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La maldición dorada

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Sinopsis

En el reino de Valdoria, el poder se hereda... y también las maldiciones. Sorin es un joven marcado por una magia extraña que no entiende y que jamás ha podido controlar del todo. Seraphina, la princesa olvidada del castillo, vive atrapada bajo el peso de un linaje frío y cruel. Cuando una misteriosa maldición comienza a extenderse entre los muros reales y fuera de ellos, amenazando a todos los plebeyos, ambos se ven arrastrados a un peligro que nadie se atreve a nombrar. Mientras el castillo se llena de secretos, sombras y verdades prohibidas, Sorin y Seraphina descubrirán que algunas fuerzas antiguas no solo buscan destruirlos... Sino reclamarlos. Así pues, ambos se embarcan en un viaje para la cura de esta extraña maldición y así, se conocerán entre ellos y más sobre sí mismos. PRIMER LIBRO/NOVELA DE LA TRILOGÍA "Saga de Oro y Sangre".

Genero:
Fantasy
Autor/a:
TheLonely_1
Estado:
Completado
Capítulos:
27
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo uno

El aire olía a humedad, a piedra fría y a ese aroma metálico e inconfundible de la sangre.

Tenía ocho años, pero recuerdo aquella noche con la nitidez de un cristal roto. Nuestra habitación no era más que un hueco escarbado en los cimientos del gran castillo de Valdoria, un lugar donde el sol nunca se atrevía a entrar del todo. Apenas cabía un camastro y una silla desvencijada, pero para mí, ese pequeño espacio había sido mi mundo entero.

Esa noche, sin embargo, se sentía como una tumba.

Mi madre yacía en el camastro. La luz de la única vela que nos quedaba parpadeaba sobre su rostro, proyectando sombras que la hacían ver aún más demacrada de lo que ya estaba. Era difícil conciliar aquella imagen con la de la mujer que recordaba: la que cargaba sacos de grano sin quejarse, la que tenía una risa que retumbaba en los pasillos de servicio. Ahora, su piel estaba pálida, casi traslúcida, pegada a los huesos como un sudario anticipado.

Ella estiró la mano hacia mí. Sus dedos, callosos por años de fregar suelos y tallar ropa, temblaban. La tomé entre las mías. Estaba helada.

— Sorin... — Susurró. Su voz era un silbido roto, áspero como la grava.

— Estoy aquí, mamá. — Dije, luchando contra el nudo en mi garganta. Las lágrimas me quemaban los ojos, pero me las aguanté. Ella siempre decía que yo era fuerte. Tenía que serlo.

Una tos violenta sacudió su cuerpo entero, un espasmo cruel que la hizo encogerse sobre sí misma. Cuando apartó la mano de su boca, vi la mancha carmesí brillando a la luz de la vela. Ella cerró los ojos un momento, recuperando el aliento que se le escapaba.

— Perdóname, mi niño... — Dijo, apretando mi mano con una fuerza sorprendente para alguien tan frágil. — Pensé que tendría más tiempo. Pensé... pensé que podría decírtelo cuando fueras un hombre. Pero el tiempo es un lujo que los dioses no nos conceden a nosotros.

No entendía de qué hablaba. Para mí, no había nada que perdonar. Ella era todo lo que tenía.

— No importa, mamá. Descansa — Supliqué, esperando inútilmente que, si dormía, despertaría curada.

Ella negó con la cabeza, una urgencia febril brillando en sus ojos hundidos.

— Escúchame bien, Sorin. — Su mirada se clavó en la mía, intensa y desesperada. — Pase lo que pase, lo que voy a decirte no cambia quién eres. Eres un niño bueno. Tienes un corazón gigante, gentil... eres más inteligente que cualquiera de ellos allá arriba. Nada, ¿me oyes?, nada puede cambiar eso.

Asentí frenéticamente, solo quería complacerla, quería que dejara de esforzarse tanto.

— Sí, mamá. Lo sé.

Otra oleada de tos la interrumpió, más larga esta vez. El sonido rebotó en las paredes de piedra, llenando el pequeño cuarto de eco y miedo. Cuando paró, su voz era apenas un hilo. Me jaló hacia ella, obligándome a inclinarme hasta que mi oreja estuvo cerca de sus labios.

