Capítulo 1: Villa Naranja
El primer recuerdo claro que Edward tenía de Villa Naranja era el olor.
No el color de los tejados, ni el sonido de la campana rajada de la capilla, ni siquiera la voz de su madre llamándolo desde la puerta al caer la tarde. Era el olor: pan caliente, tierra húmeda, humo de leña, piel sudada después del trabajo y naranjas abiertas bajo el sol.
Aquel olor era su mundo.
Villa Naranja del suroeste de Valdoria, cerca de la frontera con Artheon , entre campos de trigo bajo y huertos de naranjos que en primavera se cubrían de flores blancas. Las casas eran de piedra clara y techos rojizos, casi todas torcidas de algún modo, como si hubieran sido levantadas por hombres que sabían mucho de cosechas y poco de líneas rectas. Cuando llovía, el barro bajaba por las calles estrechas hasta reunirse junto al pozo comunal, y los niños competían por ver quién podía saltar el charco más grande sin perder una bota.
Edward solía perder una.
—Te lo dije —dijo Mateo, cruzado de brazos junto al pozo—. Nadie salta ese charco.
Edward, cubierto hasta la rodilla de barro, miró la bota hundida como si lo hubiera traicionado.
—Yo sí lo salté.
—Tu pie lo saltó. La bota vive ahí ahora.
Lucía soltó una carcajada tan fuerte que una gallina cercana salió corriendo como si hubiera escuchado una trompeta de guerra.
Edward metió la mano en el barro y tiró de la bota con todas sus fuerzas. El lodo hizo un ruido vergonzoso al soltarla.
—No digas nada en casa —le pidió a Lucía.
—Tu madre va a verlo antes de que cruces la puerta.
—Entonces dile que fue culpa de Mateo.
—¿Mía? —protestó Mateo—. Yo dije que no saltaras.
—Exacto. Me retaste.
—No funciona así.
Edward sonrió. Tenía siete años y aún creía que casi todo podía arreglarse con una sonrisa, una mentira pequeña o una carrera hasta los naranjos. En Villa Naranja, de momento, solía tener razón.
Su madre, Mara, no pensó lo mismo cuando lo vio llegar.
Estaba en el patio trasero, arrodillada junto a una tina, restregando una camisa contra la tabla. Tenía las manos enrojecidas por el jabón y el cabello castaño recogido bajo un pañuelo azul. Alzó la vista una sola vez.
—Edward.
Él se detuvo.
El tono de su madre era peor que un grito. Un grito todavía podía esquivarse. Ese tono, no.
—Fue una batalla —dijo él.
Mara miró la bota, luego los pantalones, luego la mancha de barro que le llegaba casi hasta la camisa.
—¿Contra quién?
—Contra el camino.
—El camino ganó.
Desde el cobertizo, su padre soltó una risa breve.
Tomás era un hombre ancho de hombros, piel tostada por el sol y manos grandes, siempre con alguna astilla clavada o una cuerda atada a los dedos. Estaba reparando una rueda del carro y fingía no escuchar.
Mara lo miró.
—No te rías.
Tomás bajó la cabeza, pero sus hombros seguían moviéndose.
—No me río.
—Te conozco desde hace diecisiete años.
—Entonces sabes que soy un hombre serio.
—Eres un hombre que dejó a su hijo intentar montar una cabra.
Edward abrió los ojos.
—¡Eso fue hace dos años!
—Y la cabra todavía te odia —dijo Mara.
Tomás dejó la herramienta y se acercó a Edward. Se agachó frente a él, examinando la bota embarrada con gravedad teatral.
—Mal asunto. Esta bota ha visto demasiado. Tal vez debamos enterrarla.
—Todavía sirve.
—Tú también, y aun así tu madre intenta enterrarme cada invierno.
Mara le lanzó el trapo mojado. Tomás lo esquivó con una agilidad sorprendente para alguien de su tamaño, y Edward rió hasta que le dolió el estómago.
Esa era su casa: una cocina pequeña con olor a cebolla y pan, un patio donde las gallinas se creían dueñas de todo, un cobertizo lleno de herramientas y un naranjo torcido que daba frutos demasiado agrios para vender, pero que Tomás se negaba a cortar porque, según él, “un árbol feo también tiene derecho a vivir”.
A Edward le gustaba treparlo.
Desde la rama más alta podía ver casi toda Villa Naranja: los huertos de la familia Senda, la herrería de Branko, el molino viejo junto al arroyo, la capilla de piedra, la plaza donde los comerciantes venían dos veces al mes y el camino del norte, que se perdía entre colinas cubiertas de hierba.
