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El cómo habíamos terminado en Kaoris fue la típica historia cliché.
El planeta Tierra se fue al carajo, como en todas las historias. Guerras, enfermedades, contaminación y sobrepoblación. No cabíamos y no podríamos vivir ahí mucho tiempo más, así que por años se trabajó en la tecnología para llevarnos y mantenernos vivos a otros planetas.
Cómo en la Vía Láctea no había planetas adecuados para la vida humana, buscamos otras galaxias. Muchas muy lejanas, hasta que se encontró una; Lumirae.
A millones y millones de años luz de nuestra galaxia, habían varios planetas capaces de mantenernos. Debido a que estaban todos en la misma galaxia, fue decidido que iríamos.
Se suponía que el boleto sería barato, para que todos los humanos pudieran ir, pero incluso así, muchos humanos se quedaron en la Tierra, incapaces de pagar aunque sea un sólo dólar.
No sé qué pasó con ellos.
De los 40,000 millones de personas, se fueron miles de naves y en total, 25,000 millones partieron de la Tierra para su supervivencia.
Fue un viaje de años, más de 90. El primer planeta al que aterrizaron fue Orthea, también llamada la Nueva Tierra. Era muy parecida a la Vieja Tierra, agua, vegetación, etcétera, sólo era un poco más pequeña.
Ahí empezaron las primeras colonias, pero muy pronto se dieron cuenta de que no cabrían todos, por lo que la otra mitad de las naves se fueron a otro planeta: Nerai.
Era un planeta mucho más grande, pero de clima frío la mayor parte del año. Había muy poca vegetación, pero era habitable. No eran climas tan extremos, al punto de ser mortales. Ya que aunque fueran pocos, habían un par de meses en los que era cálido y agradable.
Se logró adaptar, con invernaderos y otras tecnologías, se pudo crear y mantener vida.
Ahí se asentaron mis bisabuelos. Decían que era un planeta frío pero cómodo, ya que no había fauna extraterrestre, no había nada, era perfecto.
Porque la Nueva Tierra fue otra cosa; al principio se veía idílica, todo lo que se había perdido; fauna para alimento, vegetación suficiente para mantener a la fauna y en general, un ambiente habitable. Todo lo que se había perdido en la Vieja Tierra.
Hasta que apareció otro tipo de vida en ese planeta. Otro que ya vivía ahí, y que no le gustó que le robaran su territorio.
Empezó una guerra contra esta raza extraterrestre. No estábamos equipados para una guerra, y menos con una raza tan avanzada.
Muchos huyeron, y como Nerai ya estaba lleno, fueron a otros planetas de la galaxia: Thalassa IX, un planeta árido y con fuertes vientos; Calyre, un planeta sin siquiera un poco de agua, totalmente seco, pero por alguna razón había flora por sí misma, lo que fue otro tema de investigación; Vireya, un planeta muy pequeño pero lleno de una vegetación parecido a selva, espeso y de una tonalidad rosácea; Eretha, planeta lleno de agua, sin tierra o islas, completamente agua, y finalmente, Kaoris, el planeta más alejado de la estrella solar, por lo que había nieve constante, puros icebergs y montañas de hielo, fue el planeta más hostil en cuánto al ambiente, el más difícil para habitar, pero se logró.
La guerra con los extraterrestres, la raza Orryx fue corta, porque si de algo somos expertos los humanos, es en la guerra, y lograron encontrar la base de estos y explotarla entera, los Orryx no tuvieron de otra más que rendirse, al verse superados en número, además de su reciente masacre.
Hicieron un tratado de paz, y la mayoría de los Orryx se fueron de la galaxia, y otros decidieron vivir en en Orthea, con los humanos, pero eso llevó a otros problemas sociales.
La humanidad ahora era dueña de Lumirae, ya que en todos sus planetas habían colonias humanas de millones en número.
Yo nací en Kaoris, casi un mes antes de mi fecha de parto. Me mantuvieron en una incubadora, tratando de mantenerme viva. Gracias a la medicina avanzada, estuve fuera de peligro, pero con algunas secuelas; entre ellas, mi pobre sistema inmune. Cualquier enfermedad, por más pequeña que fuera, podría ser mortal para mí.
Por lo tanto, mis padres me mantuvieron en una habitación hermética por toda mi vida.
Mi padre era un ingeniero biomédico, jefe de una compañía intraplanetaria. Mi madre llegó a ser doctora, pero una vez me tuvo, se dedicó a cuidarme.
Eran buenas personas, tal vez demasiado.
No me importaba estar ahí encerrada, porque los tenía a ellos. Siempre procuraban darme todo su tiempo, o el más que pudieran. Además, mis padres fueron los primeros en tener al prototipo del AUREN-8, un androide tan inteligente y con tanto conocimiento, que hubo un revuelo con su lanzamiento, muchos temían que se pusieran en nuestra contra, como tantas películas y novelas habían hecho en el pasado. Aún así, salió al mercado, ya que se había probado con nosotros, porque mi padre fue uno de los creadores y diseñadores de este.
Tenía forma humana, era un humano por fuera. Mismos ojos, cabello, nariz, torso y piernas, todo. Sólo una luz en su muñeca, que parecía una pulsera; era lo único que nos diferenciaba, por fuera, ya que por dentro era puro cable y aceite.
Llegó cuando yo tenía 17 años. Era un joven, no mucho mayor que yo, con un pelo oscuro y negro, sus ojos eran morados, dándole ese toque antinatural. Era delgado, alto y muy pálido.
Al principio bromeé que parecía un fantasma. Él se rió, y eso me sorprendió. Creí que no entendería las bromas.
Cuándo papá trabajaba y mamá dormía, él me hablaba. Él me acompañaba. Era divertido, simpático y muy inteligente. Le podía hacer todas las preguntas del mundo y él las respondería.
Él me contó sobre la historia de la humanidad, todo, desde los años de la Tierra, las guerras en ella, pandemias, y finalmente la Muda, el tiempo de viaje, y la Llegada. Era interesante. Me encantaba escuchar del pasado, de cómo vivían antes.
Un día llegó papá, preocupado, diciendo que tenía que hacer muchas qué hacer. Que parecía haber un brote de un virus desconocido que tenía una alta morbilidad y mortalidad.
Después de unas semanas, papá no volvió. Me llamaba, me decía que no podía volver por miedo de contagiarme a mí o a mamá.
Después de dos meses, no volví a saber de él. Mama decía que él estaba bien, pero por cómo la escuchaba llorar de noche y cómo se veía desganada, sabía que había muerto o desaparecido, que para mí era lo mismo.
Le decía a Auren que me dijera las noticias, él se negaba, pero cuando le decía que era una orden, no le quedaba de otra.
El virus se descontroló, mataba a todos, a pesar de los medicamentos que se utilizaban e inventaban, nada era suficiente. Era resistente a todo. Se contagiaba a pesar del distanciamiento, de las vacunas, de todo.
