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The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

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Sinopsis

En Draxcan, corazón político del continente de Daus, la grandeza de cinco distritos oculta una desigualdad que lleva generaciones sin resolverse. Kael Kraxter, un joven archivero del Castillo Dracking, roza sin saberlo un secreto tan antiguo como el propio reino: una gema olvidada que despierta bajo su tacto y lo conecta con los legendarios Once Originales. Mientras tanto, Lyssara Rosmar combate cada día para ascender en un ejército que aún no la considera digna de su propio apellido. Entre una ley que prohíbe el amor entre razas, senadores que tejen conspiraciones silenciosas y una princesa dispuesta a todo por la corona, Draxcan está a punto de descubrir que su historia apenas ha comenzado.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Mathias
Estado:
hace un mes
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo I: El Castillo del Dragón

El alba llegaba a Draxcan como suele llegar a las ciudades muy antiguas: despacio, casi con reverencia, como si la propia luz supiera que entraba en un lugar que existía desde mucho antes de que hubiera nadie para nombrarla. La niebla se aferraba todavía a los tejados de pizarra del Distrito Original, se enredaba entre las agujas de cristal del Distrito Mago y trepaba, perezosa, por los muros de piedra negra del Castillo Dracking, que se alzaba sobre la ciudad como un dios dormido que respirara humo en vez de aire.

Draxcan no era una ciudad. Draxcan era una herida antigua que se había convertido en capital.

Así lo decían los ancianos del Distrito Original, los que aún recordaban las canciones que hablaban de un tiempo en que no existían distritos ni murallas ni Senado, sino solamente once figuras y un continente vacío esperando ser nombrado. Nadie sabía ya cuánto de esas canciones era historia y cuánto invención de generaciones que necesitaban creer que su ciudad había nacido de algo más grande que el barro y la sangre. Pero el Dragón Drazco seguía tallado sobre cada puerta importante de la capital, con las alas extendidas y la boca abierta en un rugido de piedra que llevaba más de mil años tallado con el mismo gesto, y eso, si no era prueba, era al menos un recordatorio constante.

Kael Kraxter llevaba dieciocho años viviendo bajo la sombra de ese dragón de piedra, y todavía no había aprendido a no mirarlo cada vez que cruzaba el patio de servicio del castillo.

—Vas a llegar tarde otra vez —dijo una voz a su espalda.

Kael no necesitó girarse para saber que era Doren, el maestro de los archivos, un hombre menudo y nervioso que llevaba veinte años quejándose del frío de las cámaras subterráneas sin haber pedido jamás un traslado.

—Todavía no ha sonado la tercera campana —respondió Kael, sin dejar de caminar, con el aliento formando pequeñas nubes blancas en el aire helado del amanecer.

—La tercera campana suena para los nobles. Para nosotros, el trabajo empieza cuando el trabajo decide empezar.

Era una frase que Doren repetía con tanta frecuencia que había dejado de sonar a queja para convertirse en una especie de saludo entre ambos. Kael sonrió, aunque el maestro de los archivos no podía verlo, y apretó el paso hacia la puerta de servicio que se abría en el costado oriental del Castillo Dracking, la puerta que jamás usaban los señores, los diplomáticos ni los miembros de las grandes familias, la puerta por la que entraban los que hacían que el castillo funcionara sin que nadie reparase en ellos.

El Castillo Dracking se elevaba sobre una colina de roca oscura en el centro exacto de Draxcan, como si la ciudad entera hubiese sido construida alrededor de él y no al contrario, y en cierto sentido así había sido. Sus torres —siete, cada una dedicada a un elemento distinto, aunque solo seis conservaban su función original desde que la séptima había sido sellada tres siglos atrás por razones que ningún archivo mencionaba con claridad— se recortaban contra el cielo gris del amanecer como agujas negras clavadas en la carne del mundo. Bajo ellas, los muros descendían en terrazas escalonadas hasta los cinco distritos de la capital, cada uno visible desde las almenas más altas como piezas de un tablero que alguien había dejado a medio jugar.