A veces se quedaba mirando ese camino más de la cuenta.
No sabía por qué.
Había carros que iban y venían de Valdoria, vendedores de sal, recaudadores de impuestos, monjes de paso, soldados con armaduras gastadas y mensajeros que no miraban a nadie. Todos llegaban por aquel camino. Todos se iban por aquel camino.
Edward quería saber qué había más allá.
—Problemas —le decía su madre.
—Ciudades —decía su padre.
—Lo mismo —respondía ella.
Aquella tarde, después de lavar las botas y soportar el sermón correspondiente, Edward se sentó junto a Tomás frente al cobertizo. El sol caía lento sobre los huertos, volviendo doradas las hojas de los naranjos. Su padre afilaba una hoz con movimientos pacientes.
Edward observó sus manos.
Las manos de Tomás estaban llenas de cortes viejos. Tenían cicatrices pequeñas junto a los nudillos, piel dura en las palmas y uñas siempre manchadas de tierra. A Edward le gustaban esas manos. Eran manos que sabían hacer cosas. Podían arreglar una rueda, cargar un saco de trigo, levantarlo a él sobre los hombros, partir leña, construir una puerta o atrapar una gallina furiosa sin perder un dedo.
Edward miró sus propias manos.
Eran pequeñas, limpias todavía bajo las uñas, demasiado suaves.
—Padre.
—Mala señal cuando empiezas así.
—¿Cuándo voy a tener manos como las tuyas?
Tomás dejó de afilar y lo miró.
—¿Feas?
—Fuertes.
—Ah.
El hombre se observó las palmas como si nunca las hubiera visto.
—Con trabajo.
—Yo trabajo.
—Tú escondes herramientas y llamas trabajo a perseguir perros.
—Rey necesita ejercicio.
El perro, acostado bajo el carro, levantó una oreja al escuchar su nombre y volvió a dormirse.
Tomás sonrió.
—Un día tendrás tus propias manos, Edward. No tienen que parecerse a las mías.
—Pero yo quiero parecerme a ti.
La sonrisa de Tomás cambió. Se volvió más pequeña. Más triste, aunque Edward no entendió por qué.
—Ya te pareces bastante.
Edward frunció el ceño.
—Mamá dice que tengo tu terquedad.
—Eso no es parecido. Eso es una maldición.
—Pero no tengo tus ojos.
Tomás volvió a mirar la hoz.
El sonido de la piedra contra el metal tardó en regresar.
—No.
—Ni los de mamá.
—No.
Edward esperó una explicación. Su padre no se la dio.
—Lucía dice que mis ojos son raros.
—Lucía dice muchas cosas. La semana pasada dijo que Mateo tenía cerebro de nabo.
—Eso era verdad.
—También dijo que tus ojos parecían de noble.
Tomás apretó la mandíbula.
Edward lo notó.
—¿Eso es malo?
—No. Solo es una tontería.
—¿Los nobles tienen ojos distintos?
—Los nobles tienen ropa más cara y más tiempo para mirarse en espejos. Eso es todo.
—Pero algunos son importantes.
—Importante es quien te da pan cuando tienes hambre.
—Eso lo dices porque no eres lord.
Tomás soltó una carcajada seca.
—Gracias a los dioses.
Edward recogió una naranja caída y la hizo rodar entre las manos.
—Yo sería un buen lord.
—Tú no puedes cuidar una bota.
—Podría aprender.
—Primero aprende a no pelear con charcos.
Edward lanzó la naranja contra el tronco del árbol. Rebotó y casi golpeó a una gallina.
—Yo protegería a todos.
Tomás lo miró entonces con una seriedad que a Edward le resultó extraña.
—Eso es fácil de decir cuando todos están cerca.
—¿Y cuando no?
Su padre apoyó la hoz sobre las rodillas.
—Entonces se vuelve más complicado.
Antes de que Edward pudiera preguntar qué significaba eso, Mara los llamó desde la casa. La cena estaba lista.
Comieron sopa espesa, pan negro y queso duro. Mara se quejó del precio de la sal. Tomás dijo que Branko había cobrado demasiado por un clavo torcido. Edward intentó darle pan a Rey bajo la mesa y fue descubierto de inmediato.
—Ese perro come mejor que nosotros —dijo Mara.
—Tiene cara de hambre.
—Tú también cuando quieres evitar lavar platos.
Rey era flaco, marrón y cobarde. Si alguien alzaba la voz, huía. Si alguien abría una olla, volvía. Edward lo consideraba un genio.
Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, Edward se acostó sobre el jergón junto a la ventana. El viento movía las ramas del naranjo y hacía sombras largas en el techo. Sus padres hablaban en la cocina, creyendo que dormía.
