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Foto equivocada

Sinopsis

Sergio envía la foto a la persona equivocada. ¿o quizás es a la correcta?

Genero:
Erotica
Autor/a:
Checo_y_yo11
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Llevaba años trabajando para Verstappen industry´s, años en los que había dejado mi alma en esa oficina. Un lugar al que en vez de ganarme respeto, me había ganado desprecio, y no se podía tratar de nadie mas que no fuera de mi jefe.

Max Verstappen

Era un hombre frío, calculador y sobre todo mandón, nunca en todo lo que llevaba de carrera laboral, había soñado con él, ni romántica, mucho menos sexual.

Entonces si nunca mire a mi jefe de esa forma. ¿Como termine acostándome con el?.

...

Era mi día libre, el único donde me libraba de mi jefe, aunque fuera por unas horas. Estaba acostado viendo mi serie de televisión favorita “Stranger Things”, estaba en el episodia final. Era mi día perfecto, acostado en mi sala, comiendo palomitas y mirando mi serie, nada podía arruinar ese día.

Llevaba cuarenta minutos de la serie, cuando mi celular sonó, dos notificaciones que sonaron casi al unisonó.

No queria ni mirarlo, sabía que hacerlo era arruinar mi dia de paz. Aun así lo hice, alcance mi teléfono que estaba en la mesa de centro y lo encendí.

El primero era de Max, mi jefe.

Resoplé no importaba si era mi día libre, para el todos debían esta a su disposición, era un hombre de 30 años. Pero parecía jubilado y sin haber probado el sexo en su vida, me enojaba su actitud, si pudiera darle un consejo, seria que a solo unas cuadras del edificio habían mujeres encantadas en arreglar su problema de amargura. Quise ignorarlo así que vi el segundo mensaje que me llegó.

El segundo mensaje era de Lewis, mi novio.

A diferencia del mensaje anterior, este si me interesaba. Lewis era muy diferente a mi jefe, el era tranquilo, romántico, sabia hacerme reír. Era todo un encanto, uno al que estaba dispuesto a cumplir cada uno de sus caprichos. Y aunque estaba viendo mi serie decidí que sería rápido, algo solo para complacer a mi novio.

Sin aparatar la vista mucho de la serie, comencé a quitarme la camisa, mientras abría la aplicación de cámara, coloque mi brazo alrededor de mis pechos y comencé a tomar la foto, tratando de que se viera lo necesario. Decidí que no saliera mi cara, puesto que no me había bañado todavía. Tome la foto y se la envié sin pensarlo dos veces.

Después abrí rápido mis archivos y le mande el informe a mi jefe, cansado de responder mensajes deje mi teléfono de nuevo en el centro de mesa y me centre de nuevo en la serie.

Pero no llegué ni a presionar play cuando mi teléfono vibró otra vez. Dos notificaciones casi al instante.

El primer mensaje era de mi novio.

¿Documento?, yo le envié la foto, ¿porque mencionaba un documento?

Amenos que...

Con el corazón en la garganta, abrí la conversación con Max.

Y ahí estaba.

Mi foto. En el chat de mi jefe.

No podía creer lo que veía era mi torso semidesnudo, con una pose que ni siquiera era disimulada.

Sentí como mi corazón comenzaba a latir con fuerza, le envié por accidente mi foto a mi jefe. Todo a mi alrededor comenzó a dar vueltas, estaba perdido eso lo sabia. Decidí pararme del sofá y comencé a dar vueltas por toda la sala, esperando retroceder el tiempo, prestar mas atención a lo que hacia. Todo estaba perdido.

No servía de nada borrarla. En el chat de la empresa no se podía, ya lo sabía. Todo lo que se enviaba quedaba ahí para siempre.

Y entonces, Max escribió:

¿Qué? ¿Cómo que venía?

¿Qué acababa de hacer? ¿Por qué mi jefe venía a mi casa? ¿Cómo iba a verlo a la cara después de esto?

Caminé de un lado a otro sin saber qué hacer. Lo único que sabía era que, en cuestión de minutos, Max tocaría mi puerta. Y yo, con mi día de descanso arruinado, tendría que explicarle por qué le envié una foto que jamás debió ver.