— No confíes en nadie, Sorin — Siseó. Cada palabra le costaba la vida. — Todos en este castillo... todos son víboras. Solo buscan ganar, trepar, usarte. No dejes que te utilicen. Prométemelo. Tienes que sobrevivir. Tienes que ser más listo que ellos.

— Lo prometo — Sollocé, incapaz de contener el llanto por más tiempo. — Lo prometo, mamá.

Ella esbozó una sonrisa débil, una sombra de la calidez que solía tener.

— Te amo tanto... Siempre estaré a tu lado, mi pequeño. Nunca olvides quiénes te criaron. Nunca olvides...

Tomó una bocanada de aire, sus ojos se abrieron mucho, fijos en algún punto más allá del techo de piedra, quizás viendo algo que yo no podía ver. Parecía estar reuniendo las últimas gotas de energía de su alma para decirme algo más.

— Sorin... tú eres... tu padre es...

La frase quedó suspendida en el aire.

Su pecho se detuvo. La mano que sostenía la mía perdió toda fuerza y cayó sobre la manta raída. El silencio que siguió fue absoluto, pesado, aplastante. Esperé un segundo, dos, un minuto entero, esperando ver su pecho subir de nuevo. Esperando que terminara la frase.

Pero el silencio fue la única respuesta.

Me quedé ahí, en la penumbra, sosteniendo la mano de una muerta, con una verdad a medias flotando en el aire viciado de la habitación. No sabía entonces que ese silencio me perseguiría el resto de mi vida. No sabía que esas últimas palabras no dichas eran la llave de una jaula que ni siquiera sabía que me aprisionaba.

Solo sabía que estaba solo. Y que, como ella dijo, estaba rodeado de víboras.

A partir de ese momento, solo fui yo. Mi padre había muerto en una de las tantas guerras fronterizas del Rey Valerius cuando yo apenas tenía cinco años, así que, con mamá bajo tierra, mi soledad se volvió absoluta.

Antes, los otros sirvientes eran como una familia extendida. Me vigilaban mientras mi madre trabajaba, jugaban conmigo en los pasillos y me daban sobras de la cocina a escondidas. Pero una vez que ella murió, algo cambió. Tal vez fue la lástima lo que los incomodaba, o tal vez simplemente dejaron de verme porque ya no había nadie que les recordara mi existencia. De la noche a la mañana, aquellos rostros familiares se convirtieron en extraños que pasaban a mi lado sin detenerse.

Y, sinceramente, fue lo mejor.

Sus palabras resonaban en mi cabeza cada vez que alguien me ignoraba:«No confíes en nadie». La indiferencia se convirtió en mi escudo. Si nadie me veía, nadie podía utilizarme.

Habían pasado ya once años desde aquella noche. Once años de aprender a ser invisible. Me permitieron quedarme en el castillo, sí, pero no por caridad, sino porque necesitaban manos baratas para hacer lo que nadie más quería tocar. Me convertí en lo más bajo de lo bajo: el encargado de limpiar la mierda de los Wyverns, de fregar los bebederos y mantener los establos impecables para que los nobles no se ensuciaran sus botas de piel fina al venir a inspeccionar sus “juguetes”.

Mi vida se medía en paladas de estiércol y sacos de grano. Trabajaba todo el día, hasta que los músculos me ardían y las manos se me llenaban de nuevas capas de callos sobre la piel ya endurecida. El sueño era un lujo que rara vez me permitía; dormía a ratos, un par de horas robadas a la madrugada o una siesta furtiva bajo el sol del mediodía, dependiendo de cuándo las bestias (o los capataces) me dieran tregua.

Era invisible para todos, absolutamente todos. Para los guardias, yo era parte del decorado; para los nobles, era menos que el suelo que pisaban. Pero de nuevo, eso me parecía bien.

No me quejaba. De hecho, prefería mil veces la compañía de las bestias a la de las personas. Ya fueran los caballos de guerra, los perros de caza o los temibles Wyverns, con ellos era diferente. Tenía cierta afinidad con los animales, una conexión extraña que poseía desde que tenía memoria. Ellos parecían entenderme y, a su manera bruta y simple, yo los entendía a ellos.

Con ellos no había máscaras. Si un perro te gruñía, sabías que estaba enojado; si un Wyvern te bufaba, sabías que te quería lejos. No había dobleces, no había traiciones, no había juegos de poder ni sonrisas falsas. Eran los únicos seres reales y verdaderos en todo este castillo gigantesco lleno de mentiras doradas.