No dormía.
—Preguntó por sus ojos —dijo Tomás.
Hubo un silencio.
—Es un niño —respondió Mara.
—Cada vez pregunta más.
—Todos los niños preguntan.
—No así.
Edward se quedó inmóvil.
Mara habló más bajo.
—No empieces.
—Algún día querrá saber.
—Algún día no es hoy.
—Mara...
—No.
La palabra fue suave, pero firme como una puerta cerrada.
Edward contuvo la respiración.
—Lo prometimos —dijo ella—. Lo criamos como nuestro hijo. Eso es lo único que importa.
—Es nuestro hijo.
—Entonces deja que sea eso.
Pasaron varios segundos antes de que Tomás respondiera.
—Tiene sus ojos.
Edward no entendió.
La silla de Mara crujió.
—No vuelvas a decir eso.
—Solo digo que si algún día alguien—
—Nadie vendrá a buscarlo.
—No lo sabes.
—Nadie vendrá —repitió Mara, y esta vez su voz tembló.
Edward cerró los ojos cuando escuchó pasos. Fingió dormir incluso cuando su madre entró y se inclinó sobre él. Olía a jabón, humo y cansancio. Le apartó un mechón negro de la frente y dejó allí un beso.
—Mi niño —susurró.
Edward esperó a que se fuera.
Luego abrió los ojos.
Tiene sus ojos.
¿Los ojos de quién?
Al día siguiente no preguntó. No por miedo, se dijo. Solo porque no quería preocupar a su madre. Además, había cosas más urgentes: Mateo había conseguido una espada de madera nueva y afirmaba que era invencible.
No lo era.
Edward lo derribó tres veces detrás del granero de Branko. La primera, por suerte. La segunda, porque Mateo tropezó con una raíz. La tercera, porque Edward vio el movimiento antes de que ocurriera.
Eso fue lo raro.
Mateo levantó la espada por encima del hombro, torpe y decidido, y Edward supo que atacaría de lado. No lo adivinó. Lo supo. El aire pareció hacerse lento durante un parpadeo; escuchó el roce de la suela de Mateo contra la tierra, vio cómo su codo giraba un poco antes que la muñeca, sintió el hueco abierto junto a sus costillas.
Se movió.
La espada de Mateo pasó de largo y Edward le tocó el pecho con la suya.
—Muerto —dijo.
Mateo parpadeó.
—No vale.
—¿Por qué?
—Te moviste raro.
—Me moví mejor.
—Eso tampoco vale.
Lucía, sentada sobre una piedra con una manzana en la mano, señaló a Mateo.
—Está muerto. Los muertos no discuten.
—Los muertos nobles sí —dijo Mateo—. Mi tío dice que cuando murió Lord no sé quién, sus hijos discutieron tres meses por una silla.
—Un trono —corrigió Lucía.
—Una silla cara.
Edward miró su espada de madera. Todavía tenía la sensación en los brazos, como un calor pequeño bajo la piel.
—Otra vez.
Jugaron hasta que el cielo se cubrió de nubes. Edward ganó más de lo habitual. No siempre, porque Mateo era más fuerte y no tenía ningún respeto por las reglas, pero sí lo suficiente para que Lucía acabara mirándolo con atención.
—¿Quién te enseñó eso?
—Nadie.
—Mientes mal.
—No miento.
Mateo se limpió la nariz con la manga.
—Mi padre dice que los nobles tienen maestros de espada desde pequeños.
—Yo no soy noble.
—No dije que lo fueras.
Pero lo miró como si hubiera pensado algo parecido.
Edward sintió una molestia en el pecho.
—Soy de Villa Naranja.
Lucía mordió su manzana.
—Ya lo sabemos. Nadie más sería tan tonto como para pelear con un charco.
Eso lo hizo reír, y la incomodidad se fue.
Al menos por un rato.
Los días siguientes trajeron lluvia. La aldea se volvió gris, pegajosa y lenta. Los caminos se llenaron de barro, los carros se atascaron y la campana rajada de la capilla sonó dos veces para anunciar la llegada de viajeros.
No eran comerciantes.
Eran tres soldados con capas empapadas y el emblema de Valdoria cosido sobre el pecho: una torre blanca sobre campo verde. Venían escoltando a un recaudador flaco, con barba puntiaguda y nariz de ave. Se llamaba Maese Corvin, aunque en la aldea todos empezaron a llamarlo “el Cuervo” antes de que terminara la tarde.
El Cuervo no sonreía. Tampoco caminaba: inspeccionaba. Miraba las casas como si fueran deudas mal escondidas, los animales como si ya estuvieran vendidos y a las personas como si le molestara que ocuparan espacio.