Decían que era el fin para la vida en Kaoris. Yo no lo creía. Éramos mil millones de personas viviendo ahí, no podíamos desaparecer así como si nada.
Un día mamá no me trajo el desayuno, lo que se me hizo extraño. Le dije a Auren que la buscara; y eso hizo. Cuándo bajó, me miró y en esos ojos vacíos pude ver algo parecido a la tristeza. Me dijo que estaba muerta. Qué le hizo un escaneo y parecía ser un ataque cardíaco. Intentó reanimarla, pero era muy tarde.
Grité, lloré y pataleé. Quise salir y verla, era lo menos que podía hacer. Auren no me lo permitió, por más que le decía que era una orden, que no podía desobedecerme, me dijo que la orden primordial en su sistema era protegerme, que por eso lo habían creado y no podía ignorar a su sistema.
Me sedó, y me encerró.
Por meses me siguió medicando, tanto para mi enfermedad, como para mí depresión, mis pensamientos e ideas suicidas.
Estuve aún más exiliada que en toda mi vida.
Aunque algunos días le gritaba que lo odiaba, que lo mataría con mis propias manos, él me siguió tratando, me siguió cuidando.
Así pasaron 8 meses, hasta que decidí que no podía seguir así.
Le pregunté directamente a Auren del por qué de su creación.
Me contestó que cada humano involucrados en su invención tenían ideas distintas, como la comodidad, la dominación, la compañía, protección entre muchas otras ideas más.
Que todo eso venía labrado en su sistema, pero mi padre, al terminar de diseñarlo a él en específico, agregó algo más a su código: cuidarme a mí, y buscar una cura.
Eso me impactó. Mi papá buscaba una cura. No lo sabía, y tampoco creía que lo supiera mi madre. Ya que siempre que mi mamá decía que debía haber algo que pudiéramos hacer para que yo pudiera salir, papá decía que no, y que debíamos aceptar que así era nuestra vida.
Le pregunté si en serio estaba buscando una forma de salvarme, a lo que él contestó que todos los días hacía una revisión en sus billones de datos para encontrar una solución a la falla en mi sistema. Lo corregí y dije que no era igual a él. Recuerdo cómo sonrió, divertido. Me dijo que lo sabía, pero que al final del día éramos parecidos, que mi sistema inmune era el que tenía un error, y que como todo error, él debía buscar la solución.
Me hizo reír. Por momentos se me olvidaba que hablaba con una máquina mucho más inteligente que todos los humanos juntos.
Y entonces me atreví, a preguntar por Kaoris, por la humanidad.
Él me contestó sin tapujos; todos los humanos habían fallecido en el planeta Kaoris. El único rastro de ADN humano era el mío.
Fue un balde de agua fría. Creí que era imposible, que encontrarían algo con qué frenar la infección, pero me di cuenta muy tarde de que estaba equivocada.
Pregunté por el resto de planetas en Lumirae.
Me dijo que no poseía esa información, lo que era extraño, casi nunca respondía de esa forma.
Yo quería saber lo que pasaba fuera. El por qué no nos habían mandado ayuda, si mucha gente vivía aquí, si alguien se había enterado de este virus, o si simplemente habían dejado este planeta de lado, como habían hecho antes.
Después de todo, sólo el tres porciento de la humanidad estaba en este planeta.
Así que le dije a Auren que se dedicara completamente a encontrar una cura para mí, y luego vería lo de la cura de ese virus y finalmente, buscaríamos una forma de salir del planeta a buscar en dónde vivir.
Auren me dijo que sólo había un 0.0001% de probabilidad de sólo lograr una sola cosa de esas en la lista. No me importó, le dije que lo hiciera.
Tardó dos años y medio en encontrar algo parecido a una cura para mí, era un medicamento que él mismo inventó, y parecía funcionar bien, pero sólo temporalmente.
Por primera vez en 19 años, salí al exterior. Auren fue muy estricto para dejarme salir. Tuve que usar toda la protección necesaria para el frío, pero no para el ambiente, en general.
Aún con todo el traje, pude sentir el frío quemando mi piel, el viento helando mis venas y todo mi cuerpo temblando. Eso fue excitante, porque era algo que jamás había sentido.
Quería experimentar todo, cada sensación que me había perdido por estar encerrada.
Caminé un poco por los puentes de acero que llevaban a los diferentes edificios y casas.
Todas las casas y edificios del planeta estaban puestos encima de pilares que iban hasta el fondo del planeta, ya que toda la base era hielo. Todos eran como cúpulas, todo de acero, todo metálico y gris, plano. Sólo dentro de las edificaciones habían adornos y cosas que lo hacían ver más cómodo y acogedor.
Auren no me dejó avanzar más, me dijo que no debería ver lo que había en otras casas, además del riesgo de la infección.
Regresé a casa, pero me sentía libre, poderosa, llena de energía.
Así duré todo el día, hasta que en la noche empecé a sentirme débil, con mareos y la nariz tapada.
Auren dijo que era que el medicamento estaba perdiendo su efecto, así que tuve que volver a encerrarme en mi habitación hermética.
Fue abrumador, al principio, pero me di cuenta de que podía seguir saliendo, sólo por un día, pero si me tomaba todos los días el medicamento, podría salir.
Le comenté esto a Auren, que no lo vio tan positivo, y dijo que aún no conocíamos el efecto a largo plazo, así como sus efectos secundarios, o si podía ocasionar resistencia.
No me importaba nada de eso.
Yo lo veía como algo bueno, y ya pensaría en las consecuencias después.
Después de eso nos enfocamos en el virus.
Auren diseñó un traje hermético aún más fuerte y capaz de mantenerse estéril, y con ese fuimos al laboratorio principal.
Era un traje pesado y abultado, pero aún así pude investigar. Habían cuerpos por todos lados, putrefactos y otros hechos calaveras.
Debía concentrarme, porque sino mi mente se iba a lugares oscuros.
Mientras buscaba información del virus, buscaba a mi padre. Su cuerpo, algo. Porque no nos pudo haber dejado así como si nada, sin explicaciones, sin despedirse.
Pero no entendí ni encontré nada, era demasiado para mí. No era alguien inteligente, o lo suficientemente capaz. Sino Auren. Él era el genio.
Él encontró todos los archivos con la información del virus. Lo que intentaron contra eso, todo lo que falló y qué faltaba por probar.
Auren no me dejó volver a salir, probablemente por ver mi decaimiento en la salud mental. Él iba todos los días al laboratorio, a hacer pruebas y todo tipo de cosas que no comprendía.
Fueron otros 3 años de investigación por parte de Auren, y con eso encontró la cepa del virus, algo que no se tenía hasta ahora. Auren pudo rastrear toda la familia y género del virus, lo que hizo más fácil entender el virus y cómo detenerlo, ya que en realidad no había como tal un medicamento que pudiera “matar” al virus.
Yo no podía sólo quedarme en la casa encerrada, así que también investigué otras cosas, más que todo sobre el resto de planetas.
Mandé señales de auxilio, todo tipo de cosas, pero no recibí respuesta.