Sin embargo, mi paz terminaba donde empezaba su presencia. Los amos de Valdoria.

Mi madre tenía razón; eran víboras. Pero con los años me di cuenta de que se había quedado corta. Las víboras atacan por defensa o por hambre; esta gente lo hacía por deporte, por aburrimiento, o simplemente porque podían.

Desde las sombras de las caballerizas, los veía llegar. El Rey Valerius, con su capa de terciopelo arrastrándose por el suelo sucio (una estupidez que siempre me hacía rodar los ojos), seguido de su camada de hijos inútiles. Eran ruidosos, arrogantes y apestaban a perfumes costosos que apenas lograban ocultar el hedor de su propia podredumbre moral.

Los odiaba. Odiaba cada centímetro de seda que vestían y cada joya que colgaba de sus cuellos, pagadas con el sudor de gente a la que ni siquiera miraban a los ojos.

Para ellos, los Wyverns y los caballos no eran seres vivos; eran trofeos. Eran accesorios para sus desfiles de vanidad o herramientas para sus guerras estúpidas. Me hervía la sangre cada vez que veía al Príncipe Daric golpear los flancos de un semental con sus espuelas doradas solo porque el animal no giraba lo suficientemente rápido, o cuando escuchaba las risas crueles de Titus y Lucius al azuzar a los perros de caza contra algún animal pequeño e indefenso en el patio.

Se creían dioses caminando entre mortales, intocables en su burbuja de poder. Pero yo sabía la verdad. Yo limpiaba su mierda, literalmente, y aun así, me sentía más limpio que cualquiera de ellos.

Eran parásitos envueltos en oro. Inútiles, caprichosos y crueles. Sin nosotros, los “invisibles”, no sabrían ni abrocharse sus propias botas, mucho menos domar a las bestias que tanto presumían montar. A veces, mientras cepillaba el pelaje de alguna criatura nerviosa después de una de sus visitas, me imaginaba qué pasaría si un día, simplemente, dejáramos de servirles. Si las bestias decidieran que ya no temen al látigo.

Pero esos eran sueños peligrosos. Así que me tragaba la bilis, bajaba la cabeza y dejaba que mi silencio fuera mi única protesta. Odiarlos en secreto era lo único que me mantenía cuerdo; era mi pequeña rebelión diaria contra un mundo que me había quitado todo para dárselo a ellos.

Una mañana, mientras arrastraba los pies por el pasillo de piedra húmeda que conectaba las cocinas con el recinto de los Wyverns, unas voces me detuvieron. Eran dos sirvientas jóvenes, escondidas en un recodo oscuro, seguramente tomando un respiro que no les correspondía. Me pegué a la pared, haciéndome uno con la sombra. No por interés, sino por hábito; en este castillo, pasar desapercibido era la única regla de supervivencia.

Susurraban con urgencia, con ese tono mezcla de miedo y morbo que precede a las malas noticias.

— ¿Has escuchado lo de los barrios bajos? — Decía una, retorciendo el delantal entre sus manos nerviosas. — Dicen que ha llegado una nueva maldición.

Rodé los ojos en la oscuridad.Otra plaga, pensé con hastío. No era ninguna novedad. En Valdoria, la gente pobre moría como moscas cada invierno, ya fuera por hambre, por frío o por alguna fiebre que bajaba de las montañas. Al Rey Valerius le importaba un comino si sus súbditos caían muertos en las calles, siempre y cuando los impuestos siguieran llegando a tiempo.

— ¿Y ahora qué es? ¿Fiebre negra? ¿Vómito de sangre? — Preguntó la otra, con voz cansada, como si ya estuviera harta de contar cadáveres.

— Peor. Dicen que es horrible... — La primera bajó aún más la voz, obligándome a aguzar el oído. — Los mata de inmediato. Es una muerte fea, sangrienta. Dicen que... que revientan por dentro.

— Bah, siempre exageran.

— No, de verdad. Le pregunté a la vieja Marta cuáles eran los síntomas y me dijo algo rarísimo. — Hizo una pausa dramática, mirando a ambos lados del pasillo. — Dijo que empieza con un aumento de magia.