Reunió a los aldeanos en la plaza bajo una llovizna fría.
—Por orden de la administración de Valdoria —anunció, desenrollando un pergamino—, se revisarán los tributos de cosecha correspondientes a esta temporada.
Branko, el herrero, escupió al suelo.
—Ya pagamos.
Uno de los soldados apoyó la mano en el pomo de su espada.
El Cuervo ni siquiera lo miró.
—Se revisarán —repitió—. Si hubo error, se corregirá.
—Siempre hay error cuando vienen con botas limpias —murmuró Tomás.
Edward lo oyó y tuvo que taparse la boca.
Mara le apretó el hombro para que guardara silencio.
Durante horas, el recaudador fue casa por casa. Contó sacos, revisó gallineros, hizo preguntas sobre huertos, herramientas, animales, nacimientos, muertes y ventas. Cuando llegó a la casa de Edward, observó el naranjo torcido del patio.
—Ese árbol produce.
Tomás cruzó los brazos.
—Produce tristeza.
El Cuervo anotó algo.
—Fruta gravable.
—Si consigue vender esas naranjas, le doy la mitad.
Mara cerró los ojos, resignada.
El recaudador levantó la vista hacia Edward. Sus ojos se detuvieron en su rostro un instante más de lo cómodo.
—¿Tu hijo?
La mano de Mara se tensó sobre el hombro del niño.
—Sí.
—No se parece a ti.
Tomás sonrió sin mostrar los dientes.
—Eso dice mi mujer cuando está enfadada.
El Cuervo miró a Mara. Luego a Edward otra vez.
—Nombre.
Edward sintió que debía responder, aunque nadie se lo había pedido directamente.
—Edward.
El recaudador dejó de escribir.
La lluvia golpeaba el techo del cobertizo. Una gallina cacareó desde algún rincón, inoportuna y estúpida.
—¿Edward? —repitió el Cuervo.
—Sí, señor.
—Nombre curioso para un campesino.
Tomás dio un paso apenas perceptible hacia delante.
—También es curioso cobrar impuestos por un árbol muerto, y aquí estamos.
El soldado volvió a tocar la espada.
Mara habló antes de que nadie hiciera algo irreparable.
—Lo llamamos así por un primo de mi madre.
El Cuervo sostuvo la mirada unos segundos. Después hizo una marca en el pergamino.
—Claro.
Cuando se fueron, Edward notó que su madre estaba pálida.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Ese hombre preguntó raro.
—Ese hombre cobra raro, pregunta raro y huele raro —dijo Tomás—. No hay misterio.
Pero esa noche, Edward volvió a escucharlos hablar.
Esta vez discutían.
—Tenemos que irnos —dijo Mara.
—¿Adónde?
—A cualquier parte.
—No podemos huir cada vez que alguien mira al niño.
—No fue cualquier mirada.
—Era un recaudador buscando monedas.
—Era un hombre de la administración de Valdoria que oyó su nombre y vio su cara.
—No sabe nada.
—No hace falta saber para hacer preguntas.
Tomás tardó en contestar.
—Si nos vamos ahora, llamaremos más la atención.
—Si nos quedamos, quizá sea tarde.
Edward sintió frío pese a la manta.
No entendía todo, pero entendía algo: hablaban de él. De su nombre. De su cara. De unos ojos que no eran los de su padre ni los de su madre.
A la mañana siguiente, encontró a Mara amasando pan. Tenía harina en las muñecas y ojeras bajo los ojos.
—Madre.
—¿Sí?
Edward tragó saliva.
—¿Soy vuestro hijo?
Las manos de Mara se detuvieron dentro de la masa.
El mundo pareció quedarse sin sonido.
Mara levantó la vista.
—Ven aquí.
Edward obedeció.
Ella se limpió las manos en el delantal, se arrodilló y le tomó el rostro entre las palmas.
—Eres mi hijo —dijo.
—Pero...
—Eres mi hijo, Edward.
—No me parezco a vosotros.
Mara sonrió, aunque los ojos se le humedecieron.
—Gracias a los dioses. Tu padre tiene nariz de patata.
Desde afuera llegó la voz de Tomás:
—¡He oído eso!
Edward soltó una risa débil.
Mara lo abrazó con fuerza. Demasiada fuerza.
—Escúchame bien —susurró junto a su oído—. Hay cosas que los adultos guardan porque el mundo es más cruel de lo que debería. Pero ninguna de esas cosas cambia esto. Tú eres nuestro hijo. Mi hijo. ¿Lo entiendes?
Edward asintió contra su hombro.