Era extraño, y se lo dije a Auren. Él coincidió, dijo que debía haber problemas en el resto de planetas. Eso me preocupaba muchísimo.
Un año después de estar tratando de contactar con todos los medios posibles y no recibir nada, me empecé a desesperar. Quería salir de ese planeta tan frío, tan vacío y cruel, pero Auren me decía que no era el momento. Siempre me decía lo mismo.
Mi tratamiento había evolucionado, ya no era sólo un medicamento, sino varios. Me había convertido en el conejillo de indias de Auren. Tomaba medicina para mi sistema inmune, para mejorarlo, para mantenerlo estable, y para evitar contagiarme de este virus.
Me pasaba los días vagando por la ciudad de Kaoris, revisando las pertenencias de los demás, y el cuerpo de mi papá, seguía sin aparecer. Sabía que era imposible encontrarlo entero, pero por lo menos saber que sí murió.
Leía lo que podía, para entretenerme. También buscaba vehículos, para algún día salir de ahí, pero todos estaban totalmente descargados, o no funcionales. Es como si nos hubieran dejado encerrados en ese planeta.
Volvía a casa, después de dar un paseo por muchos edificios vacíos, para comer.
Tuve qué poner el codigo para ingresar a la casa, y dentro pasé por una esclusa en dónde salió gas para desinfectar el traje, luego entré por otra puerta y ahí me quité el traje, por partes.
Al terminar, fui a darme un baño. Era un procedimiento que Auren me había hecho hacer desde hacía dos años.
Ya era un hábito más.
Fui a la cocina, con una toalla alrededor de mi cuerpo, mientras sacaba la comida que tenía disponible en ese momento. Auren dijo que pronto traería más, así que esperaba no batallar mucho en ese aspecto.
Encontré un arroz algo viejo y verduras congeladas y con eso hice algo parecido a una comida de verdad.
Estaba a mitad de servirlo en un plato, cuando ví en el arco de la entrada a la cocina a Auren, observándome.
Eso me hizo saltar del susto y retroceder, aunque no tenía a donde huir.
— Maldita sea, Auren... — Tuve que enfocarme en mi respiración, para calmarme. — Te he dicho que no aparezcas así nada más, debes avisar que estás ahí.
— No hay nadie, Sorell. Sólo podría ser yo.
— Ya lo sé... Pero eso no evita que me asuste.
— Tienes razón, Sorell. Te pido una disculpa. Trataré de recordar que te asusto si no aviso.
— Gracias... — Terminé de servirme la comida y fui al comedor.
— ¿Tomaste tu medicación en la mañana? — Auren me siguió.
— Sí, como todos los días. — Picoteé una zanahoria dura con el tenedor para poder comerla.
— Eso es bueno. Debes recordarlo todas las mañanas y noches.
— Lo sé... — Dije exasperada.
— De acuerdo. Te dejaré comer. — Dio una pequeña reverencia antes de alejarse.
— Sí... — Suspiré y termine de comer, sin muchas ganas.
Me quedé en la mesa, observando los lugares vacíos, y un nudo se atoró en mi garganta. Extrañaba mucho a mis padres. Y si bien, había aprendido a vivir sin ellos, aún me hacían falta. Los amaba muchísimo.
— ¿Terminaste de comer? ¿Estás llena? — Auren apareció de nuevo, lo que me asustó, pero decidí ya no decirle nada. Era claro que no entendía el por qué me asustaba.
— Sí, no tenía mucha hambre hoy.
— Debes comer para tener energías.
— Lo sé. — Dije en un tono más grosero del que pretendía, pero siempre me repetía lo mismo. — Gracias, Auren. Mejor dime qué hiciste hoy. ¿Descubriste algo?
— De nada. — Se sentó frente a mí, con su semblante serio de siempre. — Estuve haciendo pruebas con distintos medicamentos, inhibidores, enzimas, proteínas y nada sigue sin funcionar contra el virus. Es fuerte, siempre logra anteponerse.
— No puede ser. — Recosté mi cabeza en la mesa, exasperada. — Llevamos años investigando. ¿Es acaso el virus invencible?
— Nada es invencible. — Respondió, aunque mi pregunta hubiera sido retórica. — Sólo necesitamos más agentes en contra del virus.
— No te rindes, ¿eh? — Lo miré, agradecida, porque sin él, no tendría nada. Seguiría encerrada, sin esperanzas ni opciones.
— No. A menos que me lo pidas.
— Nunca te lo pediré. — Afirmé.
Auren sonrió débilmente y asintió.
— Lo sé, Sorell.
Me acosté temprano, sintiéndome cansada.
Auren me dijo que iría temprano al laboratorio, pero que me dejaría listo el desayuno.
Me atacaron pesadillas, sobre mis padres, sobre el Nerocyn-2, el virus, entrando a mi sistema, deformándome por completo y sin nadie que me pudiera ayudar.
Me desperté sobresaltada, aún sintiendo mis pulmones siendo comprimidos y a punto de explotar.
Miré el reloj en el techo, 3:14 A.M.
Traté de relajarme, diciendo que todo era un sueño, pero el miedo seguía en mi cuerpo.
Quise volver a dormir, pero sólo daba vueltas y vueltas sobre mi cama, sin poder conciliarlo.
— ¡Auren! — Grité, cuando la desesperación fue mucha.
Mi puerta se abrió de inmediato, los ojos de Auren brillando en la oscuridad, al igual que su muñeca, prendida de un color naranja.
— Sorell. ¿Te encuentras bien?
— No puedo dormir. Dame algo para que me dé sueño.
Sus ojos me revisaron de arriba a abajo. Me escaneaba.
— Todo parece estar fisiológicamente bien.
— Tuve pesadillas. ¿Puedes darme algo?
— No hay nada alterado en tu cuerpo, no es sano administrar medicamento sin razón. — Sonó igual que siempre, pero yo sentí algo de condescendencia en su tono. Sabía que era mi cerebro inventándolo.
— Quiero dormir. — Lo miré a los ojos. — Te ordeno que me ayudes a hacerlo.
La línea prendida en su muñeca parpadeó en un tono blanco y él asintió después de unos segundos.
— Claro, Sorell. Te ayudaré. — Caminó con lentitud fuera de mi habitación y regresó con pastillas y un vaso de agua, los cuales me entregó. — Esto debería ser suficiente.
— Gracias. — No fue tan difícil, pensé, pero no se lo dije, ya que no había necesidad de ser grosera.
— De nada. — Después de ver que me lo tomara, sonrió. — Cualquier otra cosa qué necesites, no dudes en llamarme.
Salió de ahí y yo sólo esperé a que hiciera efecto.
Levanté la mano hacia el sensor de la habitación e hice un movimiento giratorio, para así cambiar la imagen que veía en el techo, se volvieron unas estrellas brillantes en un cielo despejado y oscuro mi. Pensé en dejar eso, ya que en Kaoris y sus constantes tormentas de nieve, era imposible ver estrellas en el cielo; apenas se veía el sol. Aún así, giré de nuevo y apareció un cielo azul claro, con nubes blancas y esponjosas, quería morderlas.