Hubo un silencio breve. Incluso yo fruncí el ceño en mi escondite.

— ¿Magia? — Respondió la segunda sirvienta, soltando una risa incrédula y seca. — No seas estúpida. Nosotros no tenemos magia. No como ellos, no como los nobles o los reyes. A nosotros nos toca la tierra y la mugre, no el poder.

— ¡Ya lo sé! Eso le dije yo. — Insistió la primera, visiblemente alterada. — Pero eso es lo que se escucha. Dicen que empiezan a sentir un calor extraño, que pueden hacer cosas que no deberían... y luego el cuerpo no les aguanta y... ¡pum!

La segunda sirvienta negó con la cabeza y recogió el cesto de ropa sucia que tenía en el suelo.

— Deberías dejar de escuchar tantos chismes. Cada vez son más imposibles. Si los pobres tuviéramos magia, ya habríamos quemado este castillo hace mucho tiempo. Anda, vámonos antes de que el mayordomo nos encuentre perdiendo el tiempo.

Se marcharon presurosas, dejando el eco de sus pasos desvanecerse en el pasillo.

Salí de las sombras y retomé mi camino hacia las jaulas, sacudiendo la cabeza.Magia en los plebeyos... qué estupidez, me dije a mí mismo. Era absurdo. Una fantasía de gente desesperada que buscaba darle sentido a su miseria.

Sin embargo, mientras caminaba, las palabras de la chica se me quedaron pegadas en la mente como una rebaba molesta.“Un aumento de magia”.“Cosas que no deberían”. Era solo un chisme más, una tontería de lavanderas, pero por alguna razón que no lograba comprender, sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Una inquietud sorda que se instaló en mi pecho y se negó a irse.

Llegué a mi rincón habitual, una viga alta y escondida entre las sombras del techo, desde donde podía ver todo el recinto sin ser visto. Me acomodé y saqué mi pequeño trofeo del día: una manzana.

Robada, por supuesto.

La giré entre mis dedos sucios, admirando cómo la poca luz que se filtraba se reflejaba en su piel roja y perfecta. A nosotros, las ratas de las alcantarillas, solo nos tocaban las sobras: frutas golpeadas, harinosas o a medio podrir que los nobles desechaban. Pero esta no. Esta era firme, jugosa y crujiente. Le di un mordisco profundo, saboreando el dulce jugo de la pequeña victoria, y me dispuse a disfrutar de mis escasos minutos de libertad observando a las bestias.

Sin embargo, mi paz duró poco.

El repiqueteo inconfundible de unos tacones contra la piedra resonó en la entrada, rompiendo el silencio denso del establo. Dejé de masticar y me asomé con fastidio.

Para mi sorpresa, no era un grupo de sirvientes ni una guardia real. Era ella. La princesa Seraphina.

Y estaba sola.

Fruncí el ceño. Eso era nuevo. Esa gente nunca iba sola ni al baño; siempre tenían un séquito de aduladores detrás para cargarles la cola del vestido o abanicarles el aire. ¿Qué hacía la princesa ahí, sin nadie que le cuidara las espaldas?

Suspiré, sintiendo que la pereza me invadía de nuevo. Seguro quería algo. Algún capricho estúpido, ver a una bestia “bonita” o demandar que prepararan una montura para alguno de sus hermanos idiotas. Me quedé inmóvil, esperando a que se aburriera y se largara.

La observé tropezar ligeramente en el piso desigual, sus zapatos finos no estaban hechos para la paja y la tierra compactada de este lugar. Se dirigió directamente hacia uno de los corrales del fondo.

— Mala idea... — Murmuré para mí mismo, dando otro mordisco a mi manzana.

Se había acercado al Wyvern blanco. Era el más joven de la manada, una criatura de escamas nacaradas y ojos como rubíes, precioso a la vista, pero con un temperamento del demonio. Era territorial y desconfiado. Incluso conmigo, que pasaba horas alimentándolo y limpiando su jaula, se mostraba reticente y agresivo.

Ella se detuvo frente a la barrera baja. La vi extender su mano, delicada y pálida, mientras susurraba algo que no alcancé a escuchar. Palabras dulces, supuse.

El Wyvern reaccionó al instante. Soltó un gruñido bajo, una vibración que debió sentirse en el suelo, y comenzó a extender sus alas, pequeñas aún pero intimidantes. Las membranas se tensaron. Era una advertencia clara:Aléjate.