Max llegó al apartamento y tocó el timbre varias veces. Nada. Golpeó la puerta con el puño.

—Sergio, sé que estás ahí. Ábreme.

Silencio.

—Si no abres, derribo la puerta, no estoy de humor para juegos.

Unos segundos después se escuchó el cerrojo y la puerta se entreabrió apenas Max la empujó y entro, yo estaba de pie en el recibidor, llevaba la camisa arrugada por lo movimientos de mi nerviosismo, no sabia que hacer. No ahora que tenia a mi jefe enfrente de mi, mirandome con era intensa mirada.

Max cerró la puerta detrás de sí y se quedó mirándome sus ojos azules recorrieron mi cuerpo de arriba abajo con una intensidad que me hizo sentir desnudo aunque todavía llevaba ropa.

—¿Por qué me enviaste esa foto?

Abrí la boca, pero no salió nada, así que ragué saliva, no sabia que decirle, estaba avergonzado.

—Yo… no… fue un error… —logré decir, con voz temblorosa.

—¿Un error? —repitió Max, dando un paso hacia mí— me mandaste una foto de tu cuerpo desnudo y el mensaje decía “para ti”. No parece un error, Sergio, mas bien, es una invitación.

Di un paso atrás hasta chocar contra la pared. Max siguió avanzando hasta quedar pegado a mi cuerpo. Podía sentir el calor que desprendía, podía oler su perfume, ese aroma amaderado. Me agarró la cintura con ambas manos, fuerte, y me atrajo hacia sí con una fuerza que me sorprendió.

—Si no quieres hablar… entonces tu cuerpo lo hará —murmuró contra mi oído, su aliento caliente rozando mi piel.

Me besó fue un beso profundo, hambriento, con lengua y dientes. Su boca devoró la mía como si llevara años esperando este momento. Intenté apartarme, pero Max me sujetó más fuerte por la cintura y profundizó el beso hasta que me quedé sin aire, hasta que mi mente se nubló y solo existía la sensación de sus labios contra los míos, su lengua explorando cada rincón de mi boca.

Sus manos bajaron lentamente hasta mis nalgas y las apretaron con fuerza, subiendo la tela de mis pantalones, amasando la carne como si quisiera moldearla. Gemí contra su boca y él respondió con un gruñido que vibró en mi pecho.

El beso se volvió sucio, desesperado, una batalla por el dominio que yo claramente estaba perdiendo. Max me levantó del suelo de un solo movimiento, agarrándome por debajo de los muslos. Por instinto, enredé las piernas alrededor de su cadera, sintiendo su erección dura presionando contra mi entrepierna, me cargó hasta el dormitorio sin dejar de besarme, sin dejar de morderme el labio inferior hasta que supo a sangre.

Me soltó sobre la cama y se subió encima de mí, abriéndome las piernas con sus rodillas. Su peso sobre mi cuerpo era abrumador y caliente. Empezó a besar mi cuello de forma salvaje: chupones que marcaban mi piel, mordidas que me hacían arquear, lengua húmeda deslizándose sobre mi yugular, sentia que cada una de sus marcas era una advertencia. Para otros, era como si me estuviera reclamando. Como si quisiera que fuera solo suyo.

Me arrancó la camisa de un tirón, los botones saltaron por el suelo. Luego me bajó los pantalones y el bóxer de un solo movimiento, dejándome completamente desnudo debajo de él. El aire frío de la habitación chocó con mi piel ardiente y me estremecí.

—Max… para… tengo novio —logré decir, aunque mi voz sonaba débil, casi inexistente.

Max se detuvo un segundo, respirando profundo, la boca brillante de saliva, el me miró a los ojos desde arriba, su mirada era fuego puro, deseo crudo y posesivo.

—Dime que esa foto no era para mí. Dime que de alguna manera tu inconsciente quería que me la enviaras a mí.

Abrí la boca. Pero nada salió, solo respiraba agitado, con las piernas todavía abiertas alrededor de su cadera, mi erección presionando contra su abdomen.

Max sonrió de lado, una sonrisa oscura que me recorrió la columna como un escalofrío.

—Eso pensé.