Kael conocía esa vista de memoria, aunque pocas veces tenía tiempo de detenerse a contemplarla. La conocía porque cada mañana, al cruzar el puente de servicio que unía el patio exterior con las cocinas bajas, alcanzaba a ver, durante apenas unos segundos, los cinco distritos extendidos ante él como un mapa vivo.

Al oeste, el Distrito Humano se desperezaba entre calles estrechas y casas de ladrillo rojo apiladas unas sobre otras, con ropa tendida entre ventanas y el humo de las primeras hogueras de cocina subiendo en columnas grises. Era el distrito más poblado de la capital y, según decían quienes gustaban de las estadísticas, también el más pobre en proporción a su tamaño. Kael había nacido allí, en una calle que ni siquiera tenía nombre oficial, solo un número en los registros del Senado, y sabía mejor que nadie que la pobreza del Distrito Humano no era un accidente de la historia, sino el resultado natural de un sistema que llevaba generaciones repartiendo el trabajo más duro entre las manos que menos podían negociar su precio.

Al norte, tras un cinturón de árboles cuidadosamente plantados para separar un mundo del otro, se extendía el Distrito Elfo, con sus edificios de madera viva —árboles moldeados durante décadas hasta convertirse en vivienda, sin haber sido jamás talados— y sus jardines que parecían más antiguos que la propia ciudad. Los elfos de Draxcan procedían en su mayoría de migraciones sucesivas desde Lythara y Nómada, y aunque llevaban generaciones asentados en la capital, seguían conservando esa costumbre elfa de construir sin destruir, de habitar sin conquistar, que a ojos de algunos nobles humanos resultaba entrañable y a ojos de otros, simplemente ingenua.

Al sur, las agujas de cristal del Distrito Mago atrapaban ya los primeros rayos de sol y los devolvían fragmentados en mil colores sobre las calles empedradas. Allí vivían los magos que servían a la Corona, los académicos de la Torre de Estudios Arcanos y, en los pisos más altos de las torres más prestigiosas, las familias que llevaban siglos disputándose el favor real a través del conocimiento en lugar de la espada. Era un distrito hermoso y, según Doren, que había trabajado allí antes de ser desterrado a los archivos por una disputa que jamás explicaba del todo, también el más peligroso de Draxcan, porque en él las ambiciones no se mataban con acero, sino con palabras cuidadosamente afiladas durante años.

Al este, oculto tras muros más altos que los del propio castillo, se hallaba el Distrito Original, hogar de los Elemens, con sus templos de piedra negra y sus siete santuarios elementales, uno por cada afinidad, custodiados día y noche por soldados que llevaban gemas de conexión visibles en el pecho como si fueran medallas de guerra ganadas simplemente por haber nacido. Kael había estado allí solo una vez en su vida, de niño, acompañando a Doren en un recado, y todavía recordaba la sensación extraña que le había producido caminar entre esas calles: como si el aire mismo pesara distinto, como si la ciudad, en ese único distrito, recordara algo que en el resto de Draxcan se había olvidado hacía mucho tiempo.

Y en el centro de todo, uniendo los cuatro distritos como el corazón une las venas de un cuerpo, se alzaba el Distrito Imperial, con sus avenidas anchas, sus estatuas de reyes muertos y el propio Castillo Dracking presidiéndolo desde su colina de roca negra. Allí vivía la nobleza. Allí vivían quienes decidían, sin haberlo elegido nadie salvo la sangre, cómo se repartían los recursos de un reino entero.

Kael pensaba a veces que si alguien pudiera mirar Draxcan desde muy arriba, desde donde volaban los dragones en las leyendas antiguas, no vería una ciudad, sino cinco mundos distintos obligados a compartir las mismas murallas.

—¿Vas a quedarte ahí soñando o vas a ayudarme a cargar esto? —La voz de Doren lo devolvió al presente con la brusquedad de quien lleva veinte años acostumbrado a que los aprendices se distraigan mirando el amanecer en vez de trabajar.

Kael cogió la mitad de los rollos de pergamino que el maestro de los archivos llevaba entre los brazos, casi doblado bajo el peso, y juntos cruzaron el patio de servicio hacia la puerta baja que llevaba a las entrañas del castillo.