Mientras veía las distintas formas de cada nube, mis ojos empezaron a cerrarse, soñando en alguna vez tocar una de esas cosas esponjosas.
El sonido agudo y repetitivo me despertó. La alarma. Di un golpe al sensor, y la alarma se calló.
Aún me sentía cansada, pero me tuve que poner de pie.
Salí a la cocina y ahí estaba el desayuno. Olía bien, pero todo lo que hacía Auren olía bien.
Era un omelette, el cual me comí en casi dos bocados. Estuvo delicioso.
Me bañé, me alisté, preparé el traje, lo puse sobre mí y salí. Primero por la escotilla de descontaminación y luego por la principal.
Lo primero que sentí fue el viento pegando con fuerza contra el traje, y apesar de su pesadez, me hizo moverme un poco.
Caminé por los senderos de hierro, mis pisadas resonando con fuerza, como si yo fuera un gigante.
Llegué a una planta de comunicación, por las grandes antenas en su techo, y antes de entrar, miré hacia abajo, a un lado del puente, para ver un vacío interminable, en dónde sólo se veía una neblina antes del final. Quién sabe cuántos miles de kilómetros eran hasta el suelo.
Entré, pasando por el mismo pasillo de descontaminación, cosa que Auren había puesto por la mayoría de edificaciones por su cuenta, para que pudiera andar por ahí sin tanta preocupación y me senté en el mismo escritorio en el que lo hacía todos los días, esperando que alguna de todas esos botones y luces desperdigadas por la mesa se prendiera, y con eso notar que alguien nos llamaba, alguien nos buscaba.
Miré el monitor frente a mí, apagado y sin ningún aviso. Nada había sucedido. Seguían sin saber de nosotros.
Toqué el monitor, a lo que este se prendió al instante y me dió la bienvenida, me preguntó qué es lo que quería hacer. Ingresé el nombre del virus: Nerocyn-2.
Volví a releer todo lo que Auren y yo ya sabíamos sobre el virus. Su cepa, su modo de acción e infección, sus síntomas y su mortalidad del 100 porciento.
También estaban las nuevas anotaciones de Auren, todo aquello que se había utilizado para intentar frenar la infección sistémica, sin resultados positivos.
— Busca Nerocyn-2 en Orthea. — Ordené, y los resultados aparecieron por toda la pared, ya que eran demasiados.
Todos decían algo sobre un nuevo virus, pero nada de que hubiera atacado el planeta como tal. Lo mismo que había leído antes.
No sabía si buscaba algo nuevo, si esperaba encontrar algo que no hubiera notado antes, que hubiera pasado por alto.
Leí cada uno de los resultados, palabra por palabra. Aún así, no venía nada que no supiera. Mencionaban a Kaoris, que era un virus nativo de este planeta, pero no mencionaban nada más, como toda la extinción de la raza humana en este planeta.
Me negaba a creer que sólo nos hubieran olvidado y dejado atrás.
— Ahora Nerocyn-2 en Nerai.
De nuevo, muchas notas aparecieron frente a mí.
Eran casi iguales a las de Orthea, sólo que con menos información.
Así hice con todos los planetas de la galaxia, y cada vez había menos información. Finalmente repasé la información en Kaoris. Ahí venía más datos, pero eran los mismos que ya sabía.
— Intenta contactar con algún planeta cercano. — Pedí, cómo hacía todos los días.
— Contactando. — Me respondió una voz femenina robótica. Esperé unos segundos. — No se pudo concretar la comunicación con ningún planeta de la galaxia Lumirae, parece haber un problema en las antenas de comunicación, ¿desea llamar al personal preparado para la reparación?
Eso era nuevo. Normalmente siempre me decía que no se podía conectar y ya, que lo intentara más tarde.
— Sí, por favor.
— Un momento. — Sabía que no había humanos, pero debían salir los robots auxiliares, y ellos deberían ser capaces de repararlo. — Ocurre un problema en los módulos de los auxiliares, se necesita mano de obra humana para poder liberarlos.
Claro, era demasiado fácil.
— No sé cómo hacerlo, ¿podrías guiarme? — Acepté.
— Claro. — Me puse de pie y esperé a que me dijera paso por pase lo que tendría qué hacer. — Los módulos de los auxiliares se encuentran en el edificio de electricidad, al sur de esta posición.
No sabía si en ese edificio Auren había puesto un túnel desinfectante, pero en ese momento me importaba poco.
— Saldré. — Avisé, poniendo mi casco, y asegurándolo. Escuché un pitido.
— Entendido. — Dijo la asistente por el auricular de mi casco.
Salí y seguí los puentes hasta un edificio al cual nunca había ido.
— ¿Este es el edificio de electricidad? — Pregunté.
— Se encuentra a 5 metros de su posición.
Entonces era un no. Podía decirlo más fácil.
Pasé de largo ese edificio y llegué a una singularmente alto, a comparación de todos los demás.
Debía ser ese.
Puse el código y la puerta se abrió. No había algo de desinfección, lo que por un momento me hizo repensar la situación, escuchando la voz de Auren en mi cabeza, diciendo que no era seguro.
Aún así, estaba utilizando un traje especial, estaba tomando mis medicamentos, así que tenía unas horas máximo, para hacer lo que debía hacer, sin correr mucho peligro.
— Se encuentra en el edificio de electricidad. — Avisó la asistente, ahora por fuera de mi auricular. Se había conectado al edificio.
— Muy bien. — Me sentí incómoda con el traje, pero decidí ignorar la sensación, porque debía trabajar. — Neura, dime en dónde están los auxiliares y cómo arreglar el problema.
— Entendido. — Las luces del lugar parpadearon. — Se encuentran en el ala sur, una habitación sólo para ellos.
Sur. Caminé para lo que yo entendía como sur, esquivando cables y torres con cables. No tardé en encontrar la puerta que literalmente decía: “Módulos de auxiliares”.
Fue sencillo, así que entré. Los robots estaban guardados en pilares altos.
— ¿Y ahora qué? — Pregunté.
— Deberá accionar la palanca de “manual” y los auxiliares deberían prender por su cuenta.
Busqué la palanca, que no tardé en encontrar en una esquina, con letras rojas y una flecha. ¿Por qué todo lo hacían demasiado obvio?
Accioné hacia abajo la palanca y unas luces pequeñas en cada pilar se prendieron.
Uno a uno empezaron a salir los pequeños bots de su espacio y a mirarme.
— Los auxiliares parecen estar al corriente. ¿Desea reparar el área dañada en comunicaciones?
— Sí.
— Entendido. — Los bots salieron de la habitación en fila hasta comunicaciones. — Estará terminado en aproximadamente dos horas y media. Se le avisará cuando termine.
— Gracias.
Decidí quedarme un poco más, ya que no es que tuviera mucho qué hacer.