Se bajó la cremallera de su pantalón con una lentitud deliberada, disfrutando de cada segundo de mi mirada fija en sus manos. Sacó su polla, ya dura y gruesa, la cabeza rosada y brillante con una gota de pre-semen que se deslizaba por el tronco. Era larga, más de lo que había imaginado, con venas marcadas que palpitaban bajo la piel, la frotó contra mi entrada, dejando un rastro pegajoso y caliente que me hizo contener la respiración.

Me tensé instintivamente, pero Max no se inmutó, su mano libre acarició mi muslo con una falsa suavidad que contrastaba con la dureza de su polla presionando contra mi agujero. (Perdón, pero que rico)

—¿Tienes lubricante? —preguntó, su voz ronca, apenas un susurro.

Asentí, con la voz rota, señalando la mesita de noche.

—En… en la mesita…

Max abrió el cajón con un movimiento brusco, sacó el bote y se echó una buena cantidad en los dedos. El líquido frío contrastó con el calor de mi piel cuando sus dedos rozaron mi entrada. Sin avisar, empujó dos dedos dentro de mí, solté un gemido agudo y me arqueé, mis manos se aferraron a las sábanas. Max los movió con fuerza, abriéndome, estirándome, empujando hasta los nudillos. Cada movimiento era una mezcla de dolor y placer que me nublaba la mente.

—Tan apretado… —gruñó, sus dedos girando dentro de mí, rozando ese punto que me hacía ver estrellas— y todavía te atreves a decir que no querías que la viera yo.

Añadió un tercer dedo y el estiramiento me hizo jadear. Movía los dedos con experiencia, encontrando mi próstata con una precisión que me hizo gemir sin control. Mi polla goteaba contra mi estómago, el placer acumulándose en mi vientre. Pero antes de que pudiera llegar al climax, Max retiró los dedos con un movimiento abrupto.

—No tan rápido —murmuró, su voz era un gruñido—. Quiero sentirte entero alrededor de mí.

Se echó más lubricante en su polla, frotando el líquido por todo su tronco con movimientos lentos que me tenían hipnotizado. La cabeza brillaba, engrosada y lista. Se alineó con mi entrada, la punta presionando suavemente, burbujeante de pre-semen y lubricante.

—Mírame —ordenó.

Levanté la mirada y nuestros ojos se encontraron y en ese segundo, Max empujó.

La cabeza de su polla entró con un chasquido húmedo y mi cuerpo se tensó alrededor de ella. El dolor fue agudo, pero el placer que lo acompañaba era embriagador Max no se detuvo; siguió empujando lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo mi carne se abría para recibirlo. Sentí cada centímetro de él deslizándose dentro de mí, cada vena rozando mis paredes internas, la curva de su polla llenándome de una manera que nunca había experimentado.

Cuando sus caderas chocaron contra mi culo, su polla completamente enterrada dentro de mí, ambos soltamos un gemido, la sensación de plenitud era abrumadora, casi demasiado. Podía sentir el latido de su corazón a través de donde estábamos conectados, su calor llenando cada rincón de mi interior.

—Mierda… qué estrecho te sientes —gruñó Max, empezando a moverse.

Sus caderas comenzaron un ritmo lento, casi cruel, sacando su polla hasta casi salir y volviendo a hundirla con un golpe seco y profundo. Cada embestida me robaba el aire, me hacía ver luces y el sonido de su piel golpeando contra la mía llenó la habitación, un ritmo húmedo y obsceno que solo aumentaba mi excitación.

Max me agarró de las caderas y me tiró hacia sí con cada embestida, clavándosela hasta el fondo, sintiendo cómo mi cuerpo se abría y se cerraba alrededor de él. Su ritmo se aceleró, cada embestida más fuerte que el anterior, hasta que la cama comenzó a golpear contra la pared.

—Mírate… —jadeó Max, con la voz entrecortada por el esfuerzo—. Abriéndote para la polla de tu jefe… mientras tu novio ni se entera. ¿Crees que él podría hacerte sentir así?

No podía responder, lo único que salia de mi boca eran gemidos,la boca abierta, los ojos húmedos y nublados por el placer. Mi cuerpo se sacudía con cada embiste brutal, mi polla rebotando contra mi estómago, goteando pre-semen sobre mi piel.