Pero ella no lo notó. O tal vez, en su arrogancia, decidió ignorarlo. Siguió acercando la mano, invadiendo el espacio de la bestia.

La criatura se hartó.

Con un movimiento rápido de cuello, el Wyvern soltó un rugido seco, un chasquido de dientes al aire justo frente a la cara de la princesa. No la mordió, solo marcó su límite, pero fue suficiente.

Seraphina soltó un grito ahogado y trastabilló hacia atrás. Sus tacones la traicionaron y aterrizó de espaldas sobre la paja sucia con un golpe seco.

Desde mi viga, no pude evitarlo. Solté una risita corta, burlona.

— Ahí tienes — Pensé, limpiándome el jugo de la manzana de la boca. — Típico de la realeza. Creen que por llevar una corona, hasta los monstruos deben besar el suelo que pisan. Bienvenida a la realidad, princesa.

No pasaron ni dos segundos antes de que el caos estallara.

El sonido del grito atrajo a un grupo de caballerangos que estaban cerca. Entraron en tropel, con el pánico pintado en los rostros al ver a la hija del Rey en el suelo. De inmediato se arremolinaron alrededor de ella, ayudándola a levantarse con manos temblorosas y soltando una retahíla de disculpas atropelladas, como si el tropiezo de ella fuera culpa de su incompetencia.

Pero entonces vi el movimiento.

Uno de los hombres, el capataz, se giró hacia el Wyvern blanco con los ojos inyectados en furia. Descolgó el látigo de cuero que llevaba al cinto y levantó el brazo.

— ¡Maldita bestia! — Rugió el hombre. — ¡Te enseñaré a respetar a tus amos!

El aire se tensó. El Wyvern siseó, arrinconándose contra la pared de piedra, sabiendo lo que venía.

En las vigas, mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. Solté la manzana, tensé los músculos de las piernas y me preparé para saltar. No me importaba si me rompía un tobillo en la caída o si los latigazos terminaban marcándome la espalda a mí en lugar de a la criatura. No sería la primera vez que me interponía entre el cuero y la escama. No iba a dejar que lo lastimaran por defender su espacio.

Estaba a punto de lanzarme al vacío cuando su voz me detuvo en seco.

— ¡No! ¡Deténganse!

El grito de la princesa fue agudo, desesperado.

El capataz se congeló con el brazo en alto, el látigo suspendido en el aire como una serpiente negra. Todos se giraron a mirarla, confundidos.

Seraphina se había soltado de quienes la sostenían y se había interpuesto entre el hombre y la jaula, con los brazos extendidos. Su vestido estaba sucio de paja y polvo, y su cabello era un desastre, pero su postura era firme.

— Pero Alteza... —balbuceó el capataz, bajando ligeramente el brazo, desconcertado—. La bestia la atacó. Tiene que aprender...

— ¡No me atacó! — Lo cortó ella, con la respiración agitada. — Fue mi culpa. Yo... yo invadí su límite. Me acerqué demasiado y lo asusté. Él solo se defendió.

Los sirvientes intercambiaron miradas de incredulidad absoluta. El silencio que siguió fue tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. ¿Una princesa admitiendo un error? ¿Defendiendo a un monstruo? Eso no pasaba. En Valdoria, si un noble tropezaba con una piedra, mandaban picar la piedra hasta hacerla polvo.

— Bajen eso. Ahora. — Ordenó ella, con un tono más bajo pero igual de imperativo. — No quiero que lo toquen.

El capataz dudó un segundo, pero ante la orden directa, resopló y guardó el látigo, aunque seguía mirando al Wyvern con odio.

Yo me quedé ahí, agazapado a medio camino de mi salto, con una mano aferrada a la viga y la boca ligeramente abierta. Mi cerebro no lograba procesar lo que acababa de ver.

¿En serio lo había defendido? ¿Ella?

Parpadeé un par de veces, esperando despertar. Debía ser el hambre o la falta de sueño jugándome una mala pasada. Una hija de Valerius jamás se rebajaría a aceptar la culpa, y mucho menos por una bestia.