—¿Qué son estos? —preguntó Kael, notando el peso inusual de los rollos, más pesados de lo normal, como si el pergamino en sí fuera más denso que el que solía manejar en los archivos comunes.

—Registros del Senado. La sesión de mañana tratará sobre las cuotas de comercio con Salamer, y alguien de arriba —Doren pronunció la palabra «arriba» con el mismo tono que usaría para hablar de una enfermedad— quiere que se revisen los acuerdos firmados hace cuarenta años. Como si cuarenta años fueran algo en esta ciudad.

Kael no respondió. Había aprendido, en los tres años que llevaba trabajando en los archivos del castillo, que la mayoría de las preguntas que él hacía tenían respuestas mucho más aburridas de lo que su curiosidad esperaba, y que la mayoría de las cosas verdaderamente interesantes que ocurrían en el Castillo Dracking sucedían muy por encima de su cabeza, en salas a las que nunca tendría acceso.

Lo que no sabía —lo que nadie a su alrededor sabía todavía, ni siquiera él mismo— era que eso estaba a punto de cambiar.

El trabajo de Kael en el Castillo Dracking consistía, la mayor parte de las veces, en tareas que ningún noble se molestaría en aprender jamás: catalogar pergaminos, clasificar registros fiscales, transportar documentos entre las distintas alas del castillo y, cuando Doren se lo permitía, copiar textos antiguos que se estaban deteriorando demasiado rápido para sobrevivir otro siglo sin una versión nueva.

Era un trabajo humilde, mal pagado y considerado por la mayoría de la servidumbre del castillo como uno de los puestos menos deseables —preferían las cocinas, donde al menos se comía caliente, o los establos, donde el trabajo físico se compensaba con menos frío en invierno—, pero Kael lo había elegido con una determinación que sorprendió incluso a Doren cuando lo entrevistó tres años atrás, un muchacho de quince años flaco y de mirada demasiado seria para su edad, pidiendo trabajar entre libros en vez de entre platos sucios.

—¿Por qué los archivos? —le había preguntado entonces Doren, sospechando, como sospechaba de casi todo, que había una trampa en algún lugar de esa petición.

—Porque en los archivos se guarda lo que nadie más quiere recordar —había respondido Kael—. Y yo quiero saber cosas que nadie más sabe.

Era una respuesta extraña para un muchacho de quince años, y Doren la había recordado durante los tres años siguientes cada vez que Kael se quedaba una hora más de la necesaria copiando un texto que a nadie más le importaba, o preguntando por documentos que llevaban décadas sin que nadie los consultara.

Aquella mañana, después de dejar los registros del Senado en la sala de trabajo principal, Doren le asignó una tarea distinta a la habitual.

—Necesito que bajes al Archivo Bajo y busques los tratados de fundación de los distritos. El senador Rosmar los ha solicitado para la sesión de la próxima semana.

Kael sintió que algo dentro de él se tensaba, de una forma que no supo explicar del todo. El Archivo Bajo era la sección más antigua del castillo, excavada directamente en la roca de la colina sobre la que se alzaba Dracking, tan profunda que decían que sus muros más antiguos databan de la propia fundación de Draxcan. Kael había bajado allí antes, media docena de veces en tres años, siempre acompañado de Doren o de otro archivero mayor, porque las reglas del castillo prohibían que los aprendices bajaran solos, oficialmente por el riesgo de derrumbe en las galerías más antiguas, extraoficialmente —como le había confesado Doren una noche, después de demasiado vino especiado— porque algunos de los documentos guardados allí abajo eran considerados peligrosos, y nadie explicaba jamás por qué.

—¿Bajo solo? —preguntó Kael, intentando que su voz sonara neutra.

Doren lo miró un momento, como sopesando algo, y después asintió, con una expresión que Kael no supo interpretar del todo.

—Llevas tres años aquí, muchacho. Ya va siendo hora. Coge la lámpara de aceite grande, no la pequeña, y no toques nada que no lleve el sello del Senado en la etiqueta. Si encuentras algo que te parezca extraño, no lo abras. Ven a buscarme.

—¿Qué tipo de «extraño»?