Max se inclinó sobre mí, su pecho rozando el mío, su boca encontrando la mía para otro beso profundo mientras sus caderas no dejaban de moverse. Me besó como si quisiera consumirme, mientras su polla me follaba con una intensidad que me hacía perder la cabeza, cambió el ángulo de sus embestidas y cada golpe rozaba mi próstata directamente, haciendo que mi cuerpo se retorciera bajo él.

—Así que querías que viniera, ¿verdad? —susurró contra mi oído, su voz era un ronquido— querías que mi polla te llenara, que mi semen te marcara.

Su mano bajó y envolvió mi polla, comenzando a masturbarme con el mismo ritmo salvaje con el que me follaba. Cada movimiento era sincronizado: un embiste profundo y una caricia, un empuje y un apretón, llevándome al borde del abismo.

—Max… voy a… —logré gemir, pero él me interrumpió.

—No todavía. Quiero sentirte venir alrededor de mi polla. Te voy a hacer llegar tantas veces que olvides tu propio nombre.

Aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron frenéticas, descontroladas, su polla se engrosó aún más dentro de mí. Sentí su cuerpo tensarse y supe que también estaba cerca.

—Ahora —gruñó—. Vente para mí, Sergio. Muéstrame cuánto querías esto.

Mi orgasmo me golpeó como una ola, mi cuerpo se arqueó, mi polla explotó en su mano mientras mi agujero se contraía alrededor de su polla. Max me siguió un segundo después, su cuerpo se sacudió y sentí su semen caliente llenándome, chorro tras chorro, marcándome por dentro con su calor.

Su cuerpo cayó sobre el mío, agotado, su polla todavía dentro de mí palpitando con los espasmos finales. Ambos jadeábamos, el sudor mezclándose en nuestras pieles, el aroma a sexo llenando la habitación. Max enterró su rostro en mi cuello, mordiendo suavemente la piel marcada por sus chupones anteriores.

—No debería haberte enviado esa foto —murmuré finalmente, entre respiraciones entrecortadas.

Max levantó la cabeza y me sonrió, sus labios brillantes, sus ojos aún nublados de deseo.

—No deberías —respondió, acariciando mi mejilla con una suavidad que contrastaba con todo lo que acababa de pasarme.

Max bajó la mirada y esa sonrisa arrogante se le ensanchó al ver su propio semen escurriéndose entre mis nalgas. Sentí el líquido caliente resbalando por mi piel todavía enrojecida, marcando un rastro brillante que bajaba por mis muslos. Su polla, todavía dura y cubierta de una mezcla pegajosa de lubricante y su leche, comenzó a latir de nuevo apenas unos minutos después. No podía creer que ya estuviera listo otra vez, pero ahí estaba, temblando contra mi entrada.

Se recostó de espaldas sobre la cama, abriendo las piernas con una confianza que me hizo tragar saliva, con una mano se tocó el pecho, pellizcándose un pezón con rudeza, y con la otra se agarró la base de su polla, levantándola como una ofrenda obscena. Me miró desde abajo, con esos ojos que siempre parecían estar evaluándome.

—Sube —ordenó, y su voz salió ronca, exigente—. Móntame. Quiero verte encima de mí.

Pero yo estaba harto de que siempre diera las órdenes. Harto de que él decidiera todo, incluso en la cama, mi cuerpo temblaba, mi culo goteaba su semen caliente y mi polla seguía dura, pero esta vez iba a tomar el control.

—No —dije, con la voz más firme de lo que esperaba— esta vez yo decido.

Max levantó una ceja, sorprendido, no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria.

Me incorporé lentamente, sintiendo cómo su semen escurría por mis piernas. Me coloqué a horcajadas sobre su pecho, no sobre sus caderas. Agarré sus muñecas y las presioné contra la cama a ambos lados de su cabeza.

—Tú vas a chupárme a mí —dije, inclinándome sobre él— quiero sentir tu boca en mis tetas mientras yo monto tu polla. ¿Entendido?

Max parpadeó, y por un segundo vi algo en sus ojos que nunca había visto: sumisión. Asintió lentamente, y su polla dio un salto contra mi muslo.