Y sin embargo, ahí estaba ella, sacudiéndose el polvo del vestido, asegurándose de que el “monstruo” estuviera bien. Sentí una punzada extraña en el pecho, una mezcla de confusión y algo que no supe identificar. El mundo, tal y como yo lo conocía, acababa de inclinarse unos grados.

Después de eso llegó el séquito de la princesa, apurándola para que saliera de ahí, diciendo que debían lavarla, cambiarle el vestido y todo eso. Poco después de que ella se fuera, se fueron los demás.

Bajé y fui hacia el Wyvern, que aún estaba algo inquieto. Ya sabía cómo acercarme a él, así que lo hice lentamente, desde el frente, para que pudiera verme por completo, y dejé que el Wyvern se acercara por sí mismo. Poco después pude tocarlo. Me encantaba sentir la cercanía de esas bestias. Eran maravillosas. Le pedí disculpas por mis jefes, y le dije que todo estaría bien.

Iba a empezar con mis labores cuando vi algo tirado entre la tierra y la paja del suelo. Brillaba, así que lo tomé y lo analicé. Parecía una joya, y bastante cara, así que no tardé en darme cuenta de que era de la princesa. Se le debió haber caído cuando ella se cayó. De nuevo me dio algo de risa acordarme de cómo cayó, y me guardé la joya, ya que valdría bastante.

El resto del día pasó sin problemas y, cuando el sol cayó, me disponía a regresar a mis aposentos en lo más bajo del castillo, cuando volví a escuchar los mismos tacones.

De nuevo, la intriga me clavó en el sitio. Me mantuve quieto, aprovechando la espesura de la oscuridad y el ángulo muerto que ofrecía un recoveco de la pared. Ya no estaba en las alturas del establo, sino abajo, en mi terreno, donde la luz apenas llega.

La vi entrar. Venía apurada, con pasos rápidos y nerviosos, girando la cabeza hacia atrás un par de veces como si estuviera escapando de alguien o huyendo de una reprimenda. Al estar ahora al mismo nivel del suelo, sin barandillas ni distancias de seguridad de por medio, pude observarla con una claridad que nunca antes había tenido.

En realidad, a la princesa casi nunca se la veía, o al menos node verdad. Siempre era una figura distante, oculta tras un muro de armaduras, rodeada por un séquito asfixiante o escoltada por docenas de guardias. Jamás se la veía sola afuera. Había escuchado cuchicheos de las sirvientas diciendo que se pasaba la vida encerrada en sus aposentos o perdida entre los libros de la biblioteca, pero yo nunca podría comprobarlo. Esos lugares, las zonas altas y nobles del castillo, estaban terminantemente prohibidos para alguien de mi calaña; mi mundo terminaba donde empezaban las alfombras limpias.

Llevaba un vestido nuevo, impoluto, que contrastaba violentamente con la mugre de las paredes de piedra. Aún sin la luz del sol, su cabello rubio y largo parecía tener luz propia; brillaba y destellaba con cada movimiento brusco que hacía al caminar. Tenía unos ojos verdes, grandes y dolorosamente expresivos, que escaneaban el vacío, y una piel tan blanca que, en la penumbra del pasillo, parecía un fantasma.

No quería hacerlo (incluso me regañé a mí mismo con violencia por permitirlo), pero el pensamiento me cruzó la mente como un relámpago: era hermosa.

Me obligué a desechar la idea de inmediato. No, no podía pensar eso de ella. Porque sí, podía ser “bonita” por fuera, una muñeca perfecta de porcelana, pero yo sabía qué era en realidad. Sabía lo que eran todos ellos bajo esas capas de seda y joyas. Y eso no se borraba con una cara bonita.

La vi avanzar de nuevo hacia el Wyvern, caminando con un cuidado extremo, y no pude evitar pensar que su estupidez realmente no tenía límites. ¿Es que no había aprendido nada de su primer encuentro? ¿Acaso el barro en la cara no fue lección suficiente?

Sin embargo, no intervine. Me quedé allí, fundido con las sombras, sin hacer absolutamente nada. Había una parte cruel en mí que disfrutaba siendo un simple espectador; si volvía a equivocarse, si la bestia decidía darle otro susto, al menos aquello aportaría una dosis de gracia y entretenimiento a mi monótona rutina.