—Sabrás reconocerlo si lo ves —respondió Doren, con un tono que cerraba la conversación con más firmeza que cualquier explicación—. Ahora ve. Y ten cuidado con la tercera galería, hay una grieta en el techo que llevamos meses pidiendo que reparen.

La escalera que descendía hacia el Archivo Bajo era estrecha y curva, tallada directamente en la roca oscura sobre la que se asentaba el castillo, con escalones desgastados por siglos de pisadas hasta formar suaves depresiones en el centro de cada uno. Kael descendió con la lámpara de aceite en una mano y la lista de documentos solicitados en la otra, notando cómo el aire se volvía más frío y más denso a cada vuelta de la escalera, cómo los sonidos del castillo —voces, pasos, el distante repique de las campanas anunciando la tercera hora— se apagaban poco a poco hasta desaparecer por completo.

El Archivo Bajo se abría al final de la escalera en una cámara mucho más amplia de lo que su entrada sugería, con el techo perdiéndose en sombras que la lámpara de aceite no alcanzaba a disipar del todo, y estanterías de piedra que se extendían en filas paralelas hacia la oscuridad, cargadas de rollos de pergamino, cajas selladas con cera antigua y, en las secciones más profundas, tablillas de un material que Kael nunca había sabido identificar, ni siquiera después de tres años preguntando.

Caminó entre las estanterías siguiendo el sistema de numeración que Doren le había enseñado, consultando su lista, hasta llegar a la sección dedicada a los tratados fundacionales. Los tratados de fundación de los distritos no eran difíciles de encontrar —estaban catalogados con más orden que la mayoría de los documentos del Archivo Bajo, probablemente porque se consultaban con cierta frecuencia—, y Kael los fue reuniendo uno a uno, comprobando los sellos, colocándolos con cuidado en la bolsa de cuero que había traído para transportarlos.

Fue al alcanzar el último tratado de la lista, guardado en una estantería más apartada que las demás, casi en el límite donde la luz de su lámpara empezaba a perder fuerza contra la oscuridad, cuando Kael reparó en algo que no debería haber estado allí.

Entre dos cajas de documentos sellados, medio oculto tras una capa de polvo que sugería que nadie lo había tocado en mucho tiempo, había un objeto pequeño, del tamaño de un puño cerrado, envuelto en un paño oscuro tan viejo que se deshacía en hilos al simple roce del aire. Kael no había visto nunca nada parecido en el Archivo Bajo, que solía contener pergaminos, tablillas y documentos, pero rara vez objetos físicos de otra naturaleza.

Recordó la advertencia de Doren —si encuentras algo que te parezca extraño, no lo abras, ven a buscarme— y durante un momento, un momento que después recordaría con una claridad casi dolorosa, se dijo a sí mismo que debía dejarlo donde estaba, subir la escalera y avisar al maestro de los archivos como se le había indicado.

Pero había algo en aquel objeto —no podía explicarlo, ni entonces ni después— que hacía que apartar la mirada resultara casi físicamente difícil, como si una parte de él, una parte que hasta ese momento no había sabido que existía, reconociera algo en ese pequeño bulto envuelto en tela podrida.

Se acercó despacio, dejando la lámpara en el suelo, y con dedos que temblaban ligeramente —de frío, se dijo, aunque no hacía tanto frío como para justificarlo— apartó los últimos jirones del paño que cubría el objeto.

Era una piedra.

No, corrigió Kael de inmediato, mientras la contemplaba a la escasa luz de la lámpara: no era exactamente una piedra. Tenía la forma tallada de una gema, de un tamaño mayor que cualquier joya que Kael hubiera visto jamás, con facetas que parecían absorber la luz en vez de reflejarla, de un color que oscilaba entre el negro más profundo y un rojo tan oscuro que solo se distinguía cuando la lámpara se movía. En su superficie, apenas visibles, había grabados unos símbolos que Kael no reconocía, distintos de cualquier escritura que hubiera visto copiar en sus tres años entre los archivos del castillo —ni el alfabeto humano común, ni las runas élficas, ni la escritura arcana de los magos—, símbolos que parecían más antiguos que cualquiera de esas lenguas, como si pertenecieran a un tiempo anterior a que los pueblos de Daus hubieran empezado siquiera a nombrar las cosas.