Me levanté lo suficiente para alinear su cabeza con mi entrada. Me agarré de su pecho para equilibrarme, y con una mano bajé su polla hasta que la punta gruesa rozó mi agujero, todavía abierto y resbaladizo por su semen, me mordí el labio, haciendo fuerza, y bajé de golpe.

Un gemido largo y desgarrado se me escapó cuando su polla volvió a entrar completa, empujando su propia leche más adentro de mí. Sentí cómo me llenaba, cómo cada centímetro de él se abría paso en mi interior, me quedé quieto un segundo, temblando, sintiendo cómo me llenaba otra vez, y después empecé a moverme.

Subía y bajaba las caderas lentamente al principio, follándome a mí mismo con su polla. Mi culo hacía un sonido húmedo y obsceno cada vez que bajaba hasta el fondo, y el semen que había dentro salpicaba mis muslos y su vientre. Max gruñó debajo de mí, y sentí cómo sus dedos se clavaban en mis caderas.

—Ahora —dije, jadeando mientras seguía cabalgándolo—Chúpamelas. Ahora.

Me incliné hacia adelante, ofreciéndole mi pecho. Mis pezones estaban duros, sensibles, y necesitaba su bocaMax levantó la cabeza y abrió la boca, cerrándose alrededor de uno de mis pezones. Chupó con fuerza, con hambre, y yo solté un gemido agudo que se mezcló con el sonido húmedo de mi culo golpeando contra sus caderas.

—Así… joder, así —dije, agarrándole el pelo con una mano y empujando su cara contra mi pecho—Chúpame más fuerte.

Max obedeció sin dudar. Su lengua rodeó mi pezón, lamía, tiraba de él con los labios, y yo no podía dejar de moverme. Mis caderas subían y bajaban más rápido, más sucias, follándome con ganas mientras sentía su boca caliente en mi piel.

Cambié de posición, inclinándome para ofrecerle el otro pezón, y Max lo atrapó al instante. Mordisqueó apenas, un pellizco que me hizo arquear la espalda y apretar mi polla contra su vientre podía sentir cómo mi propia leche se acumulaba, lista para explotar.

—Mírate —dije, jadeando mientras seguía cabalgando—mírate chupándome las tetas como un puto desesperado mientras te follo con mi culo.

Max soltó un gemido contra mi pecho, y sentí cómo su polla se hinchaba aún más dentro de mí. Me agarró las nalgas con ambas manos, apretando, guiándome hacia abajo para que lo tomara más profundo.

El ritmo se volvió frenético, mis nalgas subían y bajaban sin control, mí culo se cerraba alrededor de la polla de Max con cada movimiento, y los gemidos se volvieron roncos, rotos, casi desesperados.

—Ven —ordenó Max, apretando la mandíbula, con la respiración cortada— quiero sentir cómo te corres encima de mi polla. Quiero que me empapes todo con tu leche.

Sentí el calor subir desde el vientre, una presión que crecía y crecía mientras seguía cabalgándolo sin parar. La polla de Max le rozaba el punto exacto con cada embestida, el semen caliente resbalaba por sus muslos como un recordatorio constante de lo sucio que era todo.

Se corrió con un gemido largo, desgarrado, que se perdió contra el pecho de Max. Su cuerpo se tensó, las caderas se sacudieron y sintió cómo su propia leche caliente salía a borbotones, manchando el vientre de Max, mezclándose con el sudor y el semen que ya cubría la piel de ambos.

Max no tardó ni un segundo en seguirlo. Con un gruñido profundo, enterró la polla hasta el fondo y soltó todo dentro de Sergio, una nueva oleada caliente que se sumó a la que ya había, haciendo que mi culo se llenara todavía más, hasta que el semen empezó a desbordarse y resbalar por mis nalgas, empapando las sábanas y los muslos de Max.

Nos quedamos así un momento, respirando agitados, con el cuerpo pegajoso y los latidos acelerados. Max fue el primero en hablar, con una sonrisa sucia y la voz ronca.

—Bueno… creo que ya no hace falta que me expliques lo de la foto. Ahora lo entiendo todo.

—Eres un hijo de puta, Max.

Max le dio una palmada en el culo y lo apretó contra sí.

—Y tú eres mi secretario favorito.

Fin

si llego a los 200 seguidores hago segunda parte

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Bien escrito

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Buenos personajes

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