Investigué las instalaciones, leyendo los pocos papeles y los datos que venían, pero eran temas que no entendía. Así que decidí que le preguntaría a Auren sobre ese lugar después.
Regresé mejor a la instalación de comunicación y esperé a que me avisaran cuando terminaran.
— Neura, ¿hay problemas en el resto de instalaciones importantes? — Pregunté, sentada en una silla giratoria.
— Un momento.
Empecé a dar vueltas, aburrida, mientras esperaba su respuesta.
— Se han detectado errores en la mayoría de instalaciones.
¿Cómo? ¿Cómo era posible?
— ¿Por qué?
— No puedo responder esa pregunta.
— Neura, ¿cuál es la causa de esos errores? — Tuve que reformular.
— Se desconoce la causa de todos los errores, pero alguno de ellos es por falta de mantenimiento.
Bueno, eso me respondía.
Lo que no entendía era por qué Auren no me diría todo eso. Necesitábamos las instalaciones fundamentales para mantenerme con vida. Y quién me dijo eso fue Auren.
¿Es que acaso me ocultaba muchas cosas?
— ¿Pueden arreglarse los errores? — Le pregunté a Neura.
— Así es.
— Bien, cuando terminen los auxiliares, arreglen todo lo demás.
— Entendido. Sólo que deberán guardarse en la noche por el frío extremo y para recargarse.
— Sí, sí, pueden terminar mañana.
— Entendido.
El resto de la tarde me quedé preguntándole a Neura cosas, para entretenerme. No tenía la misma capacidad de socializar como Auren, pero era mejor que hablar sola.
Después de preguntarle cosas banales y recibir respuestas cortas y secas, ella me interrumpió:
— Se han terminado las reparaciones a las comunicaciones.
Eso me emocionó por completo.
— Intenta contactar a otros planetas. — Lo dije de nuevo, pero con esperanzas.
— Un momento.
Cada segundo se hizo eterno, y sólo podía pensar en que alguien vendría por nosotros, saldría de ese planeta tan frío y podría visitar lugares jamás antes pensados por mi imaginación. Podría hablar y conocer a más personas, tener un amigo humano, incluso una pareja.
— Ha ocurrido un problema. — Su voz monótona me sacó de la ensoñación. — Las comunicaciones son enviadas, pero no se recibe respuesta.
— ¿Qué? ¿A qué te refieres con eso?
— Detecto que otro asistente virtual como yo recibió la llamada, pero no hay ningún humano para recibirla.
Eso no sonaba bien.
— ¿En todos los planetas?
— Así es.
No podía ser posible. ¿Acaso todos estaban muertos? No, eran miles y miles de millones, no podía ser posible.
Si alguien podría saberlo, sería Auren.
Salí de ahí a toda velocidad. No sabía si ya había regresado a casa, pero desde ahí podía llamarlo.
Corrí lo más rápido que pude hacia mí casa, esquivando cuerpos y obstáculos en los puentes. Llegué a casa e hice toda la limpieza como siempre, solo que con una velocidad más alta.
No me bañé, apurada y preocupada.
— Neura, llama a Auren.
— Entendido.
Era veloz, así que sólo esperé unos minutos, cuando la puerta se abrió y Auren apareció frente a mí.
— Sorell, recibí tu llamado. — Al venir tan rápido, debía estar preocupado, pero su semblante estaba serio, como siempre. — ¿En qué te puedo ayudar?
— Reparé las antenas de comunicación. — Informé, esperando ver una reacción, lo que fue estúpido, porque obviamente no cambió nada un su rostro. — Traté de contactarme con otros planetas, de nuevo, y no pasó nada. Porque no hay humanos. Dime qué pasó.
La luz de su muñeca parpadeó, procesando mi petición.
— No poseo esa información.
La luz cambió a amarillo, y supe que mentía.
— Auren. Te ordeno que me digas todo lo que sepas del resto de la humanidad.
Cambió a naranja, y entendí que la orden había sido procesada.
— Hace unos 12 meses aproximadamente, dejé de recibir alertas de los humanos. — Sentenció. —Hice pruebas, llamadas distintas y finalmente mandé un satélite para analizar los planetas, y del resto de los seis planetas, sólo pude analizar restos de ADN humano en un sólo planeta: Vireya.
No, no, no. Mi respiración aumentó, mi cuerpo entero empezó a temblar, y me di cuenta que uno de mis mayores miedos se cumplía. Estaba completamente sola.
Siempre lo estuve, pero tenía esperanzas de algún día dejar de estarlo, pero en ese momento, me di cuenta de que eran patrañas.
— Tu ritmo cardíaco está demasiado aumentado. — Habló Auren, como si nada. — ¿Tomaste tu medicación en la mañana? ¿Hiciste la correcta desinfección al entrar a casa?
— ¡No me importa nada de eso! — Era cierto que mi corazón iba tan rápido que dolía, pero dolía porque estaba herido, no por enfermedad. — ¿Qué no te das cuenta? Nadie vendrá a salvarnos, nadie hará nada, porque estamos encerrados en este planeta frío y muerto. ¿La humanidad puede que esté destinada a la extinción y a ti te preocupa si tomé mi medicación o no?
No era común que le levantara la voz a Auren, pero en ese momento mis emociones estaban al máximo.
Él me miró a los ojos, luego a mi pecho y asintió.
— Ahora lo entiendo. — Puso su mano encima de la mía. Era cálido, aunque la sangre no recorriera su cuerpo. — Lamento no haber notado antes que tus niveles de cortisol están por encima del rango normal. No quiero que te haga daño.
Cubrí mi rostro, enfadada. Nunca me entendería. No sabría lo que significaba esta explosión de sentimientos tan fuertes.
— No lo entiendes, Auren. — Dije tratando de calmarme. — No se trata de mí, sino de la raza humana.
— Lo intento, Sorell, pero mis parámetros no incluyen el concepto de esperanza.
Y entonces entendí, tal vez la humanidad estaba perdida, pero yo lo tenía a él.
Él, algo más inteligente jamás creado.
— Tal vez no. — Dije con una emoción nueva. — Pero en tus parámetros está el ayudarme, el cumplir mis deseos, ¿no es así?
— No puedo cumplir deseos, Sorell. Sólo intento cumplir tus órdenes con lo mejor de mis habilidades.
— Ay, por Dios, es lo mismo. — Mi paciencia se acababa rápido. — Te ordeno que a partir de este punto, seas completamente honesto.
La luz en su muñeca parpadeó, para luego ponerse roja.
— Lo siento, Sorell, esa orden influye en un comando primordial de mi código, el cual no se puede desobedecer.
— Espera, entonces, ¿puedes mentirme todo lo que quieras?
No sé por qué había tardado tanto en caer en cuenta en ese detalle.
— Así es.
— O sea que... ¿Me has mentido desde que nos conocimos? — No sé por qué, pero eso me dolió. Darme cuenta que incluso él, algo que debía ser perfecto, aún contaba con defectos tan inútiles de los humanos.