Kael extendió la mano, sin decidir conscientemente hacerlo, con el mismo gesto automático con que un hombre sediento extiende la mano hacia el agua, y cuando sus dedos rozaron la superficie fría de la gema, algo ocurrió que no tenía ninguna explicación racional posible.

La gema se iluminó.

No fue una luz intensa, ni cegadora, sino un resplandor tenue, casi como el de una brasa que despierta tras haber estado dormida durante mucho tiempo, un pulso de luz rojiza que recorrió los símbolos grabados en su superficie como sangre corriendo bajo la piel. Kael retiró la mano de golpe, con el corazón desbocado, dando un paso atrás tan brusco que estuvo a punto de tropezar con la lámpara de aceite en el suelo.

La gema siguió brillando durante unos segundos más, un resplandor que pulsaba al mismo ritmo que —Kael tardó un instante angustioso en darse cuenta— el latido de su propio corazón, como si algo dentro de la piedra hubiera reconocido algo dentro de él y estuviera, de la única forma que sabía, intentando responder.

Después, tan repentinamente como había comenzado, la luz se apagó, y la gema volvió a ser una simple piedra oscura envuelta en jirones de tela podrida, como si nada hubiera sucedido jamás.

Kael se quedó inmóvil durante lo que le pareció mucho más tiempo del que realmente transcurrió, con la respiración agitada formando pequeñas nubes de vapor en el aire frío del Archivo Bajo, mirando el objeto como si pudiera volver a traicionar su naturaleza en cualquier momento. Ninguna parte racional de su mente conseguía explicar lo que acababa de presenciar. Las gemas no brillaban. Las piedras no respondían al tacto de una mano humana. Y sin embargo lo había visto, lo había sentido, y una parte de él —la misma parte extraña que le había impedido apartar la mirada al principio— sabía, con una certeza que no podía justificar, que aquello no había sido un accidente ni una ilusión del cansancio o la escasa luz.

Recordó entonces, con una claridad repentina que le heló la sangre más que el propio frío del Archivo Bajo, algo que había leído meses atrás, copiando un texto antiguo sobre la fundación de Draxcan que Doren le había encargado por simple rutina archivística: una mención breve, casi de pasada, a que cada uno de los Once Originales había poseído, según las leyendas más antiguas, un objeto de conexión con su propia naturaleza, un vínculo tangible entre el portador y algo mucho más grande que él mismo. El texto no explicaba qué tipo de objetos eran, ni qué había sido de ellos tras la muerte de los fundadores, y en su momento Kael lo había copiado sin darle mayor importancia, como una nota más entre cientos de páginas de historia antigua que la mayoría de la gente de Draxcan ya ni siquiera recordaba.

Miró de nuevo la gema oscura entre los pliegues de tela podrida, y por primera vez en su vida sintió algo que no supo nombrar entonces, pero que reconocería, años después, como el primer instante en que el mundo que él creía conocer empezó a resquebrajarse bajo sus pies.

No la tocó de nuevo. Envolvió con cuidado los restos de paño alrededor del objeto, exactamente como lo había encontrado, y se quedó un momento más observándolo, debatiéndose entre subir de inmediato y contárselo todo a Doren, tal y como se le había ordenado, o guardar aquel secreto un poco más de tiempo, hasta entender él mismo qué era lo que acababa de presenciar.

Al final, recogió la bolsa con los tratados fundacionales que había ido a buscar, cogió la lámpara del suelo, y subió la escalera del Archivo Bajo con el corazón todavía latiendo demasiado rápido, dejando la gema exactamente donde la había encontrado.

No dijo nada a Doren aquella tarde. Ni aquella semana.

Se dijo a sí mismo que lo haría más adelante, cuando tuviera tiempo de pensar en cómo explicar algo que ni él mismo comprendía.

Pero mientras subía los últimos escalones hacia la luz gris del amanecer que ya se filtraba por las ventanas altas del castillo, Kael Kraxter no podía dejar de sentir que algo, en algún lugar muy antiguo y muy profundo, acababa de despertar.

Y que él, sin saber por qué, sin saber cómo, había tenido algo que ver.

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