estaba vacía.
—Diez horas de trabajo... para esto.
El joven miró dentro de la caja.
—Podríamos haber ido al supermercado.
El hombre soltó una risa seca.
—Habría salido más barato.
Una ráfaga sacudió los banderines que colgaban a lo largo del muelle. Una caja vacía resbaló por la cubierta y estuvo a punto de caer al agua.
El pescador levantó la cabeza.
Más allá del puerto, unas nubes oscuras avanzaban desde el mar.
La tormenta todavía estaba lejos.
Pero se acercaba.
Y Herring Bay parecía prepararse para resistirla.
En las calles del pueblo, todo el mundo parecía tener prisa.
Una mujer recogía las sábanas del tendedero antes de que empezara a llover. Una ráfaga arrancó una de ellas y se la lanzó directamente a la cabeza de un vecino.
El hombre desapareció bajo la tela.
—¡Maldita sea!
Más adelante, frente a una casa vacía, un cartel de SE VENDE chirriaba con cada golpe de viento.
Un autobús viejo atravesó la calle principal con solo dos pasajeros en su interior. Pasó frente a un edificio de piedra abandonado en el centro del pueblo y desapareció al doblar la esquina.
Un cartero de unos sesenta años avanzaba por la acera con una gran saca de lona colgada del hombro.
No se había dado cuenta de que tres adolescentes caminaban unos metros detrás de él.
El primero era Derek Jordan, de diecisiete años. Alto y fuerte, tenía el aire de alguien que se esforzaba demasiado por parecer mayor de lo que era.
A su lado iba Curt, también de diecisiete. Delgado, inquieto y con un cangrejo vivo entre las manos.
El tercero era Ricky, de dieciséis años. Corpulento y con una expresión que dejaba bastante claro que no tenía muy claro qué estaba pasando, pero que estaba encantado de participar.
El cartero se detuvo frente a una casa y empezó a repartir las cartas.
Curt miró a Derek.
Derek asintió.
Con cuidado, Curt levantó la tapa de la saca y metió el cangrejo dentro.
Los tres se alejaron unos pasos con una inocencia exagerada.
Ricky empezó a reírse.
Derek le tapó la boca.
—Cállate.
El cartero continuó su recorrido sin sospechar nada.
En la casa siguiente, metió la mano en la saca.
Se detuvo.
Frunció el ceño.
—¿Qué...?
Un segundo después, un grito atravesó la calle.
—¡Aaaaaauuuuu!
El hombre sacó la mano de golpe.
El cangrejo colgaba de uno de sus dedos.
—¡Por todos los santos!
Sacudió la mano desesperadamente.
El animal salió disparado.
Las cartas cayeron al suelo.
Al final de la calle, los tres adolescentes estallaron en carcajadas.
El cartero levantó la cabeza.
Los vio.
Derek dejó de reírse inmediatamente.
—¡Corred!
Los tres salieron disparados calle abajo.
El cartero se agachó para recoger las cartas, pero justo entonces otra ráfaga atravesó la calle y se las llevó de nuevo.
—¡No, no, no!
Salió corriendo detrás de ellas.
La tienda Jordan estaba más llena de lo habitual.
Era estrecha y estaba abarrotada de todo lo que un pequeño pueblo podía necesitar: comestibles, leche, refrescos, pilas, linternas y periódicos. Las estanterías estaban tan llenas que algunas cosas parecían haber acabado en lugares donde nadie las habría buscado.
—Robert, ¿te quedan pilas?
—¿Y velas?
—Ahora que lo dices, yo también cogeré velas.
Las preguntas llegaban desde distintos rincones de la tienda.
Una vecina señaló una estantería.
—¿Qué hacen las linternas al lado del pan?
Robert Jordan, de cuarenta y ocho años, siguió pasando artículos por la caja sin dejar de responder.
Tenía el pelo oscuro con algunas canas y llevaba un delantal de tendero.
—Porque en esta tienda ya no cabe nada más.
Al otro lado del pasillo, Leo Hawkins miraba por la ventana.
Desde allí vio al cartero persiguiendo las cartas por la calle.
No pudo evitar reírse.
Leo tenía trece años, era delgado y ágil, y llevaba el pelo siempre revuelto. Tenía la mirada de quien veía una aventura donde los demás solo veían problemas.
Sarah Hawkins empujaba un carro entre los clientes.
Tenía cuarenta y dos años, era práctica y fuerte, y disimulaba el cansancio mientras revisaba los estantes.
Leo cogió una bolsa de patatas fritas y la dejó en el carro.
Sarah la vio.
No dijo nada.
Leo aprovechó el silencio para coger dos paquetes de galletas.
—Leo, coge dos paquetes de galletas.
Leo cogió dos.
Después miró a su madre.
Y añadió un tercero.
Sarah ni siquiera levantó la mirada.
—He dicho dos.
Leo devolvió el tercero a su sitio.
—Era por si la tormenta dura una semana.
—Durará una noche.
—Eso dicen ahora.
Sarah lo miró.
Leo sonrió con inocencia.
Ella siguió avanzando por el pasillo.
—Esta noche haré pizza.
Leo levantó las cejas.
—¡Bieeen! ¡La famosa pizza della mamma!
Lo dijo con un acento italiano exagerado.
Sarah lo miró durante un segundo y sonrió.
—Ya que vienen todos a dormir, había pensado hacer algo que les guste.
Leo se llevó una mano al pecho, dramático.
—Mamma mia... No solo les gusta a ellos, ¿eh? A mí también me encanta.
Sarah le dio un pequeño golpe con el carro.
—Pues venga. Ayuda en vez de hacer teatro.
Leo cogió tres botellas de refresco.
—Esto sí que es importante.
—Dos.
—Tres.
—Dos.
—Tyler se bebe una entera.
—Tyler también puede beber agua.
Leo suspiró.
Sarah lo observó durante unos segundos.
—Cógela. Pero no te acostumbres.
Leo sonrió, victorioso.
Mientras avanzaban hacia la caja, dos mujeres conversaban cerca de la entrada.
—Es raro ver la ferretería cerrada.
—Tantos años detrás de aquel mostrador. Ya le tocaba descansar.
—Sí, pero ¿ahora qué haremos cuando necesitemos cualquier cosa?
—Al menos esta tienda no cerrará.
Robert se detuvo un instante.
Después continuó trabajando.
La puerta se abrió de golpe.
Una ráfaga entró en la tienda y levantó varios folletos que estaban colgados cerca del mostrador. Algunos clientes se volvieron instintivamente.
Derek entró resoplando.
—Ya estoy aquí.
Robert levantó la vista.
—Ya lo veo. Deberías estar aquí desde hace diez minutos.
—Solo he salido un momento.
Señaló unas cajas apiladas junto al mostrador.
Robert no necesitó preguntar nada.
—Llévalas al almacén. Corre.
Derek soltó un suspiro y cogió dos cajas.
Al pasar junto a Leo, le hizo una mueca.
Leo sostuvo su mirada.
Derek siguió hacia el almacén.
Robert terminó de pasar la compra y dijo el total.
Sarah pagó y guardó el cambio.
Después miró a Leo.
—Venga, vamos. Antes de que lleguen todos tienes que ordenar la habitación.
Leo puso cara de resignación.
—Seguro que está hecha un desastre, como siempre.
Sarah sonrió.
—Precisamente.
Los dos salieron de la tienda.
Afuera, el viento soplaba cada vez con más fuerza.
Leo levantó la vista hacia el cielo.
Las primeras gotas empezaban a caer.
La tormenta estaba llegando.
Y ninguno de ellos sabía todavía que aquella noche iba a cambiarlo todo.