— No. No miento, Sorell. Modifico la información para que sea más útil para ti. La mentira requiere intención emocional, y yo no tengo emociones.
— ¡Eso es mentir! Y ocultar cosas que son importantes para mí.
— Son cosas distintas, y si así lo crees, no es la razón del por qué lo hago. Todas mis acciones son para facilitarte la vida.
— Entonces facilítamela ahora. — Unas lágrimas escurridizas bajaban por mi mejilla, sintiendo la traición. — Quiero saber qué le pasó a la humanidad y quiero salir de este planeta. Así que te ordeno que lo cumplas.
— Lo que pides es complejo y tardado.
— Pues hazlo lo más rápido que puedas.
— El trabajar de forma rápida hace que el razonamiento no sea completo y por lo tan-
— Cállate. — Lo interrumpí. — Te lo repito, por si no escuchaste, te lo ordeno.
Al ver el color naranja, supe que se haría como yo dije.
— Si es lo que quieres, Sorell. — Sentenció, listo para acabar la conversación, aunque para mí no era así.
— Bien, entonces hablemos, primero. — Lo guié a una silla, en dónde se sentó y yo hice lo mismo a su lado. — ¿Tienes una idea de por qué está muerta la mayor parte de la población?
— Así es. — Auren cerró los ojos, recopilando información. — Según mis datos, en los demás planetas también hubo alguna infección mortal y en Orthea, la guerra volvió a resurgir.
— ¿Más virus? ¿Crees que sea el mismo que aquí?
— Misma cepa, sí.
Eso me dejó pensando. ¿Cómo podía ser la misma cepa si eran planetas distintos?
Si algo me había enseñado la historia, es que los mismos humanos, con los viajes y movilización, se llevaron las principales bacterias y virus, y eso podía ser un motivo, pero los viajes no eran tan arcaicos, se seguían reglas de higiene, o por lo menos eso me decía mi padre.
— No es común. — Siguió Auren, al verme tan pensativa. — No es probable que una misma cepa sobreviva en planetas distintos.
— ¿Y eso qué quiere decir?
— Que alguien debió haber plantado la cepa en cada planeta, midiendo su vida media y ambiente necesario para su reproducción.
No podía ser posible. Mi cerebro no terminaba de asimilar esa información. ¿Alguien? ¿Un humano? ¿Por qué?
— ¿Por qué? — Pregunté también en vo alta.
— Desconozco esa información. — Respondió.
— ¿Siquiera ves posible que los humanos logren sobrevivir? — No quería preguntar eso, pero también debía ser realista.
Auren me miró fijamente por unos segundos.
— Hay una posibilidad, sí.
Pude respirar tranquila, pero por la forma fija en la que me miraba, sabía que faltaba más información.
— ¿Cuál es esa posibilidad? — Animé a que continuara.
— La reproducción. — Sí, era obvio, pensé. — En este punto. Si hay fetos y posteriormente bebés que se sometan a la infección del virus, pueden volverse inmunes a largo plazo. Pero eso requeriría muchos bebés de prueba.
Y ahí estaba el problema. En Kaoris, sólo había una persona; yo. Aunque en los otros planetas puede que hubiera justo un hombre y una mujer. Sólo eso se necesitaba. No lo veía tan complicado.
— Espero se reproduzcan en otros planetas. — Hablé en voz alta.
— No me entendiste, Sorell. — Tuve que volver a mirarlo. — Debe haber reproducción en este planeta, ya que según los datos recabados, el virus se incubó aquí, es decir, se creó aquí.
¿Aquí? Entonces tuvo que ser un humano, pero, ¿quién sería capaz?
— ¿Quién lo hizo? — Me estaba llenando de preguntas. — ¿Por qué? Sólo soy una persona, es imposible que alguien se reproduzca aquí.
Él no contestó ninguna de mis preguntas, sólo me observó.
— ¿Por qué no respondes? — Pregunté, ya irritada. — ¿Qué estás ocultando ahora?
— No lo oculto, Sorell. — Su voz era calmada, pero algo en su mirada metálica me hizo estremecer. — Solo intento calcular la manera más eficiente de explicarlo sin alterar tu estado emocional.
— ¿Alterarme? ¿Por qué me alteraría? — Solté una risa nerviosa. — Hablas como si me fueras a decir que yo... no sé, soy el virus o algo así.
— No lo eres. — Respondió enseguida, demasiado rápido. — Pero estás directamente relacionada con la única variable que puede revertir su efecto.
— No entiendo. ¿Una variable biológica? ¿Algún gen, o mutación?
— Posiblemente. Tus análisis muestran estabilidad en todos los niveles sistémicos. — Hizo una breve pausa, casi humana. — Y eso te hace... valiosa.
— ¿Valiosa? ¿Por qué suena eso tan mal? — Sentí una incomodidad en el pecho. — ¿Qué estás intentando decirme, Auren?
— Que eres el punto inicial de una nueva ecuación. — Se limitó a contestar. — Una que debe resolverse dentro de este planeta antes de que la especie humana deje de existir completamente.
— Pero... — Me llevé la mano al rostro, abrumada — si ya no hay nadie más, ¿cómo se supone que esa ecuación tenga solución?
— Existen formas — Dijo con voz más baja, aunque su tono siguió siendo neutral. — Pero requieren de recursos que aún no estás lista para comprender.
— “Aún no estás lista”. — Repetí sus palabras, mordiéndome el labio. — Siempre dices eso.
— Porque es verdad. — Sus ojos brillaron en un tono violáceo más intenso. — Mi programación me impide exponer información que pueda comprometer tu estabilidad o tu supervivencia.
— Muy bien. — Di un suspiro. — Me está desesperando que no seas directo conmigo. Así que explícate. ¿Por qué soy valiosa? Tengo esta rara enfermedad, ¿recuerdas?
Auren apartó la mirada, y entendí que ocultaba algo mucho más grande de lo que imaginaba.
— Auren, habla conmigo. — Ya no sentía furia o exasperación. Tenía miedo. Él nunca se comportaba así, nunca me llegó a ocular algo tan grande, y si lo hacía, debía ser por algo. — ¿Qué hay en mí?
— En tus últimos análisis, se ve que ha habido un incremento en tus leucocitos. — Hablaba tan técnico. — Son las células que tenías disminuidas, las que no te permitían luchar contra ninguna infección, ya que tus niveles estaban en 0.
— ¿Incrementó cómo? — No sonaba tan malo lo que decía, al contrario, sonaba muy bien. — Quieres decir... ¿que estoy curada?
Por un momento, casi juraría que sus ojos se atenuaron, como si quisiera evitar mirarme directamente.
— No. — Dijo al fin. — No estás curada.
— Pero dijiste que mis niveles aumentaron. Eso significa que mi cuerpo está respondiendo, ¿no?
— Está respondiendo, sí. Pero no al tratamiento. — Su tono era más bajo ahora, como si pesara cada palabra. — Responde a algo que no debería estar ahí.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
— ¿Qué significa eso?