El Wyvern, por supuesto, no tardó en reaccionar. Se puso en alerta de inmediato, erizándose y desplegando las alas para parecer más grande, lanzando un bufido de advertencia que retumbó en el recinto. Cualquier persona sensata habría retrocedido, pero ella no. Vi cómo Seraphina tomaba una bocanada profunda de aire, inflando el pecho como si intentara inyectarse valentía a la fuerza.

Y entonces, empezó a hablar.

Le hablabaa él, a la bestia. Su voz, aunque temblorosa al principio, empezó a hilar disculpas. Le decía que lo sentía, que había sido un error acercarse de esa manera tan brusca, sin pedir permiso. Aquello me tomó completamente por sorpresa. Cualquiera que la viera ahí parada pensaría que estaba loca de remate por intentar razonar con un depredador como si fuera una persona que pudiera entenderla. Pero me tuve que tragar mis juicios; yo hacía exactamente lo mismo todos los días, así que no podía criticarla por eso sin sentirme un hipócrita.

Seraphina mantuvo la distancia esta vez, respetando el espacio del animal, y continuó hablando. Se presentó formalmente, recitando su nombre completo con esa entonación noble, y le aseguró que no tenía intención de lastimarlo. Dijo que solo quería ser... su amiga.

¿Su amiga?

La palabra quedó flotando en el aire denso del establo y yo me quedé perplejo. No pude evitar soltar una risa muda, ahogada en mi garganta. No podía creerle menos. Viniendo de alguien como ella, esa palabra sonaba hueca, ridícula. ¿Amiga de un monstruo? Por favor.

Pero fui un idiota. No lo pensé bien. Mi risa, cargada de burla, fue demasiado obvia y rompió el silencio absoluto del lugar como un cristal contra el suelo.

Seraphina se puso alerta al instante, girando la cabeza de un lado a otro con los ojos desorbitados.

—¿Quién anda ahí? — Preguntó en voz alta, aunque la voz le temblaba.

El miedo la dominó y, buscando alejarse de la oscuridad donde yo estaba, empezó a retroceder ciegamente... directo hacia el Wyvern. Quise advertirle, abrir la boca para gritarle que se detuviera, pero fue demasiado tarde. Su espalda chocó contra el cuello imponente y escamoso de la criatura.

El animal reaccionó por puro instinto depredador. Sentí el cambio en el aire antes de verlo; el Wyvern se tensó, las pupilas se le dilataron hasta convertirse en finas líneas negras y abrió las fauces, listo para atacar a la intrusa que había invadido su espacio.

No lo pensé. Salí de mi escondite y corrí hacia ellos.

Me interpuse justo a tiempo, pero no usé la fuerza bruta. No hizo falta. Me planté frente al animal, extendiendo una mano hacia su hocico, y dejé queesofluyera. No fue un grito, ni siquiera una orden verbal. Fue algo más... interno. Una vibración que nació en mi pecho y que proyecté hacia la bestia, una onda de autoridad absoluta, antigua y pesada, que pareció congelar el aire a nuestro alrededor.

Quieto— Murmuré, pero la palabra llevaba un peso sobrenatural, como si mil voces la pronunciaran al mismo tiempo en la mente del animal.

El efecto fue inmediato. El Wyvern no solo se detuvo; se quedó petrificado, bajando la cabeza con sumisión instantánea, cerrando las fauces y plegando las alas como si hubiera reconocido a un superior, a un alfa contra el que no podía luchar. Sus ojos, antes salvajes, se tornaron dóciles, casi vidriosos.

El silencio volvió a caer, pesado y denso.

Seraphina había quedado atrapada en el medio, con la bestia a su espalda y yo frente a ella, invadiendo su espacio personal de una manera que jamás me habrían permitido. Podía oler su perfume floral mezclado con el aroma acre del establo.

Lentamente, bajé la mano y giré la vista hacia ella. Me tensé, preparándome para lo inevitable. Esperaba ver asco en su rostro, la típica mueca de repulsión por mi cercanía, o el enfado arrogante por haberla asustado. Esperaba que me gritara “¡Apártate, sucio sirviente!“.

Pero cuando nuestros ojos se encontraron, me quedé helado.

No había asco. Ni siquiera miedo. Me miraba con los ojos muy abiertos, llenos de una sorpresa genuina y... ¿admiración? Me miraba como si acabara de ver un milagro, como si yo fuera la criatura más fascinante de la habitación y no el monstruo que tenía detrás.

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