Quiso creer que con eso bastaba.
Y durante un tiempo, casi bastó.
La vida volvió a su ritmo. Los soldados se marcharon. El Cuervo no regresó. La lluvia cesó y los huertos recuperaron su brillo. Las naranjas comenzaron a madurar, primero verdes, luego amarillas, luego de un naranja vivo que parecía robarle color al atardecer.
Villa Naranja celebró la primera cosecha con mesas en la plaza. Hubo pan dulce, vino agrio, música de flauta y un guiso tan picante que Mateo lloró y juró que era por emoción. Tomás bailó con Mara hasta que ambos acabaron riendo sin aire. Branko cantó una canción indecente y la anciana Elda le pegó con un bastón.
Edward corrió con los otros niños entre las mesas, robó una naranja, esquivó a Lucía, tropezó con Rey y cayó sobre un saco de harina.
—Pareces un fantasma idiota —dijo Mateo.
—Los fantasmas dan miedo.
—No tú.
Edward le lanzó harina. La guerra duró hasta que Mara apareció con esa mirada que podía derrotar ejércitos.
Más tarde, cansado y feliz, Edward se alejó de la plaza. Subió la loma detrás de la capilla, donde los naranjos crecían más separados y el ruido de la fiesta llegaba suave, como si perteneciera a otro lugar.
Desde allí vio luces en el camino del norte.
Antorchas.
Muchas.
Al principio pensó que serían comerciantes rezagados. Luego notó que no avanzaban como comerciantes. No había canciones, ni ruedas chirriando, ni voces borrachas. Las luces se movían en fila, constantes, demasiado ordenadas.
Edward bajó corriendo.
Encontró a Tomás junto al borde de la plaza, mirando en la misma dirección. La risa había desaparecido de su rostro.
—Padre.
Tomás no respondió.
Mara llegó poco después. Vio las antorchas y se llevó una mano al pecho.
La campana rajada sonó una vez.
Luego otra.
Luego otra.
No era llamada a misa. No era un anuncio de viajeros.
Era alarma.
Los músicos dejaron de tocar. Las conversaciones murieron. Branko tomó un martillo. Algunos hombres corrieron hacia sus casas. Las mujeres llamaron a los niños. El vino se derramó sobre una mesa y nadie se agachó a limpiarlo.
Edward miró a su madre.
—¿Qué pasa?
Mara le sostuvo la cara igual que aquella mañana en la cocina.
—Escúchame. Pase lo que pase, quédate con tu padre.
—¿Por qué?
—Promételo.
—Madre—
—¡Promételo!
Edward nunca la había oído gritar así.
—Lo prometo.
Tomás apareció con un cuchillo de monte en la mano. No era una espada. Ni siquiera era un arma de verdad. Era una herramienta para cortar ramas.
Mara lo miró.
—No.
—Llévalo a casa.
—Tomás, no.
—A casa. Ahora.
Las antorchas ya estaban más cerca. Edward escuchó cascos. Metal. Voces.
Y algo más.
Un cuerno bajo, ronco, que no pertenecía a ningún pastor de Villa Naranja.
Tomás se agachó frente a Edward. Sus ojos estaban llenos de miedo, pero su voz salió firme.
—Vas a hacer exactamente lo que diga tu madre.
—¿Quiénes son?
Tomás tragó saliva.
—Nadie que deba encontrarte.
El frío volvió.
—Padre...
Tomás lo abrazó.
Fue un abrazo torpe, rápido, demasiado fuerte. Olía a sudor, madera, humo y hierro viejo. Edward sintió la barba áspera contra su sien y las manos grandes de su padre en la espalda.
—Escúchame bien —dijo Tomás, tan bajo que solo él pudo oírlo—. No importa lo que pase. No importa lo que nadie diga. Tú eres mi hijo.
Edward quiso responder, pero no pudo.
Tomás lo apartó y le puso una mano en la nuca.
—Mi hijo.
Luego se levantó y lo empujó suavemente hacia Mara.
Edward miró atrás una vez y vio a su padre quedarse en la plaza con Branko, Mateo padre y otros hombres que sostenían herramientas como si fueran lanzas.
Las primeras flechas cayeron antes de que llegaran a la puerta.
Una se clavó en el naranjo torcido del patio.
Otra atravesó la ventana de la cocina.
Después empezó el fuego.
Y Villa Naranja, que durante toda la vida de Edward había olido a pan, tierra húmeda, leña y naranjas, comenzó a oler a humo

![[GL] NO HAY CURA PARA EL AMOR - EDITANDO](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_18f34104b838616732eb19cde1203741.jpg)