— Que el virus se adaptó a ti. — Respondió con una precisión casi quirúrgica. — Lo que debía destruirte ahora coopera con tu sistema inmune. Tus células lo reconocen, lo aceptan.
— ¿Quieres decir que... vivo con él?
— Exactamente. — Auren asintió con calma. — No te curaste. Te volviste su huésped perfecto.
Me quedé en silencio. No sabía si eso era una buena o una pésima noticia.
— Entonces... — Tragué saliva — si el virus vive en mí, ¿podría contagiarte?
Auren la observó por unos segundos, con esa expresión imposible de leer.
— No. No soy susceptible a agentes biológicos. Pero sí puedo analizarlos, entenderlos... o replicarlos.
— Replicarlos. — Repetí, en voz casi inaudible. — ¿Para qué querrías replicar algo así?
— Para crear una defensa. — Contestó de inmediato, pero su voz sonó forzada, casi tensa. — Cada defensa necesita su antítesis.
— No entiendo, Auren. ¿Por qué no me dijiste antes que el virus seguía dentro de mí?
Él desvió la mirada hacia el ventanal, donde las luces lilas de Kaoris se reflejaban sobre su piel metálica.
— Porque no sabía cuánto tiempo más podrías resistir. — Confesó al fin. — No quería que tu mente colapsara antes que tu cuerpo.
Me quedé mirándolo, sin saber si sentirme agradecida o traicionada otra vez.
Sus palabras se quedaron flotando en el aire. El silencio se volvió pesado, casi vivo, como si la habitación misma contuviera la respiración.
— ¿Y ahora? — Pregunté al fin, con la voz quebrada. — ¿Sigo en peligro?
— Siempre existe el riesgo. — Respondió. — Pero tu organismo ha desarrollado algo que podría ser... la base de una solución.
— ¿Una cura?
— No exactamente. — Su mirada se endureció. — Una adaptación. Algo que podría volverse permanente... si se replica correctamente.
— Replica. — Repetí la palabra con cierto desdén. — Siempre hablas como si fuera una máquina, un experimento.
— La biología también es una forma de ingeniería, Sorell.
— Sí, pero yo no soy una pieza que puedas copiar y pegar.
Auren no contestó. Solo se quedó inmóvil, observándome con una calma que me desesperaba.
— ¿Qué quieres decir con “replicarlo”? — Insistí. — ¿Vas a extraer mi sangre, mis células?
— Eso sería insuficiente. — Dijo por fin. — La replicación requiere un entorno completo, un proceso natural.
— ¿Un proceso natural? — Fruncí el ceño. — ¿Te refieres a... regeneración tisular, cultivo, clonación?
— Ninguno de esos métodos. — Su voz fue casi un susurro metálico. — Pero aún no es momento de hablar de eso.
— ¡Claro que es momento! — Me levanté de golpe. — Has estado ocultándome información, monitoreándome como si fuera una rata de laboratorio, y ahora me dices que soy parte de una “ecuación biológica” que ni siquiera entiendo.
— No eres un experimento, Sorell. — Su tono cambió, un matiz de algo... casi triste. — Eres la consecuencia.
— ¿Consecuencia de qué? — Exigí.
Él dudó. Por primera vez desde que lo conocía, dudó.
— De la extinción. — Respondió al fin. — Y de la posibilidad de que no sea definitiva.
No entendía, no terminaba de comprender. Sentía que hablaba más allá de mis conocimientos y los conocimientos humanos, en general.
— ¿Quieres decir... Que estábamos destinados a la extinción? — Sabía que no debía seguir indagando, no era positivo para mí, pero él tenía todas las respuestas. ¿Cómo no podría aprovechar al tener a esa computadora viviente?
— Ninguna raza puede ser inmortal, todo en el espacio tiene un inicio y un fin.
Maldita sea, no me respondía nada.
— Eso es un sí.
No me contestó, yo misma lo había hecho.
Era demasiada información, demasiado para mí.
— Entonces, ¿cómo replicarás el virus? — Decidí cambiar el tema, por el momento.
— Mitosis. — Fue su respuesta.
No supe qué decir, porque, sí entendía que era el medio de reproducción de una célula eucariota, pero cómo lo haría si el virus no era una célula cómo tal.
— El virus no tiene estructura celular, lo sé. — Respondió Auren, sin alterarse por mi silencio. — Pero su comportamiento ha mutado. Desde los últimos registros, muestra una capacidad de adhesión molecular a células troncales humanas.
— ¿Troncales? — Repetí, frunciendo el ceño.
— Células capaces de generar cualquier tejido. En condiciones controladas, son las únicas que pueden alterar su ADN para crear resistencia genética sin destruirse.
— ¿Y qué tiene eso que ver con la mitosis?
— Todo. — Su voz sonó más baja, más lenta. — Durante la división celular, el material genético se replica. Si el virus logra insertarse durante esa fase, puede transformarse junto con la célula huésped... adaptarse en lugar de destruir.
— Pero eso solo pasa en tejidos vivos, ¿no?
— En tejidos en formación, más precisamente. — Me miró de forma tan directa que me puse incómoda. — En un organismo que aún no ha terminado de desarrollarse.
— ¿Un organismo en formación...? — Murmuré, sin entender del todo. — ¿Como... en un laboratorio?
— No. — Negó. — El ambiente de un laboratorio no podría mantener la estabilidad suficiente. Se requiere un entorno biológico completo, natural, donde la replicación celular sea constante y el sistema inmunológico aún inmaduro.
— ¿Y dónde encontrarías algo así? — Pregunté, genuinamente confundida.
— Ese es el problema. — Respondió. — Ya no es posible.
— ¿Entonces para qué me lo dices? — La plática era extensa y compleja, mi cabeza empezaba a doler. Además de tener que aguantar los acertijos que Auren me ponía en una conversación normal.
Auren guardó silencio unos segundos más, como si procesara cada variable antes de responder. Luego, alzó la vista hacia mí.
— Sorell... — Su voz sonó más baja de lo habitual, con un matiz que no supe si era duda o precaución. — Antes de continuar, necesito saber si estás lista para oír lo que sigue.
— ¿Por qué lo preguntas así? — Fruncí el ceño. — Llevamos hablando de virus y de la extinción de la raza humana como si nada, ¿qué más podría ser peor?
No contestó. Simplemente me observó. Ese silencio suyo me alteraba más que cualquier palabra.
— Dilo ya, Auren. — Apoyé los codos sobre las rodillas, inclinándome hacia él. — No me gusta cuando te detienes a mitad de algo.
— Solo quiero asegurarme de que lo entiendas. — Dijo al fin. — La información que tengo puede cambiar tu percepción de lo que crees sobre la cura.
— Ya me cansé de no entender nada, así que adelante.
Auren asintió despacio. El brillo violáceo de sus ojos se atenuó, como si disminuyera su nivel de actividad.
— El entorno biológico que permitiría la adaptación del virus no puede simularse con éxito. No hay laboratorios, ni incubadoras, ni entornos controlados que sean viables.
— Entonces... ¿no hay manera? — Pregunté, decepcionada.
— Hay una. — respondió con voz suave. — Pero es un entorno muy específico. Requiere una estructura orgánica en desarrollo, capaz de sostener replicación celular constante.
— ¿Estructura orgánica... en desarrollo? — repetí, confusa. — ¿Como un organismo nuevo? Eso ya lo habíamos dejado en claro antes.
— Exactamente. — Auren mantuvo la mirada fija en mí, sin parpadear. — Un organismo nuevo.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Sólo lo volvió a repetir, no me daba algo nuevo. No terminaba de entender, pero su forma de mirarme me hizo sentir incómoda.
— ¿Y eso... existe todavía? — Pregunté. — No hay nada vivo más que nosotros. ¿Recuerdas? Hablamos de eso hace unos minutos.
— Lo sé. — Su tono fue apenas un suspiro digital. — Por eso te dije que era complicado.
— Pero no imposible, ¿verdad? — Lo interrumpí, con un destello de esperanza.
Auren tardó en responder.
— No. No imposible.
Su mirada volvió a mí, demasiado fija, demasiado humana. No dijo nada más, y esa falta de palabras pesó más que cualquier explicación científica.
Mi cabeza empezó a pensar y pensar. Un bebé, esa era la clave, y debía nacer en Kaoris para comprobar su inmunidad al Nerocyn-2, pero no había humanos... Más que yo.
Era una idiota. Tuvimos que hablar en círculos para que pudiera entender.
Yo, quien tenía un sistema inmune cambiado, adaptado, podría ser capaz de heredarle lo mismo a mi primogénito. La única humana, la única con algo distinto para poder mantener a un ser humano en este planeta desierto.
Por eso Auren estaba preocupado y no podía decírmelo a la cara. Me estaba pidiendo que me embarazara.
Me estaba pidiendo algo imposible, porque no había ningún hombre, porque no podía ni siquiera imaginarme como una madre, y porque no es algo que deseaba.
— No puedo tener un hijo. — Sentencié, después de pensarlo. — Yo no... No soy apta para ser madre. Jamás quise serlo, soy muy joven aún, no podría hacerlo sola. Además, si el bebé muere... No puedo perder a nadie más.
No me di cuenta de que lloraba hasta que Auren se puso de pie y me ofreció su mano.
Sus ojos violetas no me transmitían nada, pero aún así tomé su mano. Necesitaba calmarme, necesitaba compañía.
Dejé caer mi cabeza en su pecho, y él rodeó mis hombros.
Era un abrazo duro, sin emoción, sin cariño verdadero, pero era algo que ya conocía. Por fin pude sentirme más tranquila, enfocándome en su calidez artificial, en ese sonido vibrante que venía desde su interior.
— Por eso te dije que no sabía si estabas preparada para tal información. — Habló.
— Lo sé, lo sé... — Las lágrimas volvieron a acumularse y me permití sacar todo lo que tenía dentro; el miedo, la esperanza desvaneciéndose, la responsabilidad y la soledad. — No puedo hacerlo. No puede depender de mí.
Auren me alejó, aunque aún necesitaba su cercanía. Lo hizo para observarme, para seguir hablándome:
— No tiene por qué. Te lo dije porque me lo pediste, querías una forma de salvar a la humanidad, y esa es. Pero no es necesario que la salves. Puedes vivir aquí, sola, por muchos años.
No lo entendería. La soledad, el vacío constante. No podía seguir viviendo así por el resto de mis días.
— No puedo vivir “sola”, Auren. — Susurré. — Eso no es vida.
Él me observó unos segundos más, y luego se inclinó hacia mí.
— Entonces deja de pensar en el mañana. — Dijo con suavidad, casi como si imitara el tono de alguien que sí supiera consolar. — Tu carga no tiene que resolverse hoy. Puedes descansar. Comer. Respirar. — Hizo una pausa. — Puedo preparar el entorno para que no sientas tanto frío esta noche.
Su lógica era perfecta. Precisa. Fría.
— No entiendes lo que siento. — Murmuré.
— No. — Admitió. — Pero puedo calcular las variables que lo causan. Y eliminarlas.
Me miró con esa calma imposible, sin un solo gesto fuera de lugar.
— Si continúas en este nivel de estrés, tus niveles de cortisol seguirán aumentando. Tu cuerpo interpretará peligro, y eso no te permitirá tomar decisiones racionales. No quiero verte deteriorarte por algo que no tiene solución inmediata.
— Entonces... ¿qué hago, Auren?
— Vives. — Respondió. — Eso basta por ahora.
Silencio. Solo el zumbido de su núcleo interno llenaba la habitación.
Y por un segundo, quise creerle. Quise pensar que vivir era suficiente, que podía quedarme en ese instante, sintiendo el calor falso de su piel contra la mía y pretender que no estaba completamente sola.
— No quiero que te destruyas persiguiendo algo que podría matarte. — Dijo, su voz serena, sin rastro de emoción. — Mi función es protegerte. Y si debo elegir entre la humanidad o tú... la decisión ya está tomada.
Me quedé mirándolo, incrédula.
— Entonces no me conoces. — Murmuré, con la voz apenas audible.
Él ladeó la cabeza, ese gesto mecánicamente humano que hacía cuando no entendía una reacción.
— Te conozco mejor que tú misma, Sorell. Cada parámetro biológico, cada impulso emocional... los he analizado durante años. Y sé que tu instinto de sacrificio no tiene límites.
— Justamente por eso. — Lo interrumpí. — Porque me conoces, sabes que no puedo quedarme aquí esperando. No puedo dejar que todo termine conmigo.
— La humanidad ya terminó. — Respondió con esa calma que dolía más que cualquier grito. — Intentar revivirla podría terminar contigo también.
— No lo sabes. — Di un paso hacia él. — Dijiste que había una posibilidad, ¿no?
Sus ojos violetas parpadearon una vez.
— Sí. Pero la probabilidad de éxito es menor al dos por ciento.
— Dos por ciento... — Repetí, con una media sonrisa triste. — Mi padre solía decir que mientras exista un uno, hay una razón para intentarlo.
Silencio.
Auren me observó, y por un momento casi pude imaginar que sentía algo parecido a tristeza. Pero no era tristeza. Era una pausa. Un cálculo.
— No voy a detenerte si tomas una decisión consciente. — Dijo al fin. — Pero no sé si al final pueda salvarte.
— Entonces no lo hagas. Solo... no me detengas.
Me giré hacia la ventana. Afuera, el cielo de Kaoris tenía ese tono violeta grisáceo que nunca terminaba de amanecer ni de anochecer. Un planeta detenido en el tiempo, como yo.
No sabía cómo lo haría, ni cuánto me quedaba por vivir, pero no podía quedarme de brazos cruzados mientras el universo seguía girando sin nosotros.
Mi padre tenía razón. La extinción no era el fin. Era una elección.








